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La trampa de Satanás

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Die Satansfalle

Año original: 2025

Traducción al español latinoamericano.


Es de conocimiento general que, hace un tiempo inconcebiblemente lejano, la Creación llegó a dividirse. Menos conocidas son las circunstancias relacionadas con este acontecimiento, al que llamamos «la Caída», y lo que esto significa hoy para nosotros.

Dicho brevemente: el ángel femenino llamado Sadhana no aceptaba que nuestro Padre celestial se designara a Sí mismo como la Fuente primordial, como el Fundamento originario de todo ser. A pesar de las amorosas explicaciones que recibió, Sadhana prosiguió su rebelión contra Dios, lo que finalmente terminó con ella y sus seguidores —aproximadamente un tercio de los habitantes celestiales— teniendo que abandonar los Cielos, porque entró en vigor el principio según el cual lo desigual se repele, mientras que lo semejante encuentra a lo semejante.

Y como el Cielo es amor —el amor más puro, de una grandeza inconcebible para nosotros y que todo lo abarca—, se produjo la separación prevista por la Ley. Por tanto, no constituyó un castigo de Dios, sino que ocurrió, por así decirlo, «automáticamente». Sadhana, quien más tarde se llamó a sí misma «Lucifer» 1) (portadora de luz), pero a quien, para simplificar, llamaré «Satanás» en esta explicación, no reconoció su injusticia. Continuó luchando y cayó, y cayó, y cayó… Al final de su caída se formó el universo material; la materia, como entretanto confirma todo científico, no es otra cosa que energía en su forma más condensada. Y, al mismo tiempo, constituye el punto más profundo de la Creación.

Hasta aquí, la versión más breve de todas.

El problema de Satanás consistía, y sigue consistiendo, en que todo ser vivo —ya sea en el Cielo o en el infierno (con lo cual me refiero al punto más profundo de la Creación en el plano sutil)— necesita energía, pues de lo contrario no puede existir. La Fuente de esta energía que fluye infinitamente es Dios; pero Él, puesto que también es la Justicia, hace depender la «cantidad» de energía que sustenta la vida de una conducta correspondiente, fundada en Su amor.

Mucho amor a Dios (a Él le basta un esfuerzo sincero) = mucha energía procedente de Su corazón; poco o ningún amor a Dios, o quizá incluso rebelión y resistencia activa = poca energía de amor, o un mínimo absoluto: apenas la necesaria para que el ser que actúa contra Él pueda seguir existiendo. Pero eso no es vida, como cualquiera de nosotros puede imaginar; mucho menos cuando antes se conoció una existencia diferente.


Ya de niño fastidiaba a mis padres con la pregunta «¿por qué?». Eso no ha cambiado hasta el día de hoy. Y resulta interesante comprobar que uno encuentra muchas respuestas cuando no deja de preguntar. Pero no se pregunta a otras personas, sino siempre «hacia adentro».

La inmensa mayoría de las personas deja de hacerlo después de las primeras preguntas, si es que llega a plantearlas. Hay que buscar un poco y no rendirse enseguida. Pero las respuestas están ahí.

Intentémoslo.

Satanás y sus vasallos necesitaban y siguen necesitando con urgencia —siempre, también hoy, lo que significa: también ahora, en este preciso instante— energía. Como no la reciben de Dios, solo les quedó una posibilidad: la tomaron y continúan tomándola de los seres humanos y de las almas sobre las que todavía pueden influir en los peldaños más bajos de su evolución ascendente hacia Dios. Esto suena lógico, y la mayoría asentirá y dirá: «por supuesto», para luego volver a sus asuntos cotidianos, lo cual conviene perfectamente al bando contrario. Al hacerlo olvidan —olvidamos— que obtienen la fuerza vital que necesitan con tanta urgencia de ti, de mí y de todos aquellos que aún no conocen sus debilidades y defectos, o que ni siquiera saben que, por su desconocimiento y muchas veces también por su falta de atención, se convierten en proveedores permanentes de energía para las tinieblas. O bien conocen esas debilidades, pero no las corrigen con la ayuda de Cristo porque hacerlo les parece demasiado difícil. Esta es la variante más peligrosa.

