Querido hermano, querida hermana: Jesucristo, como antaño durante Su encarnación, ha vuelto a formar comunidades y rebaños en los que permanece en medio de ellos para hablar a Sus hijos como Dios presente, bendecirlos, regalarles palabras de esperanza, ánimo y confianza, atraerlos hacia Su corazón y dentro de Él, y mostrarles qué Padre tan amoroso y solícito es, que desea proteger a Sus hijos y hacerlos felices por toda la eternidad. Este libro contiene una recopilación de tales comunicaciones, así como otras revelaciones procedentes del Espíritu de Dios.
Pero en este escrito también encontrarás palabras muy serias de nuestro Padre celestial, que muestran la urgencia y la necesidad de que Sus hijos se vuelvan hacia Él en este tiempo de aflicción y tribulación; y Él también nos muestra el resultado de la tibieza y de la falta de seriedad en el camino espiritual, a saber, la posibilidad de no alcanzar nuestro destino en libertad, que es la verdadera condición de hijos de Dios.
Y la justicia juzgadora de la Divinidad habla a los materialistas, a los ateos convencidos y egoístas sin Dios, a los enceguecidos y malhechores de este mundo terrenal, para mostrarles inequívocamente y sin contemplaciones el resultado de su obrar y proceder ciego y pernicioso.
Antes de ello es necesaria una explicación de las siguientes palabras de Jesús, pues expresiones iguales o semejantes aparecen en este libro y es indispensable comprenderlas correctamente; de lo contrario surge la imagen de un Dios cruel y despiadado, en la cual no hay lugar para el verdadero conocimiento ni para el amor a Él:
«… pero el ser humano tema a Dios y Su ira, que, conforme a Su orden eternamente inmutable, puede arrojar al alma a las tinieblas, al infierno o a la muerte eterna».
¿Qué significan estas afirmaciones divinas? ¿El Dios del amor juzga y castiga, condena a las personas al infierno, las arroja a las tinieblas más profundas?
Quiere decir que las personas que viven en pecado —en realidad, sin vida— están sometidas a la ley universal de necesidad de la Divinidad. Este orden regido por leyes está dispuesto de tal modo que su transgresión por parte de las criaturas trae consigo un juicio temporal en este mundo o en el más allá, en el sentido de que el ser humano enceguecido o malvado permanece en la muerte espiritual que él mismo ha causado, es decir, en las tinieblas que él mismo ha creado —su querer y obrar desviados—, hasta que cambia su disposición hacia el bien.
Ese es, pues, el castigo y el rechazo de Dios: que el ser humano sale por su propia voluntad del orden establecido por Dios y con ello se juzga a sí mismo, se prepara su propio infierno a causa de su obsesión por la materia, de su soberbia, de su falta de Dios y de amor. No existe otro castigo que el de la autocondenación.
Muy distinto es cuando una persona se confía y se entrega al Padre celestial. En su entrega consecuente, el espíritu del amor de Dios puede desplegarse en su alma, por lo cual el ser humano sale de la ley y es conducido paso a paso a la misericordia y al amor redentores de Dios Padre. Entonces la criatura perdida se convierte en un hijo de Dios hallado, entra en el espíritu del amor de Jesucristo y renace en él. Desde entonces vive en la libre voluntad divina como hijo del Dios todopoderoso por toda la eternidad.
Ese es nuestro objetivo; ese es el objetivo de todo ser humano. Que nuestro Padre celestial toque y despierte aún a muchos habitantes de la Tierra, para que también ellos sean llenados por la luz del amor de Jesucristo y encuentren en ella la felicidad de su vida eterna.
Samuel