Nosotros continuamos hacia el este y pronto llegamos a una pequeña aldea situada aproximadamente a veinte trayectos de campo del palacio. Todos sus habitantes vienen alegremente a nuestro encuentro y nos preguntan con amabilidad en qué podrían servirnos. Pero Yo les digo: «¿No hay entre ustedes nadie que esté enfermo?». Ellos responden que sí y dicen: «Sí, tenemos a uno que está completamente paralizado por la gota».
Yo dije: «Entonces tráiganlo aquí para que recupere la salud». Uno de ellos dijo: «Señor, eso será difícil. Este enfermo de gota está tan contraído que desde hace tres años completos ya no puede abandonar la cama. Además, la cama en la que yace es difícil de transportar porque está fijada al piso. ¿No podrías ir Tú mismo hasta el enfermo?». Yo dije: «Si la cama es difícil de transportar, envuelvan al enfermo en una estera y tráiganlo aquí». Al recibir esta orden, algunos se apresuran a entrar en la casa donde yace el enfermo, lo envuelven en una estera, lo llevan afuera hasta Mí, en la calle, y dicen: «Señor, aquí está el pobre enfermo».
Pero Yo le pregunto al enfermo si creía que podría sanarlo. El enfermo me contempla y dice: «Querido amigo, ciertamente tienes esa apariencia; pareces ser un verdadero sanador. Sí, sí, lo creo».
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Entonces Yo dije: «Pues bien, levántate y camina. Tu fe vino en tu ayuda. Pero en adelante cuídate de ciertos pecados tuyos para que no vuelvas a caer en la gota, pues la segunda vez sería peor que ahora».
Inmediatamente el enfermo se levanta, recoge la estera y comienza a caminar. Cuando así se da cuenta de que está completamente sanado, cae ante Mí, da gracias y finalmente dice: «Señor, en Ti hay más que fuerza humana. ¡Alabada sea la fuerza de Dios en Ti! Dichoso el cuerpo que te llevó, y más que dichoso el pecho del que mamaste».
Pero Yo le dije: «Y dichosos todos los que escuchan Mis palabras, las guardan en su corazón y viven conforme a ellas». El enfermo preguntó: «Señor, ¿dónde se te puede oír hablar?».
Yo dije: «Conoces al sumo sacerdote Jonael de Sicar, que ofrecía sacrificios en el Garizim. Mira, él posee Mi palabra; ve a él y apréndela de él». El hombre sanado preguntó: «Señor, ¿cuándo se le puede encontrar en casa?». Yo dije: «Está aquí a Mi lado. Pregúntale tú mismo y él te lo dirá».
Entonces el hombre sanado se dirige a Jonael y dice: «Digno sumo sacerdote de Jehová en el Garizim, ¿a qué hora podría entrar en tu casa?».
Jonael dijo: «Hasta ahora tu labor consistía en permanecer acostado y soportar pacientemente tu padecimiento; por eso no tienes mucho que descuidar en casa. Acompáñanos durante el día de hoy y escucha. Todavía sucederán muchas cosas, y mañana conocerás todo lo demás».
El hombre sanado dijo: «Si se me considera digno de caminar en semejante compañía, los seguiré con toda alegría. Porque, querido amigo, cuando uno ha tenido que languidecer durante tres años completos en una cama dura, soportando dolores muchas veces indecibles, y de pronto queda libre de ese terrible mal mediante un puro milagro de Dios, solo entonces comprende verdaderamente el valor de la salud. ¡Y qué alegría es poder caminar con las piernas rectas! Por eso quisiera ahora ir delante de ustedes danzando y saltando como David, y alabar con gran júbilo la inmensa bondad del Señor».
Jonael dijo: «Ve y hazlo, para que ante nuestros ojos se cumpla lo que está escrito por el Señor: “¡Y el cojo saltará como un ciervo!”».