Lucifer/Satanás fue originalmente uno de los ángeles más hermosos y grandes, dotado de un poder extraordinario; sin embargo, no quiso someterse a Dios, y las consecuencias son conocidas. Lo que no se sabe, o apenas se sabe, porque se supone que está en un «infierno» abstracto y nunca explicado con precisión, es esto: él actúa incesantemente sobre nosotros —la medida en que lo consigue depende de nosotros—, vive en medio de nosotros y, por tanto, es tan real y está tan cerca de nosotros —lo repito: depende de nosotros— como nuestros ángeles guardianes, en quienes probablemente cree la inmensa mayoría.

A lo largo de un período que no podemos medir, edificó su reino invisible para nosotros, situado en los planos astrales más profundos y, sin embargo, en medio de nosotros. Lo pobló con una cantidad incalculable de partidarios que le eran y siguen siéndole fieles, y a quienes dotó de grandes fuerzas. Otros tienen que obedecerle o dependen de él porque todavía no han logrado «liberarse mediante su propio trabajo» de su influencia; pues para eso sirven nuestras encarnaciones. Y todo ello ocurre en medio de los seres humanos, no lejos de ellos en un infierno situado quién sabe dónde y de quién sabe qué forma, como él hizo creer al mundo mediante una mentira.

La astucia con la que procedió apenas puede describirse, o quizá no pueda describirse en absoluto, y la inmensa mayoría de las personas era incapaz de descubrirla. La única protección consistía en esforzarse sinceramente por llevar a la práctica, en la vida diaria, el mandamiento del amor que Jesús de Nazaret nos trajo. Pero incluso entonces lograba una y otra vez —porque ninguno de nosotros está libre de errores— intervenir con mayor o menor intensidad en nuestra vida, casi siempre sin que lo notáramos.

Además de la falta de conocimiento de las personas, lo favorecía y sigue favoreciéndolo la manera en que presentaba sus ofertas:

Se servía, y continúa sirviéndose, de los deseos y las ideas «secretos» de la persona, que con frecuencia ni ella misma conoce o que negaría si alguien se los señalara. Puesto que esos aspectos dormitan en todos los seres humanos y, aun cuando los conocen, no los consideran «peligrosos» —y al comienzo tampoco lo son—, muy a menudo aceptan —¡aceptamos!— sus ofertas. Esperamos obtener con ellas alivio, placer, entretenimiento o alguna otra cosa en la que, con razón, tampoco vemos nada «malo». Sobre todo porque no sospechamos que detrás de ellas podrían encontrarse fuerzas totalmente distintas, y concretamente negativas.

Pero precisamente en eso consiste la artimaña: atraer a la «víctima» —y todos nosotros, en casos semejantes, nos hemos convertido muchas veces en víctimas sin sospecharlo— y seducirla para que, después de los primeros pasos pequeños, dé otros cada vez mayores.

Este ha sido solo uno de muchos ejemplos, y uno pequeño. Quizá a alguno ya se le estén abriendo los ojos…

Basta con intentar ponerse mentalmente en su lugar —con muchísima cautela y bajo la protección de Cristo— y pensar qué haría uno en el lugar de Satanás. De ese modo se descubre a menudo con mucha rapidez de qué se trata en realidad y qué fue lo que verdaderamente ocurrió. Con Su ayuda, yo lo intenté.

