Revelaciones a través de Jakob Lorber

Samuel Surazal Revelaciones del Espíritu de Dios

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Samuel Surazal
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1.ª edición, abril de 2023 ▪ Samuel E. Surazal
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alemán
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1.ª edición, abril de 2023 ▪ Samuel E. Surazal

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ISBN 978-3-946467-98-4

Jesucristo:

«¡Dios es el amor eterno y la verdad misma!

Nada en el mundo puede hacerlos libres

sino únicamente la verdad.

Quien comete pecado, que siempre fue una mentira,

es también siervo del pecado

y esclavo de otros pecadores aún mayores,

que no tienen conciencia ni amor

sino únicamente por su despreciable yo.

Pero quien tiene la verdad en sí

es un poderoso enemigo de la mentira y es libre;

pues nadie puede demostrar que haya cometido un pecado.

Por eso, elijan la verdad y no teman a aquellos

que ciertamente pueden matar su cuerpo,

pero nada más pueden hacerle a su alma.»

Revelaciones por medio de Jakob Lorber

El futuro y la conservación pura de la enseñanza del Señor – GEJ 5.120

(Mathael:) «Ahora creo con firme convicción que no tendremos demasiada dificultad para difundir esta Tu enseñanza puramente divina, y nosotros, gobernantes y autoridades terrenales, menos aún; pero una cuestión completamente distinta, que me parece de suma importancia, es cómo podrá conservarse esta enseñanza para la humanidad en toda su pureza, sin añadidos ni supresiones hechos por los hombres. Porque ahora somos muchos los que hemos recibido esta nueva enseñanza no solo para nosotros, sino también para nuestros muchísimos hermanos y hermanas, y procuramos difundirla con todo celo. Pero quizá ya nosotros mismos proclamaremos a las personas este Evangelio, el más verdadero y puro, de manera muy distinta en algunos puntos, cosa que está en la propia naturaleza del asunto.

Porque habrá que hablar de una manera con el judío, de otra con el griego y el romano, y de manera muy distinta con el persa, el indio, el egipcio y, más aún, con el escita, porque cada uno está imbuido de preconceptos completamente diferentes. De ahí surgirán evidentemente toda clase de mezclas y también toda clase de matices. Y cuando, quizá después de algunos siglos, personas de las más diversas naciones comparen entre sí las enseñanzas recibidas de nosotros, que evidentemente muchos pondrán por escrito, ¿seguirán pareciéndose bastante unas a otras? ¿O no dirán pronto los judíos: «¡Solo nosotros tenemos la enseñanza completamente pura y verdadera!»? Y los griegos replicarán: «No, nosotros tenemos la única enseñanza verdadera, tal como fluyó de la boca del Señor». ¿Y no afirmarán lo mismo los romanos, y a su vez los armenios? Quiero esperar que en lo esencial no se aparten demasiado unos de otros; pero en los detalles, aquí y allá, debido a la voluntad completamente libre de los hombres, podrían aparecer variantes, brechas y pliegues muy considerables.

Si esto pudiera esperarse con cierta seguridad, entonces, según mi opinión, ciertamente sin autoridad, habría que tomar ahora alguna precaución para que esta magnífica enseñanza no termine convirtiéndose en un verdadero caos del que en adelante nadie pueda sacar fácilmente nada en claro. ¿Cuál sería, oh Señor, Tu opinión al respecto?»

Digo Yo (Jesucristo): «Mi querido amigo, aunque tu preocupación nace de tu corazón completamente honrado y preocupado, tengo que hacerte notar, no obstante, que esa previsión tuya es un poco prematura. Que esta enseñanza no permanecerá entre todas las naciones en tiempos posteriores tan pura como ahora ha llegado a ustedes de Mi boca puede darse ya de antemano por algo completamente seguro.

Muy pronto después de nosotros aparecerá también una multitud de evangelios escritos, cada uno de los cuales afirmará contener la verdad pura, y ninguno de ellos se parecerá del todo a otro evangelio escrito que afirme lo mismo. Sí, sucederá algo mucho más adverso: también aparecerá el príncipe de la mentira que da testimonio contra Mí, e incluso realizará grandes señales, aunque falsas. Pondrá en el campo donde Yo he sembrado ahora la semilla más pura la mala semilla de toda clase de maleza, para sofocar el noble trigo. Pero todo esto no perjudicará en sí mismo a Mi enseñanza verdadera y purísima; porque la palabra que aquí les he hablado será transmitida y comentada por ustedes, y ni siquiera ustedes mismos seguirán sirviéndose literalmente de Mis palabras con toda exactitud, lo cual tampoco será en absoluto necesario. Pero el Espíritu interior permanecerá.

Quien crea en Mí y sea bautizado en Mi nombre con agua y con Espíritu recibirá también Mi Espíritu y caminará entonces en la luz de la verdad más pura, temporal y eternamente. En él se encontrará de nuevo también esta enseñanza en toda su pureza, como si fuera nueva. Pero quien no llegue a tal gracia nunca captará ni comprenderá de todos modos la luz pura de la verdad eterna de Mi enseñanza, y entonces será indiferente con qué alimento llene su estómago espiritual.

¡Créeme! Y si alguien poseyera literalmente cada palabra exactamente como Yo la he pronunciado, pero no hubiera recibido el Espíritu para penetrar por medio de Él en las profundidades donde en Mis palabras imperan luz, fuerza y vida, Mis palabras le servirían tan poco como a alguien le sirven las largas oraciones de los fariseos.

