Revelación divina
Mis amados hijos e hijas, algunos de ustedes se preguntan por qué vuelvo una y otra vez sobre la importancia del trabajo interior, por qué constituye el corazón de Mis revelaciones. Y más de uno piensa que seguramente sería bueno y útil recibir, además del conocimiento que desde hace siglos dejo fluir al mundo por medio de quienes Me son fieles, otras informaciones, preferiblemente muy interesantes o interesantísimas. Cuanto más conocimiento acumulen, creen, tanto más rápidamente llegarán a Mis brazos y encontrarán Mi corazón.
Me repito porque es importante señalar una y otra vez lo siguiente: la acumulación de conocimientos —sobre todo cuando no se viven— puede representar el intento de las tinieblas de bloquear el acceso a su fuente interior. Quien actúa de esta manera se asemeja a un alumno que memoriza las letras del alfabeto, pero nunca se ejercita en unirlas para formar palabras y frases con sentido y comprensibles.
Quien Me conoce porque procura seguir el modelo que le mostré y viví como Jesús de Nazaret, quien Me experimenta tanto en su interior como en su vida cotidiana porque vive Conmigo, sabe que una suposición semejante es errónea. No es el conocimiento lo que hace florecer al alma y madurar a la persona, sino única y exclusivamente el amor vivido.
Lo que la humanidad ha recibido hasta ahora, es decir, a lo largo de siglos y milenios, es más que suficiente para que, con buena voluntad, pueda reconocer que existe una realidad espiritual que constituye el origen de toda vida; que un orden regido por leyes regula todo cuanto sucede en la Creación; y que detrás de ello actúa una omnipotencia inimaginable: ¡el amor! Y, sin embargo, todo cuanto ya han recibido no es más que una diminuta gota del océano de Mi sabiduría infinita y del orden de Mis leyes que todo lo gobierna. Ninguna criatura podrá jamás sumergirse en las profundidades de Mi conciencia ni reconocer y medir la amplitud y grandeza de Mi ser. Expreso este hecho con las palabras: ¡Yo soy!
Pero todos pueden beber de Mi sabiduría: cada persona, cada alma, cada ángel. Esta se revela a cada uno según el desarrollo de su conciencia, que en las personas y las almas, a su vez, está ligado al cumplimiento de Mi mandamiento del amor. El intelecto no desempeña aquí el papel decisivo; es el calor del corazón llevado a la vida cotidiana lo que despeja el camino hacia Mí, el camino que conduce de regreso a su patria eterna.
Entonces, ¿qué beneficio obtendría su alma si Yo los colmara de conocimientos acerca de las estructuras delicadas y más delicadas de la Creación, de la variedad infinita de la vida tan solo en su universo material? ¿O si sobrepasara su capacidad de comprensión describiendo la armonía, la libertad y la gloria de los Cielos, para las cuales ni siquiera tienen palabras? ¿Dejarían de creer en las promesas y seducciones de las tinieblas si describiera su acción con imágenes aún más drásticas que hasta ahora? De todas maneras, algunos no escuchan esto con mucho agrado; preferirían que todo estuviera pintado con colores luminosos, para luego extraviarse en la falsa luz, es decir, en la oscuridad de Mi adversario y el de ustedes.
Porque los Cielos desean recibirlos de nuevo tan pronto como sea posible, y porque Yo quiero atraerlos otra vez a Mi corazón para que experimenten un amor —Mi amor— que los llene de felicidad infinita y alegría interminable, desde que existe memoria humana Me inclino con Mi palabra esclarecedora hacia Mis hijos en la Tierra. Y deben saber que esto sucede de igual manera en las regiones de las almas.
Quiero impulsarlos a colocar en el primer lugar de las tareas de su vida la necesidad de desarrollar su ser hacia el amor, apoyados por Mi fuerza que vive en ustedes. Antes de hacerse seres humanos, es decir, antes de que entraran como almas en su cuerpo humano, este fue su propio deseo: encarnar para desarrollar en la Tierra, en interacción con sus semejantes, su capacidad de amar. Esto no significa que deban retirarse como ermitaños ni renunciar a todo lo terrenal, sino establecer prioridades y no considerar el camino hacia Dios una tarea secundaria que puede emprenderse solo cuando en ese momento no haya nada más, nada más importante, que hacer.
