Mientras Yo todavía hablaba con los discípulos acerca de aquella mujer, algunos sirvientes del jefe vinieron corriendo a nuestro encuentro, casi sin aliento, y le llevaron la triste noticia de que su hija ya había muerto.
*
El jefe se entristeció mucho y Me dijo: «Querido Maestro, puesto que, para mi inmensa tristeza, ya es demasiado tarde para ayudar a mi querida hija, que era todo para mí, no Te molestes en seguir adelante».
*
Después de estas palabras comenzó a llorar en voz alta, pues amaba mucho a su hija de doce años. Ella era de figura armoniosa y bien formada, tenía una estatura capaz de compararse con la de una joven de veinte años y, además, era la única hija de aquel jefe.
*
Cuando oí aquello de sus sirvientes y después de él mismo, y sentí de todo corazón compasión por el jefe, que se había entristecido profundamente, le dije: «Amigo, no tengas miedo; ¡cree! Tu hija no ha muerto, sino que solo está dormida, y Yo la despertaré».
Cuando el jefe oyó esto de Mí, comenzó a respirar con mayor alivio.
Cuando todavía estábamos a unos mil pasos de la casa del jefe, les dije a la gente y a los discípulos cuya fe aún era más débil que permanecieran todos allí. Solo Pedro, Jacobo, el hermano de este y Juan podían acompañarme, pues sobre la fe de ellos ya se podían construir casas.
*
Cuando entré después en la casa con el jefe de la escuela, reinaba allí una gran agitación. Según la costumbre judía, la gente lloraba, daba grandes lamentos y cantaba cantos fúnebres.
Cuando entré en la habitación donde la difunta yacía sobre una cama adornada, Me dirigí a la numerosa gente que se agitaba y le dije: «¿Por qué hacen aquí tanto alboroto y lloran de esa manera? La niña no ha muerto; solo duerme».
Entonces se burlaron de Mí y dijeron: «¡Sí, así se ven los que duermen! Cuando desde hace dos horas y media ya no hay respiración ni pulso, todo el cuerpo se ha vuelto frío y sin color y los ojos se han apagado, ¿según Tu conocimiento eso es dormir? Sí, sí, también puede llamarse sueño, pero de ese sueño nadie vuelve a despertar sino en el Día del Juicio».
Pero Yo le dije al jefe: «Haz que salgan todos, pues aquí no puedo servirme de su incredulidad». El jefe lo intentó, pero la multitud alborotada no le obedeció y Me pidió que lo ayudara. Entonces los expulsé a todos por la fuerza; ellos salieron corriendo y se dispersaron.
Después regresé con el jefe, la madre afligida y los cuatro discípulos a la habitación donde yacía la niña muerta. Me acerqué de inmediato a su cama, la tomé de la mano izquierda y le dije: «¡Talitha kumi!», que traducido significa: «¡Niña, Yo te digo: levántate!».
De inmediato la niña se levantó, saltó alegre y animada de la cama adornada y caminó por la habitación con la vivacidad de antes, acariciando a su madre, marcada por el llanto, y a su padre. Al mismo tiempo sintió que tenía el estómago vacío, que por tanto tenía hambre y quería comer algo.
Los padres, llenos de una alegría inmensa, se volvieron hacia Mí y, entre muchas lágrimas de gozo y gratitud, Me preguntaron si debían darle de comer y qué podían darle. Yo les dije: «Denle sin temor lo que le guste y lo que tengan rápidamente a mano».
En una fuente había higos y dátiles, y la niña preguntó si podía comer aquellas frutas. Yo le dije: «Come lo que te guste, pues ahora estás completamente sana y en adelante no volverás a enfermarte».
La niña corrió rápidamente hacia la fuente y casi la vació por completo. Pero los padres temían que aquello pudiera hacerle daño.
Yo los tranquilicé y les dije: «No se preocupen. Si Yo les digo que eso nunca podrá hacerle daño, entonces tampoco se lo hará». Y los padres creyeron firmemente.
Después que la niña se hubo saciado y recitado su canto de alabanza, se acercó a sus padres y les preguntó en voz baja quién era Yo. Pues mientras dormía en la cama había visto los cielos abiertos y una gran multitud de ángeles luminosos. Ella misma contó: «En medio de los ángeles estaba un hombre muy bondadoso. Me miró, se acercó a mí, me tomó de la mano y dijo: “¡Talitha kumi!”. Al oír ese llamado desperté de inmediato. Miren, ese hombre de allí tiene exactamente el mismo aspecto que el hombre que vi antes en sueños entre tantos ángeles. ¡Ah, debe ser un hombre sumamente querido!».
*
El jefe comprendió perfectamente la pregunta de su hija; pero como Yo le había hecho una señal, solo le dijo que había tenido un sueño hermoso y verdadero, el cual le explicaría por completo dentro de poco. La niña quedó plenamente satisfecha con esa respuesta.
Yo le dije al jefe que saliera conmigo, con su hija y con la madre, para que quienes esperaban afuera quedaran avergonzados por su incredulidad. Salimos, y cuando los incrédulos vieron a la niña, de buen aspecto y completamente animada, acercarse a ellos y preguntarles por qué estaban tan desconcertados y asustados, se espantaron todavía más y dijeron: «¡Este es un milagro superior a todos los milagros! ¡La niña estaba realmente muerta y ahora vive!». Querían divulgarlo de inmediato por toda la región.
Pero Yo los amenacé a todos y les ordené, por el bien de su salud corporal y espiritual, que guardaran estrictamente este asunto para sí. Ellos callaron y se retiraron.