Pero si alguien tiene en sí el Espíritu de Mis palabras, ya no necesita la letra. Quien tiene el Espíritu tiene también la enseñanza pura. Yo, sin embargo, permaneceré en el Espíritu con Mis siempre pocos, pero verdaderos confesores, hasta el fin de los tiempos de esta Tierra. Y así, amigo Mathael, ya estará dispuesto que Mi enseñanza se conserve siempre completamente pura».

* * *

Una promesa para quienes buscan ayuda – GEJ 5.169

Se acerca a Mí Ebahl, el padre de Jarah, y dice: «Ahora ciertamente ya no hay nada sobre lo que uno pudiera preguntarte, porque en estos aproximadamente siete días hemos vivido tal cantidad de verdades y cosas maravillosas que, repartidas en siete mil años, a cada año le correspondería una buena porción y la humanidad tendría cada año suficiente de qué maravillarse y sobre qué reflexionar. Ahora nos hemos enriquecido sobremanera con los tesoros más valiosos del Espíritu; solo depende de que llevemos realmente estos tesoros a la vida, porque de lo contrario no tienen valor para nuestras almas, cuya salvación es lo único que importa en esta vida. Aquí solo queda una pregunta: ¿poseeremos nosotros, por lo demás hombres débiles, siempre la suficiente fuerza de voluntad para ello? ¿Qué haremos cuando, con el tiempo, nos sobrevengan debilidades de toda clase, que ni siquiera perdonan a quien a menudo tiene la mejor voluntad?»

Digo Yo: «¡Yo seré ayuda, fuerza y apoyo para todo esfuerzo serio! En el tiempo de necesidad no abandonaré a nadie que, por lo demás, haya caminado siempre por Mis caminos con fe fiel y amándome. Pero si por toda clase de seducciones del mundo se ha apartado de Mis caminos, entonces tendrá que atribuírserlo a sí mismo si Mi ayuda no llega hasta él en el tiempo de necesidad, y eso mientras el caído no se vuelva a Mí con plena seriedad, arrepentido y lleno de fe. Yo permaneceré eternamente el mismo pastor fiel e iré tras las ovejas que se hayan perdido en algún lugar; pero la oveja tiene que empezar a balar y dejarse encontrar conforme a su propia e inviolable voluntad libre.

Quien esté cargado con un peso de vida demasiado grande para sus fuerzas, que venga a Mí en su corazón, y Yo lo fortaleceré y reconfortaré. Porque precisamente por eso doy a algunos una carga mayor que llevar: para que sientan su debilidad y vengan entonces a Mí en su corazón y Me pidan fuerza suficiente para soportar con mayor facilidad su pesada carga de vida; y Yo los fortaleceré en toda necesidad de su vida y les daré una luz adecuada para atravesar los oscuros caminos de la vida de este mundo. Pero quien siente esa carga demasiado grande y no viene a Mí en su corazón, tendrá que atribuírserlo a sí mismo si sucumbe bajo el peso excesivo de la vida terrenal.

* * *

Sobre la oración y el culto a Dios – GEJ 6.123

Dijo la sacerdotisa de Minerva: «Oh Señor, se podría seguir preguntando durante toda una eternidad; pero ¿de qué nos serviría, si en nuestro estado actual nunca podríamos comprender Tus respuestas? Envíanos cuanto antes Tu Espíritu prometido, que nos conducirá a toda verdad, y estaremos más que plenamente satisfechos con todo lo que hasta ahora hemos recibido de Ti. Solo habría una cosa más que merecería mencionarse, y sería bueno que también a este respecto recibiéramos de Tu boca una instrucción adecuada.

Mira, en casi todas las doctrinas acerca de Dios se plantea a los hombres la muy loable exigencia de que un ser divino debe ser adorado por nosotros. Pues bien, para nuestros falsos dioses teníamos toda una legión de oraciones aprobadas y no aprobadas. Las aprobadas y, por tanto, también eficaces habían sido compuestas por sacerdotes —naturalmente del rango más alto— y solo podían ser rezadas por los sacerdotes durante una determinada ceremonia y a una hora determinada del día, y formaban parte del misterioso llamado culto a los dioses. Bajo las penas más severas, un laico o no iniciado jamás podía rezar por sí mismo una oración así, sino que tenía que acudir a un sacerdote y llevarle una ofrenda determinada, tasada de antemano para todos los casos, para que entonces el sacerdote murmurara por él en un templo, de manera completamente monótona y sin pensar en absoluto, alguna de esas oraciones aprobadas, acompañada de la ceremonia correspondiente. Las oraciones no aprobadas y, por tanto, ineficaces sí podía rezarlas el laico, con el único fin de ejercitarse en la contemplación de los dioses y aprender así a conocer los efectos de las santas oraciones aprobadas de los sacerdotes.

Que semejantes cosas son una abominación ante Tus ojos y oídos ya no necesita que nadie me lo explique ni demuestre; pero, a pesar de ello, el hombre debería adorar e invocar al Dios verdadero con palabras elegidas y más dignas de Dios que aquellas con las que habla y conversa con sus semejantes. Y en este sentido querríamos recibir de Ti mismo una palabra que nos sirva de norma».

Dije Yo: «Mis discípulos ya les han dado la oración que Yo les enseñé, que cualquier persona puede rezar en su corazón con el mismo efecto; toda otra oración pronunciada solo con los labios es una abominación ante Mí.

