Jn 2:23. Mientras Él estaba en Jerusalén durante la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en Su nombre al ver las señales que hacía.
Les digo: «Ahora es la Pascua, y durante este tiempo permaneceré aquí en Jerusalén. Vayan adonde Yo esté y verán muchas señales verdaderas. Pero observen ustedes mismos si esas señales no los matarán».
Ante estas palabras, los judíos abrieron mucho los ojos. Pero Yo los dejé y salí del Templo con Mis discípulos. Los judíos Me siguieron en secreto, pues no se atrevían a hacerlo abiertamente porque Yo había hablado de la muerte causada por Mis señales. Ellos no entendían que se trataba de la muerte del elemento espiritual, sino de la muerte del cuerpo; y, como todos los ricos de la Tierra, eran grandes amantes de la vida terrenal.
Sin embargo, uno de ellos se acercó a Mí fuera del Templo y dijo: «Maestro, Te he reconocido y quisiera estar cerca de Ti; ¿dónde Te hospedas?»
Jn 2:24–25. Pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba que nadie diera testimonio acerca de una persona; Él sabía lo que había en el ser humano.
Pero Yo vi que no hablaba con sinceridad y que su intención de averiguar Mi alojamiento no era honrada. Por eso le dije —como diría después a otros investigadores semejantes y malintencionados— la conocida sentencia: «Las aves tienen sus nidos y los zorros sus madrigueras; pero el Hijo del Hombre no tiene una piedra donde apoyar Su cabeza, y menos aún en esta ciudad. Ve primero y purifica tu corazón; después ven con una intención honrada y no traicionera, y entonces podrás ver cómo te mantendrás a Mi lado».
Pero él respondió: «Maestro, Te equivocas acerca de mí y de mis amigos. Si no tienes alojamiento, ven con nosotros; daremos hospedaje y alimento a Ti, a Tus discípulos y a Tus demás amigos durante todo el tiempo que quieran».
Pero Yo reconocí muy bien que aquel hombre no tenía intenciones honradas y dije: «No podemos confiarnos a ustedes, pues son amigos de Herodes y, como él, personas ávidas de espectáculos, especialmente cuando pueden verlos gratuitamente. Yo no he venido a esta ciudad para entretener a los herodianos con comedias, sino para anunciar que el Reino de Dios se ha acercado y que, por ello, deben hacer verdadero arrepentimiento para llegar a participar de este Reino. Mira, ese es el propósito de Mi presencia aquí en este tiempo, y para ello no necesitamos su alojamiento. Quien vive en una casa solo puede salir de ella por una puerta provista de cerradura y cerrojo, mediante la cual también se puede convertir a un huésped en prisionero. Pero quien se aloja al aire libre es libre y puede ir adonde quiera».
El judío dijo: «¿Cómo puedes insultarnos de esa manera? ¿Piensas que ya no conocemos la santidad del derecho de hospitalidad? Si Te invitamos y entras como huésped en nuestra casa, serás lo más sagrado de ella, y ¡ay de quien se atreva a tocarte! Entre nosotros, el derecho de hospitalidad se respeta y honra por encima de todo. ¿Cómo puedes poner bajo sospecha semejante institución en nuestras casas?»
Yo dije: «Conozco bien esa institución de sus casas; pero tampoco desconozco la otra. Mientras un huésped permanece en su casa disfruta del derecho de hospitalidad; sin embargo, cuando quiere salir, delante de la puerta lo esperan alguaciles y soldados armados enviados para recibirlo y ponerle cadenas y grilletes. Dime, ¿también eso pertenece a la antigua hospitalidad?»
El judío dijo algo avergonzado: «¿Quién puede afirmar eso de nuestras casas con la conciencia tranquila?»
Yo dije: «¡Quien lo sabe! ¿No fue entregada así una persona a manos del tribunal hace unos días?»
El judío, aún más avergonzado, dijo: «Maestro, ¿quién Te dijo eso? Si sucedió así, dime: ¿acaso aquel delincuente no lo merecía?»
Yo dije: «Entre ustedes se considera delito mucho de lo que ante Dios y ante Mí no lo es. Debido a la dureza de sus corazones existen entre ustedes muchos delitos para los cuales Moisés no dio ninguna ley. Esas son sus propias disposiciones, y ante Mí no convierten a nadie en delincuente. Pues sus disposiciones son en sí mismas un pecado contra las leyes de Moisés. ¿Cómo puede ser delincuente quien infringe sus disposiciones, si cumple las leyes de Moisés? Les digo: todos ustedes están llenos de engaño y de vergonzosa malicia».
El judío dijo: «¿Cómo puede ser eso? Moisés nos dio el derecho de crear leyes para casos especiales; por consiguiente, nuestras disposiciones bien deliberadas valen tanto como las propias leyes de Moisés. Entonces, ¿quien no las observa no es tan delincuente como quien peca contra una ley directa de Moisés?»
Yo dije: «Para ustedes sí es un delincuente, pero para Mí no. Moisés ordenó que amaran y honraran a sus padres. Ustedes, en cambio, dicen —y los sacerdotes incluso lo mandan— que para quien ofrece en su lugar una ofrenda en el Templo es mejor liberarse así de esta ley. Pero si alguien se presenta ante ustedes y dice: “Ustedes niegan a Dios y son unos miserables estafadores, pues por su codicia anulan la ley de Moisés, establecen otra en su lugar y atormentan con ella a la pobre humanidad”, entonces consideran que esa persona ha cometido una falta contra ustedes. Ese fue el delito de aquel hombre, y ustedes lo entregaron al tribunal en el umbral de la puerta. Dime: ¿merecía esto ese hombre digno, o no son ustedes delincuentes mucho mayores contra Moisés?»
*
Entonces el judío se disgustó y se marchó adonde estaban sus otros compañeros, a quienes contó todo lo que había oído de Mí. Ellos sacudieron la cabeza y dijeron: «¡Qué extraño! ¿Cómo puede saberlo este hombre?». Pero Yo dejé aquel lugar y fui con los Míos a un pequeño alojamiento fuera de la ciudad, donde permanecí algunos días.