«¿Vives, o eres una marioneta
de tus pensamientos ciegos?»
Como el ser humano ha perdido las reflexiones procedentes del espíritu del corazón, su intelecto divino quedó ciego. Con ello perdió todo contenido de vida verdadero. Para darse, pese a todo, sentido e importancia y producir una aparente sensación de vitalidad, habla constantemente consigo mismo y se atribuye valor mediante nimiedades infladas; necesita recibir estímulos sin cesar, pues el intelecto requiere alimento para satisfacer sus necesidades egocéntricas.
Si uno observa cómo proceden los pensamientos, descubre sus manejos. Ve cómo exigen atención y se hacen notar de manera penetrante y ruidosa, como niños quejosos. Los pensamientos semejantes se atraen entre sí y forman comunidades que se instalan en el alma como campos de energía.
Hay campos positivos y negativos, que necesitan alimento acorde con su propia naturaleza. Al principio solo actúan de manera instintiva, pero con el tiempo aprenden a servirse activamente de la inteligencia del ser humano. Cuanto más inteligente es una persona, tanto más refinadamente actúan las fuerzas de sus pensamientos, que determinan tanto a esa persona como a su entorno. Dentro de los límites de la capacidad intelectual que tienen a su disposición, conducen a su huésped hacia situaciones vitales que les permiten recibir la energía correspondiente a su orientación.
Si una persona se entrega principalmente a pensamientos destructivos durante su infancia, su juventud y, más tarde, su vida adulta, se forman las correspondientes fuerzas enérgicas y energéticas, que desde el subconsciente determinan en gran medida la vida diaria. Estos campos de energía producirán una y otra vez situaciones en las que el ser humano se desliza hacia los espacios oscuros de su alma. El enojo, la envidia, la impaciencia, la codicia, la curiosidad insaciable u otras características y dependencias agobiantes constituyen entonces su alimento constante y predominante, que con el tiempo se convierte para él en normalidad. No es raro que tal estado desemboque en inestabilidad de ánimo, falta de amor y, finalmente, desprecio por la vida.
Por el contrario, un caudal de ideas positivas produce una actitud afirmativa ante la vida. Una persona satisfecha y alegre se encontrará una y otra vez con quienes comparten su manera de ser, a fin de nutrir sus campos energéticos de jovialidad y felicidad. Los campos de fuerza positivos generan principalmente situaciones agradables en la vida. La persona disfruta vivir, y sus proyectos y deseos suelen cumplirse sin grandes obstáculos.
Como ambos estados están sujetos a la polaridad, se condicionan mutuamente, aunque en el mundo imperfecto interactúan de manera desigual. Por eso, en la balanza de la polaridad, una persona sostenida principalmente por lo positivo también experimenta el polo opuesto. Esto ocurre, por ejemplo, al convivir con un cónyuge difícil u otro miembro de la familia, por problemas persistentes en el ámbito laboral, a causa de una enfermedad, de la muerte de un ser querido o de otro camino doloroso del destino. Estas dificultades le ofrecen la posibilidad de retirar de la superficialidad del alma su ánimo alegre, ya sea innato o adquirido, y dirigirlo hacia ámbitos de la conciencia que pueden revelar un sentido más profundo de la vida.
Las personas cargadas de negatividad también experimentan el aspecto del polo opuesto, pero, debido a su carga psíquica, por lo general no pueden percibirlo o solo lo hacen por poco tiempo. Su condicionamiento destructivo no permite una alegría duradera; siempre y en todas partes encuentran algo negativo que vuelve a colocarlas sobre su acostumbrado fundamento destructor. Tal persona quizá sea arrancada de su mundo oscuro mediante un accidente o una enfermedad grave antes de que corra peligro de ahogarse en él. El sufrimiento que humilla ya ha producido muchos cambios. Si la persona no aprovecha esta posibilidad de comenzar de nuevo, por regla general será llamada al más allá en un plazo cercano.
