Descendientes de la luz

Samuel Surazal Un choque a máxima velocidad contra un muro de luz y amor

Título original
Abkömmlinge des Lichts
Sobre esta edición
Autor / Fuente
Samuel Surazal

«Mis ovejas oyen Mi voz

y Yo las conozco. Me siguen y Yo les doy vida eterna

y no se perderán jamás, y nadie las arrebatará de Mi mano».

¿Por qué los habitantes del universo abandonan sus mundos estelares, casi siempre paradisíacos, donde no existen la enfermedad, la adversidad ni una muerte dolorosa, para pasar en nuestra Tierra, dentro de un cuerpo pesado y vulnerable, un periodo de vida que, si bien es breve, está marcado por el dolor y la mortalidad omnipresente? Saben que Dios se vistió aquí con la materia y que, mediante su muerte en la cruz y su resurrección, despojó a la muerte de su poder, abriendo así para la creación caída un sendero válido por toda la eternidad desde su cautiverio material hasta su corazón.

Solo los seres humanos nacidos en la Tierra tienen el privilegio, siempre que recorran el sendero cristiano con seriedad y fidelidad, de ir directamente a la Jerusalén celestial para habitar allí en la propia casa del Padre, donde viven con él y en él en la más íntima familiaridad. Esta situación inicial tan especial no existe en ningún otro lugar de todo el universo. En vista de los innumerables astros del cosmos, resulta difícil de comprender; y, sin embargo, así es.

Pero también los espíritus celestiales vienen aquí por razones importantes. Para entenderlo, hay que saber que existe una vida y un amor originarios, firmemente anclados en el Espíritu de Dios, y también un amor libre al Padre. Entre ambos hay una diferencia infinita: los espíritus que en otro tiempo no salieron de la perfección divina se conocen a sí mismos de manera uniforme dentro de una pertenencia a Dios que les ha sido prescrita. Su voluntad está firmemente anclada en la voluntad de Dios. Sin embargo, el amor libre a Dios solo puede desplegarse en la independencia espiritual. Para conseguirla, todo espíritu debe entrar en un olvido total -el camino más corto hacia la perfección libre, posible únicamente en esta Tierra- o en un olvido parcial -el camino que atraviesa eones en otros astros-, pues solo así puede despertar en sí mismo, con autodeterminación y libertad, el amor a Dios y nacer de nuevo en él.

En términos generales, se puede distinguir entre

  • los espíritus del cielo que ya realizaron una encarnación en esta Tierra para alcanzar el renacimiento espiritual. Vuelven a ponerse la vestidura terrenal con el fin de cumplir una misión. Para poder liberar de nuevo su Espíritu de Dios, deben estar sometidos a las más diversas fuerzas contrarias y desafíos del alma, y algunos de ellos se apartan del sendero que se habían propuesto. Sin embargo, ya no es posible que caigan en un cautiverio de graves consecuencias en manos de Satanás, debido a las fuerzas de Dios que ya les pertenecen;
  • los ángeles que todavía deben realizar el renacimiento libre en el Espíritu de Dios. Estos espíritus, encarnados por primera vez, no cayeron en otro tiempo junto con Satanás. Vienen a la Tierra para abandonar su voluntad arraigada en lo divino. Desde el olvido terrenal pueden fundar en sí mismos una vida nueva y libre de amor al Padre celestial;
  • las almas que ya pasaron una vez por esta Tierra y que después permanecen en las más diversas esferas del más allá, fuera de las regiones celestiales. Se les regala una nueva encarnación con la posibilidad de progresar espiritualmente. Sin embargo, constituyen una minoría en la Tierra y no la mayoría, como suele suponerse;
  • los descendientes de astros de las más variadas formas del universo. También vienen aquí con el propósito de alcanzar, por el camino más corto y en la lucha terrenal por vencerse a sí mismos, la mayor comunión posible y el amor más íntimo a Jesucristo;
  • los seres humanos que proceden de la evolución del alma de este mundo terrenal. También ellos deberían dedicar su vida, con todas sus fuerzas, al renacimiento espiritual. Constituyen la mayor parte de la población de la Tierra.

Los cuatro grupos mencionados en último lugar sí pueden quedar atrapados en los lazos de Satanás. Pueden hundirse profundamente en los deseos sin Dios que producen en la Tierra, lo cual provoca una pérdida grave y decisiva de la libertad ya en este mundo y, después de la muerte terrenal, en el más allá.

