Jn 2:1. Y al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí.
El «y» que aparece aquí al comienzo mismo del primer versículo del segundo capítulo atestigua que ambos capítulos están completamente relacionados entre sí. Esto se desprende ya del hecho de que la boda se celebra, en una familia muy amiga de la casa de José, precisamente al mencionado tercer día, contado desde el día en que Yo salí de Betábara con Mis discípulos, que hasta este acontecimiento eran solo cuatro. Después pasé un día entero con estos cuatro discípulos en la casa de José, quien ya no vivía, junto a la madre de Mi cuerpo. Ella, con Mis otros hermanos, se esforzó naturalmente con el mayor cuidado por atendernos lo mejor posible.
María sabía muy bien en su corazón que había llegado Mi tiempo de presentarme como el Mesías prometido y comenzar a actuar; pero tampoco sabía de qué manera actuaría ni en qué consistiría Mi obra. Por el momento, ella también seguía creyendo en la expulsión completa de los romanos y en el restablecimiento del poderoso trono de David, con el prestigio divinamente glorioso, inconmovible e invencible que se apoyaría en él y que desde entonces ya no tendría fin.
La buena María y toda Mi parentela terrenal seguían imaginando al Mesías como un vencedor de los romanos y de los demás enemigos de la Tierra Prometida. Incluso los mejores tenían del Mesías prometido casi la misma idea equivocada que hoy se forman del Reino Milenario muchas personas por lo demás respetables. Pero aún no había llegado el momento de darles otra idea.
Puesto que Mi propia casa, comenzando por María, estaba animada por semejante idea del futuro Mesías, puede suponerse con todo derecho que las demás familias amigas no podían tener una idea mejor.
Por esa misma razón, en muchas familias Me prestaban la máxima atención, y naturalmente también a todos aquellos a quienes Yo señalaba como Mis discípulos. Por eso, Santiago y Juan decidieron hacerse discípulos Míos para gobernar después conmigo a los pueblos de la Tierra. Pues ya habían olvidado varias cosas que Yo les había predicho con frecuencia y bastante claridad durante Mi infancia.
Jn 2:2. También Jesús y Sus discípulos fueron invitados a la boda.
Como en casi todas las mejores casas de los alrededores de Nazaret, y aun en casi toda Galilea, Yo tenía fama de ser un libertador que pronto se alzaría contra el yugo romano, fui invitado a una boda muy importante en Caná. Tal fama existía apenas desde hacía algunos meses, durante los cuales Yo había comenzado de nuevo a tomar ciertas disposiciones que apuntaban en esa dirección. Con ello, las promesas vinculadas a Mi persona comenzaron a cobrar vida otra vez en las casas amigas, como tantas otras cosas dormidas y olvidadas desde hacía dieciocho años. Caná era una antigua ciudad de Galilea, no muy lejos de Nazaret. Junto conmigo fueron invitados Mis discípulos, Mi madre María y numerosos parientes y conocidos. En la boda reinaban tanta alegría y animación que los cuatro discípulos de Betábara Me hicieron esta observación:
«¡Señor, aquí se vive mucho mejor que en Betábara! El pobre Juan quizá también se alegraría mucho si, en lugar de su comida desesperadamente mala, que consiste sobre todo en langostas apenas escaldadas y miel de abejas silvestres, pudiera disfrutar una vez en su vida de una comida como esta». (En esta región, al igual que en Arabia, existe una especie de langosta del tamaño de una paloma, que se prepara como los cangrejos en nuestro país.)
A esto les respondí: «Ahora todavía no pueden comprender por qué Juan debe vivir de esa manera. Tiene que vivir así, pues de lo contrario no se cumpliría la Escritura. Pero pronto pasará a una vida mejor. Jerusalén no le permitirá continuar mucho tiempo su actividad en el desierto. Desde ahora él disminuirá para que, en cambio, Otro crezca.
¿Pero qué sucede con el discípulo que estuvo primero conmigo junto a ti, Andrés? ¿Vendrá después o se quedará en Betábara?». Andrés responde: «Mira, ya viene; todavía tenía algunas cosas que arreglar». Yo digo: «¡Está bien! Pues donde hay un Cefas, también debe haber un Tomás». Andrés dice: «Sí, ese es su nombre. Es un alma honrada, aunque siempre llena de escrúpulos y dudas; pero aquello que llega a comprender una vez ya nunca lo abandona, aunque tiene un corazón extremadamente generoso. Por esa generosidad recibió también este sobrenombre. Ya viene, Señor. ¿Debo llamarlo para que entre, a este gemelo?». Yo digo: «Sí, hazlo. Pues quien viene en Mi nombre debe ser invitado como huésped a la boda».
