La mujer dijo: «Sí, Señor, ahora has hablado con mayor claridad. Pero dime: ¿ya no tienes sed ni quieres beber del cántaro de una pecadora?». Yo respondí: «Querida mujer, no te preocupes por eso. Tú eres más valiosa para Mí que tu cántaro y tu agua. Cuando antes quise beber de ti, no Me refería a tu cántaro, sino a tu corazón, en el cual hay un agua mucho más preciosa que la de este pozo y la de tu cántaro. Con el agua de tu corazón también puedes sanar todo tu cuerpo; pues aquello en ti que Me agrada te sanará, si puedes creer».
La mujer dijo: «¡Oh, Señor! ¿Cómo puedo hacer que el agua de mi corazón llegue hasta mi vergüenza? Perdóname por hablarte con tanta franqueza, pero soy una mujer miserable. La miseria ya no reconoce la vergüenza como tal, sino que en todas partes solo se ve a sí misma y suelta la lengua conforme a la magnitud de la necesidad. Si no fuera tan miserable como soy, en verdad Te ofrecería mi corazón. Pero —¡oh Dios, Padre santo, que me ayudes!— estoy gravemente enferma y no debo añadir nuevos pecados a los muchos que ya tengo. Pues ofrecer un corazón tan impuro a alguien puro como Tú debes ser sería sin duda el mayor de los pecados».
Yo dije: «Querida mujer, no se trata de que Me ofrezcas tu corazón; Yo mismo lo tomé cuando te pedí agua. Por eso puedes ofrecérmelo sin temor, pues también acepto los corazones de los samaritanos. Si Me amas, haces bien, porque Yo te amé mucho antes de que siquiera pudieras pensar en Mí».
La hermosa mujer se sonrojó y preguntó un poco avergonzada: «¿Desde cuándo me conoces? ¿Has estado alguna vez en esta ciudad o en Samaria? En verdad, nunca Te he visto en ninguna parte. Te lo ruego: ¿dónde y cuándo me viste? ¡Dímelo!».
Yo dije: «Ni aquí ni en Samaria ni en ningún otro lugar, y, sin embargo, te conozco desde tu nacimiento, e incluso desde mucho antes, y siempre te he amado como a Mi propia vida. ¿Qué te parece? ¿Estás satisfecha con Mi amor? Cuando a los doce años caíste en una cisterna, fui Yo quien te sacó; pero no pudiste ver la mano que te levantó de ella. ¿Aún lo recuerdas?».
*
La mujer quedó completamente desconcertada y no sabía qué responder, pues en su corazón ya ardía mucho fuego y su amor crecía de manera visible.
Después de que su corazón trabajara durante un rato, le pregunté si sabía algo acerca del Mesías que debía venir.
Jn 4:25. La mujer dijo: «Sé que viene el Mesías, que será llamado Cristo. Cuando Él venga, seguramente nos anunciará todo lo que Tú me has dicho».
La mujer dijo con las mejillas todavía muy enrojecidas y el pecho agitado: «¡Señor, Tú, sapientísimo profeta de Dios! Sé que el Mesías prometido vendrá y que Su nombre será Cristo. Cuando venga, seguramente solo podrá anunciarnos lo que Tú me has dicho. Pero ¿quién nos dirá cuándo y de dónde vendrá? Tal vez Tú, que posees una sabiduría tan profunda, puedas comunicarme algo más preciso acerca de Su llegada. Llevamos mucho tiempo esperando y no se oye hablar del Mesías en ninguna parte. Me causarías una enorme alegría si me dijeras cuándo y dónde vendrá con certeza para liberar a Su pueblo de todos sus numerosos enemigos. ¡Dímelo, si lo sabes! Quizá el Mesías también se compadecería de mí y me ayudaría si se lo suplicara».
Jn 4:26. Jesús le dijo: «Yo soy, el que ahora habla contigo».
Dije brevemente a la mujer, pero con la profunda seriedad del amor: «¡Yo soy, el que ahora habla contigo!».