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GEJ 1.143

Fuente: Jakob Lorber

Traducción al español latinoamericano.

Capítulo 143 de 161

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GEJ 1.143.1

Cuando los discípulos abandonaron el lugar donde les había dado las instrucciones —como ya se ha explicado suficientemente—, Yo permanecí allí hasta la puesta del Sol, bendije a aquel pobre pueblo y a sus niños, y después seguí adelante junto al mar de Galilea con los muchos discípulos que todavía Me rodeaban. Fui a las ciudades de donde eran originarios y donde tenían sus hogares algunos de los discípulos que habían permanecido conmigo; allí enseñé y prediqué lo mismo que había ordenado enseñar y predicar a los Doce, y sané a los enfermos en todas partes.

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GEJ 1.143.2

En aquel tiempo, Juan —quien había bautizado en el Jordán— ya había sido encarcelado por Herodes, y esto por intervención de los sacerdotes de Jerusalén, quienes habían ejercido ante Herodes toda su influencia para conseguirlo. Ellos nunca pudieron perdonarle que los hubiera llamado camada de serpientes y engendros de víboras. Sin embargo, no se atrevían a atacar personalmente al predicador del desierto, pues sabían bien que el pueblo lo tenía por un gran profeta. Por eso pusieron a Herodes por delante —naturalmente mediante dinero y toda clase de facultades para oprimir al pueblo—, y Herodes lo hizo prisionero con el pretexto de que era un demente que incitaba al pueblo, llenaba las cabezas de ideas peligrosas para el Estado y trastornaba de múltiples maneras a la gente.

GEJ 1.143.3

En el fondo, a Herodes le importaba poco lo que Juan enseñara; únicamente quería obtener con ello una buena ganancia. Por eso no mantuvo a Juan bajo una custodia demasiado estricta y permitía que cualquiera lo visitara en la prisión a cambio de un precio moderado. Los discípulos reconocidos del Bautista pagaban solo un estátero por una semana entera, mientras que los demás debían pagar una moneda de plata por una visita de un día.

GEJ 1.143.4

Herodes no le había prohibido en absoluto a Juan predicar y producir tanto revuelo como pudiera y quisiera en un gran salón que había sido convertido en prisión civil, pues eso le producía tanto más dinero.

GEJ 1.143.5

Herodes visitaba con frecuencia a Juan y hasta lo animaba a hacer todavía más ruido ahora en la prisión —donde estaba a salvo de los sacerdotes y fariseos— que antes en el desierto de Betábara, y se llamaba a sí mismo amigo y protector de Juan.

GEJ 1.143.6

Juan sabía muy bien en su espíritu con quién trataba al tratar con Herodes; no obstante, aprovechó aquella oportunidad, continuó predicando en la prisión y sus discípulos tenían libre acceso a él, naturalmente a cambio del pequeño pago de un estátero semanal. Los sacerdotes del Templo debían pagar una libra si querían llegar hasta Juan. Y cuando preguntaban a Herodes por qué permitía que Juan continuara predicando en la prisión, aquel astuto zorro respondía: «¡Lo hago por secreta prudencia de Estado, para conocer así a todos los seguidores de este hombre extremadamente peligroso para el Estado!». Ante semejante respuesta, los sacerdotes elogiaban desmesuradamente a Herodes y lo obsequiaban con mucho oro, plata y piedras preciosas, pues pensaban: «Este es el hombre indicado; debemos apoyarlo con todas nuestras fuerzas. ¡Está llamado a quitar de en medio a toda esa gentuza de profetas!».

GEJ 1.143.7

Pero Herodes, griego de nacimiento, solo buscaba dinero y no se preocupaba en lo más mínimo por ninguna otra cosa. Fuera del dinero, únicamente las concubinas muy hermosas tenían algún valor para él. Por complacerlas podía llegar incluso a ser cruel si ellas lo deseaban; por lo demás, nadie conseguía jamás nada de él sin dinero, mientras que por dinero estaba dispuesto absolutamente a todo.

GEJ 1.143.8

Por esta descripción fiel de Herodes, a cualquiera le resultará fácil comprender cómo Juan podía tener a sus discípulos a su alrededor en la prisión y cómo, por medio de ellos y de otras personas que lo visitaban con frecuencia, podía mantenerse informado acerca de Mi obra en Galilea.

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GEJ 1.143.9

Cuando Juan supo en la prisión cómo Yo enseñaba y obraba, envió de inmediato a dos de sus discípulos más célebres para que Me preguntaran: «¿Eres Tú Aquel que ha de venir, o debemos esperar todavía a otro?».

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GEJ 1.143.10

Aquí se preguntará: ¿Cómo pudo Juan, que primero dio acerca de Mí el testimonio más grande y resplandeciente, llegar a formular semejante pregunta? La razón es sumamente sencilla e incluso completamente natural para quien sea capaz de pensar apenas una cuarta más allá de lo material.

GEJ 1.143.11

Después de conocerme, Juan creía —y entonces también comprendió plenamente— que Yo era infaliblemente el Mesías prometido, que el pueblo judío entero ya estaba prácticamente redimido por Mi sola aparición y que todo el poder de los grandes del mundo había terminado para siempre. Pero cuando llegó a la prisión y se convenció cada día más de que, con Mi aparición, el poder de los grandes del mundo no solo no había terminado, sino que incluso había aumentado, Juan comenzó a dudar en su interior, muy leve y silenciosamente, de Mi autenticidad.

GEJ 1.143.12

Pues pensaba para sí: «Si este Jesús de Nazaret es realmente el Prometido, el Hijo del Dios viviente, ¿cómo puede dejarme ahora abandonado y no liberarme de la prisión? ¿Y cómo pudo permitir que llegara a ella?».

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GEJ 1.143.13

Por otra parte, volvió a oír de quienes lo visitaban qué hechos inauditos realizaba Yo. Por eso envió a dos de sus discípulos más probados para que Me formularan la pregunta anterior.

GEJ 1.143.14

Como Yo veía claramente la razón por la cual Juan había mandado que Me hicieran aquella pregunta, respondí muy brevemente a los discípulos: «Vayan y díganle a Juan lo que ven y oyen: los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Bienaventurado es y será quien no se escandalice de Mí».

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