«El precio para entrar al cielo lo pagas con la apariencia de tu vida».
El alma es como un campo lleno de basura y piedras. Estas simbolizan sus errores y debilidades, sus deseos materiales y sus pensamientos sin Dios. Toda la basura y las piedras, grandes y pequeñas, deben sacarse del campo. Cuando una persona ha comenzado seriamente a trabajar en el campo de su alma y a retirar los obstáculos, Jesús se le une y la ayuda con todas sus fuerzas.
En los lugares ya limpios, la semilla divina depositada en la tierra del alma pronto comienza a germinar y crecer. Una vez eliminados todos los impedimentos, el campo empieza a florecer para finalmente dar frutos sabrosos, libre y sin cargas, a la luz del sol espiritual.
Si la basura y las piedras permanecen demasiado tiempo en el campo, la semilla se asfixia: el campo muere. Entonces el alma debe soportar de nuevo un invierno frío —sin el amor de Dios que da calor— y el reino de su alma se convierte durante largo tiempo en una tumba oscura para ella —sin la luz divina que conduce al conocimiento espiritual—.
Durante el despertar, el amor divino toca a la persona a intervalos y su bendición resuena a veces en el alma; pero, por ahora, este regalo vuelve a disiparse entre las pasiones y los deseos terrenales todavía presentes, y la persona queda nuevamente librada a sí misma. Aquí llega a un punto en el que no debe abandonar la humildad. Si deja el suelo sobre el cual es capaz de sostener el amor de Dios, se insinúa imperceptiblemente cierto sentimiento de superioridad. Surgen entonces pensamientos —secretos— como: «Como soy un llamado, soy mejor que los demás y estoy espiritualmente por encima de ellos…», y ya se comienza a recorrer el sendero llamado orgullo y falsedad. Porque, en verdad, sin Dios uno no es capaz de hacer nada bueno. Solo de él y a partir de él recibe el alma sus talentos espirituales, y solo él la convierte en portadora de cualidades amorosas que permiten servir verdaderamente al prójimo. La mentira y la falsedad, en cambio, convierten a la persona en su servidora. Lo mejor entonces es preguntarse: «¿Qué sería yo sin la bendición de Dios? ¿Dónde estaría sin su gracia?»
Otro peligro consiste en apartarse de la verdadera vida del espíritu por medio de una espiritualidad exaltada, o en no llegar siquiera a alcanzarla. El centro de semejante pseudorreligiosidad es siempre el ser humano, no Dios. En su egocentrismo, la autosatisfacción espiritual se ha convertido para él en una adicción, en la que excluye en gran medida de su atención al mundo que necesita ayuda. Si alguien lo interrumpe o si un prójimo necesitado le impide entregarse a ella, ya no se ve mucho amor: reacciona con agresividad condenatoria o se marcha ofendido con aires de santidad.
Esta clase de muerte espiritual no se diferencia en modo alguno de una forma de vida sin Dios. Al contrario: la presunta superioridad espiritual ya alberga en su raíz el fanatismo, en el que el creyente cegado condena con suma dureza a quienes le hacen notar su conducta equivocada y, si es posible, los castiga difamándolos.
El despertar de las almas llamadas, bajo la irradiación cada vez más intensa proveniente de las esferas luminosas de amor, va acompañado de una sensación de alivio y liberación. Uno quisiera comunicar al mundo entero su nueva manera de sentir la vida y los conocimientos que la acompañan. Aunque cada despertar inicial suele revelar tan solo un pequeño aspecto de la vida divina, de acuerdo con la constitución individual del alma, lamentablemente muchas personas que están despertando no están dispuestas a esperar el desarrollo posterior que ampliaría su perspectiva, todavía limitada al principio. En su euforia mezclan ideas y opiniones mundanas con impresiones divinas, por lo que la verdad solo puede transmitirse de manera falseada.
Algunas personas que aspiran a lo espiritual creen que de inmediato poseen clariaudiencia y reciben mensajes cósmicos o del más allá, o incluso revelaciones divinas. Pero lo que perciben son sus propias corrientes de pensamiento, que emergen del subconsciente. El resultado es un conglomerado de esoterismo adquirido en lecturas, ideas personales y deseos.
