Apenas habían salido de la casa los dos ciegos cuando otras personas recién llegadas trajeron a un hombre que era mudo y, al mismo tiempo, estaba poseído. También habían llegado varios fariseos y escribas a quienes habíamos dejado dos días antes en la casa de Mateo. Querían ver qué haría Yo en casa y hacia dónde Me dirigiría. Frente a la casa se encontraron con los dos ciegos, quienes les contaron enseguida que ahora sería sanado un mudo poseído, pero no dijeron nada acerca de sí mismos porque todavía sentían mucho temor en sus corazones.
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Al recibir esta noticia, los fariseos se apresuraron para no llegar demasiado tarde. Cuando entraron en la habitación, reconocieron al poseído que era mudo y dijeron: «¡Oh, a ese lo conocemos desde hace mucho! Ningún poder puede hacer nada contra él. Cuando su demonio se enfurece, arranca árboles de raíz, y no hay muro ni cadena bastante fuerte para contenerlo. No se quema en el fuego, y ¡ay de los peces si entra en el agua! Lo mejor de él es que sea mudo y sordo; si pudiera oír y hablar, ningún ser de la Tierra estaría a salvo de él. ¡Oh, es un hombre terrible! Todo huye de él; hasta las fieras más feroces rehúyen su cercanía. ¿Y a ese quiere sanarlo Él?».
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Yo dije: «Y, sin embargo, lo sanaré para que por fin comprendan que todos los seres deben obedecer al poder de Dios».
Entonces extendí Mi mano sobre el poseído y dije: «¡Sal de este hombre, espíritu impuro y maligno!». El espíritu gritó: «¿Adónde debo ir?». Yo respondí: «Allí donde el mar es más profundo te espera un monstruo». El espíritu maligno volvió a gritar y salió inmediatamente del hombre.
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El hombre adquirió de inmediato un semblante muy amable, comenzó a hablar lleno de gratitud y respondió a todos con suma cortesía y con las palabras más suaves. Todos comprobaron que había perdido por completo tanto la sordera como la mudez.
Los discípulos y toda la gente que estaba allí comenzaron a maravillarse sin medida y dijeron: «¡En verdad, esto supera todo! Nunca se ha oído algo semejante en Israel. Ya antes se habían ahuyentado vientos y tormentas, aunque en un grado menor; también se había devuelto la vida a personas aparentemente muertas, las rocas tuvieron que dar agua y, por la petición de Moisés, descendió maná de los cielos, pero ciertamente nada de ello alcanzó un grado tan alto de perfección.
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Cuando Salomón construía el Templo y durante un mes ningún jornalero quiso ofrecer sus manos para la obra, suplicó a Dios que le enviara trabajadores. De inmediato llegó una gran cantidad de jóvenes y ofreció sus manos al rey para el trabajo. Salomón los recibió y trabajó con ellos durante un mes, según nos lo refiere la tradición.
En resumen, desde Abraham hasta nosotros han ocurrido muchas cosas maravillosas; pero ninguna se compara con este prodigio, tan cierto como que un Dios vive y gobierna sobre el cielo y la Tierra».
Este asombro irritó enormemente a los fariseos. Ya no pudieron contener su furia y dijeron al pueblo: «¡Cómo pueden ser unos necios tan ciegos! ¿No les explicamos en voz alta, apenas entramos en esta habitación, quién podría dominar a semejante poseído, puesto que solo el jefe de todos los demonios puede hacer algo así? Ciertamente sanó al poseído, pero ¿cómo? ¡Por medio del jefe de los demonios expulsó a ese demonio de aquel hombre!».
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Cuando los enfurecidos fariseos dieron semejante testimonio contra Mí ante el pueblo y ahora también en presencia del jefe romano Cornelio, todo terminó para ellos. El jefe, completamente indignado por aquella declaración, pronunció con voz de trueno la sentencia contra los fariseos y escribas: «¡Hoy mismo la cruz será su destino! Yo les haré reconocer la diferencia entre Dios y el demonio».
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Al oír aquel trueno, los fariseos comenzaron a gemir y a desesperarse de manera espantosa. Pero el pueblo se llenó de júbilo y dijo: «¡Ah, por fin encontraron al hombre indicado que expulsará a sus viejos demonios! Se lo tienen perfectamente merecido, pues ustedes mismos son enteramente iguales al jefe de todos los demonios. Así como él luchó en otro tiempo contra el arcángel Miguel por el cuerpo de Moisés, ustedes todavía luchan por la materia muerta de su doctrina y persiguen con maldición, fuego y espada todo lo que tenga siquiera un rastro de espiritualidad. Por eso son ustedes quienes actúan siempre con ayuda del demonio e interfieren en el oficio del antiguo espíritu de la mentira. En consecuencia, el juicio del jefe contra ustedes, siervos de Satanás, es completamente justo, y en nuestros corazones no se despierta ninguna compasión por ustedes».
