Jn 2:14. En el Templo encontró sentados a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas.
Cuando al llegar a Jerusalén encontré que las personas apenas se atrevían a entrar en el Templo a causa de tantos animales y vendedores, aquella profanación comenzó casi a consumirme. A veces algún buey se enfurecía y lastimaba a las personas o dañaba objetos consagrados a Dios. Casi nadie podía soportar el hedor y el ruido, y no pocos perdían allí todas sus pertenencias indispensables. Pedro y Natanael Me dijeron: «Señor, ¿ya no tienes rayos ni truenos? ¡Mira! Los pobres lloran delante del Templo. Vienen desde lejos para honrar a Dios, pero no pueden entrar por tantos bueyes y ovejas con que lo han atestado. Muchos que lograron entrar y salir con dificultad y peligro se quejan de haber sido despojados por completo y de casi haberse asfixiado por el hedor. ¡Esto es demasiado perverso y malo! Hay que poner fin a semejante abuso a cualquier precio, pues supera con creces a Sodoma y Gomorra».
Un judío anciano y desconocido oyó estas palabras, se acercó y dijo: «Queridos amigos, ustedes no lo saben todo. Hace tres años yo mismo era un simple sirviente en el Templo y allí conocí cosas que me hicieron estremecer de pies a cabeza».
Yo dije: «Amigo, guárdalo para ti, pues sé todo lo que allí ocurría y lo que ya ha sucedido. Pero ten la certeza de que la medida se ha colmado, y todavía hoy verán actuar en el Templo el poder y la ira de Dios. Aléjense por un tiempo de sus puertas para que no sufran daño cuando el poder de Dios expulse pronto del Templo a los sacrílegos. Después ya no se atreverán a cometer semejante profanación».
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Entonces el judío se retiró alabando a Dios, pues por aquellas palabras Me consideró un profeta. Fue adonde estaba su grupo y contó lo que había oído de Mí. La multitud, formada por varios centenares de personas jóvenes y ancianas, se llenó de júbilo y comenzó a alabar a Dios en voz alta por haber suscitado nuevamente a un profeta poderoso.
Jn 2:15. Hizo un azote de cuerdas y expulsó a todos del Templo junto con las ovejas y los bueyes; derramó el dinero de los cambistas y volcó sus mesas.
Entonces dije a Pedro: «Ve donde aquel cordelero, cómprale tres cuerdas resistentes y tráelas aquí». Pedro lo hizo de inmediato y Me trajo tres cuerdas fuertes. Las trencé rápidamente y con ellas Me hice un azote resistente. Sosteniéndolo en Mi mano derecha, dije a todos los que estaban conmigo y a Mis discípulos: «Vengan ahora conmigo al Templo y sean testigos, pues el poder y la gloria de Dios volverán a manifestarse en Mí ante sus ojos».
Después de estas palabras entré, naturalmente, delante de todos en el Templo. A medida que avanzaba, todo retrocedía, de modo que quienes Me seguían tenían libre el camino detrás de Mí; aunque el suelo estaba lleno de excrementos y suciedad.
Al llegar al último vestíbulo del Templo, donde los principales vendedores de bueyes y ovejas habían colocado sus animales a la venta en el lado izquierdo, mientras los cambistas ocupaban el lado derecho a lo largo de los tres vestíbulos, Me situé en las gradas de la puerta y dije con voz poderosa, semejante al trueno: «Está escrito: Mi casa es una casa de oración; pero ustedes la convierten en una cueva de asesinos. ¿Quién les ha concedido el derecho de profanar así el Templo de Dios?»
Pero ellos gritaron: «¡Hemos comprado muy caro nuestro derecho al sumo sacerdote y estamos bajo su protección y la de Roma!»
Yo dije: «Es cierto que están bajo semejante protección; pero el brazo de Dios está contra ustedes y contra sus protectores. ¿Quién los protegerá de Él cuando se extienda sobre ustedes y sobre quienes los amparan?»
