Enfermedad y sufrimiento – vejez y muerte

Samuel Surazal Un choque a máxima velocidad contra un muro de luz y amor

Título original
Krankheit und Leid - Alter und Tod
Sobre esta edición
Autor / Fuente
Samuel Surazal

«Qué fuego arde en ti, te lo dice tu corazón cuando sufre».

Enfermedad y sufrimiento

Muchas enfermedades surgen porque el ser humano se causa daños permanentes debido a su modo de vida contrario a Dios. Por lo general se buscan causas físicas, por lo que casi nunca se da a las enfermedades la oportunidad de revelar su acción como medios de sanación y redención. En el fondo, la adversidad siempre procura ayudar y corregir al alma, para que esta alcance la meta de su vida o, al menos, no la pierda por completo. A continuación expongo algunas causas de las enfermedades y muestro que la sanación siempre tiene lugar en el ámbito del alma.

Aspectos fundamentales:

El cuerpo humano es, en su totalidad, un organismo complejo que recibe su vida del alma. Esta vestidura material es un instrumento dado por Dios que permite a la vida espiritual existir en un universo material. En esta condición, el cuerpo merece atención y cuidado.

Durante una encarnación, el alma y el cuerpo forman una unidad; entre ambos se produce una simbiosis perfecta que origina una interacción continua entre estos dos portadores elementales de vida hasta la muerte terrenal.

Un alma sana ejerce un efecto sanador sobre el cuerpo; del mismo modo, el funcionamiento adecuado del organismo tiene un efecto positivo sobre el alma, pues así puede cumplir sus tareas y afrontar sus desafíos sin cargas.

Así como, en circunstancias normales, al ser humano exterior le gusta cubrirse con ropa limpia y ordenada de acuerdo con su situación de vida, al ser humano interior -el alma- le gusta igualmente revestirse de un cuerpo sano y capaz. Si el funcionamiento de este se ve afectado, la conciencia del alma sufre bajo esa carga dolorosa. Por tanto, en los ámbitos del alma y del cuerpo existe una interacción mutua y constante, tanto en sentido positivo como negativo.

Si una persona abusa de su encarnación al no tomar en cuenta una existencia espiritual y satisfacer únicamente las necesidades de su cuerpo, el alma enferma por la ausencia del flujo vital del Espíritu de Dios. Esto se manifiesta primero en trastornos psíquicos y, a partir de ellos, en trastornos de las funciones corporales. Las enfermedades y adversidades nacidas de un modo de vida errado se convierten, a su vez, en instrumentos capaces de salvar la vida, pues apartan al alma de sus ataduras materiales para abrirle un fundamento nuevo de existencia orientado hacia la fe.


Un modo de vida insensato y la exigencia excesiva o insuficiente pueden afectar gravemente el funcionamiento del cuerpo. Debido a la interacción entre alma y materia, la conciencia también se ve perjudicada. Los estados deficientes del organismo corporal cargan al alma encarnada en él con malestar, e incluso con enfermedad, y le quitan la energía necesaria para una existencia terrenal libre.

Ya sea mediante el abuso del cuerpo o del alma -lo que en el fondo viene a ser lo mismo-, este impulsa al espíritu a devolver a su alma, por todos los medios, al orden divino de la vida y del amor. Por tanto, en sentido estricto, es el Espíritu de Dios propio del corazón quien, por medio de una enfermedad humillante y prolongada, un accidente o una partida prematura de este mundo, intenta recuperar el acceso a su ser humano, para que este no se separe permanentemente de su fuente de vida a causa de su extravío.

Por lo general, una persona puede andar por caminos errados durante años o décadas, y solo entonces aparece la enfermedad correspondiente, que le arrebata el fundamento de su existencia mundana. Aunque ya se le había llamado la atención repetidas veces sobre su conducta errada mediante enfermedades más leves, circunstancias difíciles de la vida y advertencias de quienes la rodeaban, no tomó en serio esas señales, o bien su justicia propia no permitió ningún cambio. Así, finalmente aparece «por sorpresa» una enfermedad grave o mortal.

La intensidad de la corrección depende de lo que uno se haya propuesto para su existencia terrenal. Bien puede suceder que alguien se haya fijado una meta elevada y haya pedido alcanzarla en la mayor medida posible. Aunque esa persona ya haya encontrado el camino hacia una vida de fe y el amor a Dios se despliegue en su alma, puede estar expuesta, a pesar de ello o precisamente por ello, a tribulaciones y sufrimientos que la acercan a su destino previsto. El encuentro con el Padre celestial también puede producirse solo en el más allá; la muerte corporal desempeña aquí un papel secundario.

Sin embargo, los estados del alma no siempre se hacen sentir en el cuerpo. Hay quienes llevan una existencia sin amor ni consideración y, pese a ello, conservan la salud física hasta la muerte. En ese caso, por razones llenas de sabiduría, las deficiencias solo producen sus efectos en las esferas del más allá. Únicamente el Padre celestial conoce las necesidades existenciales de cada persona y de la humanidad en su conjunto.


Alimentación

La mayoría de la humanidad se alimenta de manera poco saludable, pues con las comidas ingiere sustancias químicas tóxicas que se administran a los animales, se rocían sobre campos y plantaciones o se agregan directamente a los alimentos elaborados artificialmente. Esta circunstancia y la alimentación excesiva hacen que más de la mitad de la sociedad opulenta enferme a causa de la comida y muera prematuramente de cáncer, tumores u otros daños en los órganos.

Pero este es solo el aspecto superficial de la causalidad que enferma y mata, pues también las enfermedades relacionadas con la alimentación son, en su mayoría, expresión de actitudes erróneas del alma. Aunque el aparato orgánico del cuerpo, como cualquier otra máquina, puede verse gravemente afectado en su funcionamiento o incluso ser destruido por un trato y un mantenimiento inadecuados, la alimentación material errónea es en realidad la correspondencia del alimento espiritual venenoso. Este se compone de las más diversas doctrinas contrarias a Dios que uno ingiere. Los pensamientos, las palabras y los actos errados que resultan de ellas vivifican el veneno espiritual, que daña primero y principalmente al alma. Más tarde, ese daño se manifiesta en el cuerpo de acuerdo con los ámbitos afectados del alma.

Por consiguiente, los trastornos funcionales relacionados con la alimentación casi siempre tienen su causa en deficiencias del alma, que en su ceguera también arruina su cuerpo mediante hábitos alimentarios erróneos. Si el ser humano se alimenta con alimento espiritual puro al cumplir los mandamientos de Jesucristo, su alma sana por completo y, con ella, también su cuerpo. Entonces este recibe, por una parte, alimentos sensatos gracias a la comprensión divina y, por otra, disfruta de comida bendecida y purificada mediante la oración antes de comer.