Yo, y seguramente muchos otros conmigo, intentaría primero ocultar mi existencia a los seres humanos. Probablemente no lograría eliminar por completo, en el caso de muchos, la creencia en mí. Pero me esforzaría por dibujar una imagen de mí que no tuviera nada que ver con la realidad, con mis intenciones ni con mi intervención en la vida de las personas. Les infundiría miedo, de modo que la sola mención de mi nombre pudiera llevar a uno u otro —o incluso a muchísimos— a preferir no ocuparse en absoluto de mí ni de mis métodos. Y así lo hice.

Ya en los primeros siglos del cristianismo que comenzaba a abrirse camino conseguí infiltrar a mis partidarios en las filas de quienes, con ayuda de los poderes seculares —emperadores y reyes—, pudieron colocarse a la cabeza del movimiento «cristiano». Allí, y por medio de ellos, las ideas falsas acerca de mí pasaron a ser de dominio general; y quien se oponía era obligado a rectificar mediante la persecución, la tortura y el fuego. Lamentablemente, eso ya no es posible hoy, por lo que tuve que tomar otros caminos: los de la confusión y la información falsa.

Así conseguí que, aunque no fuera posible eliminar al diablo, las opiniones acerca de él fueran y sigan siendo tan engañosas que no me perjudican; al contrario, me ayudaron a ampliar aún más mi poder. Una jugada genial —¡yo mismo me felicito por ella!—, aunque, vista en retrospectiva, al final no tuvo el éxito que yo deseaba. La culpa la tuvo ese Jesús.

Esta es la trampa de Satanás que construí y que funcionó hasta hace dos mil años. De ese modo pude atar a mí a innumerables almas y también logré que innumerables personas, después de lo que ustedes llaman su muerte, tuvieran que dirigirse a mi reino, porque les faltaban el desarrollo y la fuerza necesarios para ascender a mundos superiores.

El camino de regreso a mi adversario, Dios, pasa por siete peldaños espirituales. Aproximadamente a partir del tercer o cuarto peldaño pierdo mi influencia, por lo que debo hacer cuanto esté a mi alcance para actuar en la Tierra. Si no lo consigo, más tarde, cuando las almas de las personas «asciendan» después de fallecer, ya no tendré posibilidad alguna de influir sobre ellas ni de seducirlas.

En esto me ha ayudado mucho el conocimiento falso acerca de mí y acerca de lo que sucede con los seres humanos cuando cierran sus ojos terrenales. ¡Si supieran…!

¡Si supieran que, como almas, continúan viviendo exactamente en el entorno que corresponde a su interior en el momento de la muerte, cuando abandonan la Tierra! Dicho sencillamente: los ignorantes van con los ignorantes; los malos, con los malos; quienes tienen poca fe, con quienes tienen poca fe. Por desgracia, esto vale igualmente para quienes aspiran a elevarse, para quienes se esfuerzan sinceramente y para quienes sienten en su corazón anhelo por la Luz. ¡Por desgracia! Pero no pude ni puedo cambiar nada de este principio.

Mi plan no marchaba nada mal. Iba camino del éxito y, de esta manera, pude atar a mí a innumerables almas y personas. Mi esfera de influencia se hizo cada vez mayor. Casi había ganado. Pero entonces llegó ese Jesús y desbarató todas mis intenciones. Con gran pesar tuve que reconocer que ya no puedo vencer. Por eso me fijé otra meta: si ya no puedo ser el vencedor, lo destruiré todo.

Así actuaría yo si albergara en mí un potencial de maldad semejante. ¿Cree alguien con toda seriedad que la inteligencia de Satanás no es indeciblemente mayor que la mía? Y no solo mayor que la mía, sino que la de todos los seres humanos y todas las almas. Ninguno de nosotros tendría oportunidad alguna si no estuviéramos bajo la protección de nuestro hermano Jesucristo. Y, concretamente, bajo una protección que muchas veces recibimos «sin merecerla», porque también existe la Misericordia divina, que actúa fuera de la ley de la siembra y la cosecha.

