En esta ocasión llegamos también a la ciudad, precisamente a la casa de Irhael, que ahora pertenecía también al médico Joram. Jairuth, el coronel, su esposa y los dos subcomandantes no podían dejar de asombrarse por su nueva belleza. El enfermo de gota que había sanado también quedó maravillado más allá de toda medida y finalmente dijo en voz alta: «Algo así solo es posible para Dios. Cuando era niño, muchas veces atrapaba lagartijas por travesura entre los muros casi totalmente derruidos de este castillo o casa que Jacob hizo construir para su hijo José. Ahora está completamente terminada, de una manera que ni siquiera Jacob habría podido construirla con mayor perfección. Ningún poder humano logra algo semejante de la noche a la mañana. Ahora sé a qué atenerme y lo que haré. Mi nombre es Juan; recuerden este nombre».
Este es el mismo Juan a quien Mis apóstoles amenazaron más tarde, cuando los envié en el segundo año a enseñar al pueblo, porque él también sanaba a las personas y expulsaba a los espíritus malignos en Mi nombre, aunque no había recibido de Mí una orden expresa.
Jonael dijo: «Amigo, tu voluntad, tu disposición y tus palabras son buenas. Pero todavía te falta algo: un conocimiento puro de la voluntad divina. Por eso, ven a verme en los próximos días o quédate aquí desde ahora, y te daré a conocer más de cerca la voluntad de Dios, el Señor. Solo entonces podrás comenzar a llevar a la práctica, en el orden correcto, todo lo que tienes en mente con buena intención».
El hombre sanado dijo: «Que Dios, el Señor, te ilumine por ello. Haré lo que me aconsejes, pues veo que eres un verdadero amigo de este gran profeta y, por tanto, tendrás también de Él una luz verdadera. Pero este profeta está por encima de todos, y pienso que precisamente Él es Aquel de quien David cantó y profetizó de la siguiente manera:
“La Tierra y cuanto hay en ella, el suelo y quienes habitan sobre él pertenecen al Señor; pues Él lo fundó —al suelo— junto a los mares y lo asentó junto a las aguas. ¿Quién podrá subir al monte del Señor y quién permanecerá en Su lugar santo? Quien tenga manos inocentes y un corazón puro, no se complazca en falsas enseñanzas ni jure falsamente, recibirá la bendición del Señor y la justicia del Dios de su salvación. Esta es la generación que pregunta por Él, la que busca Tu rostro, Jacob.
Abran de par en par las puertas y eleven las puertas del mundo, para que entre el Rey de la gloria. ¿Quién es el Rey de la gloria? Es el Señor fuerte y poderoso, el Señor poderoso en la batalla. Abran de par en par las puertas y eleven las puertas del mundo, para que entre el Rey de la gloria. ¿Quién es el Rey de la gloria? Es el Señor Sebaot; Él es el Rey de la gloria”.
Y yo, Juan, que fui sanado por Él, testifico aquí abiertamente que Él es corporalmente el mismo Rey de la gloria de quien David cantó y profetizó de esta manera. ¡A Él sea toda la gloria por la eternidad!».
Jonael dijo: «Amigo, ya estás sobre un terreno correcto. Pero, hablando por ahora entre nosotros, todavía no es el momento de abrir la boca de esta manera. Cuando Él se marche de aquí, quizá hacia Galilea, tal como Él mismo lo ha determinado, comenzaremos a instruir al pueblo acerca de Él. Y cuando poco después vuelva a nosotros, deberá encontrar nuestras puertas bien abiertas y las puertas del mundo debidamente elevadas para Su entrada. Esto significa que nuestros corazones deberán estar abiertos cuanto sea posible para recibirlo, y nuestro amor por Él deberá elevarse más allá de las estrellas. Porque nuestros corazones son la puerta que debe abrirse de par en par, y el amor puro por Él es la puerta que debe elevarse por encima de todo».
Entonces me coloqué entre ambos, puse Mis manos sobre sus hombros y dije: «Así está bien, queridos amigos Míos. Dondequiera que estén reunidos en Mi nombre, Yo estaré entre ustedes, aunque no sea visible, fortaleciéndolos con todo poder. Pero ahora oigo un tumulto en las calles de la ciudad. Por eso permanezcan todos tranquilos. Veamos de qué espíritu están poseídos y guiados los ánimos».
Jairuth se acercó inmediatamente a Mí y dijo: «Señor, este es un alboroto maligno que no anuncia nada bueno. Si Tú quieres, ordenaré que vengan enseguida dos legiones, y la tranquilidad quedará restablecida de inmediato».
Yo dije: «Deja las cosas así. Si fuera necesario, ya tengo aquí a mano la guardia apropiada. Tú solamente deberías ocultarte un poco dentro de la casa para que nadie te vea ni te reconozca. Entre las personas mundanas de esta ciudad no habita ningún espíritu bueno, y más tarde podrían causarte graves daños en tus propiedades».
Jairuth dijo: «Todavía tengo a los dos jóvenes; ellos protegerán mis propiedades».
Yo dije: «Aunque sea así, deja de todos modos este asunto como está. Si necesitara ayuda humana, se la pediría al coronel, que también se encuentra aquí. Pero no necesito semejante ayuda. Por eso, permanece tranquilo y deja las cosas así». Jairuth se mostró satisfecho con ello y entró en la casa de Irhael.