El jefe, completamente penetrado por el contundente discurso veraz de Jonael, dijo: «Sí, ahora todo me queda claro y desisto de mi propósito. Solo llevaré a cabo algo semejante cuando tú me lo pidas. Como responsable de esta comunidad designado por Dios, tendrás precedencia ante mí en todo; en adelante no haré nada sin tu consejo».
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Entonces Jonael dijo: «Esto está bien y es digno del agrado del Señor. Si alguien está enfermo corporalmente, deberá recibir ayuda corporal; pero si está enfermo en el alma, se le deberá proporcionar ayuda espiritual de acuerdo con la naturaleza de la enfermedad.
Las enfermedades del alma de los niños pueden curarse mejor mediante una disciplina bien ordenada, en la cual no debe faltar la vara. Las enfermedades del alma de las personas adultas, en cambio, se curan mediante consejos sabios y amorosos, una enseñanza e instrucción sólidas, así como exhortaciones nacidas del amor puro y advertencias sobre las consecuencias malas y necesarias que pronto deberán surgir si se conservan libremente las debilidades del alma. Solo cuando todo esto ya no produzca fruto en almas muy obstinadas, es decir, ciegas y sordas, habrá llegado el momento de someter a tales seres a un tratamiento más serio y riguroso. Sin embargo, detrás de este deberá seguir existiendo en plena medida el amor al prójimo, pues únicamente de él puede proceder la bendición de un tratamiento más severo.
Pero si los dirigentes actúan movidos por la ira y la venganza infernal, todo su esfuerzo será inútil. En vez de sanar a los enfermos del alma y convertirlos en verdaderos seres humanos, engendrarán en ellos demonios cuya sed de venganza ya no podrá ser apaciguada por ningún poder.
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Durante algún tiempo, Satanás puede ciertamente ser contenido mediante el poder y la fuerza de lo alto. Pero cuando el Señor, a causa de las personas soberbias —quienes finalmente creen que por medio de su poder y sabiduría, consistente en una severidad tiránica e implacable, son capaces de mantener el orden que les agrade—, retira Su poder y le quita las cadenas a Satanás, el poder de quienes se consideran poderosos se acaba de la noche a la mañana. Las personas convertidas en puros demonios mediante semejante trato equivocado caerán sobre ellos como una corriente crecida y los destruirán como si nunca hubieran existido.
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La pena de muerte es la que produce el peor efecto. Pues ¿de qué sirve matar el cuerpo de alguien si no se puede mantener cautivos su alma y su espíritu, donde reside la verdadera fuerza para actuar y obrar?
Quien crea haberse librado de su enemigo al matar su cuerpo está herido de una ceguera diez veces mayor. Precisamente así ha convertido a un enemigo débil, al que podía ver, en mil enemigos invisibles que lo perseguirán día y noche y dañarán su cuerpo, su alma y su espíritu.
Considera una guerra en la que con frecuencia muchos miles mueren corporalmente. El vencedor piensa que se ha librado de sus enemigos después de haberlos destruido físicamente conforme a su idea ciega. Pero ¡qué enormemente equivocado está! Durante varios años, las almas y los espíritus de los muertos devastan, como consecuencia de su influencia directa sobre el clima de la Tierra, las siembras de toda clase y especie. De este modo provocan el inevitable encarecimiento de los alimentos; este causa hambre, y el hambre, toda clase de epidemias mortales y pestilencias. Estas arrebatan en poco tiempo a más personas que los guerreros enemigos que él había matado. Debilitado así en el poder que su país debería darle, para poder mantenerse tendrá que contratar por una paga costosa a guerreros de países extranjeros. De este modo se endeudará a sí mismo y endeudará a su país. Cuando después de algunos años haya exprimido por completo a su país y a su pueblo y ya no pueda pagar sus deudas ni a sus soldados, pronto será perseguido desde todos lados entre muchas maldiciones. El pueblo que conquistó, oprimido por una necesidad demasiado grande, se levantará contra él. Los enemigos externos tampoco dejarán pasar sin aprovechar esta oportunidad y marcharán contra él. En semejante lucha, el vencedor celebrado ya no será coronado nuevamente como vencedor, sino que la desesperación lo atrapará con las garras de un tigre y lo despedazará espiritualmente hasta la fibra más íntima de su vida.