En el Espíritu he sido desde la eternidad siempre enteramente el mismo; nunca he cambiado y tampoco cambiaré jamás en Mi ser, obrar y querer. Llevo ya tres días con ustedes y les he enseñado lo que cada uno por sí mismo debe saber, creer y hacer para alcanzar la vida eterna del alma. ¿Les he dicho algo acerca de oraciones determinadas o de algún culto misterioso eficaz y agradable solo a Mí, o acerca de cierto día festivo, como quizá el sábado de los judíos, al que llaman día del Señor Jehová y en el cual los sacerdotes prohíben a los hombres todo trabajo, mientras ellos mismos, precisamente en ese día del Señor, cometen como sacerdotes los mayores y más vergonzosos fraudes y todavía sostienen, con una opinión malvada y sin conciencia, que con ello prestan un buen servicio a Dios? No, nada de todo esto han oído de Mi boca, y se lo digo como verdad plena:

¡Fuera con todas las oraciones (Jesús se refiere aquí a las oraciones prefijadas y a las fórmulas de oración), fuera con todos los días festivos, puesto que cada día es un verdadero día del Señor, y fuera con todo sacerdocio! Porque toda persona que reconoce a Dios, Lo ama sobre todas las cosas y hace Su voluntad es un sacerdote verdadero y legítimo, y por ello también un maestro legítimo cuando da a sus semejantes precisamente esta enseñanza que ha recibido de Mí.

Quien hace Mi voluntad, dice ahora el Señor, ora verdaderamente y ora siempre sin cesar; y cada día en que una persona hace un bien a su semejante en Mi nombre es un verdadero día del Señor y el único que Me agrada.

Pero cuando alguien hace un bien a su prójimo, que lo haga en silencio y no hable de sí mismo por ello ni se jacte ante los hombres. Porque quien lo hace ya ha recibido de Mí su recompensa espiritual al obtener por su noble acción una fama mundana; pero esta nunca fortalece el alma, sino que solo la corrompe, porque la vuelve vanidosa y complacida de sí misma.

Así sucede también cuando se pide de Mí alguna gracia. Quien quiera obtener algo de Mí por medio de su petición, que pida enteramente en silencio, en su corazón lleno de amor a Mí, y se le dará aquello que haya pedido, si es compatible con la salvación de la vida de su alma.

Del mismo modo pueden unirse también, completamente en silencio, dos, tres o incluso más personas y pedir por sí mismas y por toda la comunidad, pero no de manera que la comunidad se entere enseguida; y Yo ciertamente escucharé tales peticiones. Pero si dos, tres o más fueran y anunciaran a la comunidad que harán esto tal o cual día, o a esta o aquella hora del día, para que entonces la comunidad los mire y los alabe, y al final hasta pague por semejante obra piadosa de petición, en verdad, una oración así jamás será escuchada y, por consiguiente, tampoco beneficiará ni a la comunidad ni a quienes hayan orado. Porque todo esto y cosas semejantes también lo hicieron y lo hacen todavía los paganos: ante grandes peligros iban en grandes multitudes de un templo de ídolos a otro, llevando toda clase de tallas insensatas, banderas, vasijas y muchas otras cosas, haciendo gran griterío, tocando cuernos, golpeando fuertemente los címbalos y haciendo resonar sus escudos. También organizaban largas peregrinaciones a extraordinarias y especiales imágenes milagrosas de ídolos y, cuando llegaban allí, practicaban toda clase de penitencias absurdas y ofrecían al ídolo grandes sacrificios, a menudo muy considerables; con ello, por supuesto, se ayudaba mucho a los sacerdotes de los ídolos, pero jamás a los necios peregrinos. Por tanto, semejantes oraciones y peticiones públicas jamás son escuchadas por Mí.

Quien, pues, quiera que Yo escuche una buena petición suya, que peregrine a su corazón y Me presente allí, enteramente en silencio, su petición con palabras completamente naturales y sin adornos, y Yo lo escucharé. Pero añado todavía que nadie venga ante Mí con algún gesto o semblante de apariencia piadosa. Porque donde al pedirme algo aparezcan esas conocidas muecas hipócritamente piadosas, tampoco será escuchada ninguna petición; pues quien no venga a Mí con la naturalidad de quien realmente es, y no pida en el espíritu correcto de la verdad más plena, no será escuchado. Solo será escuchado quien Me ame verdaderamente, haga Mi voluntad y venga a Mí tal como es, sin ostentación ni coacción alguna.

También es una antigua costumbre, incluso entre los judíos, que las personas ciegas y necias, al hacer sus peticiones y oraciones, se pongan ropas especiales, más finas y mejores, porque piensan que nunca se puede hacer suficiente para el supuesto mayor honor de Dios. Pero ese necio no considera que hay muchísimos pobres que apenas pueden cubrir la desnudez de su cuerpo para la necesidad más extrema. ¿Cómo debe sentirse el pobre cuando ve al rico así adornado en una casa de oración y observa qué honor le rinde este a Dios, mientras él no puede hacerlo, y tiene que pensar que con su oración, vestido con harapos, solo puede ofender a su Dios?

En verdad les digo: quien venga vestido con determinadas ropas mejores a pedirme algo jamás será escuchado, y mucho menos cualquier sacerdote con sus necias capas y vestiduras mágicas adornadas.

Existe también una antigua mala costumbre en las oraciones a Dios: usar para ellas solamente alguna lengua extranjera determinada y considerarla la más digna para honrar a Dios. Donde semejante absurdo subsista en adelante, la petición tampoco será jamás escuchada.

Ante Mí, el hombre solo debe adornarse en el corazón y hablar la lengua que es la suya, y hablar el lenguaje de su corazón, que Yo comprendo bien, y Yo escucharé su petición.

Quiero que desaparezcan por completo todas las antiguas necedades y que los hombres se conviertan en personas completamente nuevas, verdaderas y puras. Y donde sean así, Yo estaré siempre en medio de ellos; pero los ciegos necios del mundo serán en adelante disciplinados mediante el hecho de que sus peticiones no sean escuchadas.