A menudo, por un exceso de celo espiritual, se colocan conocimientos sobre realidades sobrenaturales en contextos indebidos, con lo cual el sendero de la fe termina inevitablemente en una prisión espiritual. Con contenidos como: «¡Todo está bien! Ustedes no cometen errores, solo están buscando. En realidad no existe el pecado ni el mal…», la conducta equivocada se legaliza, incluso se justifica y, desde esta perspectiva susceptible de malentendidos, parece recibir la aprobación de Dios.
Si un aprendiz espiritual adopta tales mensajes, esto puede llevar rápidamente a malentendidos, pues se ve tentado a dar el décimo paso antes que el primero. El bien presente en todas las cosas solo se revela en un nivel espiritual elevado. A este se llega cuando el alma ha sido purificada y divinizada en el fuego del amor. Solo en él y a partir de él se revela el conocimiento vivo de la interacción y la forma de obrar del bien y del mal al servicio de la perfección que todo lo penetra. Si esta luz no está presente, la verdad se convierte en instrumento del engaño satánico. Muchas personas que buscan están atrapadas en esta red y no pueden liberarse de ella, o mejor dicho: … no quieren abandonar esta cómoda cama espiritual.
Más de un líder religioso o maestro espiritual ya difundió durante su vida terrenal enseñanzas que en parte había confeccionado él mismo, y sirvió a discípulos hambrientos una mezcla de verdad y error, o de verdad y mentira. Estos maestros extraviados desean con demasiada complacencia continuar ejerciendo su oficio de mensajeros desde los mundos del más allá. Para ello se valen de personas médiums cuyo fundamento espiritual no está edificado sobre el amor verdadero a Jesucristo, pues sobre este fundamento no pueden sostenerse el extravío, el orgullo ni la mentira.
Algunos de estos difuntos tienen buenas intenciones. Influyen en personas ingenuas clarividentes o clariaudientes —algunas de ellas son también niños educados en una mezcla de ideas esotéricas, por lo que carecen de verdadera capacidad de discernimiento y conocimiento— y proclaman su saber conforme a sus experiencias en el más allá.
Estos espíritus que actúan por cuenta propia no comprenden si sus mensajes concuerdan con el sentido de Dios. Colocan niveles ordenados de conocimiento en relaciones desordenadas o los mezclan con toda clase de contenidos fantásticos. Aquí se juega, con gran regocijo, con extraterrestres, diversas dimensiones, encarnaciones paralelas, viajes en el tiempo y viajes astrales, y mucho más. Este cóctel espiritual resulta sumamente apetecible para el espíritu de la época.
Otros difuntos se hacen pasar por autoridades iluminadas o incluso por santos. El espectro va desde el mensajero de galaxias lejanas hasta el «maestro ascendido»; desde el arcángel y el apóstol, pasando por María, la «Madre de Dios», hasta Dios mismo. Estos espíritus no solo engañan con una identidad falsa, sino que fingen verdad mediante una mezcla de mentiras y fórmulas halagadoras de sabiduría.
Aquí suele proclamarse una religión cómoda y complaciente, sostenida por cantos de ángeles y por estas palabras de agradable sonido: «Todos ustedes son seres maravillosos y perfectos. No existe culpa alguna; ustedes no cometen errores, solo están buscando. El pecado es una invención humana; ¡disfruten plenamente de la vida! Esta encarnación es apenas una experiencia entre muchas… todo está bien; ¡en el más allá los espera la luz!»
Al «buscador de la verdad» le gusta leer mensajes de esta clase, como lo demuestra la sección de esoterismo de las librerías. Con el tiempo surgió aquí una feria de vanidades espirituales que sirve principalmente a la satisfacción del placer espiritual y de la conciencia. En el amplio y bien surtido revoltijo de literatura esotérica y religiosa —compuesto por comunicaciones del más allá y extraterrestres, instrucciones para alcanzar la iluminación e interpretaciones contemporáneas de la Biblia—, uno puede satisfacerse cómodamente pasando de largo ante Dios.
