El jefe, llamado Cornelio, que es también hermano del emperador Augusto, dice: «Bueno, ¡que les aproveche! No puedo expresarte cuánto me repugna toda esta casta del Templo. Te digo, querido y excelso Amigo: lo peor de lo peor en toda la Tierra es un sacerdote judío del Templo. Nuestros sacerdotes, por así decirlo egipcios, son malos, pero de vez en cuando todavía dejan asomar algo humano. Poco se oye de alguna crueldad, y su misión, salvo unas pocas excepciones místicas, consiste en estimular a la humanidad a la benevolencia y al valor guerrero.
Pero estos sujetos son hipócritas de pies a cabeza. Exteriormente se muestran tan severos y piadosos como si llevaran consigo sacos llenos de dioses vivientes; sin embargo, según nuestra mitología, por dentro serían demasiado malos hasta para el Tártaro más profundo. En verdad, si nuestras tres legendarias Furias principales —ante cuyo espanto se supone que todo se petrifica de miedo y terror— vieran a un individuo semejante del Templo de Jerusalén, hasta ellas mismas acabarían convertidas en diamante por el exceso de miedo y temor. Te digo: para deshacer definitivamente este Templo enredado con la peor maldad y la maraña de sus sacerdotes, debe llegar cuanto antes la espada más afilada del rey de Macedonia. De lo contrario, muy pronto la Tierra entera quedará envuelta en esta funestísima maraña. Oh Amigo, podría contarte cosas sobre estos sujetos que harían enfermar de fiebre a toda la Tierra. Pero basta; confórmate por ahora con esto. Cuando vengas a verme, hablaremos mucho al respecto».
Yo digo: «Oh, deja eso. Conozco a esta casta hasta la fibra más profunda de sus raíces. Pero ya he escogido para ello, de tu linaje en Roma, a un rey de Macedonia; a él se le destinará el premio de cortar con una espada incandescente esta maraña, la más densamente enredada de todas. Sin embargo, antes quiero hacer todavía muchas cosas para procurar la posible mejora de algunos de ellos».
El jefe dice: «¡No lo hagas! Pues aunque puedas morir a la manera y conforme a la naturaleza humana (?) y seas también un verdadero Hijo de Dios, ellos sabrán cómo matarte. Te digo que ante esos sujetos ni siquiera un dios tiene ya segura su vida. Créeme, querido joven Amigo».
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Yo digo: «Dejemos eso. Lo que el Padre quiera sucederá. Bastaría un soplo de Mi boca y ellos dejarían de existir; pero esa no es la voluntad del Padre, de modo que los dejaremos todavía por un tiempo».
El jefe dice: «Si dentro de diez años esos sujetos siguen comportándose como ahora, no quedarán muchas personas con vida en Judea. Si no hubiera un moderado sentado en su Alto Consejo, poco después de que limpiaste el Templo de esa gentuza con suma audacia se habría producido un disturbio enorme. Pero un verdadero hombre de honor llamado Nicodemo supo plantarles cara a esos sujetos, que ya son casi tan numerosos como la hierba de la Tierra. Era para morirse de risa ver con qué gran astucia consiguió hacerles comprender que Dios había permitido la purificación del Templo precisamente para que Sus servidores obtuvieran muchísimo dinero. Los comerciantes, cambistas y vendedores de palomas eran justamente quienes, aparte de su pequeño alquiler por el puesto, nunca depositaban una ofrenda en el arca de Dios, aunque poseían la mayor cantidad de dinero de toda Jerusalén. La mayoría estuvo de acuerdo, y algunos dijeron: “Bueno, que vuelva a la próxima fiesta con su poder mágico; ¡nos resulta útil!”. Sin embargo, algunos que también manejaban discretamente el negocio del cambio en el Templo mediante agentes de confianza no estuvieron muy de acuerdo con ese deseo. A pesar de ello, te aseguro que esa gentuza no te tocará un cabello por una eventual nueva purificación del Templo durante la próxima fiesta, pues con la última los ayudaste a obtener una suma considerable. Por eso, si vuelves a Jerusalén con el mismo propósito, entra a escondidas; de lo contrario, encontrarás el Templo ya purificado por sí solo. Estos comerciantes, cambistas y vendedores de ganado han enviado espías en todas direcciones para que Te vigilen en Tus caminos, al igual que aquellos servidores del Templo particularmente malos. Entre los que hice detener en el camino solo había sujetos de esa clase; no creo que hubiera ni dos honrados entre ellos».
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Yo digo: «Bueno, todavía puedo hacerles ese favor una vez más. Pero ten la plena seguridad de que después ningún cambista ni vendedor volverá a hacer negocios en el Templo. Cuando realice Mi última entrada en Jerusalén, tendré que purificar nuevamente el Templo tal como lo purifiqué hace poco».
Después de esta afirmación llega un jefe de tropa y comunica al comandante que las tropas están listas para partir. El comandante se despide de Mí y Me recuerda nuevamente que no deje de visitarlo en Cafarnaúm. A continuación, el dueño de la casa trae un buen desayuno, y todos los huéspedes participaron de él.
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