Kisjonah conocía también un poco los astros y comenzó a calcular por su movimiento si pronto habría pasado la mitad de la noche. En aquel tiempo aún no existían relojes como los actuales, de modo que se recurría a un cálculo basado en los astros que, por supuesto, era muy poco confiable.
Al cabo de un rato, Kisjonah dijo: «Según mi cálculo, ¡la medianoche ya debería haber pasado!».
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Yo dije: «Amigo, tu cálculo no sirve, pues aún falta una hora para llegar a la mitad de la noche. Por eso es mejor que no calcules, porque el movimiento de los astros es distinto de lo que piensas. Tu cálculo ya es erróneo en sí mismo, y difícilmente podrás determinar alguna vez la mitad de la noche por la posición y el movimiento de los astros. Las personas capaces de hacerlo todavía tendrán que nacer; por ahora aún falta mucho para que llegue ese tiempo».
Sin embargo, mientras manteníamos diversas conversaciones llegó finalmente la mitad de la noche, y la Luna salió iluminada solo a medias, como es natural. Entonces las hijas de Kisjonah volvieron a preguntarme de inmediato qué era en realidad la Luna y por qué cambiaba continuamente su luz.
Pero Yo les dije: «Mis queridísimas hijitas, precisamente detrás de ustedes se encuentran tres espíritus de la Luna. Pregúntenles a ellos; les dirán exactamente qué es la Luna, de qué manera cambia continuamente su luz y por qué a veces llega a perderla por completo».
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La hija mayor preguntó inmediatamente a los tres espíritus acerca de la Luna, y ellos le dijeron: «¡Encantadora joven! Tu pregunta acerca de la Luna es semejante a la que nosotros te haríamos acerca de la Tierra que habitas. No sabes por qué ahora está oscuro en la Tierra y, sin embargo, no preguntas por ello. ¿Cómo puedes preguntar por la Luna, que está mucho más lejos de ti que la Tierra que te sostiene?
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Mira: así como tu Tierra, también nuestra Luna es un mundo. Tu Tierra es redonda como una esfera, y nuestra Luna también lo es. El gran Sol ilumina en cada momento solo la mitad de tu Tierra, y lo mismo sucede con nuestra Luna. Entre ustedes, la noche dura en promedio unas trece de sus breves horas, y otro tanto dura el día de la Tierra. En cambio, en la Luna tanto la noche como el día duran cada uno el equivalente a catorce días y noches de la Tierra. De allí procede el cambio continuo de luz de la Luna que percibes al observarla desde tu Tierra. Esa es una gran diferencia entre la Luna y tu Tierra, mucho mayor que ella.
Pero existe otra diferencia muy importante entre tu Tierra y la Luna: la Luna solo está habitada por seres de mi especie en uno de sus lados, precisamente el que tú no puedes ver, mientras que la Tierra está habitada por todos sus lados o, por lo menos, es habitable en su mayor parte.
¡Oh, en la Luna no se vive tan felizmente como en tu Tierra! Allí hace mucho frío y un calor insoportable; hay mucha hambre y, no pocas veces, una sed abrasadora. Por eso no anheles este mundo pequeño pero sumamente duro, en cuyos campos no crecen trigo ni otros cereales, y mucho menos la vid.
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Pero en el lado que desde tu Tierra siempre puedes ver no habita ningún ser corporal, ni animal ni ser humano, sino espíritus desdichados que difícilmente pueden ayudarse a sí mismos o que incluso no pueden hacerlo en absoluto. Ahora ya sabes todo cuanto necesitas saber.
Tampoco desees conocer más acerca de la Luna, pues semejante conocimiento podría terminar haciéndote sumamente infeliz.
Aférrate solamente al amor y deja de lado toda sabiduría, pues es mejor alimentarse en la mesa del amor que lamer en la Luna el escaso rocío de la piedra filosofal».
Después de esta explicación, los tres espíritus lunares se alejaron, y la joven me preguntó con mucha confianza si la Luna era realmente tal como acababan de describírsela los tres espíritus.
Yo le dije: «Sí, Mi querida hija, así es exactamente, y a veces resulta mucho peor. Pero dejemos ahora que la Luna siga su camino, y miren todos hacia el oriente.
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Ahora llamaré a algunos ángeles del cielo, y ustedes los verán venir desde allí. Por eso dirijan sus ojos hacia ese lugar».