Jesucristo desempeña entonces apenas un papel secundario como maestro religioso casado, o bien se lo elimina por completo del programa porque ya no encaja en el esquema espiritual del espíritu de la época. Sin embargo, presentar a Jesucristo como Dios sería precisamente un criterio válido para determinar el contenido de verdad de una revelación del más allá o de carácter cósmico.
¿Por qué permite el Padre semejantes falsificaciones? Por encima de todo se encuentra aquí el libre albedrío, que debe permanecer intacto también en el más allá. La libre autodeterminación permite tanto al bien como al mal actuar sin restricciones en todos los ámbitos de la existencia. Asimismo, las improntas de la voluntad del más allá, sean de naturaleza verdadera o falsa, buscan manifestarse en la Tierra y, por eso, se expresan de manera correspondiente de palabra y por escrito.
Pero, como ocurre en todos los acontecimientos de la eternidad y la infinitud, también aquí el mal debe servir finalmente al bien: el Padre utiliza los mundos espirituales del error y la mentira como depósitos donde se reúnen quienes han quedado atrapados en ideas equivocadas, para ir algún día a buscarlos allí y conducirlos a casa, si así lo quieren.
(Nota: Ciertamente, no todas las comunicaciones provenientes de estrellas lejanas o del más allá son producto de almas extraviadas. Muchos pueblos cósmicos y hermanos del más allá que viven en el Espíritu de Dios desean asistirnos en esta fase especial de la renovación. Algunos de ellos se comunican por medio de personas médiums, aunque solo pueden ayudar desde su propio punto de vista y desde el de la persona médium. La mayoría, sin embargo, bendice a la humanidad y ora por ella en su corazón, como también lo hacen los habitantes de los cielos.)
El peligro de la música actual
Así como en las más diversas enseñanzas espirituales y religiosas, en las letras y los sonidos de la música se mezclan igualmente corrientes luminosas y oscuras. Sobre todo en la actualidad, la música recibe inspiración de las esferas inferiores. El volumen extremo, la entrega sin freno a los ritmos brutales y el potencial agresivo de muchas composiciones actúan de manera destructiva sobre el alma abierta por las vibraciones energéticas y la conducen a traición hacia una vida sin Dios.
También contribuye a la ceguera espiritual el éxito manipulado de estrellas del rock y el pop que sirven de modelo a niños y jóvenes. Con su vida privada extrovertida y excesiva, así como con sus presentaciones agresivas y obscenas, derriban los últimos límites naturales del pudor y las últimas inhibiciones de nuestra sociedad, y aportan así una contribución nada desdeñable a la degradación de esta Tierra.
¿Por qué escribo esto? Precisamente entre la joven generación actual hay cada vez más espíritus estelares y celestiales llamados a seguir una vocación divina. El mundo demoníaco quiere impedir por todos los medios a su alcance que estos hijos de Dios despierten. Y la música de nuestro tiempo, al igual que la sexualidad, es un instrumento mortal en manos de Satanás, tan ingeniosamente camuflado que la muerte espiritual se convierte en un placer irrenunciable para el alma entregada a las pasiones ciegas.
Peligros para los llamados y las almas con una misión en la lucha espiritual
Los años de transformación
Algunas disposiciones y algunos talentos espirituales solo pueden desarrollarse de manera duradera en determinadas etapas de la vida. En estos tiempos decisivos, al cristiano se le exige especialmente. Las pruebas aumentan; parece que ahora todo se vuelve contra él. Los procesos que hasta entonces transcurrían sin tropiezos en la vida cotidiana se estancan. Se encuentra cada vez más en situaciones con personas difíciles y está más expuesto a injusticias. Quizá también muera inesperadamente un familiar cercano o un buen amigo, o una enfermedad propague sufrimiento y dolor en el alma.