Dios creó al hombre sin ropa y lo creó a Su imagen, y a Dios le agradó así la figura del hombre porque era Su imagen. Pero Dios también mostró al hombre cómo hacerse una vestidura para proteger su piel del frío; sin embargo, Dios no enseñó a los primeros hombres a hacerse ropa para que la llevaran como adorno orgulloso de sus miembros. Y mucho menos enseñó Dios al hombre a confeccionarse una vestidura adornada para que solo con ella pudiera adorar a Dios dignamente.

Por eso vístanse ahora conforme a su posición, pero con sencillez, y no den a la túnica ni al manto otro valor que el de cubrir el cuerpo; lo que vaya más allá de eso ya procede del mal y no da buenos frutos.

Y así saben ahora también en este aspecto lo que hay que hacer, y pienso, ya que se acerca la medianoche, que podríamos retirarnos a descansar».

* * *

La predicción del gran juicio del tiempo actual – GEJ 6.174

(El Señor:) «Como sucederá con el juicio de Jerusalén, así sucederá también con un futuro gran juicio mundial, cuando Yo ponga fin por completo a la gran ramera de Babilonia. Será un juicio como en tiempos de Noé y como en tiempos de Sodoma y Gomorra.

Entonces también sucederán grandes señales en la Tierra, en el mar y en el cielo, y Yo despertaré siervos que profetizarán a partir de Mi Palabra y anunciarán repetidas veces el juicio venidero. Pero el orgullo de los hombres no los escuchará, y aunque los escuche, no creerá sus palabras, sino que se reirá de ellos como si fueran necios. Pero precisamente esto será una señal segurísima de que el gran juicio llegará con toda certeza y consumirá por el fuego a todos los hacedores del mal.

En ese mismo tiempo también algunos jóvenes recibirán visiones y algunas doncellas profetizarán acerca de las cosas que vendrán. ¡Bienaventurados los que por ello mejoren y se conviertan verdaderamente!

Esto será tan fácil de reconocer como se reconoce en una higuera que la primavera está cerca cuando sus brotes se vuelven jugosos y empiezan a abrirse.

Entonces habrá grandes guerras aisladas entre los pueblos, y un pueblo marchará contra otro; habrá también una gran carestía y surgirán toda clase de enfermedades semejantes a pestes, como nunca antes habían existido entre los hombres. También precederán grandes terremotos, para que por medio de ellos los hombres sean exhortados al arrepentimiento y a la actividad amorosa. ¡Bienaventurados los que hagan caso de ello!

Pero muchísimos no harán caso y atribuirán todo esto a las fuerzas ciegas de la naturaleza; los profetas serán llamados impostores, y a muchos, por causa de Mi nombre, los arrojarán a las cárceles y, bajo amenaza de grandes castigos, les prohibirán hablar en Mi nombre y anunciar un juicio venidero. Quien no actúe según la voluntad de la gran ramera de Babilonia padecerá gran necesidad.

Pero todo esto tiene que suceder de antemano, aproximadamente setecientos años antes del juicio, para que al final nadie pueda decir que no fue suficientemente amonestado. Pero desde ahora no pasarán dos mil años completos hasta que tenga lugar el gran juicio sobre la Tierra; y entonces será un juicio manifiestamente final y, al mismo tiempo, el último juicio sobre esta Tierra.

Solo a partir de entonces será puesto el paraíso sobre la Tierra, y un lobo y un cordero habitarán pacíficamente en un mismo establo y comerán juntos de un mismo recipiente.

Al acercarse el juicio también se verá la señal del Hijo del Hombre en el cielo, es decir, el cielo en el hombre Me reconocerá como el único Señor del cielo y de la Tierra, y el alma del hombre Me alabará y ensalzará mucho.

Pero eso todavía no será la plenitud del hombre. Sin embargo, cuando Yo aparezca luminoso y resplandeciente en las nubes de los cielos, con todos los poderes celestiales, al sonido semejante al de muchas trompetas de guerra y de juicio, en la Palabra viva ante todos los hombres, en el verdadero cielo que está en el corazón de los hombres, entonces habrá llegado el juicio del mundo.

El hombre recto entrará entonces en Mi gloria, y los hacedores del mal serán consumidos por el fuego de Mi justa ira y entrarán en el reino de sus malas obras, preparado para todos los demonios incorregibles. Porque quien elija voluntariamente el infierno para sí, sea entonces también maldito en él, como el infierno está maldito en sí mismo. Pero así como el bien permanecerá eternamente bueno, también el mal permanecerá eternamente malo en sí mismo y será el eterno fundamento sometido a juicio que tendrá que servirme eternamente como escabel.

Pero Yo mismo, desde Mi personalidad divina primordial, no juzgaré a nadie; todo esto lo hará Mi Palabra, que les he hablado. Porque una vez que Yo haya ascendido a Mi Reino, ya no regresaré en la carne a esta Tierra, sino solamente en el Espíritu, en la Palabra; y será como fue al principio, cuando se decía: En el principio era la Palabra, la Palabra estaba con Dios y Dios era la Palabra. Pero la Palabra se hizo carne y habitó entre los hombres. Él, es decir, Yo, vine a lo Mío, y los Míos no Me reconocieron, porque el mundo y su carne los habían vuelto a todos ciegos y sordos.

Ahora estoy con ustedes en la carne como un hombre; pero por ello no puedo impartirles toda la fuerza de Mi Espíritu. Sin embargo, cuando más adelante ya no esté entre ustedes en la carne como ahora, sino solamente en el Espíritu, podré impartirles también toda la fuerza y el poder de Mi Espíritu, que naturalmente soy Yo mismo desde la eternidad. Pero en el Espíritu y en Su fuerza permaneceré con ustedes hasta el fin del tiempo durante el cual esta Tierra todavía existirá, y hasta que haya llevado a madurez al último espíritu sometido a juicio. Con esta Tierra se extinguirá entonces también para siempre la cuna de los hijos de Dios. A partir de entonces todo será ordenado espiritualmente.