Otras causas

  • Muchas enfermedades surgen a causa de bloqueos del alma que se han formado a lo largo de la existencia terrenal por experiencias más o menos traumáticas y que impiden un despliegue espiritual necesario en ese momento. Estas resistencias se manifiestan en el cuerpo como úlceras u otros padecimientos. La ira frecuente, así como los pensamientos de odio y envidia, ya sean expresados o reprimidos, también forman obstáculos del alma y del espíritu que se presentan como los más diversos cuadros de enfermedad corporal.
  • A causa de un modo de vida errado, en ocasiones se produce una obsesión o posesión temporal o permanente por seres del más allá. Las energías negativas que han penetrado en los ámbitos pecaminosos del alma y se han instalado allí se manifiestan en forma de proliferaciones materiales y, por su ubicación, revelan los campos enfermos de la conciencia de la persona afectada. Se explica más al respecto en el capítulo «Posesión…».
  • Como es sabido, la radiación es responsable de daños graves al cuerpo. Sin embargo, no actúa sobre el organismo corporal como se supone comúnmente, sino que interviene directamente en la estructura del alma. Solo por ello y a partir de ello surgen los padecimientos físicos, hasta llegar a la muerte por radiación. Desde el punto de vista de la medicina convencional, los crecimientos cancerosos y los tumores son formaciones del propio cuerpo; desde el punto de vista espiritual, son manifestaciones de energías destructivas externas.
  • En muchos «creyentes», la religiosidad existe solo en apariencia, pues sirve a la costumbre, a tranquilizar la conciencia o como instrumento para obtener reconocimiento y exhibirse. Para algunos, la espiritualidad no es más que un pasatiempo como cualquier otro. Al existir una discrepancia entre la teoría aprendida en los libros y una práctica que no se vive, el alma finalmente enferma.
  • Nadie está a salvo de la enfermedad, por lo que también pueden enfermar quienes tienen una fe verdadera. Están expuestos, como cualquier otra persona, a los peligros del camino del alma. Sin embargo, por lo general conocen el trasfondo y las circunstancias del sufrimiento y la desgracia, y pueden aceptarlos como tales. Saben que la adversidad es una herramienta para disolver las dependencias y ataduras terrenales, a fin de que el alma quede libre para entregarse y amar a Dios sin reservas. Esta actitud humilde produce un gran avance en el «¡Más cerca de Ti, Padre mío!».
  • A algunos cristianos que no se atreven a dar los últimos pasos decisivos hacia la libertad del espíritu, el Padre les envía de vez en cuando una pequeña cruz que les quita el gusto por el mundo, para que finalmente se entreguen por completo a él. Si, por razones llenas de sabiduría, uno de estos hijos de Dios es llamado a partir, pronto recupera la salud en el más allá. Gracias a la breve y dolorosa separación, se le ahorra una lucha de liberación a veces ardua en las regiones del más allá; el camino hacia la patria celestial se recorre con rapidez.
  • En el caso de los hijos de Dios que deben revelar la Palabra de Jesús, el sufrimiento sirve a veces para mantenerlos en la humildad necesaria, a fin de que puedan cumplir fielmente su misión.

Cuando un ser humano ha renacido espiritualmente, está protegido de todos los peligros para el cuerpo y el alma. Al entrar en contacto con enfermedades contagiosas, conserva una salud perfecta. Si se le obliga a ingerir veneno, no sufre daño alguno; tampoco pueden dañarlo el veneno de los animales ni radiación de ninguna clase, pues la salud divina actúa siempre y en todas partes.

O, visto de otro modo: en el fondo, toda existencia está penetrada y sostenida por la voluntad de Dios. Cuando alguien entra plenamente en ella, se convierte por completo en energía de la voluntad divina. Por tanto, para esa persona ya no existen energías ajenas a su ser. También aquí se aplica: «Para el puro todo es puro».


Cuando se habla de dolor físico, en realidad se trata de un dolor del alma que percibimos en el cuerpo, pues este recibe vida del alma y solo por medio de ella está vivo. Si se mira con precisión, solo el alma siente y percibe. Penetra los tejidos, los músculos y los órganos, y permite que el cuerpo se mueva; es el principio vivificador de la conciencia en el ser humano y, por supuesto, en la fauna y la flora. Del mismo modo, la vista, el oído, el olfato y el gusto tienen lugar en el alma y con ella, y solo indirectamente en el cuerpo.

Y algo que casi no se puede creer: también la respiración tiene lugar en el ámbito del alma; el cuerpo solo respira con ella. Por así decirlo, el alma hace que el cuerpo respire y lo ventila, y de este modo le proporciona el oxígeno necesario para conservar su manifestación terrenal.

Solo al identificarse con el cuerpo tiene el ser humano la sensación de sentir y respirar con él, y es bueno que así sea, pues de este modo el alma encuentra su arraigo en la materia. Respirar de manera consciente es un acto comprensible del más allá, pues establece un contacto directo con la identidad del alma. La respiración presente se convierte en la puerta hacia el mundo espiritual.

Por tanto, el cuerpo humano es, en su manifestación visible, una herramienta que corresponde al alma y le permite existir en la materia. En el fondo, la existencia es siempre, tanto en este mundo como en el más allá, de naturaleza propia del alma y del espíritu.


Si una persona enferma recibe tratamiento y se recupera, pero sigue aferrada a su conciencia errada, por lo general la deficiencia reaparece al cabo de un tiempo en el mismo lugar del cuerpo o en otro. Por eso es importante reconocer la carencia del alma que se oculta tras la corporal, para que pueda producirse un cambio de conciencia. Por esta razón, resulta útil conocer la correspondencia entre espíritu, alma y cuerpo.

Las enfermedades del corazón o un infarto, por ejemplo, son señales de que el amor a las posesiones materiales o la preocupación excesiva por ellas bloquean el flujo de la vida. El alma quiere respirar vida divina; si el ser humano solo respira deseos mundanos, puede contraer una enfermedad de las vías respiratorias o los pulmones. Si alguien entra en contacto con el Espíritu de Dios en su interior —algo que a veces no se percibe como digno de crédito—, pero no orienta su vida en consecuencia, la conciencia del alma se excita o se calienta en las partes del cuerpo tocadas por el espíritu, lo cual se manifiesta como inflamaciones de muy diversos tipos o como enfermedades de los nervios y sus vías.

Otras partes análogas del cuerpo: los brazos representan el amor activo al prójimo; las piernas y los pies, el avance cristiano; la espalda representa, entre otras cosas, la rectitud; y, con un poco de luz, los ojos y los oídos hablan por sí solos.

Otra enfermedad extraña es la anorexia. En ella se desvía el anhelo del alma de alcanzar ligereza y quedar libre de ataduras materiales: la libertad deseada de las cargas terrenales se procura mediante la disminución del cuerpo, en vez de buscarla en la vida espiritual. La causa puede ser una apertura latente de la existencia sutil prenatal provocada por una experiencia traumática.

El padecimiento con el que una actitud errónea del alma se manifiesta en el cuerpo depende de la estructura del alma y de la intensidad de la vocación espiritual; por eso, un mismo trastorno de la conciencia puede producir síntomas y molestias diferentes.

(Nota: No todas las enfermedades tienen necesariamente su origen en una conducta errónea propia o de los antepasados. Lo mismo sucede con las discapacidades, en las que la conexión entre alma y cuerpo suele estar perturbada o interrumpida a consecuencia de un trauma o por la penetración de seres elementales malignos -virus-. Sin embargo, en lo que Dios permite yacen posibilidades insospechadas de desarrollo del alma y del espíritu).