En ocasiones sucede que, durante un sufrimiento traumático, una persona se separa de su personalidad condicionada —la cual, sin recibir energía, muere casi por completo en muy poco tiempo o se derrumba instantáneamente— y, de este modo, experimenta una liberación parcial o incluso amplia. Esta persona manifestará entonces su vida recién adquirida de acuerdo con su carácter fundamental y con su formación cultural y religiosa. No pocos maestros espirituales han surgido de una experiencia semejante.
Cuando una persona busca constantemente la presencia de Dios, sale paso a paso del desequilibrio de su alma. Los campos de energía que la determinan son penetrados por el Espíritu divino y se disuelven en él como la niebla matutina bajo los rayos cálidos del sol. Ciertamente, la polaridad positivo-negativo permanece, pues solo ella hace posible la vida; pero ahora los polos positivo y negativo están sincronizados en el amor a Dios y se complementan de manera equivalente. Esta unidad posibilita una forma perfecta de vida dentro de la existencia corporal y garantiza, además, la complementación perfecta entre Creador y criatura en la patria eterna.
El alma es el vínculo que actúa e interactúa entre la materia y el espíritu. Es el recipiente tanto del mundo de opiniones que la rodea como del Espíritu de Dios que habita en su corazón. Sin embargo, debido a la orientación egoísta y material de la conciencia que predomina en este mundo, se atrofia de tal manera durante la infancia y juventud del ser humano que sus deseos solo pueden dirigirse hacia fuera y realizarse allí. Su instrumento, el cerebro, degenera y deja de ser capaz de captar el caudal de ideas divinas.
En el transcurso de su vida, las incesantes fuerzas de los pensamientos materiales se graban de tal manera en las células cerebrales que, en los ámbitos correspondientes de la vida, la persona ya solo puede pensar dentro de formas preconcebidas: se vuelve rígida en el pensamiento y en la acción, y con ello se encarcela a sí misma. A menudo, únicamente una enfermedad u otro golpe del destino abren una salida, pues el dolor y el sufrimiento tienen el poder de romper, modificar o anular patrones y estructuras mentales.
Son, por tanto, muchos los factores que determinan la manera en que alguien recorre la vida. Una sencillez fundamental y la ausencia de deformación intelectual facilitan soltar los mecanismos ligados al intelecto sin Dios. Las personas sencillas no están tan cautivas del intelecto; pueden volverse con mayor facilidad hacia el amor divino y captarlo y comprenderlo con mayor libertad.
La fuerza del intelecto y la inteligencia son, ciertamente, herramientas útiles; sin embargo, su uso suele ir acompañado de orgullo oculto y arrogancia de clase cuando uno no coloca conscientemente el amor del corazón por encima de su propia agudeza. La sencillez es indispensable en la vida de fe; en el egoísmo y la falta de amor se convierte en terquedad y presunción de saberlo todo.
Cuando alguien quiere recorrer el camino de la fe con seriedad y sinceridad, el intelecto y la educación no desempeñan ningún papel. En la entrega a la voluntad divina, el espíritu del corazón hace que el alma y el cerebro sanen juntos. Entonces el corazón y el intelecto se complementan perfectamente y sirven unidos al amor. El ser humano ya no se interpone en su propio camino; los pensamientos procedentes del espíritu pueden fluir sin obstáculos y se manifiestan como palabras y acciones luminosas en el mundo de la apariencia y de la muerte.
El cerebro no es un órgano pensante independiente; existe para recibir, ordenar y almacenar los pensamientos del alma. Es un instrumento necesario para la vida terrenal que, según su funcionalidad natural o adquirida, posibilita una memoria buena o mala y una capacidad de comprensión mayor o menor. Esta circunstancia ha conducido a la opinión errónea de que la inteligencia se debe únicamente a la capacidad del cerebro para pensar y aprender, lo cual, sin embargo, no es cierto.