Jn 2:3. Cuando faltó el vino, María dijo a Jesús: «No tienen vino».
Según la costumbre de entonces, un huésped recién llegado debía ser recibido con una copa de vino. Pero María había notado desde hacía algún tiempo que las existencias ya se habían agotado y comprendió que no podrían recibir al nuevo huésped conforme a la debida costumbre. Por eso Me dijo en secreto: «Pero, Mi querido Hijo, esto se convertirá en una situación muy bonita. Ya no tienen vino. ¿No podrías proporcionar un poco, al menos para este recién llegado?».
Jn 2:4. Jesús le dice: «Mujer, ¿qué tenemos tú y Yo que ver con esto? Mi hora aún no ha llegado».
Entonces doy a María, delante de todos los invitados, una respuesta de doble sentido, aunque en un tono muy suave. Debido a la costumbre vigente en aquel tiempo, especialmente en los alrededores de Nazaret, le digo: «Mujer (madre), ¿qué nos importa esto a Mí y a ti? Como huésped invitado, todavía no Me corresponde ocuparme del vino. ¡Mi momento aún no ha llegado!». En aquel tiempo y región, todo varón invitado a una boda debía aportar voluntariamente vino como contribución. Había que observar cierto orden: primero se consumían los aportes de los parientes más cercanos; cuando se agotaban, se usaban, según su rango, los de los invitados que no eran parientes de sangre. Pero María sabía que todo el vino se había acabado. Por eso se dirigió especialmente a Mí, pues estaba llegando un nuevo huésped y no quedaba una sola gota para recibirlo; en cierto modo, Me pedía que esta vez pasara por alto el orden acostumbrado. La madre daba mucha importancia en tales ocasiones a la antigua buena costumbre. Aunque Yo no Me mostré especialmente dispuesto, ella Me conocía y sabía que nunca había dejado sin cumplir algo que ella hubiera deseado.
Jn 2:5. Su madre dice a los sirvientes: «Hagan lo que Él les diga».
Por eso, confiando firmemente en Mí, se dirigió a los sirvientes de la mesa y les dijo: «Hagan lo que mi Hijo les diga».
Hasta aquí llega lo propiamente histórico de estos versículos del segundo capítulo. Pero dentro de este acontecimiento histórico, o, como se dice, más allá de esta historia, ya se manifiesta un sentido espiritual y, por tanto, profético, que puede descubrirse con suma facilidad mediante la capacidad de reflexión interior.
¿A quién puede escapársele que entre esta boda, celebrada al tercer día de Mi regreso del desierto de Betábara, y Mi resurrección, ocurrida también al tercer día después de Mi crucifixión, existe una de las correspondencias más evidentes?
Por consiguiente, mediante esta boda se indicó en espíritu profético que, al cabo de tres años, Yo, como Esposo eterno, celebraría con certeza y seguridad una verdadera boda con todos los que Me confesaran y Me amaran de verdad, en el renacimiento de ellos a la vida eterna.
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En el sentido práctico general, esta historia de la boda, que —téngase muy presente— ocurrió tres días después de Mi regreso del desierto, da testimonio asimismo de las tres etapas que toda persona debe atravesar para llegar al renacimiento del espíritu o a la boda eterna de la vida en la gran Caná de la Galilea celestial.
Las tres etapas son: primero, el dominio de la carne; después, la purificación del alma mediante la fe viva, que naturalmente debe demostrar su vitalidad por medio de las obras del amor, pues de lo contrario está muerta; y, por último, el despertar del espíritu de la tumba del juicio. La resurrección de Lázaro ofrece con certeza la imagen que corresponde plenamente a este último proceso. Quien reflexione un poco sobre esta explicación podrá orientarse con facilidad en todo lo que sigue.
Puesto que ya hemos desarrollado el sentido espiritual general de esta historia de la boda, volvamos ahora al curso posterior de la celebración y examinemos al final sus correspondencias particulares.