En ocasiones sucede que un extravío espiritual sana por sí solo gracias a una experiencia sanadora, o que es reconocido y eliminado conscientemente, mientras la correspondencia corporal sigue presente. Entonces quizá un tumor se encapsula o incluso disminuye, o una enfermedad desaparece de repente. Pero las operaciones o las terapias también pueden ser herramientas para adecuar el cuerpo al alma que ha sanado. Cuando se reconocen la providencia y la gracia del Padre en un tratamiento de la medicina convencional, se redimen otros pensamientos enfermos, lo cual contribuye a una liberación completa.

Naturalmente, el cuerpo también puede ser destruido. Entonces el ser humano se lo quita: «muere». En el más allá, tarde o temprano toma conciencia de la forma de su alma. Ve que esta tiene la misma constitución que su cuerpo terrenal, solo que como una realidad activa en el espíritu. Reconoce que ya existía en el mundo material como conciencia del alma y que el cuerpo sensorial que le fue concedido era únicamente el instrumento que hacía posible su permanencia en la Tierra. Por tanto, el cuerpo es un recipiente que acoge al alma, así como el alma, en sí misma, es un recipiente que acoge al espíritu.

Cuando los bebés y los niños pequeños, que todavía no tienen responsabilidad por su conciencia, padecen una enfermedad, en ella se manifiesta la conducta errónea de los padres o de sus antepasados. En esta adversidad y por medio de ella se evita al mismo tiempo un peligro futuro para la vida del alma del niño o de la familia. Si muere un niño, en la perfección del amor divino solo estaba previsto un breve periodo terrenal para esa alma. Con su partida se abre a los padres un nuevo fundamento de vida que permite el crecimiento espiritual.

Desde la perspectiva mundana, esto parece muy duro e injusto; no se puede expresar con palabras el dolor de los padres ante el sufrimiento o la muerte de su hijo amado. Sin embargo, desde el punto de vista divino, estos acontecimientos son necesidades existenciales. Dios solo toma en consideración el desarrollo espiritual de todos los implicados con miras a una vida eterna en la mayor bienaventuranza posible; la breve existencia terrenal es solo un instrumento para alcanzar esta elevada meta. Contemplar la vida y la muerte desde esta perspectiva hace que muchas cosas incomprensibles aparezcan bajo una nueva luz.


El sufrimiento y el dolor del alma humillan al ser humano y lo sacan de su mundo habitual. El cáncer, los tumores y otras enfermedades de los órganos o los nervios, así como las discapacidades físicas causadas por accidentes, traen consigo en ocasiones tormentos degradantes; la adversidad suele durar años y décadas.

Además del tratamiento de la medicina convencional, sería urgentemente necesario brindar acompañamiento y esclarecimiento espirituales. Sin embargo, el ser humano tendría que estar dispuesto a aceptar la verdad y entregarse a Dios de todo corazón. Pero ¿quién puede y quiere hacer eso en este tiempo carente de fe? ¿Y quién puede transmitir la verdad? Cuando una persona desahuciada se somete a un método de sanación espiritual, por lo general este no ayuda realmente: la persona muere y se condena públicamente esa práctica.

La frecuente falta de éxito de la sanación espiritual se debe, por una parte, a que la persona enferma, por falta de fe, no ha permitido una verdadera corrección de su alma. Por otra parte, al igual que en muchos campos de la medicina convencional, también en los ámbitos del tratamiento espiritual se practica la charlatanería, y más de uno que pretende ser sanador se enriquece a costa de pacientes que se aferran a cualquier esperanza. Donde se exige mucho dinero, Dios no está presente. Sin embargo, el enfoque de volverse principalmente hacia la sanación del alma es correcto y necesario, pues con la sanación del alma, por lo general, sana también el cuerpo, salvo que ya estuviera prevista la partida del mundo terrenal.

Porque la sanación también puede significar la muerte física. Por lo general, esta se considera una derrota en la lucha por la vida; sin embargo, de lo que se trata es del alma inmortal: ella debe sanar, mientras el cuerpo perecedero es solo su vestidura. A menudo, el alma ya solo puede alcanzar la sanación en el más allá, su verdadera patria. Así se la prepara aquí, en el lecho de enfermo, y el Padre retira el cuerpo en el momento adecuado. En los hospitales espirituales se cuida el alma y, después de su recuperación, se la conduce con delicadeza hacia el destino dispuesto en ella.


Pasamos en automóvil junto a un hospital. De pronto soy trasladado a una de sus salas, donde atienden a víctimas de quemaduras. Allí hay personas que, además de otras lesiones, han sufrido quemaduras gravísimas en accidentes. Su piel y la carne que está debajo se encuentran totalmente quemadas en algunas partes. Tienen que permanecer tendidas sin moverse, algunas de ellas envueltas como momias.

No solo veo exteriormente a estas personas que sufren, sino que vivo su interior. Las almas de los pacientes en coma se encuentran en sus mundos del más allá. Allí no sienten los dolores del cuerpo, sino las heridas análogas del alma. Según su grado de desarrollo, se orientan mejor o peor. Algunas vagan desorientadas por sus esferas, pues en el mundo la materia es su dios y la vida espiritual les resulta extraña. Solo unas pocas tienen contacto con ayudantes del más allá, quienes las instruyen de acuerdo con su estado.

Hablar con estos pacientes y darles amor influye enormemente en su estado. Sienten el afecto que les brinda una luz benéfica. Cuando despiertan, por lo general no recuerdan sus experiencias.

Las personas en coma que, debido a su modo de vida, ya transitan por regiones más luminosas del otro lado experimentan en parte una vitalidad que nunca habían conocido. También sienten el calor de corazón que se les brinda y encuentran en él una gran alegría. En ocasiones, después de despertar, recuerdan como en un sueño su mundo del más allá; solo en casos muy raros lo recuerdan con claridad.

Ahora veo la miseria indescriptible de los pacientes despiertos. Algunos no son capaces de comprender lo que les ha sucedido, pues se ha borrado su recuerdo del accidente. Algunos quieren morir; su desesperación ante el destino ineludible casi me rompe el corazón. Quiero apartar la mirada, porque esta adversidad es muy difícil de soportar. Ahora veo ángeles que caminan entre las filas. Rocían las almas con rocío de luz y acarician con delicadeza los cuerpos desfigurados. Todo su cuidado está dedicado a los seres humanos que atraviesan en este lugar un sufrimiento sin nombre.

A pesar de ello, me resulta difícil contemplar esta situación. Dirijo mi mirada al Padre. Él me muestra la relación entre este tormento temporal relativamente breve y el resultado que le sigue. De pronto veo a quienes sufren en sus regiones espirituales semejantes a su patria, que aún permanecen ocultas para ellos. Allí ya han sanado; por todas partes veo serenidad y alegría. Sus rostros resplandecen y sus corazones están llenos de gratitud.

«¡Sí!», clama algo en mí, «¡vale la pena! Este tormento breve a cambio de una alegría eterna e interminable; sí, ¡vale la pena! ¿¡Si esto conduce a la redención definitiva!?». Y, humildemente, me dejo caer en los brazos de Jesús, en su corazón, en su amor misericordioso.

Una vez más contemplo a los pacientes tendidos aquí, cuya conciencia debe purificarse en el dolor. No saben que algún día se moverán en la libertad del amor divino. Pero pronto este estado de bienaventuranza se hará realidad y, en verdad, agradecerán a Dios por su destino terrenal.