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Y mira: todo esto es un efecto producido por los enemigos muertos corporalmente.
Por eso existe una regla y costumbre antiquísima según la cual todos los allegados deben reconciliarse con quien está muriendo corporalmente y dejarse bendecir por él. Pues si muere como enemigo de alguien, es digno de compasión quien lo sobrevive como enemigo contrario. En primer lugar, el alma liberada atormentará sin interrupción el ánimo del sobreviviente mediante la formación de remordimientos insoportablemente dolorosos. En segundo lugar, dirigirá todas las circunstancias terrenales relacionadas con el sobreviviente de tal manera que a este no le resulte fácil volver a prosperar.
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El Señor permite todo esto para que las almas ofendidas reciban la satisfacción exigida. Además, para el sobreviviente es incalculablemente mejor ser atormentado en este mundo material por sus actos de soberbia que caer inmediatamente después de la muerte de su cuerpo en cien mil manos de espíritus enemigos, quienes ciertamente no tratarían con amabilidad a alguien todavía completamente inexperto en aquel mundo.
Por eso es sumamente necesario practicar en este mundo el amor y la verdadera amistad, hacerle a cualquier enemigo el bien en vez del mal y bendecir a quien me maldice, pues no puedo saber cuándo el Señor lo llamará fuera de este mundo. Si aquí solo fue enemigo mío en cosas relativamente pequeñas, después, como espíritu, lo será cien veces más en cosas grandes.
Desde su infancia, David fue un ser humano y un hombre conforme a la voluntad del corazón de Jehová. Sin embargo, convirtió en enemigo suyo a un solo hombre, Urías, y ¡con cuánta severidad se vengó después en David el espíritu de Urías con el permiso del Señor! Esta es y seguirá siendo siempre la consecuencia inevitable de una acción hostil contra una persona, contraria a la voluntad de Dios.
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Algo completamente distinto sucede cuando el Señor mismo te lo ordena, como se lo había ordenado a David contra los filisteos: combatir con fuerza militar y destruir terrenalmente a enemigos de Dios y de los seres humanos que ya se habían entregado a Satanás. Estos caen inmediatamente en el más allá bajo un juicio severo y jamás pueden levantarse contra el brazo de Dios, pues son humillados por el poder del Señor.
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Muy distinto es el caso de aquellos enemigos que te hayas creado en el mundo sin mandato de Dios, mediante tu falta de amabilidad, tu posible soberbia o la muy deficiente administración de justicia ideada por los seres humanos, de la cual ya se dice proverbialmente que el derecho supremo es al mismo tiempo la injusticia suprema. Solo después de abandonar sus cuerpos se convertirán estos en tus enemigos más irreconciliables.
Te doy mil vidas —si las tuviera— si puedes mostrarme a una sola persona feliz en el mundo cuyo enemigo hubiera partido antes que ella al otro mundo. ¡Todavía no he encontrado a ninguna! Pero sí conozco casos en los que la venganza de un espíritu enemistado con una familia se había extendido hasta la décima generación. También ha sucedido que personas gravemente ofendidas, convertidas después en espíritus, devastaron durante muchos años —y algunas veces para siempre— un país o una región, de modo que ningún ser humano pudo seguir viviendo allí. Amigo, por increíble que te parezca esta enseñanza mía, dada con la mejor intención, es, sin embargo, una verdad inquebrantable. Si no fuera verdadera, ¿cómo habría podido atreverme a comunicártela ahora ante el rostro del Señor y de Sus ángeles? Pero si todavía dudas de ella, dirígete al Señor, el Autor eterno de todas las cosas, y Él te dará un testimonio plenamente válido de si te he comunicado una falsedad siquiera con una sola sílaba».
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