Jairuth dijo: «Señor, si esto es así, como ya me he convencido personalmente varias veces con toda seriedad, al final acabaré renunciando por completo al cultivo de la vid y eliminaré totalmente el consumo de vino en mi casa. Porque, según Tu afirmación, que considero muy verdadera y acertada, el amor verdadero también puede ser avivado de manera permanente mediante palabras verdaderas, mientras el mal debe permanecer en el trasfondo más profundo. Si es así, abandonaré inmediatamente todo cultivo de la vid y me comprometo a no volver a beber ningún vino terrenal después de este vino celestial. ¿Qué dices de esta resolución mía?».
Yo dije: «No puedo alabarla ni censurarla. Haz lo que te parezca mejor. Si beneficia a tu alma, actúa en todo conforme a tu mejor criterio. Por lo demás, puedes recibir de Mí todo lo bueno si eso es lo que buscas, pues eres un hombre muy estricto y recto en cuanto al bien, y Yo te lo he prometido».
Jairuth dijo: «Señor, entonces quédate conmigo junto con quienes te acompañan, o déjame por lo menos a uno o dos de estos jóvenes Tuyos para que me instruyan en el amor verdadero y en la sabiduría».
Yo dije: «Por el momento no puedo satisfacer tu buen deseo y quedarme contigo junto con quienes me acompañan, pues todavía tengo mucho que hacer en este mundo. Sin embargo, te dejaré a dos de estos jóvenes, a quienes tú mismo podrás escoger. Pero cuida mucho que ni tú ni nadie de tu familia caiga en algún pecado, porque entonces se convertirían para ustedes en terribles disciplinadores y pronto abandonarían tu casa. Pues debes saber que estos jóvenes son ángeles de Dios y pueden contemplar Su rostro en todo momento».
Jairuth dijo: «Oh Señor, esto vuelve a ser algo amargo. Porque ¿quién puede garantizar que no peque alguna vez en el año mediante pensamientos, palabras y acciones? Tener además a dos disciplinadores ante quienes nada puede permanecer oculto no sería precisamente un regalo muy agradable. Por eso preferiría retirar esta petición y que todo permanezca como está y como estaba».
Yo dije: «Todo está bien. Se hará contigo como tú lo quieras. Eres libre y en ninguna parte se te impondrá obligación alguna; puedes estar seguro de ello».
Jairuth dijo: «No, estos jóvenes, es decir, estos verdaderos ángeles de Dios, tienen un aspecto demasiado amable y encantador. Cometer un pecado en su presencia me parece imposible. Por eso, suceda lo que suceda, me quedaré con dos de ellos en cualquier caso».
Yo dije: «Muy bien, entonces dos permanecerán contigo y vivirán visiblemente en tu casa mientras se encuentren a gusto allí. Mi amigo Jonael te enseñará después a conocer Mis caminos con la mayor fidelidad. Mientras tú y tu casa anden por esos caminos, ellos permanecerán contigo, te servirán en todo y protegerán tu casa de cualquier mal. Pero si abandonas Mis caminos, ellos también te abandonarán a ti y a tu casa».
Jairuth dijo: «Bien, entonces queda decidido. En mi casa ya no se beberá vino, y con las reservas pagaré a los romanos el tributo prometido durante diez años en favor de los pobres de esta región. Pero secaré las uvas que crezcan en mis jardines, las comeré como un fruto agradable y dulce, y venderé el excedente. ¿Está bien así?».
Yo dije: «Perfectamente. Todo cuanto hagas por amor a Mí y a tus semejantes, que son tus hermanos, estará bien y correctamente hecho».
Después llamé inmediatamente a dos de los jóvenes, los presenté ante Jairuth y dije: «¿Te parecen apropiados estos dos?». Jairuth, arrebatado hasta lo más alto de los Cielos al contemplarlos, dijo: «Señor, si me consideras digno de esta gracia, estoy más que satisfecho hasta lo más profundo de mi corazón. Sin embargo, siento demasiado mi indignidad para poseer semejante gracia procedente de los Cielos. Pero desde ahora me esforzaré con toda diligencia para hacerme poco a poco más digno de ella. ¡Que se cumpla, pues, Tu voluntad, que se vuelve cada vez más sagrada para mí!».
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Pero los dos jóvenes dijeron: «La voluntad del Señor es nuestro ser y nuestra vida. Donde esta se lleva activamente a la práctica en todo, allí somos los colaboradores más activos y poseemos fuerza y poder en abundancia. Porque nuestro poder se extiende más allá de toda la creación visible: para nosotros la Tierra es un grano de arena y el Sol, como un guisante en la mano de un gigante. Toda el agua de la Tierra no basta para humedecer un solo cabello de nuestra cabeza, y ante el aliento de nuestra boca tiembla el ejército de las estrellas. Pero no poseemos esta fuerza para vanagloriarnos de ella ante la debilidad de los seres humanos, sino para servirles conforme a la voluntad del Señor. Por eso también podemos y queremos servirte exactamente según la voluntad del Señor mientras la reconozcas, la aceptes y la respetes en todas tus acciones. Pero si la abandonas, también nos habrás abandonado a nosotros, pues no somos otra cosa que la voluntad personificada de Dios, el Señor. A quien nos abandona, también nosotros lo abandonamos. Te decimos esto aquí en la plena presencia del Señor, cuyo rostro contemplamos en todo momento y cuyas suaves señales observamos, las cuales nos llaman a una nueva acción y nos impulsan con gran fuerza».
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Entonces Jairuth dijo: «Amabilísimos jóvenes, comprendo y entiendo muy bien y con claridad que poseen una fuerza incalculable para nosotros, los mortales. Pero yo también soy capaz de algo que quizá ustedes mismos no puedan hacer: puedo gloriarme ante ustedes de mi debilidad, en la cual no habita poder ni fuerza alguna. Sin embargo, en esta gran debilidad mía ante ustedes reside también una fuerza mediante la cual puedo reconocer, aceptar y cumplir la voluntad del Señor.
Ciertamente no en la misma medida que ustedes; pero con seguridad el Señor tampoco me impondrá más de lo que soy capaz de soportar. Desde este punto de vista, mi debilidad me resulta muy honorable, pues merece especial consideración que la debilidad de los seres humanos cumpla finalmente la misma voluntad del Señor que la fuerza y el poder inmensurables de ustedes.
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Y si hasta ahora he comprendido correctamente al Señor, al final podría resultar incluso que la acción de los hijos débiles le sea más agradable al Señor, y que la fuerza y las acciones de los grandes y poderosos espíritus de los Cielos tengan que dejarse guiar por la debilidad de los pequeños hijos de esta Tierra para llegar a la mesa de los hijos. Pues si el Señor mismo viene a los débiles, por lo menos a mí me parece que Él fortalecerá a los débiles».
Los jóvenes dijeron: «Sí, ciertamente, así es con toda seguridad y razón. Reconoce, pues, la voluntad del Señor y actúa conforme a ella; entonces ya tendrás en ti nuestra fuerza y nuestro poder, que no son otra cosa que la voluntad pura de Dios, el Señor. Nosotros mismos no poseemos fuerza propia ni poder alguno, sino que toda nuestra fuerza y nuestro poder son únicamente la voluntad de Dios cumplida en nosotros y por medio de nosotros».
Yo dije: «Ahora todo está bien por ambas partes. Ya nos hemos fortalecido; por eso, amados Míos, levantémonos de las mesas y emprendamos un camino que nos lleve más adelante». Al oír estas palabras, todos se levantaron, dieron las gracias y salieron conmigo al aire libre.
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