Cuando vuelvo a encontrarme en el automóvil, solo han transcurrido unos segundos. En el mundo del espíritu se neutraliza la temporalidad de todo acontecimiento: los contenidos relativos del espacio y el tiempo se convierten, en su revelación espiritual, en elementos de experiencia presentes y sin distancia.


La donación de órganos…

…es un tema delicado. Para la mayoría, la muerte es algo definitivo, y solo una minoría posee una fe viva en la continuación de la vida. Sobre todo en la sociedad opulenta, ya no se cree en un mundo del más allá que constituye y contiene nuestra verdadera realidad. El alma cegada ya no ve el reino espiritual y sus habitantes quedan fuera de su alcance. Los miembros de las religiones del mundo y de las comunidades espirituales creen vagamente en una existencia en el más allá, pero casi siempre se trata de una fe teórica que carece de certeza y vitalidad. Por eso se intenta prolongar la vida terrenal con todos los medios disponibles, lo cual resulta comprensible desde este punto de vista.

Para los hospitales y las empresas farmacéuticas, la «prolongación de la vida» también desempeña un papel importante, pues los trasplantes de órganos proporcionan a las clínicas fondos que necesitan con urgencia, y los pacientes trasplantados que requieren atención permanente aportan ganancias considerables a las compañías farmacéuticas.

Lamentablemente, no se sabe de manera generalizada que, en sentido estricto, el ser humano no está muerto cuando se le extraen los órganos necesarios, pues una vez muertos estos ya no pueden utilizarse.

En el materialismo imperante, las llamadas autoridades médicas pudieron declarar de forma muy convincente que la muerte cerebral era la muerte definitiva y válida. Sin embargo, cuando se extraen órganos, la función cardíaca y circulatoria tiene que mantenerse artificialmente, pues solo pueden utilizarse órganos irrigados con sangre y, por tanto, todavía intactos. Cuando no hay certeza sobre la muerte de una persona, se le priva repetidamente de oxígeno mediante la llamada prueba de apnea, con la que se pretende comprobar si se produce una respiración espontánea del propio cuerpo al retirar la ventilación artificial. No pocas veces, solo entonces el paciente está suficientemente muerto desde el punto de vista cerebral como para poder extraerle «legalmente» los órganos. En este estado, el cuerpo del «muerto» se abre sin anestesia. Sin embargo, el mero hecho de que el cerebro ya no funcione no significa necesariamente que el alma haya salido del cuerpo y que ya no sienta dolor.

Pero eso no es todo. Debido al modo de vida material, ciertas partes propias del alma están ancladas en las células del cuerpo. Estas se transfieren a otra persona en los trasplantes de órganos. Por eso, no es raro oír hablar de cambios de conciencia, sobre todo después de trasplantes de corazón. También en las transfusiones de sangre de gran volumen se mezclan características ajenas con las propias, pues la sangre es la sustancia portadora de la vida del alma.

Además, el donante de órganos permanece ligado a la esfera del receptor hasta que este muere, pues debe esperar a que regresen las partes de su propia alma, ahora encarnadas en otro ser humano. Por tanto, el donante solo puede continuar de manera limitada su camino natural en el más allá, ya que, a partir de cierto grado de madurez, es necesario que se le restituyan los elementos específicos de su alma. Por lo general, esto sucede durante el proceso natural de descomposición del cuerpo.

La «irresponsabilidad» de quienes no desean donar sus órganos es denunciada hábilmente por el «grupo de presión de los trasplantes»; además, las llamadas celebridades defienden diligentemente en los medios este crimen legalizado. Y la humanidad sigue todo esto a ciegas, como sucede con tantas opiniones y prácticas erradas pero lucrativas de la ciencia, la economía y la política.

Una solución sería informar públicamente sobre las circunstancias reales de la extracción de órganos. También se debería señalar el tiempo de espera en el más allá y la mezcla de personalidades. Si alguien desea hacer este sacrificio en las condiciones existentes para conservar la existencia terrenal de otro ser humano, está bien.

Como el buen Dios saca bien de todo mal, también el trasplante de órganos puede convertirse en una bendición si en este procedimiento se reconocen su amor, su cuidado y su misericordia. Entonces el Padre celestial disuelve las posibles ataduras del alma y conduce a su hijo hacia su corazón, donde encuentra la salvación eterna y la patria divina.


Sida

Abordo el tema del sida para mostrar hasta dónde están dispuestas a llegar las corporaciones en el inescrupuloso mundo capitalista con tal de enriquecerse. Las vidas humanas no les importan; utilizan a los pacientes sin consideración ni compasión para obtener ganancias, pues en la industria farmacéutica el «bienestar del ser humano» solo se considera desde el punto de vista financiero.

Esta enfermedad manipulada muestra hasta qué punto la población se ha vuelto programable e influenciable en esta época de «ilustración». En este caso, el sida pretende representar muchas otras maquinaciones criminales de la ciencia y la economía.

El sida es una invención y una de las mayores mentiras del ámbito farmacéutico. Esta enfermedad, tal como se presenta públicamente, no existe.

En la década de 1980, la industria farmacéutica necesitaba con urgencia una enfermedad contagiosa para abrir nuevos mercados y generar mayores ingresos. En África ya se habían descubierto algunos síntomas de enfermedades hasta entonces desconocidas, que se transmiten por medio de fluidos corporales y casi siempre son mortales. Pero África está lejos y su población es pobre en su mayoría; allí no había nada que obtener. Se necesitaba ese agente patógeno en el mundo civilizado para poder ganar mucho dinero. Por eso fue un «golpe de suerte» que un virus contagioso de ese tipo fuera introducido y asegurado en el ambiente homosexual. Sin embargo, con unas cuantas decenas de personas enfermas todavía no se ganaba mucho.

Había llegado el momento de llevar a cabo el plan que desde hacía mucho esperaba su ejecución en los archivos de una empresa ávida de dinero y poder. Junto con el virus infiltrado, se agruparon síntomas de las más diversas enfermedades contagiosas y se presentaron al público como la inmunodeficiencia mortal llamada sida. Con ayuda de los medios de comunicación masiva, el sida se convirtió prácticamente de la noche a la mañana en una burbuja de miedo que abarcaba el mundo entero. Ahora se podía destinar a un nuevo fin un medicamento muy costoso que ya existía, y producirlo y venderlo en grandes cantidades: el AZT.

Aunque los «pacientes de sida» se sienten mejor durante un breve periodo después de las primeras dosis, a largo plazo los efectos secundarios de este preparado significan una muerte segura para muchos. Y lo que al principio se aceptaba tácitamente, entretanto incluso se desea, pues sin una tasa de mortalidad alta y permanente no se podría sostener el negocio multimillonario del sida.

Hasta hoy se agregan continuamente nuevas características e indicaciones para ampliar de manera gradual esta «epidemia» y garantizar su continuidad. Como no existe una identificación uniforme, el sida puede diagnosticarse a voluntad: basta con ampliar la gama de síntomas. Así puede suceder que, en un país, la prueba dé resultado negativo y, al día siguiente, en otro país, positivo. Sin embargo, en realidad no existe ni un solo indicio ni una sola prueba con fundamento científico de un VIH uniforme.