Por Mi anhelo de estar con ustedes, Mis amadas criaturas, les recuerdo dónde se encuentra su meta y les muestro los pasos con los que pueden alcanzarla de manera segura y protegida. No se les quitará nada que no Me entreguen voluntariamente; al contrario, recibirán de Mi amor todo cuanto los fortalece interiormente y los vuelve pacíficos, amables y libres. Por tanto, su «recompensa» no los espera únicamente en el Cielo, sino que quiero bendecirlos con ella ya durante su vida.
Los conocimientos y las informaciones entregados desde los Cielos existen ya en medida tan suficiente que pueden servir de buen fundamento a quien quiera comenzar a extraer de ellos las conclusiones correctas y tomar las decisiones necesarias. Así abandona el estrecho camino de «tener que limitarse a creer»; comienza a asumir responsabilidad por su vida espiritual y, mediante la lógica del corazón que Yo enseño, amplía su manera de ver las cosas. Poco a poco se le revelará la verdad de que Yo soy un Dios de amor y de vida.
A quien recorre este camino lo apoyo de muchas maneras. Entre ellas está el hecho de poner en sus manos, por medio de Mis revelaciones, la llave para que —paso a paso Conmigo— pueda realizar en su vida los cambios que lo transforman de una persona de este mundo en un ser humano espiritual, que todavía vive en el mundo, pero que llena con Mi luz su pequeño mundo allí donde ha sido colocado.
A este proceso de transformación, que no termina cuando se cierran los ojos terrenales, sino que continúa sin interrupción después del «despertar» en el mundo del más allá, lo llamo «trabajo interior». Y en él he puesto el énfasis de Mis palabras dirigidas a Mis hijos humanos, porque el crecimiento y la maduración del alma y de la persona son lo decisivo: aquello que los impulsa hacia adelante, los vuelve valientes y felices y, finalmente, los conduce cada vez más a la sabiduría; una sabiduría que es el resultado del conocimiento llevado a la práctica.
Y como este proceso no es del todo sencillo, porque hay muchas cosas que deben tenerse en cuenta, porque encontrarán dificultades, porque numerosas trampas han sido instaladas con astucia y porque en el camino surgen constantemente nuevas preguntas, vuelvo una y otra vez a colocar el trabajo interior en el centro. Esto incluye también repeticiones, pues es necesario iluminar otros aspectos.
Los cambios que iniciaré con el sí de ustedes, y que ya he iniciado en muchos, no afectan únicamente a su alma, como suele suponerse erróneamente, sino también de manera muy concreta a su persona: a su psique, su energía, su estado general, las circunstancias de su vida y, no en último lugar, su bienestar físico; en pocas palabras, a la persona entera. Por tanto, no se trata únicamente de cumplir los mandamientos para poder presentar, después del paso a los mundos del más allá, un alma con la menor cantidad posible de cargas. Sin duda es importante dirigir la mirada «hacia adelante», hacia aquello que los espera más tarde. Pero realizar los esfuerzos correspondientes principalmente, o quizá únicamente, para no llegar a regiones inferiores después de la llamada muerte no les traerá bendición alguna.
La motivación que mejor los impulsa en su camino es el amor a Dios, su Padre. Está inseparablemente unido al amor al prójimo, porque no es posible amar a Dios sin respetar al prójimo. ¡El amor a Dios se conquista mediante el amor al prójimo! Y, finalmente, solo pueden amar de verdad al prójimo si también se aman a ustedes mismos. Esto se pasa por alto con mucha frecuencia. O la persona se engaña a sí misma en este punto. Porque ¿cómo podrían desagradarles o incluso odiar en ustedes mismos un defecto y, al mismo tiempo, adoptar una actitud positiva ante el mismo defecto, o uno semejante, en el prójimo?
Por tanto, los cambios que procuro realizar con ustedes siempre abarcan a la persona completa, su interior y su exterior. Nadie tiene que vestirse «de saco y ceniza» solo porque crea que así lleva una vida agradable a Dios. Nadie tiene que resignarse a su destino, debido a una comprensión equivocada de estas relaciones, porque le parezca apropiado al contemplar la vida que ha llevado. Procuro ahorrar a Mis hijos necesidad y sufrimiento ya durante su vida. Respetando el libre albedrío, esto Me resulta posible siempre que veo un esfuerzo sincero por abandonar una conducta antigua y equivocada y manifestar una nueva manera de pensar y actuar.
