Los dos discípulos no supieron qué responderme. Solo después de un rato, el mayor de ellos Me preguntó: «¿Por qué tiene que languidecer Juan ahora en la prisión, si nunca ha pecado ante Dios ni ante ningún ser humano?».
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Yo respondí: «¡Si él quisiera, también podría ser libre! La Luna presta buenos servicios durante la noche; pero si quiere disputar con el Sol el primer lugar, como si su luz diurna junto al Sol fuera tan importante como la de este, entonces se encuentra en un gran error. Porque una vez que aparece el Sol, la Tierra puede prescindir perfectamente del resplandor de la Luna. ¿Comprenden esto?
Si Juan Me reconoció con mayor claridad cuando fui hasta él al Jordán, ¿quién le ordenó que no Me siguiera? Permaneció en su desierto y llevó constantemente la vida del penitente más riguroso, aunque nunca había pecado. ¿Por qué hizo eso? Él mismo se entregó a Herodes; ahora que vea cómo se las arregla con ese zorro.
Pero díganle también que no he venido a quitarles a los grandes su poder terrenal, sino a confirmarlos en sus tronos de gobierno. Quien quiera contender conmigo tendrá que sostener una dura lucha».
Después de recibir y escuchar estas palabras de Mí, los dos discípulos no replicaron nada más, sino que se despidieron, emprendieron de inmediato el camino de regreso a Juan en Jerusalén y le informaron enseguida de todo aquello.
Juan se golpeó el pecho y dijo: «Sí, sí, Él es; Él tiene la razón. Él debe crecer, y yo disminuir y morir para este mundo».
En Seba, una aldea de pescadores junto al mar de Galilea, los muchos habitantes del lugar y quienes Me habían seguido hasta allí desde otros lugares quedaron muy sorprendidos por lo dicho acerca de Juan el Bautista y preguntaron: «¿Cómo pudo cometer un pecado? El hecho de que no Te siguiera, oh Señor, aunque Te había reconocido, debió de ser un pecado grave por el cual ahora tiene que hacer penitencia. Señor, ¿juzgamos injustamente al pensar así?».
Yo les respondí: «Cuando la Luna brilla durante la noche con toda su luz, todos salen, admiran su resplandor y se alegran con él. Pero cuando llega el Sol mientras la Luna aún luce en el cielo con un brillo sumamente pálido y débil, todos apartan la mirada de ella, recrean sus ojos en la poderosa luz solar y la alaban en cada gota de rocío que irradia luz, pues bajo el Sol una gota de agua resplandece más que diez lunas durante la noche.
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¿Comete acaso la Luna un pecado porque durante el día el Sol oscurece su luz y porque hasta una gota de rocío ofrece a los ojos del observador más luz que la Luna entera?
Se lo digo a todos: ¡quien tenga oídos, que oiga! También el Hijo del Hombre es un Sol, y Juan es su Luna. La Luna brilló en la noche de su espíritu y dio testimonio anticipado de la Luz que ahora ha venido hasta ustedes y que todavía no reconocen en medio de sus tinieblas. Pero si el resplandor de esa Luna se debilita porque el Sol del día brilla entre ustedes, ¿cómo pueden atribuirle un pecado?
En verdad les digo: desde que existen seres humanos en esta Tierra, desde Adán hasta hoy, jamás un alma más pura habitó y vivificó un cuerpo.
Ahora les pregunto a todos, pues no hay entre ustedes ninguno que no haya salido al desierto donde Juan predicaba y bautizaba: todos escucharon su predicación, y la mayoría también se hizo bautizar. ¿Qué salieron a ver en el desierto?
¿Acaso querían ver una caña que el viento mueve de un lado a otro? ¿O salieron para ver a un hombre vestido con ropas suaves? Miren: quienes llevan ropas suaves habitan en las casas de los reyes, pero no en el áspero desierto de Betábara. ¿O salieron para ver a un profeta?
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Sí, les digo que Juan es más que un profeta. Porque él es aquel de quien está escrito: «Mira, envío delante de Ti a Mi ángel, quien preparará Tu camino ante Ti». ¿Reconocen ahora quién es?
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En verdad se lo digo con mayor claridad de lo que ya se lo había dicho antes: entre todos los nacidos de mujer desde el principio no ha surgido ninguno mayor que Juan el Bautista. Pero también les digo que, de ahora en adelante, hasta el más pequeño en el Reino de Dios será mayor que él.
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Pero recuerden bien también esto: desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, y también en adelante, el Reino de los Cielos padece violencia, y quienes lo violentan lo arrebatan para sí.
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Todos los profetas, al igual que la Ley de Moisés, profetizaron hasta Juan; él fue el último profeta antes de Mí.
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Si quieren aceptarlo, este Juan es precisamente Elías, quien habría de venir una vez más en el futuro, es decir, antes del Mesías. Él vino, profetizó delante de Mí y preparó Mis caminos, como ustedes mismos han experimentado. Díganme ahora: ¿saben quién es Juan?».
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