Esta es una fase necesaria. El Padre hace todo lo posible para que su hijo alcance la meta fijada. Una multitud de espíritus serviciales lo acompaña ahora, ora por él y lo protege; toda su atención está dedicada al hijo de Dios que lucha con las circunstancias del destino.
Si no se consigue avanzar y el cristiano no supera, para el momento indicado, los desafíos destinados a quitarles poder a sus debilidades, por el momento habrá desperdiciado una gran oportunidad en el «¡Más cerca, Dios mío, de Ti!». Estas pruebas se repiten a intervalos para seguir ofreciéndole la posibilidad de cumplir con su destino.
Pero llega un momento en que ya no logra entrar en la lucha espiritual, porque ha debilitado demasiado su voluntad por falta de seriedad. Por lo general no sabe de las oportunidades desperdiciadas, o no quiere reconocerlas; vive imaginando que sigue avanzando, pero permanece en el mismo lugar. Los obstáculos de la vida tampoco desaparecen ahora, aunque se atenúan, pues ya no dispone plenamente de las fuerzas de años pasados; en la vejez, tampoco el alma conserva la misma capacidad de soportar cargas. Su cristianismo suele carecer entonces de sustancia y su fe no tiene firmeza.
Si alguien ha desperdiciado muchas oportunidades, pero en sus últimos años llega a la verdadera humildad del corazón, existe un regalo misericordioso del Padre celestial: si él ve en su hijo la voluntad sincera de recuperar lo que dejó pasar, vuelve a concederle la fuerza necesaria. Sin embargo, a menudo hacen falta entonces pruebas duras que se suceden a intervalos muy breves. Pero en cuanto el hijo descubre el amor del Padre en las circunstancias penosas, la aflicción ya ha terminado. Ahora él puede tomarlo en sus brazos y conducirlo al hogar eterno.
Cuando una persona despierta por la gracia de Dios, pero en ese momento todavía se encuentra hundida en el pantano del mundo, a veces comienza una lucha prolongada en la que intenta hacer realidad su vocación. Los encuentros con Dios y los momentos de felicidad se alternan con etapas de desánimo o incluso desesperación. Si la propia insuficiencia da lugar a autorreproches o autocompasión, fácilmente se insinúan la insatisfacción y un desafío encubierto contra los métodos educativos de Dios. El orgullo y la arrogancia desplazan la actitud humilde del principio y se manifiestan como nubes oscuras en el alma; con el tiempo la van llenando imperceptiblemente, hasta que un día el cristiano ya no es capaz de alegrarse de todo corazón ni de amar la vida. En este estado ya no puede captar ni soportar lo divino, y su corazón abierto vuelve a cerrarse. Como no quiere reconocer esta circunstancia, vive imaginando que progresa espiritualmente: su religión se convierte en una ilusión.
Por eso es importante no someterse a la autocompasión, el descontento ni el autorreproche. La espiritualización es un proceso. Precisamente en estos tiempos sin Dios, apartarse del mundo no es una empresa fácil. Confiar en la paciencia, la compasión y el amor ilimitado de nuestro Padre celestial ayuda a levantarse de nuevo y a dirigir la mirada hacia adelante. Para esto hace falta valor. Este es el valor que se encuentra en la verdadera humildad.
Este es un gran peligro del despertar: la persona atada al mundo fue tocada por Dios y los nudos de las ataduras terrenales se deshicieron, pero no puede soltar sus grilletes ya abiertos y se aferra obstinadamente a sus errores. A veces parece entonces que el despertar ocurrió fuera de tiempo o bajo condiciones equivocadas; sin embargo, es necesario en esta etapa de la vida para que la persona tocada disponga del tiempo suficiente para hacer realidad, durante los años y decenios siguientes, el destino válido correspondiente a su misión.
En esta etapa vuelven a producirse encuentros con Dios, pero las debilidades y los deseos materiales que siguen presentes en el alma continúan dominándola. Muchas personas que están despertando atraviesan así duras luchas y periodos sombríos de la vida que, por momentos, las hunden en la desesperanza y el desánimo. Como no se atreven a dar el paso decisivo hacia la libertad del espíritu, se hunden cada vez más en el pantano del mundo. Pero el Padre no puede sacar de allí a sus hijos, porque respeta su libre albedrío en toda circunstancia.