Allí donde la ley divina no permite una mejoría inmediata —debido a acontecimientos de esta vida o de vidas anteriores—, sigo siendo Yo quien dispone las vías para que quienes tienen buena voluntad puedan liberarse de sus complicaciones y ser conducidos fuera de las profundidades del valle que atraviesan en ese momento.
Por eso tienen derecho a suponer que, al dirigirse a Mí, muchas cosas cambiarán para bien en su vida. No defraudaré su esperanza. Sin embargo —y esta es la pequeña nota amarga que debo añadir a una euforia demasiado grande—, Mi promesa presupone algo firmemente establecido en Mi ley:
Solo puedo transformar su vida cuando recibo su sí, y en la medida en que lo recibo. Para que el cambio sea duradero, debe tratarse de un sí que proceda de un corazón abierto en el cual ya germine el amor por Mí, aunque sea apenas un poco y, al principio, quizá solo «a prueba». Aunque al comienzo sea todavía una pequeña planta, si deseas que crezca y prospere, Yo Me ocuparé —junto contigo— de que así suceda.
A veces no es tan fácil preguntarse con honestidad si uno ya está realmente en el camino o si quizá se engaña a sí mismo. Leer sus Escrituras y las revelaciones puede ser, por ejemplo, un paso importante, al igual que intercambiar ideas acerca de ellas. Pero no olviden permitir que al primer paso le sigan el segundo y los siguientes.
Si lo desean, es decir, si tienen el valor —lo digo sonriendo— de mirarse a ustedes mismos, obtener comprensión y quizá cambiar algo, trabajemos mediante el razonamiento inverso. Este puede ayudarlos allí donde las preguntas sencillas muchas veces no permiten avanzar. Con esto Me dirijo ante todo a quienes ya conocen desde hace algún tiempo Mi palabra revelada.
¿Cómo se sienten personalmente cuando surge la pregunta de qué sucederá con ustedes después de aquello que las personas llaman «muerte»? ¿Es este tema un tabú para ustedes? ¿Lo reprimen? ¿Creen realmente que su alma continuará viviendo como individuo en las regiones del más allá? Después de las muchas indicaciones que el Cielo les ha regalado, ¿han reflexionado sobre ello? ¿Predominan el temor, la inseguridad, quizá la duda o incluso la incredulidad? Si tienen miedo porque creen no haber seguido suficientemente Mi mandamiento del amor, ¿quieren cambiar algo? ¿Conocen la grandeza de Mi amor y de Mi misericordia, y creen en ellos? ¿Conocen las ayudas que les ofrezco? ¿Pueden ya, llenos de confianza, poner incondicionalmente en Mis manos su vida después de la muerte, su destino futuro y el de su familia?
¿Cómo se sienten ante los «viejos» errores y debilidades que todavía arrastran, aunque son conscientes de ellos desde hace mucho tiempo? ¿Han podido trabajarlos ya con Mi fuerza, que vive en ustedes? ¿Han perdido algo de la intensidad que tenían antes? ¿Comienzan a desvanecerse? ¿O vuelven una y otra vez —aunque cada vez con menor frecuencia— a caer en antiguos hábitos? ¿Han hecho suya la alegría que sienten cuando Yo transformo o quizá disuelvo algo en su alma y, con ello, en su conducta? ¿Sus pasos se han vuelto ya más decididos y libres? ¿Su mirada se dirige hacia adelante cada vez con mayor frecuencia? Además de la alegría, ¿se ha convertido ya la gratitud en parte de su habitual recogimiento interior ante Mí?
¿Han reconocido quién o qué los ata a los hábitos antiguos que tanto quisieran cambiar? ¿Han tomado conciencia de sus ataduras? Con ello no Me refiero a una conexión —como nuestra conexión íntima y eterna—, sino a las cadenas que les dificultan emprender su camino hacia la libertad. ¿Han descubierto las dependencias que se ocultan detrás y que quieren mantenerlos estancados? Y, si es así, ¿han visto ya lo que se esconde detrás del «juego» en el cual son desplazados de un lado a otro, como piezas influenciables sobre un tablero de ajedrez? ¿Reconocen ya la salida y pueden, apoyados por Mí, comenzar a recorrerla al perdonar y pedir perdón? ¿Al procurar amar ustedes mismos, en vez de esperar que los amen?