Los textos siguientes se ocupan principalmente de los espíritus celestiales que se han convertido en seres humanos terrenales y de los ciudadanos de los más diversos mundos cósmicos encarnados aquí. Todos están sujetos a inclinaciones y debilidades características, que se examinarán con mayor detalle en este punto. Una diferenciación exhaustiva de los seres extraterrestres excedería los límites del capítulo; por eso, para simplificar, se los denomina en conjunto descendientes o hijos de la luz. Al estudiar los textos, cada lector podrá hacer las distinciones pertinentes si corresponde.

En esta fase particular de la historia de la Tierra se ha encarnado una cantidad relativamente grande de antiguos habitantes de otros astros; probablemente constituyan alrededor del cinco por ciento de la población terrestre. También hay una presencia mayor de espíritus celestiales para servir a Dios en el tiempo de la transformación. Algunos ya han despertado, varios se encuentran en proceso de despertar, muchos aún no han despertado y permanecen obstinadamente atrapados en deseos materiales o en sistemas de creencias falseados que encierran sus corazones en prisiones espirituales.

Con gusto quisiera comunicarles a estos hermanos quiénes son y qué deben hacer, y eso es precisamente lo que sucede aquí. Pero la experiencia demuestra que la verdad no suele ser bien recibida, pues no solo destruye imágenes falsas del mundo, sino también mundos espirituales aparentes y mundos religiosos de delirio y engaño. La reacción suele ser de incomprensión y rechazo cuando se expresa una verdad fundamental y universal cuya realización exige humildad ante un Dios todopoderoso llamado Jesucristo y entrega a él. Incluso espíritus que en otro tiempo estuvieron unidos a Jesucristo en un amor íntimo pueden dejar de encontrarlo en el laberinto religioso de la Tierra. Por eso oro en silencio por ellos. Mientras lo hago, miro con confianza a los ojos de Dios, que dicen: «Todo estará bien; ten paciencia, como Yo la tengo contigo».


A lo largo de los seis milenios anteriores, habitantes de los mundos estelares y celestiales se han puesto periódicamente la vestidura terrenal para indicar a la humanidad su origen y su destino, y mostrarle los peligros de un modo de vida contrario a Dios. Rara vez se los tomó en serio; a menudo fueron objeto de burlas, persecución o incluso muerte. Solo unos pocos pudieron cumplir adecuadamente su vocación divina y, cuando lo consiguieron, casi siempre fue dentro de un círculo reducido, sin que el mundo los reconociera.

Algunos solo pudieron reproducir de manera distorsionada la Palabra de Dios depositada en ellos, de acuerdo con las concepciones de fe que les habían inculcado. Así, junto a algunas comunidades verdaderamente cristianas, surgieron las más diversas comunidades religiosas, cuyas confesiones no pudieron ni pueden engendrar una vida pura en Dios. Otros descendientes de la luz se apartaron por completo de su identidad: se hundieron en los deseos del bienestar terrenal, la riqueza material y el afán de poder.

Lamentablemente, la población de la Tierra se ha vuelto tan corrupta y engañosa que solo unos pocos ángeles encarnados pueden encontrar su vocación. Todo el mundo aspira únicamente a alcanzar sus anhelos ligados a la materia y no a realizar su identidad espiritual, que revelaría su verdadera y única realidad en el tiempo y la eternidad.

La red del espíritu de la época tiene una trama muy cerrada; las trampas acechan sobre todo donde menos se las espera. El renacimiento en el espíritu solo puede realizarse cuando uno aparta del mundo sus necesidades. Solo los hijos celestiales y estelares que recorren con humildad el sendero trazado por Jesucristo y renuncian a una manifestación mundanizada de sus talentos espirituales revelan el poder del amor del Padre.

Pero esto no es privilegio suyo. Las almas procedentes de este planeta y de otros están en completa igualdad con los hijos de la luz. Cuando despiertan en Dios, también ellas revelan su vida y su amor. Y, naturalmente, también tienen que superar luchas de liberación; solo sus causas y circunstancias suelen ser específicas de su origen. En el fondo, solo hay hermanos de igual valor, cada uno vivo en la forma de ser que Dios le ha concedido y en la que encuentra su destino eterno.


Las debilidades del ser humano se fundamentan, en gran medida, en su procedencia prenatal. Lleva consigo a su encarnación partes caídas del alma que, si vive rectamente, le sirven como instrumento para despertar espiritualmente. Esto sucede tanto en otros planetas como, sobre todo, en esta Tierra, donde se concede un poder ilimitado al mal satánico debido al libre albedrío absoluto que impera.