Los vendedores y cambistas dijeron: «Dios habita en el Templo, y los sacerdotes pertenecen a Dios. ¿Pueden ellos hacer algo contra Su voluntad? ¡A quien ellos protegen, Dios también lo protege!»
Dije con voz muy fuerte: «¿Qué están diciendo, insensatos sacrílegos? Es verdad que los sacerdotes todavía se sientan en las cátedras de Moisés y Aarón; pero ya no sirven a Dios, sino a Mammón, al diablo. El derecho de ellos y el de ustedes es un derecho de los demonios y jamás un derecho de Dios. ¡Levántense ahora mismo y desocupen los vestíbulos, o les irá mal!»
Entonces comenzaron a reírse y dijeron: «¡Miren la insolencia de este vulgar nazareno! ¡Échenlo rápidamente del Templo!» Luego se levantaron y quisieron apoderarse de Mí.
Entonces levanté Mi mano derecha con el azote de cuerdas y comencé a blandirlo sobre sus cabezas con poder divino. A quien alcanzaba el azote lo acometían inmediatamente dolores violentísimos, casi insoportables; lo mismo les sucedía a los animales. En un instante se produjo un griterío espantoso de personas y animales. El ganado huyó con violencia y derribó cuanto encontró a su paso; vendedores y compradores también huyeron lanzando terribles gritos de dolor. Yo volqué todos los puestos de los cambistas y derramé todo el dinero que había sobre ellos; Mis discípulos también Me ayudaron en esta labor.
Jn 2:16. A los que vendían palomas les dijo: «Lleven esto de aquí y no conviertan la casa de Mi Padre en una casa de comercio».
Después entré en el Templo, donde todavía había numerosos vendedores de palomas que esperaban compradores junto a sus jaulas llenas de aves de toda clase. Como estos comerciantes solían ser pobres y no buscaban una ganancia especial, y la venta de palomas en el Templo era una práctica antigua —aunque en tiempos anteriores solo se acostumbraba en el primer atrio—, únicamente amonesté a estos pobres y les dije: «Lleven esto afuera y no conviertan la casa de Mi Padre en una casa de comercio; el atrio exterior es el lugar para estas cosas». Ellos se retiraron sin objetar y ocuparon nuevamente su antiguo lugar en el atrio exterior. De este modo quedó purificado el Templo.
Jn 2:17. Después Sus discípulos recordaron que está escrito: «El celo por Tu casa Me ha consumido».
Como esta purificación causó gran conmoción, los discípulos temían en secreto que el sacerdocio hiciera que la guardia romana nos arrestara muy pronto como agitadores y que difícilmente pudiéramos escapar de una acusación vergonzosa y de su castigo; pues está escrito: «El celo por Mi casa Me ha consumido». Pero Yo les dije: «¡No se preocupen!
Miren hacia los vestíbulos y verán cómo los sirvientes y sacerdotes se afanan en recoger el dinero derramado de los cambistas y guardarlo en sus bolsas. Por causa de los perjudicados probablemente nos preguntarán con qué poder hicimos esto; pero en secreto estarán muy complacidos, pues esta acción les reporta unos mil sacos de oro y plata que jamás devolverán a sus propietarios. Ahora están demasiado ocupados y no tienen tiempo de exigirnos explicaciones. Tampoco admitirán fácilmente una denuncia sobre este asunto; del mismo modo, los perjudicados, a quienes esta lección ha escarmentado severamente, no presentarán tan pronto una acusación contra Mí. Por eso, manténganse completamente tranquilos.
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El celo por Mi casa llegará a consumirme ante estos, pero todavía falta mucho para eso. A lo sumo, algunos judíos aquí presentes Me preguntarán quién soy y con qué poder hice algo semejante, y Me pedirán una señal que Me acredite. Yo ya sé que así debe suceder, y esto no representará ningún peligro para nosotros. Miren hacia la cortina; allí ya hay algunos que se toman la atribución de interrogarme al respecto por su propio interés. Pero recibirán de inmediato una respuesta apropiada».