El alma piensa con su espíritu vivificador. Sus pensamientos nacen en su corazón, ascienden y atraviesan el paisaje individual de la conciencia. Por una parte, este recibe su impronta de la experiencia espiritual presente, con lo cual los pensamientos se convierten en propiedad personal; por otra, el alma, a su vez, influye con su propio matiz en las ideas espirituales que le dan forma. Solo entonces estas llegan al cerebro, donde se vuelven visibles para el ser humano. Por tanto, los pensamientos se almacenan, por un lado, ligados a la materia en el aparato cerebral (capacidad intelectual de pensar y recordar) y, por otro, en su existencia espiritual dentro del alma (capacidad emocional de pensar y recordar). Según la orientación de la conciencia, uno u otro aspecto tiene mayor peso.
Por consiguiente, cuando se miden las corrientes cerebrales, no se lee una actividad pensante propia del cerebro, sino el procesamiento y la traducción de impulsos de conciencia del alma y del espíritu en una capacidad expresiva formal.
En la vida terrenal, los pensamientos pueden extraerse del cerebro, mientras que en el mundo espiritual solo están disponibles almacenados en el alma, pues el cerebro permanece ligado al cuerpo. Si durante la existencia terrenal uno no ha encendido la luz de su corazón mediante el amor a Dios, en el más allá no existe la posibilidad de leer los pensamientos del alma. Uno permanece atrapado en su esfera, en un estado más o menos ciego y traumático, y experimenta su existencia en el más allá como proyección de mecanismos y patrones autónomos.
Cuando una persona ya ha encendido en este mundo el fuego de su corazón, tomará decisiones y hará distinciones «intuitivamente», paso a paso y con una constancia cada vez mayor. Finalmente, al despertar en el espíritu, percibe sus pensamientos dentro del alma. Ya no piensa, habla ni actúa mecánicamente bajo las órdenes del intelecto egocéntrico, sino que utiliza su intelecto con libertad a la luz del amor. Esta forma de vida la conduce cada vez más profundamente hacia la conciencia del alma y crea las condiciones necesarias para una existencia verdadera tanto en este mundo como en el más allá.
Cuando una persona ha renacido espiritualmente, deja de percibir sus pensamientos como elementos de conciencia separados de Dios. Como ciudadana del mundo celestial, vive en la conciencia divina de sí, que todo lo penetra y todo lo abarca.
Aunque, por el momento, el Espíritu de Dios en el ser humano todavía está limitado en el ejercicio de sus cualidades, mediante su irradiación le concede inteligencia y una fuerza de voluntad responsable de sí misma, que le permiten una independencia total en todos los ámbitos de la existencia. A diferencia del animal, que solo dispone de capacidades prescritas para su alma y que, por ello, únicamente puede existir dentro de las formas de conducta que Dios dispuso para él, el ser humano es completamente libre en su pensamiento y en su acción. Su espíritu lo capacita para juzgar y ordenar toda clase de contenidos de pensamiento. A esto lo llamamos intelecto y razón.
En realidad, estos debían servir a la humanidad como herramientas para una conducta recta y para encontrar la verdad, pero ella los desvió de su finalidad debido a su egoísmo y los degradó a instrumentos destinados a satisfacer el bienestar terrenal. El intelecto y la razón ya solo sirven a necesidades materiales; una forma de vida procedente del Espíritu de Dios (intelecto: «¿Qué es eso?») ni siquiera se toma en consideración. Esta forma de vida atea se define comúnmente como la era de la Ilustración y del progreso.
Con ayuda de esta inteligencia egocéntrica se inventaron y siguen inventándose armas mortíferas; se explota, esclaviza y asesina a pueblos enteros. Con ella se creó un mundo lleno de indignidad y crueldad, un planeta violento dominado por guerras, hambrunas y sistemas económicos y políticos que desprecian al ser humano. Un planeta cuyos habitantes espiritualmente enfermos son impulsados por la codicia de posesiones y dinero, la obsesión por el poder y la satisfacción incesante de sus placeres, y que procuran imponer sus necesidades insaciables con medios despiadados.