Entonces el hombre sanado arroja la estera, se coloca rápidamente al frente del grupo, comienza a saltar y a lanzar gritos de júbilo, y no permite que nada perturbe su alegría. Vienen a su encuentro los mercenarios y esbirros romanos con sus jefes, a quienes los dos jóvenes habían dispersado hacia un camino lateral a dos o tres trayectos de campo del palacio de Jairuth. Ellos interrumpen su alegría y le preguntan qué está haciendo. Pero él no se deja desconcertar y, mientras continúa brincando y saltando, dice como si no hubiera prestado atención a la pregunta del comandante superior: «Cuando los seres humanos se alegran, el ganado se entristece, porque la alegría de los seres humanos trae la muerte al ganado. ¡Por eso, Jurahel! ¡Jurahel! ¡Los seres humanos llenos de alegría, el ganado triste en el campo! ¡Jurahel, Jurahel!». El hombre sanado continúa de ese modo. Esto irrita al comandante superior, quien le prohíbe hacer semejante ruido.
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Pero el hombre sanado dijo: «¿Por qué me prohíbes mi alegría? Permanecí tres años completos en cama, paralizado por la gota. Si hubieras venido a verme y me hubieras dicho: “¡Levántate y camina!”, y yo hubiera recuperado la salud mediante semejante sentencia, tal como ahora estoy sano, te habría venerado con honores divinos a ti y a cada palabra de tu boca. Pero como tú no eres alguien así y tu poder es una absoluta nada comparado con el de mi nuevo Señor, obedezco al poderoso Señor. Por eso, una vez más: ¡Jurahel, Jurahel, Jurahel!».
El comandante superior le prohíbe entonces con toda seriedad que continúe armando semejante espectáculo y lo amenaza con castigarlo. Pero en ese momento dos de los jóvenes se acercan al hombre alegre y le dicen: «No permitas que perturben tu alegría».
Cuando el comandante ve a los jóvenes que ya conoce, grita inmediatamente a su tropa completamente desarmada: «¡Huyan! ¡Miren, otra vez dos servidores de Plutón!».
Cuando el comandante superior da esa orden de huir, toda la legión romana de captura sale huyendo con una precipitación como jamás se había visto. Pero el hombre sanado salta y lanza gritos de júbilo con mayor fuerza todavía, y grita detrás de los fugitivos: «¡Jurahel, Jurahel! ¡Cuando los seres humanos están alegres, el ganado está triste!». Después se tranquiliza, regresa junto a Jonael y le dice: «Amigo, si no te resulta incómodo hablar mientras caminamos, podrías comunicarme algo de esa nueva palabra que tienes de este Señor que me devolvió la salud. Pues si debo convertir semejante palabra en mi ley, primero tengo que conocerla».
Jonael dijo: «Mira, nuevamente nos acercamos a una aldea que, según la nueva organización romana, ahora tiene la categoría de villa. Allí seguramente el Señor volverá a hacer algo. De todos modos, tú nos acompañarás hasta la ciudad. En mi casa o en la de Irhael encontrarás alojamiento mientras quieras permanecer, y allí conocerás todo. Ya no estamos muy lejos de la ciudad. Esta localidad a la que nos acercamos pertenece en realidad a la ciudad conforme a una nueva disposición de los romanos. Sin embargo, como sirve principalmente de fortaleza para ellos, la separaron de Sicar, la rodearon con una muralla y la elevaron a la categoría de villa con nombre propio. Esta localidad no es grande: después de mil pasos la habremos dejado atrás. Entonces giraremos a la izquierda y apenas nos quedarán siete trayectos de campo hasta las primeras casas de Sicar. Por eso, ten un poco más de paciencia y muy pronto se cumplirá tu deseo».
El hombre sanado dijo: «¡Oh, por Abraham, Isaac y Jacob! Si esta villa es un puesto de guarnición romano, nos irá muy mal. Porque el comandante romano nos recibirá con hostilidad después de haber huido ante nosotros de la manera más vergonzosa hace apenas unos instantes».
Jonael dijo: «Dejemos todo eso en manos del Señor, que ahora está con nosotros. Él hará que todo resulte bien y correctamente. Ya veo venir hacia nosotros desde la villa a un grupo de soldados con una bandera blanca; eso me parece una buena señal».
El hombre sanado dijo: «Oh, sí, con tal de que no sea una de las habituales estratagemas militares de los romanos. Porque en esa clase de cosas los ejércitos romanos y griegos son sumamente hábiles».