Así, su conflicto interior los lleva de un lado a otro; quieren servir a dos señores y con ello casi se causan la muerte. Solo cuando la paciencia de Dios y sus incesantes muestras de amor los hayan despertado con sus besos podrá producirse la liberación.
Esto puede ocurrir decenios después del primer despertar. Entonces todo acaba por encaminarse hacia el bien, y el cristiano reconoce que su despertar representó la siembra de las semillas del amor en la tierra de su alma, y que la lucha contra las fuerzas terrenales opuestas fue la herramienta que hizo crecer fuertes y firmes las plantas del amor divino en el campo del alma, de modo que de allí en adelante ninguna tormenta del mundo puede hacerles daño.
La voluntad del ser humano permanece siempre libre y, por ello, está expuesta a toda clase de peligros mientras no se haya producido la unión completa con el Espíritu de Dios. Aunque ya no sea posible no creer en Dios y negar su existencia, puede suceder que uno se aparte obstinadamente de él o que lo niegue por miedo, como le ocurrió a Pedro. Esto puede ocurrir después de años de comunión divina, cuando uno se ve expuesto a pruebas inesperadas. Sin embargo, estas son necesarias, pues en ellas se demuestran la fidelidad y la constancia que forman el fundamento para seguir avanzando. Si el hijo de Dios no resiste y cae, en el consiguiente sufrimiento del arrepentimiento puede volver a encontrarse en la misericordia del Padre.
Si existe el peligro de que un hijo malogre por completo la misión de su vida, el Padre puede valerse de la aflicción para producir una corrección. Si esto no ayuda, lo retira de la vida y lo saca del pantano que amenaza con devorarlo. Así se evita que siga desperdiciando tiempo y se neutralizan en gran medida los futuros sentimientos atormentadores de culpa. El destino no realizado solo se le revela cuando puede reconocerlo sin sufrir mayores daños. También aquí el amor paternal está por encima de toda justicia.
Si el cristiano permanece fiel durante las pruebas, finalmente hará realidad a Dios en sí mismo y a sí mismo en Dios. En esta unión de amor ya no vive él, sino Jesucristo en él. Ahora ya no puede haber separación ni, por consiguiente, alejamiento de Dios.
En la vida de toda persona llamada y escogida llega un momento en que debe despojarse del viejo hombre y abandonar su existencia atada al mundo. Desde hace mucho presiente que alguna vez deberá dar este paso, pero no quería aceptarlo del todo. Ahora, sin embargo, se encuentra realmente ante esta decisión. Siente sin posibilidad de equivocarse que su Padre celestial habla en serio, y él se lo comunica de manera inequívoca. Querer y decir «En realidad, sí me gustaría…» ya no basta; ahora deben seguir los hechos.
Una vez más, el hijo de Dios debe decidir si sirve al mundo o a Dios. Para ello, el Padre le concede tiempo y la posibilidad de retirarse a contemplarse a sí mismo. Si durante ese retiro no puede afirmar su vocación, o si desea renunciar a ella, su existencia volverá a transitar por cauces más mundanos. Quizá sienta entonces durante algún tiempo un vacío interior y una tristeza latente que, sin embargo, ya no percibirá con intensidad en la superficie de su alma, a la que pronto retorna; o quizá sienta un gran alivio, si solo pudo captar su vocación con el intelecto y la percibió como una imposición debido a las dudas y resistencias que esta le causaba.
Si su aceptación fue un autoengaño y no soltó realmente las estructuras que lo ataban, una aflicción inicial le indicará que debe tomar una decisión válida. A la larga no funciona querer y actuar solo de vez en cuando. Entonces uno también lo sabe, siempre que sea honesto en Dios y, a partir de ello, consigo mismo.
