Jn 3:13–15. Nadie sube al Cielo sino Aquel que descendió del Cielo, es decir, el Hijo del Hombre, que permanece continuamente en el Cielo. Y así como Moisés levantó una serpiente en el desierto, también el Hijo del Hombre debe ser levantado, para que todos los que creen en Él no se pierdan, sino que tengan la vida eterna.
El Señor dijo: «Mira, nadie sube al Cielo sino Aquel que descendió del Cielo, es decir, el Hijo del Hombre, que permanece continuamente en el Cielo. Y así como Moisés levantó una serpiente en el desierto, también el Hijo del Hombre debe ser levantado, para que todos los que creen en Él no se pierdan, sino que tengan la vida eterna. Dime, ¿comprendes esto?».
Nicodemo dijo: «Querido Maestro, ¿cómo podría yo comprender eso? En Ti hay una clase muy particular de sabiduría; como ya Te observé una vez, me resultaría más fácil leer la antigua escritura egipcia de aves que entender Tu sabiduría. Debo confesarte abiertamente que, si Tus obras poderosas no me mantuvieran unido a Ti, tendría que considerarte un loco y un bromista, pues nunca una persona razonable ha hablado como Tú. Sin embargo, Tus obras muestran que en Ti debe haber una plenitud de poder y sabiduría divinos, sin los cuales nadie podría realizar tales obras.
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Pero donde lo primero es puramente divino, también lo segundo debe ser divino. Tus obras, querido Maestro, son divinas; por eso también Tu enseñanza acerca del Reino de Dios en la Tierra debe ser divina, la comprenda yo o no. Sin embargo, si considero de manera apenas mundana la tesis «Nadie sube al Cielo sino Aquel que descendió del Cielo», quedo completamente perdido. Querido Maestro, desde Enoc y Elías, probablemente ningún ser humano de la Tierra ha tenido la dicha de ascender visiblemente a los Cielos. Quizá Tú llegues a ser el tercero. Pero aun si fueras el tercero, ¿de qué les serviría a todos los demás, quienes, por no haber descendido de los Cielos, tampoco podrán llegar nunca a ellos?
Además dijiste que Aquel que descendió del Cielo se encuentra en realidad en la Tierra solo en apariencia, pero que, en verdad, permanece continuamente en los Cielos. Según eso, por el momento únicamente Enoc y Elías participarían del Reino de Dios venidero, y quizá Tú más adelante; los restantes millones de millones podrían tenderse por todas las eternidades de las eternidades en la tumba húmeda y oscura, y por la gracia y misericordia de Dios volver a convertirse en tierra y finalmente en nada.
Querido Maestro, ¡los pobres gusanos de la Tierra, que de modo bastante ridículo reciben en todo sentido el nombre de seres humanos, no quieren saber nada de semejante Reino de Dios en la Tierra! ¿Quién no sabe que esto es así y siempre lo fue? Una golondrina, o incluso tres, no hacen el verano. ¿Qué habían hecho Enoc y Elías para ser llevados de la Tierra al Cielo? En el fondo, nada más que aquello que era propio de su naturaleza celestial. Por tanto, no tenían mérito alguno y, según Tu explicación actual, fueron llevados de la Tierra a los Cielos únicamente porque también habían descendido de los Cielos a la Tierra.
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En esto hay terriblemente poca esperanza y casi ningún consuelo para la pobre humanidad de esta dura Tierra. Pero, como ya Te dije antes, sigo considerando Tu enseñanza divina y sumamente sabia, aunque, vista con el entendimiento natural —como demostré a partir de una de Tus tesis—, sea y tenga que ser la más pura insensatez, cosa que Tú comprenderás tan bien como yo.
Pero lo que quieres decir con la elevación del Hijo del Hombre —que ha de ser semejante a la de la serpiente de bronce de Moisés en el desierto—, y cómo y por qué deben tener la vida eterna todos los que crean en este Hijo del Hombre elevado como una serpiente, ya entra en el terreno de lo parabólico, es decir, en algo que constituye en sí mismo la más pura insensatez. ¿Quién es este Hijo del Hombre? ¿Dónde está ahora? ¿Qué hace? ¿También él viene de los Cielos como Enoc y Elías? ¿Todavía ha de nacer? ¿Qué deben creer acerca de este Hijo del Hombre las personas que seguramente lo han visto tan poco como yo? ¿Cómo puede venir a esta Tierra si permanece continuamente en el Cielo? ¿Dónde y cuándo será elevado? ¿Se convertirá con ello en un rey invencible y poderosísimo de los judíos?
Mira, querido Maestro, todo esto suena muy extraño en boca de un hombre que demuestra mediante sus obras que debe estar lleno de fuerza y poder divinos. Pero, como dije, no permitiré que nada de eso me confunda y seguiré considerándote un gran profeta despertado por Dios.
De esto puedes ver que no soy de aquellos que rechazan de inmediato una enseñanza cuando no la comprenden. Por eso Te pido que añadas al menos una pequeña explicación, pues de esta manera me resulta imposible captarte y entenderte. Mira, en la tierra de los judíos depende mucho de mí, y especialmente en la ciudad de Salomón, donde soy el principal de todos los judíos. Si introduzco a Ti y Tu enseñanza, serán aceptados e introducidos; pero si los dejo caer, también caerán y no encontrarán aceptación. Por eso, ten la bondad de darme un poco de luz».
Yo digo: «Has pronunciado muchas palabras y has hablado como una persona que no tiene idea de las cosas celestiales. Pero no puede ser de otro modo, pues te encuentras en la noche del mundo y no logras ver la luz que ha venido de los Cielos para iluminar las tinieblas de la noche de este mundo. Ciertamente tienes un resplandor de amanecer, pero aun así no ves lo que, por decirlo así, está justo delante de tu nariz».