Especialmente en los mercados y las aldeas podía contemplarse la gran miseria de las personas que desfallecían bajo toda clase de opresión. Física y psíquicamente estaban dispersas y extenuadas como ovejas entre lobos, sin un solo pastor. Como aquel estado desolador de los pueblos pobres Me causaba una profunda compasión, dije como junto al pozo de Sicar: «La cosecha es grande, pero los trabajadores son pocos. Por eso, pidan al Señor que envíe trabajadores a Su cosecha. Estos pobres están maduros para el Reino de Dios, y el campo sobre el que se encuentran es grande. Desfallecen y tienen sed de luz, verdad y redención. Pero ¡trabajadores, trabajadores! ¿Dónde están?».
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Los discípulos dijeron: «Señor, si nos consideraras aptos, ¿no podríamos distribuirnos y tomar cada uno una ciudad y un mercado?». Yo respondí: «Ahora vamos de camino hacia una aldea extremadamente pobre. Cuando la hayamos alcanzado, escogeré de entre ustedes a los más capaces y fuertes y los enviaré a las muchas regiones y poblaciones. Entonces harán todo cuanto Yo hago y he hecho delante de ustedes. Pero ahora apresurémonos hacia la aldea».
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En menos de media hora habíamos llegado a la pequeña aldea y encontramos allí una miseria verdaderamente sin precedentes. Padres e hijos andaban literalmente desnudos y apenas cubrían sus partes íntimas con hojas. Cuando la gente nos vio llegar, todos —grandes y pequeños, jóvenes y ancianos— corrieron a nuestro encuentro y nos pidieron limosna, pues reinaba entre ellos una gran necesidad. Los niños lloraban y se llevaban las manos a sus pequeños vientres. Tenían mucha hambre porque no habían comido nada durante dos días completos. Los padres se desesperaban en parte por el dolor de su propia hambre, pero todavía más por sus pequeños, que pedían pan y leche.
Pedro, profundamente conmovido por aquella escena, preguntó a un anciano de aspecto muy honrado: «Amigo, ¿quién los ha sumido en semejante miseria? ¿Cómo llegaron a este estado? Solo veo paredes sobre las que no hay techos ni miradores, y los graneros que conozco están reducidos a escombros. ¿Cómo ocurrió todo esto?».
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El hombre respondió con voz llorosa: «¡Oh, queridos y seguramente buenos hombres! Esto lo hicieron la dureza ilimitada y la codicia del rey arrendatario Herodes. Su padre era el brazo izquierdo de Satanás, y él es su brazo derecho. No pudimos reunir los impuestos que nos exigió hace diez días. Sus esbirros nos dieron un plazo de seis días. Pero ¿qué eran seis días? Durante ese tiempo consumieron casi todas nuestras mejores provisiones y, al séptimo día, como nos resultaba imposible pagar aquel impuesto desmesurado, se llevaron cuanto teníamos y apenas nos dejaron, con la necesidad más extrema, esta vida desnuda y miserable. ¡Oh amigos, esto es duro, infinitamente duro! Si Dios no nos ayuda, nosotros y nuestros hijos moriremos hoy mismo de hambre. ¡Ayúdennos en cuanto puedan! Si los malvados siervos de Herodes no nos hubieran despojado hasta dejarnos desnudos, al menos podríamos salir a mendigar. Para nuestros hijos todo queda demasiado lejos, y nosotros, como ven, estamos tan desnudos como en el vientre materno. ¡Oh Dios, oh Dios! ¿Por qué precisamente nosotros tuvimos que ser reducidos a una miseria tan espantosa? ¿Cuál de todos nuestros pecados nos ha atraído de Ti, oh Jehová, un castigo semejante?».
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Entonces Me acerqué al anciano y le dije: «Amigo, no fue su pecado el que les hizo esto —pues ante Dios ha resultado ser el menor de todo Israel—, sino el amor de Dios.
Ciertamente eran los más puros de todo Israel; sin embargo, todavía había en sus almas algunos deseos mundanos. Dios, que los ama, lo vio y quiso liberarlos de una sola vez de todo el mundo, para que ahora fueran plenamente capaces de recibir la gracia de su Padre celestial. Esto ya ha sucedido, y desde ahora estarán para siempre a salvo de Herodes. A quienes su codicia deja despojados por completo, ya no vuelve a cobrarles impuestos, pues los súbditos reducidos a la mendicidad son borrados del registro tributario.
Miren, de este modo han quedado libres de todo el mundo con un solo golpe. Esta es la mayor obra benéfica de Dios para ustedes, y ahora pueden comenzar a ocuparse con plena seriedad únicamente de sus almas.
Pero les digo: en el futuro no construyan casas de apariencia rica, sino levanten únicamente las chozas indispensables. Así nadie volverá a exigirles impuestos, salvo el rey de Roma, el único autorizado para hacerlo, y él solo pide entre dos y tres por ciento. Si tienen algo, pueden pagarlo; si no tienen nada, quedan libres. Más tarde hablaremos con mayor detalle de esto.
Pero ahora vayan a sus casas sin techo; allí encontrarán alimentos y ropa. Repongan sus fuerzas, vístanse y regresen después; entonces acordaré con ustedes lo que deberá hacerse a continuación».
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