Ahora bien, podría decirse: «¡El ser humano tampoco es tan malo! Ha creado obras de ayuda social, organizaciones humanitarias y herramientas prácticas para todas las situaciones de la vida. Inventó el barco, el avión y el automóvil, la televisión y la computadora; produce energía y la utiliza para su bienestar. Ha penetrado profundamente en la naturaleza de la materia y ha investigado procesos y estados físicos y químicos que le permiten llevar una forma de vida progresista y visionaria».
Sí, eso es cierto. A causa de la pérdida de su identidad espiritual, la humanidad creó un mundo adaptado a sus necesidades. Dentro de un marco apropiado, esto sería recto y justo, pero ella se ha entregado en cuerpo y alma a la materia. En vez de utilizar y emplear las fuerzas creadoras para adquirir comprensión espiritual y, de este modo, volver a encontrar la condición de hijos de Dios, se perdió en la adicción a la satisfacción exterior y extravió su verdadero origen y destino.
Aunque todos los inventos útiles y conocimientos científicos de la actualidad desplazaron la superstición creada por la Iglesia, la era de la Ilustración y del progreso dio a luz un mundo de obsesión inescrupulosa por el poder y de esclavitud moderna. Si hoy se mira detrás de los bastidores de las grandes corporaciones, lo que suele encontrarse es una industria llena de afán de lucro y dominio. Las empresas que determinan la economía mundial solo conocen una máxima: aumentar sus ganancias hasta lo inconmensurable bajo cualquier circunstancia. Numerosas organizaciones de ayuda, fundadas originalmente con buena voluntad, han sido infiltradas y contaminadas por quienes las financian y las llevan de la correa de sus propios intereses. Todo invento útil para el ser humano encuentra su aplicación final como instrumento de enriquecimiento y ejercicio del poder sin escrúpulos.
Por consiguiente, puede afirmarse que el abuso del potencial divino siempre genera sufrimiento cuando no se lo maneja con atención y sabiduría. Sin embargo, la aflicción provocada por la conducta errada vuelve a abrir la puerta hacia la luz, pues, en último término, la perfección que subyace a todo siempre produce el bien.
El intelecto y la razón posibilitan una existencia ordenada en el mundo del conocimiento sujeto al tiempo; son una luz necesaria en la noche del alma. Si estos instrumentos sirven únicamente a las necesidades terrenales, impiden una vida de fe viva, pues en sus cálculos racionales solo admiten aquello que puede explicarse lógicamente. El intelecto sin Dios ata al ser humano a procesos mentales egoístas y a concepciones absurdas del mundo. La racionalidad de la razón niega la existencia de un más allá, y a un Creador que no puede demostrarse se le atribuye un alto grado de improbabilidad.
Así, aunque la era de la Ilustración eliminó la superstición de tiempos pasados, al mismo tiempo dio origen a una nueva ceguera al declarar que la ciencia atea era la herramienta existencial del conocimiento. El intelecto y la razón degeneraron hasta convertirse en esbirros de la muerte espiritual y condujeron a la humanidad directamente a la locura.
La vida del ser humano es completamente distinta cuando utiliza su intelecto bajo el amparo de la luz del amor divino, con lo cual ambas fuerzas espirituales contraen entre sí un matrimonio bendecido. Este pensamiento iluminado permite una forma de vida llena de sentido y verdadera, en la cual uno vuelve a encontrarse como hijo de Dios consciente de sí. El árbol del conocimiento brinda frutos vivos.
La interpretación de la iluminación se orienta hacia estados que contienen o manifiestan amor universal, bienaventuranza, protección y paz eterna. Sin embargo, en el intelecto orientado hacia lo material no hay lugar para la experiencia espiritual, pues el condicionamiento mundano solo puede comprender la dimensión del alma y del espíritu en un grado muy bajo, y mucho menos experimentarla. El pensamiento sin Dios jamás puede encontrar el camino hacia la bienaventuranza imperecedera. El sendero hacia el cielo se encuentra apartado de las amplias carreteras del pensamiento.