¿Pueden interiorizar ya que no existe la casualidad, salvo en el sentido de que les llega aquello que está destinado para ustedes? Si responden afirmativamente, ¿están ya dispuestos a reconocer Mi ley, que actúa en todo —y, por tanto, también en su destino personal—, como amor y justicia? ¿Las palabras «Dios no comete errores» son para ustedes algo más que una frase pronunciada sin pensar? Sin duda, no es fácil aplicar estas palabras a la propia vida cuando la necesidad y el sufrimiento dominan los días. Pero ¿pueden confiar aun entonces en que todo tiene sentido, aunque no reconozcan la relación, cuyas causas quizá se remonten a tiempos muy lejanos? ¿Permanece también entonces inquebrantable su confianza en Mi justicia?
Podría prolongar la serie de preguntas y ejemplos, pero aun así ya saben cuál es Mi propósito: animarlos a reflexionar en momentos de silencio sobre el lugar en el que ustedes mismos se encuentran y sobre lo que desean. Solo después de haber definido la propia posición puede reconocerse y decidirse si es apropiado y deseado un cambio de dirección y, en caso afirmativo, de qué manera y con qué intensidad.
Así pueden decidir si únicamente leen o escuchan Mi palabra, o si permiten que penetre en ustedes y están dispuestos a reflexionar sobre ella, disponer nuevas vías y actuar. Si esto último no es su deseo o propósito actual, tienen la libertad de recorrer ese camino, sin que ello influya de ninguna manera en Mi amor por ustedes.
Pero Yo seguiré esforzándome una y otra vez por ustedes, sin invadirlos. Porque soy un Maestro que lleva en el corazón el bienestar de Sus alumnos y hace todo lo posible por ayudarlos a progresar y conducirlos a una buena graduación. ¡Soy el Maestro cuya felicidad solo será perfecta cuando haya convertido en maestros a todos Sus aprendices! ¿Y los aprendices? ¿Qué razón tendrían para asistir a una escuela de maestros si alcanzar la maestría no fuera también la meta a la que aspiran?
Mediante un ejemplo quiero explicarles brevemente otro aspecto del trabajo interior relacionado con la palabra «entregar». Es bueno y correcto darme o entregarme algo sobre lo que ustedes mismos no tienen influencia. De ese modo ponen con confianza en Mis manos a una persona, un asunto o una circunstancia, y expresan: «Padre, hágase aquí Tu voluntad». Así reconocen Mi omnipotencia y, al mismo tiempo, también los límites de sus posibilidades humanas. Su entrega a Mí demuestra que creen en Mi justicia y bondad.
Pero ¿comprenden también que puede abusarse de esta «entrega» a Mí, y que esto sucede con bastante frecuencia cuando quien entrega Me cede precipitadamente algo que, en realidad, pertenece a su propia responsabilidad y está dentro de sus capacidades y aptitudes? Muchas veces se desconoce que la fuerza necesaria para trabajarlo —Mi fuerza— ya se encuentra en la propia persona, o no se sabe cómo emplearla correctamente. Y no siempre puede trazarse con claridad la frontera entre la ignorancia y la apatía o falta de voluntad.
Al saber que cada persona lleva dentro la fuerza de Cristo, todo aquel que conoce Mi palabra tiene en sus manos un conjunto de instrumentos de valor incalculable que la mayoría aún desconoce. Es cierto que algunos representantes de sus iglesias hablan de que «Dios habita en la persona»; pero apenas se enseña, o no se enseña en absoluto, cómo trabajar en la práctica con esa fuerza interior, cuál es su utilidad, cómo activarla y cómo aplicarla en la vida cotidiana. No pocas veces permanecen imprecisas o abstractas las explicaciones acerca de la manera en que Mi amor los ayuda. Lo mismo sucede con los requisitos establecidos en Mi justa ley para producir en ustedes un cambio mediante Mi fuerza redentora.
No solo volví a abrir los Cielos, sino que, desde el Gólgota, soy en la persona la energía de amor que apoya y libera; la que extiende la mano a quien desea regresar; la que le quita una parte de su carga o toda ella cuando Me lo pide con un corazón sincero, reconociendo su conducta equivocada y sabiendo que debe aportar lo que le corresponde según sus posibilidades. Por tanto, Mi amor, como energía que se derrama eternamente, no solo mantiene todo cuanto he creado y crearé por toda la eternidad, sino que además sirve de apoyo a la persona y al alma en su regreso. Por eso puedo decirles: «Estoy más cerca de ustedes que sus brazos y sus piernas».