Si el cristiano continúa engañándose con una fe aparente, el Padre celestial se retira por el momento junto con la comunidad de trabajadores espirituales. Tiene poco sentido brindar apoyo pleno a alguien que afirma constantemente que quiere servir a Dios, pero no orienta de verdad su existencia en consecuencia. La seriedad y la fidelidad son requisitos para el seguimiento verdadero. En el conflicto del alma causado por el autoengaño, el «querer-pero-no-hacer» acabará trasladándose al cuerpo; una enfermedad puede ser la consecuencia.
Si las acciones siguen al propósito y la persona muestra disposición a poner activamente en práctica la voluntad del Padre, entra en una dimensión de la fe completamente nueva. Se abren ámbitos del alma hasta entonces ocultos: lo que antes estaba borroso ahora aparece claro y nítido ante sus ojos. En la luz divina reconoce el fundamento y la causa de su anterior obstinación y de las derrotas que surgieron de ella. La presencia de Dios la llena cada vez más profundamente y con mayor frecuencia; siente en sí una fuerza vital insospechada, impregnada de alegría y protección, de amor y misericordia. También se le hace visible en toda su magnitud la muerte espiritual generalizada, lo cual le da un estímulo adicional para seguir recorriendo con perseverancia y valor el sendero divino. En esta entrega, ahora todo puede suceder con mucha rapidez y pronto puede producirse un nacimiento interior en el Espíritu de Dios.
Queridos hermanos, muchos de nosotros aspiramos a la realización espiritual, pero no nos atrevemos a dar los pasos definitivos hacia la libertad. Por medio de estas palabras, el Padre les pide que los den ahora. Todo cristiano verdadero debe enfrentarse alguna vez a sus demonios, debe aplastar la cabeza de la serpiente aparentemente todopoderosa y debe pronunciar un NO decidido sobre sus pecados y debilidades. Al mismo tiempo, doy testimonio y respondo por ello con mi corazón lleno de Dios: aquí se manifiesta la verdad, y un nacimiento interior al menos parcial en el Espíritu de Dios puede hacerse realidad ya en esta vida terrenal para todos los que han reconocido al Padre en Jesucristo y lo aman con hechos. Porque vivimos en un tiempo especial. El Padre concede gracia como nunca antes; la puerta del cielo está abierta de par en par. ¡Reconozcan el regreso de Jesucristo!
Para concluir
La última sección de este capítulo señala peligros a los que están expuestas sobre todo las personas llamadas a cumplir una vocación divina o una misión divina; esto atañe a muchos lectores de este libro. Los desafíos terrenales y las exigencias espirituales dependen del don y el destino espiritual de cada persona. Cuanto más importante sea la tarea, más profundamente debe entrarse en la humildad, pues tanto más extraordinarias serán también las pruebas. De manera correspondiente, grande es el peligro de fracasar en la lucha; pero también son tanto más amplias la gracia y la misericordia de nuestro Padre celestial.
Las humillantes correcciones del alma por medio de la enfermedad y la aflicción no son castigos por haberse extraviado, y mucho menos arbitrariedad divina. Son, más bien, amor compasivo, que quiere proteger al hijo de Dios de algo peor y conducir toda vida hacia su liberación. El Padre nunca actúa por otra razón, aunque en la superficie material parezca lo contrario.
El miedo al fracaso y al castigo no nace del espíritu del amor confiado. La legislación condenatoria y el temor de Dios impuesto solo tienen vigencia para la creación caída, que no conoce ni reconoce a un Padre celestial. En su presencia, la severidad divina se transforma en misericordia y amor inefable. Nuestro corazón debe estar dirigido únicamente al corazón de Dios.
La fe y la confianza en Dios pueden poseerse de manera teórica o viva. En la entrega teórica, las pruebas de la vida se convierten con demasiada frecuencia en obstáculos insuperables que pueden conducir a la agresión, la resignación o la desesperación, y sumir a la persona en ellas. Si, en medio de los desafíos de la existencia terrenal, uno se abandona sin reservas al amor paternal de Dios, estos conducen al alma hacia la vitalidad de la fe y le deparan una protección y una bienaventuranza maravillosas.