También los habitantes de las estrellas que abandonan sus mundos, a menudo espléndidos de luz, para aventurarse en la oscuridad de una existencia de materia densa, disponen, además de inclinaciones positivas, de las inclinaciones negativas necesarias para hacer posible un renacimiento espiritual inmediato. Del mismo modo, los espíritus celestiales se cargan durante una encarnación terrenal con sustancia del alma relacionada con la materia, para llevar su Espíritu de Dios al despliegue mediante el manejo recto de dicha sustancia.

Los efectos de estas fuerzas contrarias están influidos de manera considerable por las condiciones del mundo del que se procede. Según el modo de vida de la existencia anterior, además del despliegue de rasgos ejemplares del carácter y talentos extraordinarios, también se manifiestan toda clase de conductas imperfectas:

El desplazamiento anterior a la velocidad de la luz o del espíritu y el cumplimiento antiguamente instantáneo de la voluntad pueden conducir ahora a la pereza o la impaciencia, o a ambas, pues los antiguos habitantes estelares y celestiales deben cargar ahora con el pesado cuerpo de carne que los envuelve, dentro del cual tienen que someterse a procesos temporales y superar distancias espaciales. Su sentido de justicia, antes divino, produce a veces en la existencia terrenal una justicia propia carente de consideración. Un principio de sabiduría que antes predominaba puede conducir a una dependencia antinatural del intelecto, lo que a su vez provoca orgullo y soberbia. El deseo subyacente de tener la comprensión del ser de todas las cosas, siempre presente en el estado celestial, puede degenerar ahora en una curiosidad impertinente. Los descendientes de astros donde el orden y la uniformidad constituyen el principio esencial pueden estar sometidos en la Tierra a una compulsión antinatural por el orden que determina su conducta. Así, muchas otras concepciones exóticas y maneras extrañas de actuar y comportarse se remontan a las condiciones de los mundos que habitaban anteriormente.

Su lucha de liberación, al igual que la de las almas procedentes de esta Tierra, consiste en superar las más diversas cualidades negativas mediante la fe en lo verdadero y lo bueno. Al posponer las necesidades propias dentro de la familia, estar dispuestos a ayudar en el círculo de conocidos y amigos, obedecer instrucciones en el ámbito laboral y cumplir las leyes del Estado, crece en el corazón la humildad recta, absolutamente necesaria para recorrer el sendero cristiano. Al desplegar compasión y misericordia ante el terrible sufrimiento del mundo, despierta en ellos el deseo de aliviarlo mediante su disposición al sacrificio.

De acuerdo con la entrega al amor, las fuerzas del alma que al principio eran negativas se convierten finalmente en recipientes que acogen la conciencia divina. Las imperfecciones que antes dominaban entran en su perfección original.


Para las almas procedentes de la Tierra, la existencia humana solo comienza con la concepción en el vientre materno y el posterior encarcelamiento del Espíritu de Dios en el corazón. Al principio no conservan ningún recuerdo de su existencia anterior a la antigua caída fuera de la divinidad ni de la evolución que esta puso en marcha a través de innumerables ciclos del tiempo.

Antes de la encarnación terrenal, los descendientes de la luz ya vivían en una existencia consciente de sí. Como durante su existencia humana en la Tierra su Espíritu de Dios también reposa oculto en el corazón del alma, al principio tampoco pueden reconocer su procedencia. Según la educación y el entorno, muchos crecen en un medio que los moldea de manera mundana y llevan una existencia principalmente material, con toda clase de altibajos.

Para provocar un despertar, casi siempre es necesaria la presión del sufrimiento, pues tanto en el sueño de la mundanización y de la aparente seguridad material como en el egocentrismo de una vida espiritual entregada al placer, los toques divinos casi nunca pueden percibirse o solo se perciben de manera falseada. Por eso, el despertar auténtico sin una influencia dolorosa es sumamente raro.

Pero incluso ante el desafío de circunstancias problemáticas de vida, dolorosas y humillantes, casi nunca se produce una verdadera y duradera revelación del espíritu ni la comprensión de la existencia prenatal que a veces la acompaña.

Si el ser humano no se vuelve hacia Dios en medio de la adversidad que abre su alma, su difícil estado puede provocar una caída profunda en la agresividad, la desesperación o la depresión. Algunos recurren entonces al alcohol o a drogas más fuertes, o se hunden en su sufrimiento, o ambas cosas. Estos hijos de Dios terminan en ocasiones sin hogar. Más de un mendigo sucio es un ángel de luz.