Conclusión: bajo el seudónimo del sida se ocultan los más diversos virus que debilitan el sistema inmunitario y son mortales. Las enfermedades vinculadas a ellos a menudo podrían curarse con los métodos correspondientes. Pero todos los síntomas se tratan principalmente con AZT o con sustancias activas semejantes. Numerosos pacientes que suspendieron su medicación recuperaron la salud, a menos que la enfermedad oculta bajo el manto del sida ya llevara la muerte en sí misma.

Y aunque hoy existan métodos de tratamiento comparativamente menos agresivos, estos sirven de igual modo al imperio financiero del sida, surgido en nombre de la investigación y la venta de medicamentos, que sus operadores quieren conservar a toda costa. La epidemia omnipresente llamada sida solo existe a causa de las maquinaciones de corporaciones megalómanas y ávidas de dinero.


Aborto

En la actualidad se abortan embriones en distintas etapas. Sin importar el momento en que se produzca un aborto, el alma es obligada a abandonar el vientre materno. Se le cierra el camino por esta Tierra y se necesita tiempo hasta encontrar de nuevo una constelación adecuada y una pareja de padres apropiada que esté dispuesta a concebir un hijo.

Los efectos de un aborto varían según se trate de almas de la evolución terrenal que apenas comienzan a ordenarse y formarse en el vientre materno y emprenden el camino de la existencia humana -se encarnan, de acuerdo con su tiempo de consolidación, desde un estado instintivo y ciego hasta una visión intuitiva-, o de seres procedentes de otros astros y de ángeles que entran en la carne -ellos se encarnan con conciencia de sí-. No obstante, los ángeles encarnados son abortados en muy raras ocasiones; van hacia padres que, por su actitud espiritual, no interrumpen un embarazo ni siquiera en circunstancias adversas.

(Nota: Otra posibilidad de evolución del alma son los espíritus de la naturaleza. Estos son seres nacidos de la fauna y la flora, en una etapa previa a la humana, que ya existen con conciencia de sí. Sin embargo, solo se encarnan después de un largo periodo de maduración).

Como las almas estelares y los espíritus celestiales ya han entrado en el olvido mediante la concepción, después de un aborto necesitan tiempo para volver a encontrarse a sí mismos. Algunos regresan a la esfera de su antigua patria; otros esperan una oportunidad próxima de volver a encarnarse, o saben que la tendrán, y permanecen en el espacio del más allá de esta Tierra.

A veces vuelven a intentarlo más adelante con los mismos padres o dentro de su círculo de parientes cercanos.

Si la pareja que abortó tiene hijos, algunas almas esperan años y décadas para encontrar cabida en la familia de los descendientes. La razón es que allí existen condiciones similares, o que un alma abortada sigue sintiéndose atraída hacia sus «primeros» padres y desea crecer en su entorno; algunos niños tienen con sus abuelos una relación más intensa que con su padre y su madre.

Pero también existe la posibilidad de encontrar cabida poco después en otra familia. Esto es necesario cuando alguien debe nacer como ser humano en un momento determinado, a fin de recorrer un camino de vida necesario o seguir una vocación espiritual.

Un alma procedente de la Tierra que tuvo que abandonar el vientre materno a causa de un aborto permanece en la esfera terrestre, como unidad esencial de sus existencias prenatales, hasta que se le hace posible una nueva concepción. Como esto puede tardar en ciertas circunstancias, sucede que, en su incertidumbre, se abre paso por la fuerza dentro de un ser humano. En su proceder instintivo -el Espíritu de Dios todavía no ha sido implantado-, no puede comprender el aborto y ocupa a ciegas a una persona que corresponde a sus disposiciones, creyendo que así conseguirá encarnarse. Una posesión prolongada de este tipo puede provocar una enfermedad grave en la persona poseída.

Por tanto, un aborto siempre trae sufrimiento. Quien aborta carga con una culpa, pues este acto impide un acto de la gracia divina. Sin embargo, como sucede con cualquier otro pecado, si se lo reconoce con arrepentimiento y no se repite, el Padre celestial también perdona en este caso, y finalmente su amor repara el daño a lo largo de la vida eterna. Pero en el nuevo tiempo ya no habrá abortos.

En caso de una pérdida espontánea del embarazo no provocada violentamente o de un nacimiento sin vida, el alma llega al reino de los niños en el más allá, donde puede realizar y completar su desarrollo en otras condiciones. Si fuera necesario, volverá a encarnarse en una época posterior, en este mundo o en otro.


Depresión

En la actualidad, cada vez más personas padecen depresión. Además de los efectos perjudiciales que producen radiaciones de los más diversos tipos, la causa principal se encuentra en la amenaza de no alcanzar el sentido y la finalidad de la vida terrenal y en la consiguiente pérdida de la condición de hijo de Dios.

Cuanto más amplio sea el espectro de fe y amor que el alma trajo consigo y no utilizó, con mayor intensidad pugna la conciencia moral por abrirse paso hasta la conciencia. Pero, debido a la ceguera espiritual, esto no se percibe como tal; lo que se experimenta ante todo es una tristeza y una falta de deseo de vivir que aumentan continuamente. El peso del alma se hace sentir especialmente durante la menopausia y en la vejez, pues las estructuras de pensamiento se endurecen cada vez más y se vuelve progresivamente más difícil cambiar de manera de pensar o desprenderse de las ataduras terrenales.

En la búsqueda de las causas se investiga en todas partes, salvo donde pueden encontrarse. Los psicofármacos alivian el estado opresivo, pero no pocas veces los pacientes sucumben. Para muchos, la oscura odisea del alma termina en letargo o incluso en suicidio.

Volverse hacia Jesucristo produciría claridad en el alma. Las personas verían en sí mismas el terreno que alimenta su sufrimiento; se darían cuenta de que la sanación puede suceder cuando abren con confianza el corazón al Padre celestial.


Demencia

Lo que comúnmente llamamos demencia es el acceso deficiente del alma a su instrumento, el cerebro, y con ello a la existencia terrenal. La disminución de la capacidad de pensar se manifiesta de acuerdo con la constitución del alma y el modo de vida ligado a ella, y puede tener muchas causas:

En la vejez avanzada, el deterioro del funcionamiento del organismo no solo genera limitaciones físicas; también degenera el cerebro, utilizado para un fin distinto del suyo. En realidad, sus células no se mantienen activas mediante la actividad y agilidad del pensamiento, como se supone en la ciencia y de manera general, sino que se vuelven ciegas a causa de décadas de concepciones rígidas y materialistas, pues el cerebro fue concebido propiamente para recibir el caudal de pensamientos del Espíritu de Dios. Por esta razón, también y principalmente los pensadores prolíficos, ateos e inteligentes, así como los científicos sin Dios, padecen demencia. Debido a ello, cada vez más almas se retiran de sus cuerpos hacia el corazón, de modo que unas envolturas animadas, por así decirlo, desde lejos llevan una existencia pasiva.

Pero no solo el pensamiento errado y la edad son responsables de la demencia. Como el electromagnetismo es el medio que lleva los pensamientos del alma -los pensamientos del corazón- al cerebro, las radiaciones electrónicas y otras influencias ambientales tóxicas perturban los impulsos electromagnéticos del cerebro. El debilitamiento del campo magnético terrestre es igualmente una posible causa del aumento dramático de la demencia, pues también altera el puente electromagnético del pensamiento y perjudica la interacción entre alma y cerebro.

