Entonces un fariseo se dirigió a Mí y dijo: «¿Cómo puedes callar siendo un verdadero judío, cuando un pagano tan miserable, a quien le has hecho el bien, se atreve aquí con el mayor descaro a insultar de manera tan vergonzosa la santa enseñanza de nuestros padres?».
Yo dije: «Él no insultó ni a Moisés ni a los profetas, sino únicamente a ustedes y a sus nuevas disposiciones, y a Mí Me dejó en paz. ¿Qué reprensión habría de hacerle Yo? A ustedes los señaló y, por tanto, solo pecó contra ustedes; por eso les corresponde únicamente a ustedes llegar a un acuerdo con él. Si él no tiene nada contra Mí, ¿qué habría de tener Yo contra él? ¡Vean ustedes mismos cómo arreglarse con él! Entre él y Yo todo está todavía en orden».
Los fariseos y los escribas dijeron: «Sí, sí, ciertamente no te insultó a ti, sino a nosotros. Pensábamos que ahora te habías hecho amigo nuestro, y puesto que sabemos muy bien qué poder tienen tu palabra y tu voluntad, por amistad hacia nosotros habrías podido decirle al menos unas palabras a este pagano, aunque solo fuera por consideración al pueblo, para que callara. Pero lo dejaste hablar y permitiste que nos avergonzara ante el pueblo; mira, ¡eso de ninguna manera fue digno de elogio por tu parte! No queremos odiarte por eso, pero tampoco podemos sentir simpatía por ti».
Yo dije: «Sean como quieran, y Yo también seré como Me parezca conveniente. Por lo demás, es verdaderamente muy extraño que ahora Me retiren su amistad, cuando en realidad nunca Me han demostrado amistad alguna. Yo, en cambio, tendría pleno derecho a retirarles Mi amistad, pues antes no albergaban en su corazón pensamientos dignos de elogio acerca de Mí; sin embargo, no lo hago.
¿Qué puedo perder Yo al perder su amistad? Les digo: ¡En verdad, nada! Pero si ya no tienen Mi amistad, ¿quién resucitará en Mi lugar a sus hijos muertos?
Pero si consideran el discurso del joven, con solo un poco de verdadero entendimiento tendrán que reconocer abiertamente en su interior que aquel hombre dijo la verdad pura en su fundamento más profundo. ¡Él conoce la Escritura, a Moisés y a los profetas! Pregúntense ustedes mismos si hoy todavía puede encontrarse en el Templo siquiera un rastro de Moisés y de todos los demás profetas.
*
Yo mismo estuve este año en Jerusalén y, con gran indignación, vi cómo habían convertido la casa de oración de Dios en una guarida de asesinos en su forma más extrema.
Los atrios están llenos de ganado destinado al sacrificio y puesto a la venta, así como de otros animales impuros, de modo que las personas no pueden llegar al Templo propiamente dicho sin correr un gravísimo peligro de muerte. En el atrio exterior degüellan animales y venden la carne a un lado, como en los mataderos; al otro lado se encuentran mesas de corredores y puestos de cambistas, y hay tal ruido y griterío que casi nadie puede oír sus propias palabras.
Cuando se llega al Templo principal propiamente dicho, apenas es posible moverse a causa de los vendedores de palomas y de otros pregoneros que ofrecen toda clase de aves. Incluso cualquier pagano es introducido ahora, a cambio de un pago que todavía llaman ofrenda, en el Lugar Santísimo, donde según la disposición de Dios solo podía entrar el sacerdote principal una vez al año; por supuesto, esto se hace en absoluto secreto y bajo el compromiso de guardar silencio ante los judíos. Sin embargo, en Roma conocen el Lugar Santísimo tan bien como el sumo sacerdote de Jerusalén. Así revelan a los extranjeros, por dinero, todos los secretos del Templo. Pero si un judío pobre se atreviera a pasar detrás del velo, de inmediato sería apedreado como blasfemo y sacrílego detrás del muro del Templo, en el lugar maldito. No transcurre una semana sin que apedreen al menos a uno y obliguen a algunos a beber el agua maldita.
¿Qué clase de institución es esta, que inicia a los extranjeros pero mata a sus propios hijos?
Díganse ustedes mismos si Moisés y todos los profetas ordenaron semejante cosa, y si Salomón, en su gran sabiduría, consagró la gran casa de oración, cuando terminó el Templo, para el fin al que ahora sirve. En pocas palabras: la casa de oración de Dios se ha convertido en una auténtica guarida de asesinos, y el espíritu de Jehová ya no permanece en forma de columna de fuego sobre la antigua arca del pacto».
Entonces los fariseos y los escribas quedaron desconcertados y Me dijeron: «Tú has estado en Nazaret y sus alrededores; ¿cómo puedes saber todo esto? ¿Quién Te reveló los secretos del Templo?».
*
Yo dije: «¡Oh, qué gran necedad hay en su pregunta! Si puedo conocer sus pensamientos más secretos, ¿cómo no habría de saber lo que hay y sucede en el Templo? Pero no lo sé únicamente Yo; hoy ya lo sabe todo el mundo.
Ustedes mismos son los verdaderos traidores de todo esto, y su gran codicia de dinero los ha inducido a hacerlo. Por dinero inician a los extranjeros en los secretos del Templo, y ellos después los proclaman en voz alta a los judíos por las calles. ¿Y ustedes Me preguntan quién Me reveló los secretos del Templo?
Pero si ustedes saben tan bien como Yo y muchos miles de personas cuál es el estado actual del Templo, y saben además lo que enseñaron Moisés y todos los profetas, quienes verdaderamente estaban llenos del espíritu más puro y verdadero de Dios, y solo ese espíritu hablaba por su boca, ¿qué clase de fe en Dios tienen entonces? Desechan con tanta ligereza la palabra de Dios y, con el más descarado y soberbio engreimiento, anuncian al pobre pueblo ciego sus propias disposiciones malignas como si procedieran del espíritu de Dios; al mismo tiempo lo obligan, bajo todos los horrores de la muerte, a observar y adorar sus disposiciones».