Ya les he dicho y mostrado muchas veces cómo será en esta Tierra. Por eso esperen con paciencia la segura redención, que no dejará de llegar, y no deseen un juicio mundial demasiado apresuradamente antes de tiempo. Porque cuando llegue, todavía habrá llegado demasiado pronto para ustedes mismos y mucho más para quienes sean juzgados; pues en el juicio el amor y la misericordia están lejos, y cada alma será entregada a su propia capacidad de ayudarse, para que experimente amargamente cuán inútil fue para ella la vana ayuda temporal de los simples hombres del mundo. Y ahora díganme si han entendido bien todo esto».

* * *

Autonomía y libertad de voluntad del hombre – GEJ 6.225

Jesucristo: Si Yo, en virtud de Mi omnipotencia, quisiera que ningún hombre cometiera jamás un pecado, entonces ningún hombre volvería a pecar; porque no podría aventurarse ni moverse ni una línea más allá de Mi voluntad, del mismo modo que nadie puede dar a su cuerpo otra forma distinta de la que le ha dado la voluntad de Dios, ni prolongar a su gusto la vida de su cuerpo, porque todo esto depende de la voluntad omnipotente de Dios. Si Dios no permitiera que un hombre pudiera cometer jamás un pecado, ¿quién tendría entonces por sí solo el mérito de la vida completamente libre de pecado de un hombre al que únicamente la omnipotencia de Dios dirigiera, como dirige el crecimiento de los árboles y de todos los demás frutos y guía y conduce los mundos a través de la infinitud? Sin duda nadie más que Dios solamente, porque el hombre no sería sino un títere en manos de Dios. Para Dios esto sería también mucho más cómodo, como también Le resulta más cómodo crear los animales más diversos con sus propiedades múltiples y extrañísimas, y luego guiarlos y dejar que cada uno actúe según su especie.

Pero los hombres de esta Tierra están destinados a convertirse en hijos libres y completamente autónomos de Dios, y por eso también deben ser guiados de tal manera que su voluntad, necesariamente libérrima, no experimente la menor coacción por parte de un espíritu más poderoso, sino que únicamente mediante revelación y enseñanza y mediante leyes externas sea conducida a tomar por sí misma, con su libre voluntad, lo verdadero y bueno que se le enseña y a actuar conforme a ello por propia determinación.

Mira, el respeto de Dios por la libre voluntad de los hombres de esta Tierra llega incluso al punto de que ni siquiera observa siempre lo que uno o varios hombres piensan, quieren y hacen. Solo cuando se han apartado demasiado de Dios, entonces Dios vuelve a mirarlos y despierta nuevamente videntes, maestros y profetas, para que vuelvan a anunciar a los hombres la voluntad de Dios y Sus propósitos para con ellos. Si los hombres hacen caso, todo vuelve a ir bastante bien; pero si no hacen caso, y se burlan y persiguen a los videntes, maestros y profetas despertados por Dios para ellos, entonces Dios tiene necesariamente que permitir que venga sobre los hombres, y a menudo sobre todo un pueblo, un juicio punitivo externo. Pero incluso semejante juicio nunca procede directamente de la voluntad omnipotente de Dios, sino que siempre surge de la ciega y maliciosa perversidad de los hombres.

Los poderosos hanoquitas fueron advertidos durante más de cien años de que no debían destruir montañas enteras ni excavarlas completamente hasta el fondo por causa del oro y las piedras preciosas, ni tampoco para facilitar la conducción de sus guerras, pues con ello abrirían las grandes compuertas de agua subterráneas y todos se ahogarían. Pero nada sirvió; hicieron lo que quisieron, perforaron aún más profundamente las montañas y abrieron las compuertas de agua. Mira, Dios no hizo que esto sucediera directamente por Su omnipotencia, sino que solamente lo permitió, como consecuencia necesaria de que los hombres ya no querían prestar oído a Sus oportunas advertencias.

Dios ciertamente podría haber inmovilizado a los hombres mediante Su omnipotencia, de modo que ya no hubieran podido seguir destruyendo las montañas. Sí, eso habría sido muy fácil para Dios; pero entonces los hombres habrían dejado de ser hombres y después tampoco habrían podido ser puestos nuevamente sobre el fundamento de la libre humanidad en el reino de los espíritus. Dios prefirió permitir que todo un género humano pereciera corporalmente por su voluntad obstinada antes que permitir que su alma perdiera en lo más mínimo aquello que concierne a su libre voluntad y plena autonomía.

Del mismo modo, una tribu fue advertida varias veces por el rey de Salem de que no habitara la región de Sodoma y Gomorra, porque contenía bajo tierra muchos depósitos de azufre y, en parte, betún. También se mostró clara y comprensiblemente al pueblo cómo de tales depósitos se desprendían continuamente espíritus impuros de la naturaleza que excitaban a los hombres carnales a la lujuria; porque así como en el vino habitan espíritus de lujuria y estimulan la carne cuando una persona ha bebido de él en exceso, así también se encuentran en el azufre y en el betún. También se dijo al pueblo que en una región semejante ocurrían con frecuencia terremotos, incendios de montañas y muchas tormentas malignas, que a menudo causaban daños grandes y numerosos, tras los cuales fácilmente surgían hambre y peste; pero todos estos buenos consejos, incluso procedentes de la boca de Jehová, no sirvieron de nada. Como la región era por lo demás muy exuberante y fértil, los hombres se asentaron allí de todos modos, y antes de que pasaran doscientos años ya se habían construido, además de Sodoma y Gomorra, otras diez ciudades. Los hombres se volvieron completamente sensuales y practicaron toda clase de desenfreno indescriptible y la prostitución más horrenda incluso con animales.