Reacciones en la demencia:

  • En las personas con demencia se hacen evidentes la constitución individual del alma y la orientación fundamental del carácter. Algunas se vuelven extremadamente quejumbrosas y agresivas; otras, en cambio, pacíficas y agradecidas. La razón es que, debido a la reducción de la actividad cerebral o al retiro parcial hacia su mundo del más allá, el ser humano se encuentra en su estado verdadero y lo transporta a este mundo. Como en la demencia desaparecen las reglas de decoro y conducta, el verdadero estado del alma puede fluir sin impedimentos.
  • En la demencia, el ser humano atraviesa etapas de purificación que, de otro modo, solo entrarían en vigor después de la muerte. Por esta razón, con cierta frecuencia se producen estallidos emocionales inesperados.
  • Las personas con demencia conservan principalmente recuerdos de experiencias emocionales. Sobre todo la música y el canto, que se comunican directamente con el alma, dan testimonio de una vida emocional del más allá que sigue presente aun sin la capacidad de pensar propia de este mundo.

Como en todas las circunstancias dolorosas, cuando se contempla bajo la luz, también en la demencia se oculta un tesoro divino: quienes la padecen reciben en la Tierra un periodo de gracia para liberarse de adherencias y actitudes erróneas terrenales, con lo cual acortan enormemente su camino en el más allá. La segunda gracia fluye hacia quienes los cuidan, que pueden progresar espiritualmente mediante su atención desinteresada.

¿Cómo será el futuro respecto de las enfermedades de demencia? La mentalidad sin Dios, las frecuencias ajenas al alma y las precipitaciones químicas perjudican cada vez más la actividad cerebral. Debido a una capacidad de pensar en parte muy limitada, cada vez más almas se retiran del cuerpo, por lo demás funcional, hacia los ámbitos emocionales de la conciencia.

¿Qué se puede hacer? La demencia no puede curarse con medicamentos. Una posibilidad de aliviarla o prevenirla sería evitar la radiación nociva, pero sucede lo contrario: esta aumentará en el futuro. La geoingeniería también sigue practicándose. Además, el campo magnético terrestre continúa disminuyendo. En este caso, la terapia de campos magnéticos podría compensar hasta cierto punto el deterioro del funcionamiento cerebral.

Desde una perspectiva espiritual, volverse con amor hacia el Padre celestial podría poner fin a la demencia. En primer lugar, la radiación nociva no podría dañar a un verdadero creyente debido al fortalecimiento de su esfera exterior de vida; en segundo lugar, el alma no se retiraría prematuramente del cuerpo, pues el instrumento cerebral estaría a su disposición de acuerdo con la vida. Bajo la irrigación espiritual, las células cerebrales serían cuidadas y conservadas de manera adecuada a su finalidad. En esta vitalidad, la conciencia sería portadora y ejecutora del caudal de pensamientos divinos.


Dormir y soñar

Como ya se explicó, nuestra envoltura corporal es un sistema orgánico al que el alma da vida, como una máquina que solo funciona cuando está conectada a una fuente de energía. Sin la energía del alma, el cuerpo se encuentra en el estado que llamamos muerte.

Durante una encarnación, la interacción y la acción recíproca entre alma y cuerpo generan una necesidad común de regeneración que llamamos sueño. Sin embargo, el alma no pierde la conciencia; por tanto, no duerme, sino que, por así decirlo, descansa en la muerte del cuerpo. En el más allá, el sueño solo existe en el sentido de inconsciencia espiritual.

Por una parte, durante el sueño uno toma conciencia de su mundo interior en forma de ensueños, mientras el cerebro, como órgano pasivo, solo registra lo que sucede. En sentido estricto, el alma recorre su esfera, en la que está presente todo aquello con lo que se relaciona, ya sea positivo o negativo, consciente o inconscientemente. Se trata de toda clase de actividades y experiencias, así como fragmentos de conciencia relacionados con las personas y los animales con quienes ha mantenido o mantiene un intercambio emocional; esto también puede suceder a través de medios impresos, la televisión y el cine. Por otra parte, el alma contempla los campos de pensamiento almacenados en el cerebro. Pero los seres del más allá que permanecen en la esfera de quien duerme también contribuyen al acontecer de los sueños.

En la ceguera espiritual, esta interacción produce casi siempre un conglomerado caótico de sueños ante el cual uno queda perplejo después de despertar.

(Nota: Como durante una enfermedad la conciencia se intensifica en el foco de la dolencia, los sueños pueden manifestarse con más fuerza de lo habitual, lo cual puede producir pesadillas y, en ocasiones, experiencias oníricas sanadoras. Esto también sucede durante el ayuno).

En el transcurso del día, las impresiones nocturnas pronto vuelven a desvanecerse. Esto también es necesario y bueno, pues si la estructura del sueño permaneciera abierta, nos asediaría y nos ataría durante el día, de modo que no seríamos capaces de realizar ninguna actividad sensata, algo que incluso sucede ocasionalmente después de sueños intensos. Interpretarlos tiene poco sentido; son formaciones sin sustento, carentes de conexión y sustancia espiritual. La interpretación de los sueños solo tiene valor cuando el espíritu del corazón ha despertado; entonces pueden extraerse conclusiones razonables y hacerse predicciones.

Cuanto más luminosa se vuelve un alma, más ordenados y claros se vuelven sus sueños, que entonces ya no son realmente sueños, sino una realidad viva en el espíritu. Estas experiencias nocturnas llenan de dicha y brindan una conciencia diurna alegre. Pueden ser significativas, pues explican y revelan toda clase de acontecimientos del pasado, el presente y el futuro.

Pero durante el sueño también suceden muchas cosas sanadoras. Si por la noche no nos atendieran espíritus diligentes, las enfermedades psíquicas aumentarían tanto que apenas sería posible llevar una existencia ordenada. Allí se limpian y se cuidan las heridas del alma; allí recibe instrucciones que, con el tiempo, afloran con mayor o menor claridad a la superficie de la conciencia. Se trata de pensamientos de compasión y perdón, así como ayudas para tomar decisiones en situaciones difíciles de la vida.

Lamentablemente, la mayoría de las personas no reconocen este cuidado y permanecen atrapadas en sus opiniones y actos errados. Solo al despertar espiritualmente ven que una y otra vez recibieron y reciben ayuda, y comprenden los esfuerzos que se hicieron y se hacen para encender en ellas una luz que ilumine continuamente sus caminos oscuros o que habría podido iluminarlos.


Vejez y muerte

La mayoría de las personas viven como si para ellas no existiera la muerte. Morir parece algo muy lejano, pero de pronto llega el momento, a menudo de manera inesperada y repentina. No solo para quienes han muerto, sino también para sus familiares, la situación de vida cambia súbitamente.

En ocasiones, el dolor de la separación que sufren los familiares que quedan trae consigo un pequeño despertar. Porque ningún dolor es en vano; el dolor que se percibe en el cuerpo, al principio, «solo» frena y paraliza, mientras que el sufrimiento experimentado en el alma penetra más profundamente y puede producir una purificación fundamental, abriendo así un espacio libre para un nuevo fundamento de la conciencia.

