Tercer capítulo. Conversación de Jesús con Nicodemo acerca del renacimiento, y conversación de Juan con sus discípulos acerca de Cristo.
Jn 3:1. Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, que era un principal entre los judíos.
Ya se mostró en el capítulo anterior que, después de la purificación del Templo, Yo permanecí con todos los que Me habían seguido en un pequeño alojamiento fuera de la ciudad. Sin embargo, cualquiera podría preguntar con toda razón:
«Señor, ¿qué hiciste allí? Seguramente no pasaste ocioso aquel período de al menos ocho días».
Entonces digo Yo: «¡Por supuesto que no!». Tanto de día como de noche venían a Mí desde la ciudad multitudes de personas de todas las clases sociales. Los pobres llegaban por lo general durante el día; los grandes, distinguidos y ricos, en cambio, solían venir de noche, porque no querían mostrarse débiles ni quedar bajo sospecha ante los de su misma condición.
En parte los movía la curiosidad y, en parte, cierta intuición creyente de que quizá Yo pudiera ser el Mesías; por eso querían conocerme más de cerca. Salían entonces de noche y Me visitaban, pero esas visitas solían terminar con gran disgusto, pues a aquellos distinguidos, grandes y ricos les irritaba muchísimo que Yo no los tratara por lo menos con la misma bondad y cortesía que a los muchos pobres, quienes no se cansaban de elogiar Mi bondad y amabilidad.
Entre los pobres también actuaba como médico y hacía milagros: liberaba a los poseídos de los espíritus que los atormentaban, hacía caminar a los paralíticos, enderezaba a los tullidos por la gota, limpiaba a los leprosos, hacía oír y hablar a los mudos y daba vista a los ciegos; y todo esto, en la mayoría de los casos, mediante la palabra.
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Quienes venían a Mí de noche lo sabían muy bien y también Me pedían señales semejantes. Pero Yo siempre les respondía: «El día tiene doce horas, y la noche también doce. El día está destinado al trabajo; la noche, al descanso. Quien trabaja de día no tropieza en ninguna parte; pero quien trabaja de noche tropieza fácilmente, porque no ve dónde pone el pie».
Algunos Me preguntaron con qué poder y fuerza realizaba Yo tales milagros. La respuesta fue muy breve: «Con Mi propio poder y Mi propia fuerza; para ello no necesito la ayuda de ningún ser humano».
Volvieron a preguntarme por qué no prefería alojarme en la ciudad, pues a obras tan grandes les correspondía un lugar grande y no una pequeña aldea que, aunque situada cerca de la gran metrópoli, era completamente ignorada por ella.
Yo respondí: «No permanezco en un lugar donde, delante de las puertas, soldados armados hacen guardia para los habitantes que se creen grandes; donde solo dejan entrar a quienes lucen espléndidos y rechazan sin misericordia a los pobres; y donde, si alguien tiene rostro extranjero y no lleva ropa lo bastante ostentosa, lo detienen en cada calle por lo menos siete veces para preguntarle quién es, de dónde viene y qué hace allí. Además, Yo amo únicamente lo que es pequeño ante el mundo y despreciado por él, pues está escrito: “¡Lo que es grande ante el mundo es una abominación ante Dios!”».
Ellos preguntaron: «¿No es grande y magnífico el Templo en el que habita Jehová?». Yo dije: «Debería habitar allí; pero como ustedes han profanado el Templo, Él lo abandonó y ya no vive en él. ¡El Arca de Moisés está vacía y muerta!».
Los visitantes nocturnos dijeron: «¿Qué cosas blasfemas estás diciendo aquí? ¿No sabes lo que Dios habló a Salomón y a David? ¿Puede volverse falso alguna vez lo que Dios ha dicho? ¿Quién eres Tú para atreverte a decir semejantes cosas delante de nosotros?».
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Yo digo: «Así como en Mí y desde Mí mismo tengo el poder y la fuerza para sanar, únicamente mediante Mi voluntad y Mi palabra, a todos los enfermos que vienen a Mí, también tengo el poder, la fuerza y el pleno derecho de hablarles así acerca del Templo. Les repito que ahora también su Templo es una abominación ante Dios».
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Entonces algunos comenzaron a murmurar; otros, en cambio, dijeron: «Evidentemente es un profeta». Los profetas siempre se habían expresado desfavorablemente acerca del Templo, por lo cual añadieron: «¡Dejémoslo ir!». Y así se retiraron aquellos visitantes nocturnos.
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