Fueron advertidos de nuevo en tiempos de Nahor y otra vez en tiempos de Taré, y se les aconsejó abandonar aquella mala región; pero nadie hizo caso. Los hijos de Taré fueron Abraham, Nahor —que llevaba así el mismo nombre que su abuelo— y Harán, que engendró a Lot. El propio Harán fue allí y predicó por mandato de Dios, pero tampoco logró nada. Lot, su hijo, hizo lo mismo durante varios años, permaneciendo alternativamente unas veces en una ciudad y otras en otra, y estuvo cerca de convertirse él mismo en víctima del espíritu de la lujuria.

Entonces llegaron ángeles visibles, que antes habían visitado a Abraham, y Jehová estaba en medio de ellos y comunicó fielmente a Abraham lo que sucedería a Sodoma y a las demás ciudades. Y los dos ángeles, en forma de dos jóvenes fuertes, fueron enviados allí para salvar todavía a Lot. El pueblo no escuchó en absoluto a los jóvenes, sino que quiso practicar con ellos la lujuria más antinatural. Entonces Lot escapó advertido por los dos jóvenes. Solo su esposa fue víctima de su curiosidad tardía; corporalmente se convirtió en una columna de sal, conforme a la predicción de los jóvenes. Porque ellos dijeron: «Ahora tenemos que huir rápidamente y ni siquiera tomarnos tiempo para mirar atrás, pues el fuego subterráneo se propaga con rapidez, y sus vapores, que brotan por todas partes, sofocan rápidamente toda vida natural y lo transforman todo con rapidez en una sal pétrea». Pero la mujer de Lot se quedó quieta todavía algunos instantes, fue alcanzada por los vapores y por ello se convirtió en víctima.

Mira, tampoco aquí fue propiamente la voluntad omnipotente de Dios la que causó la destrucción total de la mala región; pues aquel lugar inmaduro habría sufrido por su propia naturaleza lo mismo que más tarde sufrió en tiempos de Abraham. Pero que tantas personas perecieran no fue culpa de nadie sino de la desobediencia de su libre voluntad.

Dios ciertamente podría haber sacado a esas personas mediante Su voluntad omnipotente y trasladarlas a otra tierra sana; pero eso habría sucedido evidentemente contra su voluntad. Y como esta es lo que Dios respeta por encima de todo y también tiene que respetar, prefirió permitir que todas aquellas personas perecieran corporalmente antes que destruir siquiera un átomo de la libertad de voluntad de sus almas. Porque incluso para Dios esta es la mayor obra maestra de Su amor, sabiduría y poder: crear seres humanos que lleguen a ser completamente semejantes a Él en todo.

Pero para lograrlo, el hombre tiene que nacer casi sin fuerza, en el mayor abandono de este mundo, y recibir poco a poco su instrucción del mundo exterior. Cuando así ha reunido algunos conocimientos y habilidades, solo entonces actúan sobre él, de manera completamente imperceptible, los espíritus buenos y también los malos que lo rodean: los buenos sobre su ánimo y los malos sobre su naturaleza física, para que el alma permanezca siempre en el más perfecto equilibrio libre.

Si una persona ha prestado voluntariamente oído a las buenas enseñanzas y exhortaciones externas frente a muchas tentaciones de sus sentidos y ha ordenado su vida conforme a ellas, la influencia silenciosa de los buenos espíritus se vuelve también cada vez más poderosa, pero ningún hombre la siente ni debe sentirla de otra manera que como obra libre suya. Sin embargo, cuando la influencia del bien procedente de los cielos se ha fortalecido una vez, por la propia voluntad del hombre, hasta el punto de que el alma ha pasado enteramente a ella, entonces despierta en el alma el verdadero Espíritu divino del amor, la penetra por completo, y solo entonces el alma ha entrado en el primer grado de su perfección; entonces ya es indestructiblemente libre y, aunque todavía esté en la carne, puede recibir visiones y revelaciones de espíritus e incluso de los ángeles más elevados.

Y así sucede con frecuencia que tales personas tienen visiones, hablan con almas en el más allá y se dejan instruir por ellas como si estuvieran presentes personalmente, y también pueden dar de ello noticia fiel y verdadera a otras personas todavía completamente naturales. Quien les cree hace sin duda muy bien; solo que no debe exigir experimentar inmediatamente lo mismo por sí mismo, porque eso no puede suceder antes de que haya alcanzado la madurez espiritual del alma descrita anteriormente.

Pero cada persona debe primero orientarse con fe según las buenas enseñanzas recibidas y después prestar atención a su ánimo, pero también a las malas pasiones que a menudo dormitan en su carne y que se manifiestan con demasiada claridad en la pereza, la aversión al trabajo, la lujuria, el amor propio, la obstinación, el orgullo, la envidia, la avaricia y el afán de dominio. Debe enfrentarse a estas últimas mediante el poder del amor a Dios y el amor al prójimo, mediante paciencia, humildad y mansedumbre; entonces no tardará mucho en llegar al punto en que los buenos espíritus se le revelen de manera más perceptible y visible.

* * *

Sobre los trabajadores de la viña. Propósito, naturaleza y efecto de las revelaciones – GEJ 6.176-177

Dije Yo a Lázaro y también a los demás discípulos, puesto que ellos compartían la opinión algo acalorada de Lázaro: «Presten atención, les daré aquí una imagen; ella les dará la respuesta a la pregunta de Lázaro.