La función y la carga del intelecto utilizado debidamente consisten, por una parte, en conceder al ser humano discernimiento dentro del laberinto de formas de pensar contrarias a Dios; por otra, sirve como instrumento para delimitar el alma frente a su Espíritu de Dios, pues crea un campo de conciencia egocéntrico como condición previa para amar libremente a Dios. Por tanto, cuando se usa de manera correcta, la bendición reposa sobre el árbol del conocimiento.
Estas funciones necesarias del intelecto terminan cuando este entra en el amor del corazón. Cuando el alma ha encontrado el verdadero conocimiento de Dios y lo ha integrado activamente en su existencia, el intelecto es captado, llenado e iluminado por el espíritu del corazón. El pensamiento centrado en el yo retrocede para dejar lugar a la conciencia divina que todo lo abarca. Ahora el intelecto puede ejercer su verdadera función como órgano de la sabiduría divina. Los procesos de la vida cotidiana se organizan entonces, en su valor y necesidad, al servicio del amor desinteresado.
Este amor crea el espacio que necesita la conciencia de Cristo para continuar desplegándose. Pues el ser humano aún no ha nacido interiormente en el espíritu de su corazón; solo mediante la entrega incondicional a la voluntad amorosa del Padre puede este penetrarlo por completo y convertirlo en habitante del mundo celestial. Entonces la bienaventuranza, la protección, la paz y el amor son propiedad eterna, divina y viva del alma.
El ser humano quiere adaptar y subordinar la verdad a su intelecto mundano, en lugar de entregar su intelecto mundano a la verdad. El pensamiento sustentado en el intelecto se defiende con todas las armas de argumentación y agresión que tiene a su disposición, pues quiere «sobrevivir». Cree que, si entra en la voluntad de Dios, perderá su independencia.
La atención y obediencia humildes a las instrucciones y normas de conducta necesarias se consideran una limitación de la vida de espíritu libre: «¡Un Dios amoroso no puede limitar la autonomía y la independencia de sus criaturas imponiéndoles reglas!». Pero incluso la educación y la formación terrenales muestran que el desarrollo de un carácter refinado y el aprendizaje apropiado solo pueden tener lugar mediante la obediencia a pautas establecidas e instrucciones llenas de cuidado.
Como consecuencia de esta forma de pensar «egocéntrica y libertaria», la verdad revelada fue y sigue siendo sofocada casi siempre desde su nacimiento. Esto ha llevado al surgimiento de innumerables posturas espirituales y religiosas. Una verdad fundamental que prácticamente destruye todas las verdades aparentes de este mundo ya no solo deja de aceptarse, sino que se la califica de arrogante, megalómana, inflexible, etc., y se la confirma con tolerancia mediante afirmaciones como: «Todos los caminos conducen a Dios», «La verdad tiene muchos rostros» o «¿¡Por qué tendría que ser precisamente esa!?».
Algunas de estas opiniones son correctas en cierto sentido, pues con un corazón sincero uno puede convertirse en una persona amorosa dentro de cualquier religión. Pero, lamentablemente, en medio de la ceguera espiritual generalizada, todas las religiones se colocan al mismo nivel. Dentro de la locura generalizada de la tolerancia, el llamado cristiano ya no es capaz de profesar de manera definitiva la única verdad válida en Jesucristo. Así, una apertura y una liberalidad mal entendidas se convierten en el manto que encubre la falta de orientación espiritual y, finalmente, en la lápida de la muerte espiritual.
Solo existe un Dios y, por tanto, una única verdad fundamental y una voluntad fundada en ella. El amor, la vida, la verdad y la voluntad divina son inseparablemente una sola cosa. Únicamente en el amor a nuestro Padre celestial encuentra el ser humano la verdad de toda vida y, dentro de ella, una libertad que el intelecto mundano jamás puede darle.
«¡Hágase Tu voluntad!»