Durante y después de la renovación del mundo terrenal, algunos de estos hermanos perdidos despertarán a su naturaleza divina. En el nuevo tiempo se convertirán en reveladores del caudal de pensamientos celestiales.


Como ya se mencionó, la constitución de los hijos de la luz se debe a su existencia anterior, a la estructura de su espíritu y de su alma, y a su vocación.

Estas condiciones producen en ellos, no pocas veces, un sentimiento de no pertenecer a la Tierra. A los ojos de quienes los rodean, suelen parecer «incapaces de desenvolverse en la vida», inadaptados y también inestables en el alma; varios tienen capacidades excepcionales en áreas aisladas y son autistas. Muchos tienen dificultades en la escuela, algo que no se debe a falta de inteligencia, sino que suele fundarse en un rechazo inconsciente de la manera carente de amor y errada en que se imparte la educación terrenal y la enseñanza escolar.

Más adelante, varios trabajan en profesiones de servicio social o, por su amor a la libertad, laboran de manera independiente, aunque, debido a su bondad y credulidad, rara vez se convierten en empresarios orientados a las ganancias. Por su percepción particular, muchos se niegan a someterse al dictado del intelecto y siguen principalmente sus sentimientos y su intuición. Como antes de despertar no existe una conexión consciente con el Espíritu de Dios, estas personas guiadas por los sentimientos son fáciles de influir y con frecuencia se aprovechan de ellas.

Por carecer de sostén en el mundo, muchos de ellos se convierten en buscadores espirituales. Pero su intelecto desprendido del mundo se extravía fácilmente en el laberinto del esoterismo y de la religión falseada. Lamentablemente, su intenso anhelo de seguridad también los predispone a caer en conductas adictivas extremas. Así, su camino es un peligroso recorrido por la arista entre la pertenencia al mundo y la libertad de espíritu. Los espíritus protectores que los acompañan tienen «las manos llenas de trabajo» para evitar que estas almas perezcan.

Pero son precisamente las circunstancias difíciles y dolorosas las que constituyen la base para un despertar en el momento adecuado. En sus condiciones de vida, a menudo arduas e inseguras, se liberan de las ataduras terrenales con mayor facilidad que en una existencia asegurada.


De acuerdo con su constitución, algunos hijos de la luz alcanzan posiciones elevadas en el mundo. A menudo se trata de antiguos habitantes de mundos donde predominaba intensamente la sabiduría, que ahora se expresa en claridad de pensamiento y agudeza intelectual. Debido a la estructura de su alma, no solo poseen numerosos talentos, sino también, con frecuencia, una fuerza de voluntad casi indomable, aunque egocéntrica. En conjunto, estas cualidades encierran un gran peligro, pues el intelecto calculador suele utilizar todo cuanto le sirve para alimentar su ambición ilimitada, su afán de dominio y su codicia. Por eso se encuentran a menudo personas así en los niveles superiores de grandes corporaciones orientadas sin escrúpulos a las ganancias. Aquí se ve con claridad cómo las capacidades divinas se transforman en algo satánico a causa de la obsesión por el poder y la avaricia.

Así, algunas figuras importantes de la economía y la política viven al margen de su verdadera misión. Como enviados de la luz, deberían apoyar espiritualmente a la humanidad y no arrastrarla aún más profundamente hacia el mundo mágico de la materia. Sin embargo, veo que varios de ellos despiertan y se reconocen como quienes verdaderamente son: hijos del amor de Dios. Como tales, algún día abandonarán sus supuestas riquezas y seguirán a Jesús.

(Nota: Los dos textos anteriores muestran posibilidades generales. Por lo común, las características se mezclan en mayor o menor grado, y por eso surgen muchos destinos y modos de conducta diferentes).


Algunos descendientes de la luz poseen una fuerza de atracción extraordinaria: su irradiación luminosa ejerce un efecto estimulante sobre quienes los rodean. Si estos espíritus sucumben a las aspiraciones materiales, el mundo sin Dios puede influir deliberadamente sobre ellos y utilizar hábilmente su carisma para fines inferiores. Les concede riqueza y prestigio inconmensurables. En los medios de comunicación de imagen glamorosa son admirados y venerados como personalidades famosas. Junto con las almas del mundo demoníaco revestidas del rango de celebridades, son los dioses de los pueblos condicionados y las marionetas que los directores tras las bambalinas de este teatro terrenal emplean para el engaño y la manipulación.