El concepto «trabajo interior» ya expresa que no puede tratarse simplemente de entregarme algo que pertenece a la responsabilidad de un hijo o una hija libres. Yo te transformo cuando tienes el deseo y la voluntad firme de cambiar, y cuando estás dispuesto a practicar una nueva conducta. Convierto tu ira en la mansedumbre que anhelas; transformo tu impaciencia en paciencia perseverante; tu desconfianza en confianza; y tu envidia en generosidad. Pero —y aparece de nuevo una pequeña nota amarga— no voy a reprogramarte como si fueras un robot, sino que juntos sustituiremos los antiguos programas por otros nuevos. Para ello es necesario abandonar una conducta antigua —poco a poco o de inmediato y por completo, según las circunstancias— y ejercitar una nueva. Como el gran guardagujas, crearé para ti las oportunidades de practicarla en la vida cotidiana; con amor y en la medida correcta.
Quien intenta hacerlo guiado por su propia voluntad —según la gravedad de su conducta equivocada y el tiempo que lleve manteniéndola— quizá termine naufragando, porque se enfrenta a fuerzas que no deben subestimarse y que, cuando actúan por medio de las profundidades de su alma, ya no pueden ser influidas, o no pueden seguir siéndolo, por su voluntad. Tampoco representa la solución la ayuda espiritual que hoy se ofrece de muchas maneras y que promete liberar de fuerzas del alma o campos energéticos influyentes, llegando incluso a la supuesta disolución del karma. Esta solo puede permanecer en la superficie.
Cuando se trata de transformar o disolver algo en tu alma, existe un solo camino: recurrir a la fuerza de Cristo que está en ti. Nada más puede llegar a tu alma; nada más puede producir una sanación duradera. Porque una conducta equivocada desde la perspectiva del amor representa, en cierto modo, una especie de enfermedad que pesa en mayor o menor grado sobre tu alma, y la liberación de ella se expresa como sanación del alma y, muchas veces, también del cuerpo.
En este trabajo no estás solo si decides emprenderlo y aportar lo que te corresponde. Pon ante Mí tus preocupaciones y necesidades; dime qué te inquieta una y otra vez; cuéntame lo que quisieras cambiar, y dime también por qué tienes ese deseo. Quizá estés cansado de la forma en que has vivido hasta ahora; quizá quieras comenzar de nuevo; quizá sientas la presión que se ha acumulado y te impide seguir desarrollándote espiritualmente. Todas estas son razones que comprendo y acepto.
Quizá también logres —según la magnitud de un error o una inclinación— sentir arrepentimiento por aquello que has causado en ti y, sobre todo, en otras personas; por las heridas que, consciente o inconscientemente, les has infligido; por aquello que surgió de tus omisiones e indiferencia.
Hay algo, Mi amado hijo, que puedo decirte como tu Padre. Y, al mismo tiempo, te pido que aceptes esta palabra Mía de Padre, la recibas en ti y la fijes con firmeza, con mucha firmeza, en lo profundo de tu ser:
Yo soy el amor y la misericordia. No existe nada —¡absolutamente nada!— que pueda permanecer para siempre ante Mí como culpa. ¡Nada! Mis brazos están abiertos hasta el infinito y acogen a todos y todo cuanto se entrega a ellos. También a ti.
Pero ven también a Mí cuando se trate de tus preocupaciones grandes y pequeñas de la vida cotidiana. Nada es tan pequeño ante Mí que Yo no lo reciba en Mi corazón amoroso.
Entra en tu interior, allí donde habito en ti y te espero. Aplica de esta manera Mi ley de ayuda divina a todo cuanto pesa sobre ti en tu vida. Esta aplicación, este «trabajar Conmigo», es más que limitarte a reconocer y aceptar Mi ley. Es la llave para tu regreso: tu trabajo interior, tu sí y Mi amor como un equipo invencible.
También esto es «entregar»: una entrega que incluye la propia participación, reconociendo las capacidades y la fuerza del amor que residen en cada uno de Mis hijos e hijas.
Amén