El sumo sacerdote dijo: «Sí, sí, también en eso tendrás razón. Por el momento no quiero ni puedo discutir si dentro de las imágenes doctrinales que has presentado se oculta algo espiritual, de qué manera y de qué clase. Pero tendrás que concederme algo: si, por ejemplo, yo diera a alguien una enseñanza y deseara que la comprendiera y practicara como discípulo mío, tendría necesariamente que presentarla de tal manera que mi discípulo la comprendiera según su verdadero espíritu. Si sé que mi discípulo ha comprendido plenamente mi enseñanza conforme al espíritu de la verdad interior, entonces puedo exigirle con pleno derecho que se convierta en practicante de ella.
Pero si doy a alguien una enseñanza mediante imágenes que en sí mismas son imposibles de cumplir, y el discípulo me pregunta: “¿Qué significa esto? ¿Cómo debo quitarme la vida para ganar la vida? ¿Cómo debo matarme y luego, como muerto, recibir de la muerte una vida nueva, incluso eterna?”, entonces le diré: “Mira, amigo, debes comprender y tomar esto de tal y tal manera. Entre la imagen doctrinal que se te ha dado y la verdad contenida en ella existe una determinada correspondencia espiritual. Debes orientar tu vida conforme a esa correspondencia y no según la imagen exterior”.
Mira, Maestro, entonces el discípulo comprenderá, y yo podré exigirle con pleno derecho, como ya señalé antes, que actúe conforme al espíritu de verdad de mi enseñanza. Pero ¿puedo exigirle, sin ser un necio, que ponga literalmente en práctica mi rigurosa imagen doctrinal? Si yo exigiera esto seriamente a mi discípulo, tendría que parecer ante todas las personas sensatas como alguien que lleva agua en una jarra completamente cerrada. Un sediento acudiría a él para que le diera de beber. El portador del agua le entregaría la jarra cerrada y le diría: “Aquí tienes la jarra; bebe”. El sediento intentaría beber, pero no encontraría abertura alguna y preguntaría al portador: “¿Cómo puedo beber de ella? ¡La jarra está cerrada por todos lados!”. Pero el portador le respondería: “Si eres ciego y no puedes encontrar la abertura, trágate la jarra entera; de ese modo también te tragarás el agua”.
Dime, Tú que por lo demás eres un Maestro bondadoso y sabio: ¿qué tendría que decir el sediento a semejante portador de agua? Pienso que tendría pleno derecho a llamarlo necio.
No quiero llamarte directamente necio por esto. Pero si dices que no podemos ver ni comprender el espíritu de Tu enseñanza debido a nuestra ceguera y sordera espirituales, entonces Tu enseñanza se parece al agua de la jarra cerrada, que el sediento debería tragarse junto con el recipiente. Tal exigencia solo podría plantearla un profeta escapado de un manicomio. Toma ahora el asunto como quieras: mientras no añadas una explicación suficiente a Tu enseñanza, que en algunas afirmaciones particulares contiene mucho de bueno y verdadero, yo y muchas personas de pensamiento más claro mantendremos este juicio. Porque jamás verás que, a causa de Tu enseñanza, comencemos ahora mismo a cortarnos las manos y los pies y a arrancarnos los ojos. Continuaremos trabajando como antes y ganando nuestro pan con el sudor de nuestro rostro; y quien nos ataque maliciosamente no escapará del castigo justo.
Tampoco daremos gratuitamente el manto al ladrón que nos robe una túnica, sino que lo atraparemos y lo arrojaremos a la cárcel, donde se le dejará tiempo suficiente para arrepentirse de su mala acción y corregir su vida. Si Tú eres verdaderamente un sabio proveniente de Dios, también debes estar penetrado por la santa necesidad de mantener la Ley de Moisés, que Dios mismo proclamó a los israelitas en el desierto entre relámpagos y truenos. Pero si quieres quebrantar la Ley con Tu enseñanza, ¡tendrás que ver cómo te las arreglas con Jehová!».
Yo dije: «Pero pienso que el legislador tiene la libertad de conservar la ley y cumplirla él mismo conforme al espíritu y a la verdad, o también de abolirla por completo bajo ciertas condiciones».
El sumo sacerdote dijo: «Esto suena ahora muy extraño en Tu boca. Esta mañana habría honrado una palabra semejante pronunciada por Ti, pues entonces me parecía realmente muy probable que Tú fueras en verdad el Prometido. Pero después de esta enseñanza que ahora nos has dirigido, te has convertido a mis ojos en un demente al que le agrada presentarnos sus ideas fijas como sabiduría del Mesías prometido. Por tanto, es mejor que expliques ahora Tu rigurosa enseñanza, que sin una explicación suficiente ningún ser humano podrá comprender ni poner en práctica jamás».
Yo dije: «Entonces expresa qué es lo que tanto te confunde de Mi enseñanza, y Yo te lo aclararé».
El sumo sacerdote dijo: «Ciertamente ya te lo he dicho varias veces. Pero para que veas que soy verdaderamente justo y moderado, te digo ahora que acepto todos los demás puntos de Tu enseñanza como instrucciones buenas y sabias para actuar; sin embargo, no puedo aceptar de ninguna manera que uno se arranque los ojos y se corte las manos y los pies. Considera Tú mismo si acaso es posible arrancarse un ojo. ¿No se desangrará y morirá de inmediato quien se corte una mano o un pie? Y si está muerto, ¿qué frutos de mejoramiento podrá producir después?
Mira, este es el punto impráctico de Tu enseñanza, que jamás puede cumplirse de una manera razonable. Y aunque realmente aparecieran algunos necios que practicaran en sí mismos semejante enseñanza, ciertamente no mejorarían por ello. Si alguno sobreviviera, no alabaría a Dios por la miseria en la que lo habría precipitado una enseñanza que supuestamente proviene de Dios. Pero si muriera —lo cual es lo más probable—, entonces pregunto con David: “Señor, ¿quién te alabará en la muerte y quién te ensalzará en la tumba?”. Por tanto, explícanos al menos este punto con mayor claridad; todo lo demás lo aceptaremos como una enseñanza de humanidad, aunque llevada ciertamente hasta el extremo».
*
Yo dije: «Muy bien, tu petición es justa. Te digo que, entre todos los sacerdotes desde Samuel, tú eres el más sabio, porque tienes un buen corazón y en el fondo no rechazas Mi enseñanza, sino que solo deseas que sea aclarada. Por eso también quiero darte luz. Pero esa luz no te llegará de Mi boca, sino de la boca de uno de Mis discípulos. Dirígete, pues, a uno de ellos para que comprendas que Mi enseñanza ya se ha vuelto clara para las personas aun sin Mi explicación».