Sobre todo durante la juventud, la veneración incesante es un veneno para estas personas. Embriagadas por su posición de superioridad, muchas solo logran sentirse a sí mismas en momentos de reconocimiento ilimitado. Por eso, a pesar de todo el bienestar imaginable, sienten continuamente un vacío interior desagradable.

Lamentablemente, en su anhelo de plenitud rara vez buscan caudal espiritual, sino que se satisfacen y se adormecen con posesiones, una vida desenfrenada de fiestas y sexo, y un consumo excesivo de alcohol y drogas. Así caen cada vez más bajo, y más de una «estrella» no sobrevive a sus excesos. En el mundo de la música y el cine hay suficientes ejemplos. «¡Solo los buenos mueren jóvenes!» es entonces el lema apropiado.


Con bastante frecuencia, dos o más hermanos estelares o celestiales deciden encarnarse juntos en esta Tierra. Tan pronto como se dan las condiciones adecuadas para los «pasajeros», emprenden el viaje del olvido y entran en el cuerpo de sus madres. A partir de ese momento, cada alma sigue su propio camino, aunque las comunidades prenatales a veces también están unidas por lazos familiares en la Tierra o vuelven a encontrarse como conocidos. Sin embargo, por lo general ya no pueden reconocer su antigua pertenencia mutua.

A lo largo de la existencia terrenal se desarrollan las más diversas circunstancias de vida y campos de acción. Así, quizá sucede que un alma de la comunidad luminosa se convierte en un artista de fama mundial, un magnate de la economía o un gobernante, y alcanza con ello gran riqueza y prestigio. Otra pasa su vida en la pobreza o necesitada de cuidados. Cada ser humano tiene su destino enteramente personal, de acuerdo con sus disposiciones y con las necesidades de su vocación.

No son pocos los que se encarnan con el deseo de que se les conceda encontrarse alguna vez, o por lo menos una sola vez, con sus antiguos familiares o hermanos celestiales, si no vuelven a coincidir como parientes. Cuando finalmente se encuentran «por casualidad», sienten un amor y una unión íntimos con la persona aparentemente desconocida. Entonces, por desgracia, sucede que personas ya casadas vuelven a enamorarse, a veces bajo la idea equivocada de haber encontrado a su llamada alma dual, aunque esto ocurre muy raramente en esta fase de la historia de la Tierra. Más de un matrimonio ya se ha deshecho por ello.

En algunos casos sucede que, al encontrarse con un alma hermana procedente de la luz, alguien percibe de forma inconsciente pero intensa la conexión espiritual y se enamora «para siempre» de ella, mientras la otra no le corresponde. En la ceguera mundana, una conexión unilateral entre almas de esta clase provoca a veces un sufrimiento amoroso indescriptible en la persona afectada y, en ocasiones, el llamado acoso.

Después de varios años y de los más diversos recorridos de vida, finalmente llega el momento de abandonar de nuevo la Tierra. Cada alma entra a su debido tiempo en el más allá que creó individualmente y, según el grado en que se haya mundanizado o espiritualizado, continúa entonces su desarrollo. Además de los verdaderos creyentes, quienes apenas derraman una lágrima por la Tierra son, sobre todo, los que sufrieron adversidades. Su antigua privación les permite liberarse rápidamente de las ataduras terrenales.

La persona famosa y acaudalada que disfrutó de todas las comodidades imaginables, y que quizá cayó en el orgullo y la arrogancia a causa de la riqueza y la veneración, encuentra mayores dificultades. Está adherida a los deseos materiales, pero sobre todo le falta el estatus mundano que llevó consigo al más allá. También allí quiere que la amen por ese estatus y que le den un trato preferente. Sin embargo, tanto en este mundo como en el más allá, solo el amor que sirve hace posible el crecimiento espiritual. Así, mediante la riqueza o el poder terrenales, o ambos, se preparó un camino arduo si no utilizó su posición elevada para el bien de sus semejantes.

A partir de cierto grado de madurez, las almas llegan a regiones más luminosas. Allí vuelven a reconocer su hermandad. Quienes han progresado actúan entonces con todo su amor sobre sus hermanas y hermanos rezagados. Su oración no cesará hasta que también la última alma hermana haya quedado libre, lo que puede tomar periodos prolongados según su disposición a desprenderse de los deseos y las ataduras terrenales.

Al final ya no existen las antiguas diferencias mundanas; sin embargo, la capacidad de acoger al Espíritu de Dios difiere según la facultad de fe y amor adquirida en la Tierra, lo que produce en parte grandes diferencias entre los estados de bienaventuranza. Cada plenitud lleva en sí misma su propia medida de perfección y, por tanto, también una bienaventuranza enteramente particular.