Pero ¿quién aprovecha la oportunidad de despertar? Aunque las personas afectadas se muestran receptivas en su adversidad inmediata y tienen hambre de alimento espiritual, este anhelo pronto vuelve a extinguirse. Finalmente aceptan de buen grado el consejo bienintencionado de regresar, después de la enfermedad o el duelo, a las costumbres de antaño y a las distracciones materiales, y vuelven a llenar su corazón con sus anteriores conductas carentes de Dios.


Si uno no lleva una vida de fe recta, el Padre celestial no puede intervenir para ayudar en los acontecimientos cotidianos. Los desafíos familiares y profesionales tienden entonces a impedir el crecimiento espiritual en vez de fomentarlo. Para el tiempo libre y las vacaciones, el mundo ofrece hoy miles de oportunidades de distracción que apartan al ser humano, de manera ruidosa y duradera, de su destino divino. Entre las exigencias diarias y el entretenimiento que les sigue, no puede oírse la voz suave que llama a la reflexión y advierte que no se debe errar por completo la verdadera finalidad de la existencia.

Si en la vejez uno goza de una situación económica medianamente buena y, en términos generales, de buena salud, puede dedicarse a muchas actividades que parecen útiles y llenas de sentido, pero que, como «contenidos de la vida» que colman el tiempo, en la mayoría de los casos también distraen de la aspiración a vivir como hijo de Dios.

Si estas formas de ocupar el tiempo libre no son posibles a causa de una pensión escasa o de una enfermedad, uno puede reprimir su identidad dada por Dios recreándose en experiencias pasadas, seguir engañándose con un pasado embellecido o sumergirse diariamente, por medio de los más diversos medios de comunicación, en mundos ajenos, y dar así una aparente plenitud a su existencia carente de sostén.

Pero, en realidad, aquello que se dejó de hacer quiere llegar a la conciencia. La herramienta para abrir el alma es el sufrimiento humillante de la vejez. Porque todavía existe la posibilidad de despertar, a fin de que la vida terrenal no se pierda por completo en el abismo de lo pasajero. Precisamente en los hogares para personas mayores y entre los ancianos que viven solos, los espíritus celestiales actúan con diligencia para influir en sus corazones durante los últimos años, meses y días, y prepararlos para el amor de Dios. Pero muy pocos aprovechan esta posibilidad, pues el libre albedrío siempre es decisivo para despertar, tanto en este mundo como en el más allá.


En medio del sufrimiento, a menudo uno ya no es capaz de formular ningún pensamiento racional. Solo puede soportar los dolores y dejar correr libremente las lágrimas, mientras las herramientas de la purificación obran en uno y conducen a la humildad los pensamientos extraviados. Toda adversidad sirve para que el alma se desprenda del cuerpo y ofrece así la posibilidad de liberarse de ataduras y coacciones terrenales. Precisamente en la vejez, ante enfermedades incurables y dolores persistentes, cuando uno ya no ve salida, cuando las operaciones y los medicamentos no producen recuperación y la persona que sufre deja de encontrarle sentido a la vida a causa de su estado, el corazón de Dios se encuentra más cerca del alma herida.

El tiempo de adversidad hace posible aquello que uno no realizó durante su existencia terrenal hasta ese momento: la vinculación con la patria espiritual y la apertura del camino hacia ella. Un sufrimiento breve puede ahorrarle a un alma entregada al mundo una lucha prolongada en el más allá para desprenderse de las dependencias que lleva consigo. Conociendo el verdadero trasfondo del sufrimiento y sabiendo que en cada destino hay un camino de redención, quizá uno pueda superar los pensamientos de desesperación o incluso de suicidio y aprovechar el tiempo terrenal que le queda para volver a encontrarse como alma en el espíritu.

Una persona abierta a la fe tiene la posibilidad de pedir que el Padre le muestre la razón de su adversidad y la alivie o le ponga fin. Si esto sucede en un corazón lleno de humildad, el deseo se cumple en el momento adecuado. Quizá una persona incrédula también pida ayuda en su desesperación, pero ¿de dónde obtendrá ahora su confianza? Nunca permitió que Dios entrara en su vida, y mucho menos lo amó. En su noche espiritual le resulta imposible comprender las causas del sufrimiento y sus efectos, y establecer contacto con poderes espirituales que brindan ayuda. Sin embargo, también aquí actúa la misericordia divina, y a menudo el Padre regala una pequeña luz para que quien sufre pueda volverse hacia él a pesar de la oscuridad de su alma.

Si durante la etapa humillante del envejecimiento alguien no se dejó aprisionar por energías oscuras ni permitió que estas lo amargaran, sino que encontró a Dios en su adversidad, sale del cuerpo sin miedo y sin gran dolor.


Resulta triste contemplar los estados del alma que se ocultan detrás de la fachada mundana, especialmente en la generación de mayor edad. Aunque estas personas hayan llevado, en términos generales, una vida honrada, en el fondo han vivido en gran medida al margen del sentido y la finalidad de la existencia terrenal. Sirvieron principalmente a sus necesidades materiales y nunca tomaron realmente en cuenta una existencia del alma. El conocimiento espiritual les es ajeno, y nunca buscaron seriamente a Dios, mucho menos lo amaron.

Aunque su tiempo en la Tierra se acerca al final, siguen deleitándose con las más diversas posibilidades terrenales de satisfacción y disfrute. Corren entre risas y diversión hacia sus tumbas, y el mundo dice: «¡Es estupendo que esta generación todavía tenga tanta alegría y participe felizmente en todas partes!».

Es una gran lástima, pues estas personas mayores participan de la muerte espiritual hasta su fallecimiento y, además, son un ejemplo para la juventud en este aspecto. Aún les quedaría un poco de tiempo para detenerse siquiera ahora y reflexionar sobre su verdadera identidad, pero hasta el final se embriagan con el veneno de los placeres terrenales. En lo profundo de su interior reina la aflicción por su estado sin Dios, que encubren y adormecen con superficialidad y autoengaño. Cuando, en el último lecho de enfermo, los llamados de auxilio del alma irrumpen finalmente y de manera ineludible en la conciencia diurna, caen en el letargo y la autocompasión. Al final se entregan impotentes a su destino y esperan la muerte con miedo. Esto no quiere decir que uno deba ir por la vida con la cabeza gacha y el rostro triste, ni que no pueda estar alegre. La alegría es un atributo divino. La alegría y el amor son hermanos inseparables, y solo un corazón alegre encuentra el camino hacia la luz. Sin embargo, hay una gran diferencia entre regalar la alegría del corazón únicamente al mundo mortal y someterse así a la muerte, o recibir la alegría y la plenitud principalmente del amor a Dios y al prójimo, y otorgarse ya en la Tierra, mediante la vitalidad contenida en ese amor, la conciencia de la vida eterna.


Pasamos nuestras vacaciones en un complejo turístico junto al Atlántico. Me llama la atención una pareja de edad muy avanzada porque siempre camina tomada de la mano. Incluso van juntos al baño público, sosteniéndose amorosamente el uno al otro. Se despiden antes de que cada uno haga sus necesidades y luego vuelven a caminar con pasitos hacia la playa. Quizá el amor de esta pareja dura ya 60 o 70 años, y el tiempo compartido ha dado origen a esta inseparabilidad.

Es una imagen hermosa, pero si en este amor no hay una fe viva, la muerte de uno de los dos causará un dolor terrible y casi insoportable. A menudo, quien sobrevive pierde entonces todo ánimo para vivir y vegeta tristemente hasta su muerte.