Había un señor que contrató trabajadores para su viña. Estos llegaron por la mañana, y el señor acordó con ellos una moneda como jornal. Hacia el mediodía fue adonde encontró todavía personas ociosas y dijo: «¿Qué hacen aquí ociosos? Vayan a mi viña y les daré lo que sea justo». Y fueron y trabajaron. Pero hacia el atardecer el dueño de la viña vio todavía a muchos trabajadores ociosos. Fue hacia ellos y les dijo: «¿Por qué han estado aquí ociosos todo el día?». Y ellos respondieron: «Señor, nadie nos ha contratado». Entonces el señor les dijo: «Pues vayan también ustedes a mi viña y trabajen esta única y última hora del día, y también les daré lo que sea justo». Entonces fueron y trabajaron diligentemente durante la última hora del día.

Al anochecer, el señor llamó primero a los trabajadores que habían trabajado desde la mañana y dio a cada uno la moneda convenida. Después llamó a los que habían trabajado solo medio día y dio también a cada uno una moneda. Luego llamó a los que habían trabajado solo una hora y dio igualmente a cada uno una moneda.

Entonces dijeron los que habían trabajado todo el día: «Señor, ¿cómo puedes dar a los que solo han trabajado una hora lo mismo que a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor de todo el día?». El señor dijo: «¿Qué les importa a ustedes que yo sea bueno y misericordioso? ¿Soy injusto porque, por mi buena voluntad, doy también a los últimos tanto como a ustedes? ¿Acaso no acordé con ustedes una moneda? Ustedes mismos no pidieron más. Y si ahora les doy lo que han pedido, ¿qué más quieren de mí? ¿No soy acaso señor de mis bienes, con los que puedo hacer lo que me plazca?». Entonces los primeros trabajadores ya no pudieron decir nada y quedaron satisfechos con el salario de su jornada.

Y también les digo a todos ustedes que Mi Padre, que está en Mí, hará con ustedes lo mismo, y entonces también los primeros serán los últimos y los últimos los primeros.

Pero la viña son propiamente los hombres de esta Tierra, como vides que han de ser trabajadas. Estos no tienen ningún contrato conmigo, sino que están allí para ser cultivados, a fin de que produzcan para Dios el Señor un buen fruto.

Pero todos los profetas, como ahora ustedes, no son de esta Tierra según el alma, sino que son trabajadores contratados desde arriba y han celebrado previamente conmigo un contrato firme para alcanzar la condición de hijos de Dios, que solo es posible en esta Tierra.

Todos los grandes profetas desde el principio hasta ahora, incluidos ustedes, que recibieron una gran revelación, son los trabajadores contratados primero en la viña del Señor.

Los profetas menores, que solo tienen que realizar medio servicio, es decir, mantener la gran revelación dada una vez, son aquellos que vendrán después de ustedes en Mi nombre, teniendo ellos mismos ciertas pequeñas revelaciones y profetizando a partir de ellas, pero sin poseer aquella fuerza y poder que Yo les daré a ustedes. Estos recibirán el mismo salario que ustedes, porque su fe tendrá que ser más vigorosa; pues como ellos no ven todo lo que ustedes ahora ven y experimentan, su fe más libre les será contada también como mayor mérito de vida. Pero si reciben entonces el mismo salario que ustedes, consideren que para ellos fue más difícil creer lo que ahora sucede para la salvación de toda criatura, ya que no fueron testigos de todo ello como ustedes.

Finalmente, en un tiempo muy tardío, poco antes de un gran juicio, volverán a ser despertados y admitidos videntes que tendrán la breve pero difícil tarea de purificar la enseñanza que se habrá vuelto muy impura, para que sea conservada y no sea rechazada por una humanidad de pensamiento más claro como un antiguo engaño sacerdotal. Estos terceros trabajadores de Mi viña no actuarán mediante grandes milagros, sino únicamente mediante la Palabra pura y mediante la escritura, sin recibir ninguna otra revelación llamativa que la de la Palabra interior y viva en el sentimiento y en los pensamientos de su corazón; estarán llenos de una fe clara y razonable y, por tanto, sin obras milagrosas levantarán las vides humanas marchitas de Mi viña y recibirán de Mí el mismo salario que ustedes recibirán como trabajadores de todo el día; porque para ellos será muchísimo más difícil creer firme y sin dudas en lo que sucedió aquí más de mil años antes de ellos.

Aunque las grandes revelaciones estén, pues, bastante alejadas unas de otras, Dios se ocupa siempre de que en todo tiempo, tan pronto como las enseñanzas de la gran revelación empiecen en algún lugar a volverse impuras, vuelvan a surgir entre los hombres videntes recién despertados, y esto de tal manera que la libre voluntad de ningún hombre experimente coacción alguna. Precisamente por eso las grandes revelaciones quedan siempre muy separadas unas de otras en el tiempo, para que los hombres puedan moverse con su libre voluntad tanto más libremente.

Cuando al final el mundo haya desviado de nuevo a los hombres demasiado lejos de su camino espiritual, entonces ciertamente no quedará otra cosa que proceder a una gran revelación, que siempre lleva un juicio detrás de sí, porque ella misma es un penoso juicio para los hombres. Porque mientras no pongas fuego a la madera muerta, no arderá; pero el fuego la enciende. Y mira: lo que el fuego es para la madera, eso es una gran revelación para los hombres. ¿Entienden ahora esto?»