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Entonces Mateo el recaudador se acercó a los fariseos y dijo: «Hace unos cuatro días, precisamente el sábado pasado, el Maestro Jesús libró de la parálisis al anciano hermano de mi madre. ¡Cuánto se les dijo entonces desde la profundidad más honda de la verdad más perfecta! Los niños casi podían palparlo con las manos y los señalaban a ustedes con el dedo, de modo que tuvieron que maravillarse mucho y preguntar de dónde le venía semejante sabiduría. Pero ni Sus respuestas, llenas del más alto espíritu y enseñanza, ni Sus hechos jamás oídos lograron iluminar sus ojos.
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Si semejantes hechos y enseñanzas no son capaces de abrirles los ojos y, al mismo tiempo, ustedes se vuelven cada vez más furiosos y sedientos de venganza en sus malvados corazones, díganme: ¿qué les falta todavía para ser demonios consumados? Sí, como ya les he dicho, les digo que son peores que todos los demonios juntos. Por eso, ante Dios y ante todas las personas mejores, es justo y legítimo que se los extermine como a bestias feroces.
Sin duda soy un hombre de sentimientos profundos y sumamente bondadoso. Por pura sensibilidad no puedo matar ni siquiera a una mosca ni pisar a un gusano; pero a ustedes podría cortarles la cabeza con mis propias manos sin sentir temor. Por eso también elogio al jefe Cornelio por haberlos condenado a la horca, es decir, a la cruz».
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Cuando los fariseos vieron, en medio de su gran temor, que nadie se compadecía de ellos ni quería interceder por ellos ante el jefe —quien ejercía sobre toda Galilea el Jus Gladii romano, por lo común inexorable—, se postraron ante él; eran unos treinta en total. Aseguraron que sus palabras anteriores acerca de Jesús no habían tenido una intención tan malvada como se había entendido. Solo habían querido expresar con mayor fuerza que el evidente poder de Dios en Jesús, el Maestro de maestros, podía y debía poner a Su servicio incluso al jefe de todos los demonios cuando fuera necesario. Pues, siguieron diciendo, sería muy triste para los seres humanos que Dios no tuviera poder sobre los demonios. Pero como en Jesús actuaban manifiestamente el poder y la fuerza del Dios altísimo —algo que ya no podía ponerse en duda—, ese poder y esa fuerza debían poder mandar tanto sobre todos los demonios como sobre todos los ángeles y obligarlos inevitablemente a la obediencia más estricta. Con la exclamación de que Él expulsaba tales demonios por medio de su jefe, solo habían querido indicar que Su poder divino estaba por encima de todo cuanto existe en el cielo, en la Tierra y debajo de ella. Si eso era lo único que podían haber querido decir, y nada distinto, ¿cómo era posible que el alto gobernante de Roma hubiera dictado contra ellos una sentencia semejante? Por eso le suplicaron, en nombre del divino Maestro Jesús, que revocara con suma clemencia la sentencia pronunciada.
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El jefe dijo: «Si Jesús, el Maestro, pronuncia una palabra en favor de ustedes, retiraré la mía. Si Él guarda silencio, morirán hoy mismo sin más trámite. No doy crédito a sus palabras, porque la intención de sus corazones es distinta de la que expresan con la boca».
Al oír estas palabras del jefe, todos corrieron hacia Mí y gritaron: «¡Oh Jesús, buen Maestro, te suplicamos que nos salves y liberes! Exígenos rehenes si ya no quieres confiar en que de ahora en adelante no pondremos más obstáculos en Tu camino. Todos estamos más que convencidos de que eres un mensajero purísimo de Dios enviado a nosotros, Sus hijos, que por desgracia nos hemos vuelto malos en muchos aspectos. ¡Oh Jesús, no desoigas nuestra súplica!».
Yo dije: «Entonces váyanse a casa en paz. Pero cuídense de emprender algo peor, pues en ese caso nunca volvería a decirles: “Váyanse a casa en paz”».
Me prometieron todo, y el jefe dijo: «Puesto que Él les ha concedido la paz, yo también se la concedo y retiro por ahora la sentencia. Pero ¡ay de ustedes si llego a enterarme de la menor cosa!».
Los fariseos dieron las gracias, regresaron apresuradamente a sus casas y guardaron el silencio con sumo cuidado, pues todos temían mucho a Cornelio. Sin embargo, en sus corazones cavilaban sin cesar sobre cómo podrían destruirme y vengarse del jefe. Como no se les presentaba ninguna oportunidad, tuvieron que mostrar buena cara ante un juego que para ellos era desfavorable, pues de ello dependían ahora su ser y su no ser. Aun así, aquello resultó favorable para Mi causa, porque durante un tiempo considerable, casi hasta finales del otoño, pude anunciar sin impedimentos el Evangelio del Reino de Dios en las ciudades y mercados de toda Galilea y, al mismo tiempo, sanar toda clase de epidemias y enfermedades del pueblo.
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