Pero también existe la posibilidad de que, por la gracia de Dios, a quien queda se le conceda abandonar el cuerpo poco después y vuelva a reunirse pronto con la persona fallecida; en este caso, ambos deben haber alcanzado un desarrollo en gran medida coincidente.

La situación es muy distinta cuando la pareja puso en el centro una fe viva. El regreso de la persona amada a la patria se convierte en un día de alegría, pues ambos saben que su amor está resguardado en el hogar espiritual. En realidad no se ha producido una separación, pues el vínculo matrimonial está anudado por el Padre celestial. El amor paternal llena el breve dolor de la despedida y contiene un consuelo que el mundo no conoce.


A lo largo de la vida vuelven a salir a la luz las propias conductas necias y decisiones erróneas, así como diversas experiencias traumáticas. Esto sucede con mayor intensidad en la vejez, pues los pensamientos no redimidos buscan liberarse. Aunque la aparición de estas cargas del pasado suele tener un efecto opresivo -siempre que uno no haya caído en la ignorancia, la arrogancia y la justicia propia, y permita tomar conciencia de sus propios errores-, la apertura repetida de la propia conducta errónea y de las injusticias sufridas es una gracia, pues toda carga del alma puede redimirse mediante la fe en la misericordia de Dios. Y lo que queda liberado en este mundo no se convierte en el más allá en un compañero molesto durante décadas o incluso siglos, pues «como cae el árbol, así permanece tendido».

¿Por qué permanece tendido así al principio? Liberarse de los campos oscuros del alma no es tan fácil en el más allá como en este mundo, pues en la esfera del más allá falta la distancia respecto de la propia imperfección. De acuerdo con los condicionamientos terrenales y las dependencias materiales que uno lleva consigo, permanece firmemente atado a su pasado, pues, en realidad, uno mismo es el más allá que habita, como manifestación de su conciencia en una forma y una esfera personales. Si uno pasa al otro lado sin fe, es decir, sin haber encendido la luz en el corazón, queda obstruida la visión libre de una salida del cosmos creado por uno mismo.

En este mundo, en cambio, las cargas del alma no se manifiestan de forma evidente. Uno no se encuentra constantemente y de manera directa con su propia constitución, sino que, debido a la mezcla de muchas esferas espirituales, también se ve en todo momento, de manera indirecta, en las posibilidades que Dios le ha dado.

Por consiguiente, cuando la conducta errónea y las situaciones agobiantes entran en el alma, esto constituye un acto de misericordia divina. El ser humano puede abrir entonces la puerta al Padre celestial y pedir la liberación. Si lo hace, su existencia en el más allá será completamente distinta de lo que habría sido si no hubiera acogido esta gracia. Se ahorra un camino errado que podría ser largo, bajo el mando de sus campos inferiores de conciencia, que lo atan una y otra vez e impiden su avance. De acuerdo con su amor, pronto llega a regiones más luminosas, donde ángeles guías lo conducen hacia la patria eterna.


Advierto enfáticamente contra la cremación. No en vano Dios ha dispuesto para el cuerpo orgánico un proceso de descomposición acorde con el estado del alma. Durante la incineración en cuestión de segundos en los crematorios, las partes del alma ligadas al cuerpo, que necesitan un tiempo para desprenderse de él debido a una forma de vida extraordinariamente material, quedan liberadas con una rapidez antinatural. Por una parte, esto puede causar dolor al alma que ha pasado al otro lado; por otra, las energías no redimidas que se liberan de manera repentina buscan sostén en las personalidades terrenales más cercanas que se corresponden con ellas, y a menudo les causan grandes daños. A esto se suma que el verdadero dueño de las partes del alma que se extraviaron queda ligado, durante un periodo más corto o más largo, al alma que, por así decirlo, él ha poseído.

La cremación practicada por las religiones orientales tampoco es buena, aunque en este caso la combustión sucede con mayor lentitud, lo que permite una disolución y separación más cuidadosas de las energías negativas.

Lo contrario de la liberación repentina de las partes del alma que necesitan purificación durante las cremaciones lo encontramos en la criónica, la congelación del cuerpo. Se pretende descongelarlo cuando se encuentre una cura para una u otra enfermedad mortal. Sin embargo, aquí se comete un gran crimen contra el ser humano: durante la conservación artificial de las funciones corporales, la sangre se sustituye por una solución de perfusión. El alma que aún se encuentra en el cuerpo es literalmente desgarrada durante el proceso y sufre grandes dolores. En un estado lamentable, debe permanecer junto al cuerpo congelado en el tanque de refrigeración hasta que este vuelva a ser retirado de allí. Así queda sometida a un cautiverio largo y torturante.

Como una persona que aspira a la inmortalidad física seguramente no ha desarrollado vida espiritual en su interior, su mundo del más allá es oscuro y desolador; se trata de un estado muy triste.

También en la momificación y en los cuerpos plastinados puede producirse una atadura persistente al cuerpo incorruptible.

Si una persona vive ya durante su tiempo en la Tierra, en gran medida, en la conciencia del Espíritu de Dios, no importa lo que suceda con su cuerpo. El Padre todopoderoso redime, junto con su hijo y por el camino más breve, cualquier parte del alma que aún esté ligada al cuerpo, con independencia de las circunstancias externas.


Para concluir, señalo que el destino de una persona que se suicidó es muy doloroso. Según el motivo por el que se quitó la vida, permanece ligada durante cierto tiempo al lugar mismo del suicidio. Durante ese periodo ve el caudal espiritual que habría podido adquirir en el resto de su existencia terrenal y reconoce así el valor incalculable de esta existencia. Esto le causa un gran tormento y desesperación. A menudo, solo puede continuar su camino en el momento en que estaba prevista su muerte (no obstante, el día de la muerte no está fijado de manera absoluta, sino que varía de acuerdo con el modo de vida).

Un suicidio motivado por dolores insoportables o por una alteración mental profunda no está sujeto a esta ley. Aunque también en este caso se pierde un tiempo valioso en la Tierra, ante las circunstancias extraordinarias esas almas son conducidas poco después a hospitales del más allá, donde se las cuida hasta que recuperan la salud.

Después de cierto tiempo de sufrimiento, de todos modos el alma se retira del cuerpo y luego lo abandona. Quien soporta su sufrimiento con humildad hasta la medida dada por Dios ha realizado un gran progreso y se encuentra incomparablemente más cerca de su perfeccionamiento que una persona que se suicida. Esto no significa que no se puedan tomar medicamentos, pues también estos pueden ser un regalo del amor misericordioso.

En general, soportar las adversidades terrenales y superar con seriedad las tentaciones y dependencias materiales produce un crecimiento espiritual que ya no puede alcanzarse con tanta facilidad en el más allá. Por tanto, en el tiempo terrenal se oculta un gran tesoro que el creyente puede desenterrar con la ayuda de Dios.

Sobre esto dice nuestro Padre celestial: «Quien busca de verdad, encuentra. A quien aspira sinceramente al amor y a la verdad, y no se busca a sí mismo en ellos, sino a Mí, Yo lo conduzco por el camino hacia la libertad del espíritu; Yo lo conduzco a la perfección de Mi existencia ya aquí en la Tierra».

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