En este tiempo de transformación y renovación, un número relativamente grande de comunidades abandona la seguridad de sus mundos luminosos para revestirse en esta Tierra de un cuerpo de materia sólida. Debido a las posibilidades de encarnación existentes, a veces se producen dispersiones temporales que van desde algunos años hasta varias décadas.

Por eso no es raro que quienes «partieron» juntos vuelvan a encontrarse en la Tierra, por ejemplo, como madre e hija o como abuelo y nieto. Las dispersiones espaciales suelen obedecer a necesidades específicas del alma y crean múltiples condiciones para las vocaciones divinas. Cuando, en el momento indicado, dos o más personas de distintos países o círculos culturales se encuentran «por casualidad» y se reconocen como hermanos en el espíritu, fue y sigue siendo algo querido de ese modo.

La razón de un nacimiento conjunto suele encontrarse en el deseo de no estar separados tampoco en la Tierra, aunque a veces reside en la necesidad de cumplir una misión divina. En este caso, el Padre vuelve a reunir a los hermanos estelares y celestiales para que formen una isla de amor, ya sea como familia, círculo de amigos o comunidad de fe.

Lamentablemente, a veces sucede que una alianza formada de este modo cae en la soberbia espiritual o en una fe errónea, y así se forma una asociación fanática. Entonces se pierde la luz original y la obra de vida no puede llevarse a cabo.

En ocasiones, un alma hermana asume la pobreza o una discapacidad para permitir que, además de cumplir su propia tarea de vida, quienes la rodean en la Tierra aprendan la entrega mediante el servicio. El amor solícito al prójimo permite a quienes ayudan y cuidan hacer buenos progresos en su desarrollo espiritual. Estas almas de sacrificio sirven a algunas almas con una misión para que su Espíritu de Dios se despliegue con mayor rapidez, tal como se había acordado antes con amor.

En la lucha espiritual, todos están para uno y uno para todos. La «recompensa» de las almas de sacrificio es la misma que la de las almas trabajadoras. Aquí no hay mejor ni peor, más alto ni más bajo. Al final, todos vuelven a estar unidos, y el amor a su Padre en Jesucristo es su vida común.


Almas de la Tierra

Forma parte de mis tareas esclarecer las condiciones de este mundo y del mundo del más allá. En este punto se me concedió informar un poco sobre los descendientes de astros lejanos y los espíritus procedentes de las regiones celestiales.

Del mismo modo y, sobre todo, el proceso universal de redención concierne a los hijos de esta Tierra, que recorren el reino natural y el animal como una conciencia que se vuelve cada vez más libre dentro de la sustancia del alma ligada a la materia sólida y llamada materia, hasta alcanzar la existencia humana libre, para poder finalmente cruzar el puente de la condición de hijos de Dios. También ellos están afectados por debilidades e imperfecciones a causa de la caída luciferina y están sujetos a las mismas condiciones que todos los demás seres cósmicos.

Sin embargo, los pueblos extraterrestres traen otras condiciones a la existencia terrenal y, gracias a ellas, están capacitados para colaborar, como servidores del amor, en la redención de la Tierra caída. En esta función, uno no se coloca por encima, sino por debajo de sus hermanos nacidos del planeta Tierra. Ante Dios no existen derechos de superioridad de ninguna clase: la procedencia estelar o el origen celestial constituyen, ante todo, la obligación de ponerse al servicio del amor.

Cuando un alma de la Tierra despierta, bien puede superar en amor y sabiduría a los descendientes de la luz y convertirse en su maestra y guía; y así será también algún día. Nadie puede imaginar lo que contiene un ser humano, por muy bajo que haya caído, sin importar su procedencia.

Quiero recalcarlo una vez más: ante Dios no existe una sociedad de dos o tres categorías, ni una diferencia de valor entre los espíritus de los cielos, las almas de estrellas lejanas y las almas extraídas de la sustancia de esta Tierra. Más bien, el amor divino se inclina hacia quien ha caído y necesita ayuda. El corazón del Padre siente un gran anhelo por la redención de su creación caída. Él dedica todo su ser a esta liberación. Solo será completamente feliz y estará satisfecho cuando, algún día, también el último hijo perdido de su amor haya vuelto a casa.


Compartir esta página
WhatsApp Telegram Correo
Se abre en una pestaña nueva.