Dijo Lázaro: «Sí, entiendo bien lo que has querido decir con ello; pero todavía tengo un pensamiento de fondo del que no sé muy bien qué hacer. ¿Han de considerarse entonces juzgados todos aquellos hombres a quienes llega directamente una gran revelación? ¿Y solo han de esperar la bendición de la gran revelación aquellos que participan en ella únicamente de manera indirecta, es decir, mediante la fe pura?

Entonces los portadores de la revelación estarían, sin embargo, en gran desventaja, precisamente porque desde su origen ya eran hombres mejores y más puros, para poder recibir y comprender correctamente una revelación elevada y grande. Porque los hombres propiamente mundanos jamás habrían comprendido por sí mismos la gran revelación, ya que ni siquiera pueden comprender una revelación mínima, sino que se quedan ante ella como las gallinas cuando ven salir un relámpago de una nube».

Dije Yo: «¿Quién dice que los portadores de una gran revelación deban considerarse juzgados? Yo sabré a quién debo elegir como portador principal de una gran revelación para que esta no le perjudique a él mismo.

Moisés fue ciertamente portador de una revelación muy grande; pero bajo él hubo muchos que solo participaron indirectamente en la revelación y, al final, eran mucho más firmes en la fe que el propio Moisés, quien en sí mismo no confió en la promesa de que Yo daría a los israelitas la Tierra Prometida, donde fluye leche y miel. Pero como Moisés no confió plenamente en tal promesa, se le permitió ver la Tierra Prometida desde una montaña elevada, pero no entrar él mismo en ella.

Esto demuestra más que suficientemente que ningún portador de una revelación estuvo jamás ligado por ella para sí mismo, y de ahora en adelante mucho menos lo estará, sino que para sí permanece siempre completamente libre en la fe y en la acción, por las cuales únicamente llega también a la bienaventuranza; pues nadie llega a ser bienaventurado por ser portador de una revelación, sino solamente si confía en la propia revelación y vive conforme a ella.

Lo mismo sucede con todos ustedes. Ahora, por Mis obras, ciertamente están más impulsados a creer que Yo soy el Cristo y que Mis palabras son palabras de Dios que aquellos que solo recibirán de ustedes el Evangelio de boca en boca; pero, a cambio, también les sobrevendrán a ustedes mismos dudas acerca de Mí en gran medida y por ello tendrán ocasión de fortalecerse por sí mismos en la fe. Porque cuando el pastor sea herido, las ovejas huirán y se dispersarán mucho; pero en el momento adecuado Yo volveré a reunirlas y a fortalecerlas en la fe.

Por tanto, ningún portador de una revelación verdadera está juzgado. Porque, en primer lugar, tal persona procede siempre de arriba, y ya por eso ninguna revelación puede ejercer sobre ella una coacción particular, pues su alma ya ha pasado por una experiencia previa de vida carnal en otra Tierra y, por ello, es con seguridad mucho más sólida y compacta que un alma de esta Tierra que apenas se ha reunido; y, en segundo lugar, a una de esas almas proféticas también se le imponen pruebas de fe mayores que a un alma terrenal, a menudo demasiado crédula. A un alma terrenal le basta la palabra y apenas necesita una señal. Pero las almas que proceden de arriba necesitan más, porque son difíciles de convencer y, por ello, necesitan pruebas más fuertes y mayores hasta que se llenen de fe y, desde ella, de acción.

Sí, si Yo ahora fuera, por ejemplo, a Persia, a la India, a Atenas o también a Roma y realizara allí señales como las que ya he realizado entre ustedes, allí ningún hombre se atrevería jamás a hacer otra cosa que lo que Yo hubiera ordenado. Tales almas puramente terrenales quedarían evidentemente cautivas en el grado más alto, y la prueba de su libre voluntad quedaría entonces anulada por mucho tiempo. Pero a ustedes Mis señales no les perjudican en lo más mínimo, porque no son en absoluto crédulos; para moverlos a una fe firme hay que haber obrado mucho ante sus ojos, y aun entonces siguen llenos de toda clase de dudas y preguntan unas veces por una cosa y otras por otra. Pero quien hace eso ante Mí no tiene una fe forzada, sino una fe libre, porque exige comprender plenamente lo que cree, y lo que no comprende ni entiende, tampoco lo cree.

La mejor prueba de ello es que tengo que explicar y aclarar en el mismo momento lo que ustedes oyen de Mí. Ustedes saben quién soy y podrían creerme también sin las continuas explicaciones especiales de lo que les enseño. Pero no lo hacen, y ya varias veces Me han mostrado que incluso a Mí no Me han creído acerca de una enseñanza muy oculta, y Me dijeron a la cara que aquello era una enseñanza dura; y no han pasado todavía siete días desde que todos Me abandonaron, también por causa de enseñanzas que no comprendieron.

De esto se desprende que sus almas son más fuertes que las almas de los verdaderos hijos de este mundo. Pero personas como ustedes ahora siempre existirán en esta Tierra, y Yo las despertaré y les daré, como a ustedes, la Palabra interior del Espíritu procedente de Mí, y ellas instruirán a los verdaderos hijos de esta Tierra, con lo cual su voluntad permanecerá completamente libre. Pero los maestros no deben imaginar por ello que, precisamente por ser maestros y sabios, están ante Mí por encima de los hijos de esta Tierra; porque ante Mí siempre se dirá y valdrá: Dejen que estos pequeños vengan a Mí y no se lo impidan. Porque quien no se haga como estos hijitos no entrará en Mi Reino; porque a ellos pertenece y por causa de ellos ha sido hecho. Pero quien sea sabio y, por ello, maestro, y al mismo tiempo humilde y manso de todo corazón, también estará un día allí donde Yo seré un verdadero Padre entre Mis hijos de eternidad en eternidad».

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