El método de Satanás y de sus seguidores fue extremadamente exitoso durante muchas decenas de miles de años, e incluso mucho más tiempo, porque consiguió inducir a un número cada vez mayor de personas a una conducta contraria al amor, por lo cual tampoco podían ascender a esferas superiores después de fallecer. Las guerras provocadas por él, las hambrunas y muchísimas cosas más también contribuyeron a generar miedo, lo que a su vez impedía que continuaran desarrollándose.

Entonces Jesús trajo, además de la enseñanza del amor, una energía adicional para todos: la denominada chispa del Redentor o chispa de Cristo, que desde entonces todos llevamos cerca del corazón. A partir de ese momento, el plan de Satanás dejó de funcionar y su poder quedó quebrantado; fundamentalmente y en principio, lo cual no significa que ya no ejerza influencia sobre quienes continúan sin encaminarse hacia planos superiores de Luz. Esto significa vivir seriamente conforme a los mandamientos del amor divino. La pertenencia a una iglesia o a cualquier otra comunidad religiosa no basta para el desarrollo interior.

Entretanto, él cambió su estrategia: «Si ya no puedo vencer, lo destruiré todo».


Y ahora algo más que seguramente provocará de inmediato la más enérgica oposición en algunos, por lo menos cuando su fe se encuentra firmemente fundada en las enseñanzas de la Iglesia:

Nunca fue intención de Dios crear ámbitos fuera del Cielo, incluida la Tierra y el ser humano. ¿Por qué habría de hacerlo?

Si ahora nos encogemos de hombros y decimos: «¿Cómo podríamos saberlo?», nos lo estamos poniendo demasiado fácil. Si conocemos la Caída y reconocemos ese acontecimiento como verdad —y, por tanto, también el surgimiento de la materia, incluido el ser humano, tal como se describió antes—, entonces todo lo que surgió fuera de los Cielos puros es consecuencia de la rebelión de Sadhana contra nuestro Padre celestial. Entonces también tendría que haber estado en la voluntad de Dios que Sadhana y sus seguidores se volvieran contra el Amor divino…

¡Si queremos mantenernos dentro de la lógica…!

¿Es concebible? Querer algo y permitir algo son dos cosas muy diferentes. Si no hubiera ocurrido la Caída, todo seguiría aún en la patria original y todos nosotros, como seres espirituales, continuaríamos junto a Dios; es decir, no habríamos vivido las experiencias tan importantes para nosotros que trae consigo una encarnación o, por regla general, varias.

En ello volvemos a reconocer la sabiduría infinita de Dios: incluso de aquello que nos parece catastrófico y funesto, Él siempre obtiene lo mejor.


Para terminar: ¿debemos ahora bajar la cabeza? De ningún modo. Pero deberíamos estar atentos, quizá más atentos que en el pasado, y tal vez orientarnos todavía más hacia Jesucristo —si acaso eso fuera posible…—. En cualquier caso, no hace daño conocer el peligro, desconocido para la inmensa mayoría de nosotros, que procede de lo casi siempre invisible.

Pero es aún más importante saber que todos llevamos dentro un amor de cuya grandeza y poder ninguno de nosotros tiene ni la más remota idea. Podemos acudir a ese amor en cualquier momento; esto es especialmente importante y necesario cuando sentimos que estamos siendo atacados. Pero ni siquiera el más poderoso del reino del mal puede hacer nada contra Cristo.

En el sentido más pleno de la expresión: ¡gracias a Dios!

1) Lucifer, también escrito Luzifer en alemán. Traducido literalmente, significa «portador de luz» (del latín lux, ‘luz’, y ferre, ‘llevar, traer’). En el cristianismo, Lucifer es considerado el nombre de un ángel que se rebeló contra Dios para hacerse igual a Él y que, como consecuencia, fue expulsado del Cielo. A partir de entonces, Lucifer se convirtió en adversario de Dios, causante del mal, y fue equiparado con el diablo. (Fuente: Wikipedia)