En la oración solemos pronunciar estas palabras de manera más o menos irreflexiva y no somos conscientes en absoluto de su alcance. Con estas tres palabras ponemos nuestra vida de manera consecuente en las manos de Dios. Damos nuestro consentimiento a nuestro Padre celestial para que nos guíe en todos los asuntos; sea alegría o sufrimiento, aceptaremos nuestro destino con confianza. Nos declaramos dispuestos a dejar de actuar según nuestra propia justicia y a buscar y cumplir en todo momento la voluntad de Dios. Nos declaramos dispuestos a entregarle todas nuestras preocupaciones. Confirmamos que queremos servirle con amor, sin importar cómo ni adónde nos conduzca.
A la luz de esto, al intelecto ya le resulta muy difícil pronunciar las palabras, pues al llevarlas a la práctica entrega el dominio sobre la persona a la que gobierna. Solo el corazón confiado y humilde mira dentro de la profundidad de las palabras y encuentra allí el amor del que proceden. Únicamente en esta fuente se revela el verdadero conocimiento de Dios, quien ama a sus hijos por encima de todo; y aquí el hijo no puede imaginar nada más bello que cumplir la voluntad de su Padre celestial. Solo al poner en práctica estas tres palabras tiene lugar la unión fundamental entre Dios Padre y el hijo humano.
Muchas personas piensan que entrar en la voluntad divina las priva de su libertad y que entonces ya no pueden llevar una vida independiente. Considerado superficialmente, realmente parece ser así. Si uno opina que el aspecto principal de la libertad consiste en permanecer de manera duradera en la imperfección de la voluntad propia, este punto de vista está justificado.
Sin embargo, esta perspectiva cambia al contemplar el corazón del Padre. Al reconocer la libertad perfecta y la perfección libre contenidas en él, uno adquiere una conciencia cada vez mayor de la insuficiencia y el cautiverio de la voluntad propia. Bajo esta luz, ve que la voluntad de Dios es amor que todo lo abarca y lo colma. En ella y a partir de ella surge el deseo de entregar la voluntad imperfecta, ciega y centrada en el yo a la libertad de la voluntad amorosa divina, para participar primero de ella y, finalmente, actuar dentro de ella en todo momento.
Al subordinar la propia vida a la vida de Dios que se ha reconocido, al entrar la voluntad propia en la voluntad divina y al entregar el amor propio al amor divino, el corazón del alma libera y abre su espíritu dador de vida. Se produce la unión entre Padre e hijo, el cual, nacido ahora de nuevo en el espíritu, lleva a término su vida terrenal libre de ataduras terrenales.
En la libertad de la voluntad divina
Lo que en este mundo se denomina una vida libre es, visto a la luz de la verdad, un cautiverio mortal. El pensamiento y la acción verdaderamente libres solo se producen al entrar en la voluntad divina; únicamente esta es absolutamente libre, pues brota del amor perfecto y de la sabiduría divina que se forma dentro de él y a partir de él. No está sometida a legislación alguna ni sujeta a ninguna directriz, porque no puede errar. La voluntad de Dios es libertad incondicional e ilimitada, es fuerza creadora omnipotente, es vitalidad que penetra la infinitud.
Cuando una persona entra en la voluntad de Dios, se le revela el mayor tesoro en el tiempo y en la eternidad. Se percata de que su querer más íntimo, en el fundamento de amor de su corazón, no se diferencia del querer de Dios. Reconoce que en el amor a Dios se produce la unión de las partes de la voluntad que estaban separadas. En este amor que alcanza su plenitud, el Padre celestial derrama su Espíritu en el alma: tiene lugar una fusión de voluntades, la boda del Esposo divino y el alma-esposa. El ser humano es penetrado por una vitalidad y una libertad que nunca antes había conocido. Entonces experimenta lo que significan las palabras: «Ningún ojo lo ha visto jamás, ningún oído lo ha escuchado, y ningún ser humano podrá expresar jamás lo que Dios ha preparado para quienes lo aman por encima de todo».
Ya solo puede pronunciar estas palabras: «¡Padre! ¡Tú! ¡Mi vida y mi Todo!».