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Un cristiano no rinde culto al espíritu de la época

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Ein Christ huldigt nicht dem Zeitgeist

Fecha original: 14 de junio de 2015

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Mis amados hermanos y hermanas, cuando hace unos dos mil años anuncié Mi enseñanza al pueblo judío, tuve que adaptarme al nivel de conciencia de las personas que Me escuchaban. Hoy no es diferente. Concluir de ello que el Espíritu de Dios ya no tiene nada más que decir a los seres humanos que aquello que ha revelado hasta ahora es un error fatal en el que caen quienes creen poder juzgar, con su limitada visión humana, las posibilidades ilimitadas del Espíritu eterno y atemporal.

En cada alma y en cada ser humano ya existen conocimientos, comprensión y sabiduría en una abundancia insospechada, y se les irán revelando poco a poco si recorren el camino del cristianismo interior, el camino del amor vivido. La denominación «interior» ya indica que también existe un cristianismo exterior, comparable con la afiliación pasiva a una asociación.

Mediante el ejemplo de la «fe» puede verse fácilmente dónde están las diferencias; y así cada uno puede reconocer por sí mismo —si lo desea— si procura seriamente establecer una relación Conmigo y vivir Conmigo, o si ya lo hace. «Creo en Dios» es una afirmación, muchas veces poco más que una frase hecha que se repite una y otra vez en todo el mundo. Sigue siendo una expresión vacía cuando la conducta personal no refleja las consecuencias que encierra esa afirmación.

Creer en Mí implica también reconocer Mi voluntad, aunque muy a menudo la persona no esté de acuerdo con aquello que la vida le presenta y que cree reconocer como Mi voluntad. Sin embargo, ambas cosas están unidas inseparablemente. Innumerables veces se reza cada día en el mundo el PADRENUESTRO y, con él, «hágase Tu voluntad»; en la gran mayoría de los casos, sin conocer el profundo significado de estas palabras ni prestarles atención. ¿Quién reflexiona sobre lo que está pronunciando?

La persona Me pide que se haga Mi voluntad. En verdad, les digo: Mi voluntad se hace de todas maneras, desde la eternidad y por toda la eternidad, porque nada está por encima de Mi voluntad. Ciertamente, mediante una conducta contraria a la ley y guiada por la voluntad propia es posible eludir por poco tiempo Mi voluntad; pero incluso una acción semejante no queda fuera de Mi orden divino, sino que está y permanece integrada en Mi voluntad. Únicamente pone en marcha la ley de causa y efecto, que nace de Mi amor y está sujeta a Mi voluntad.

Por eso, cuando recen «hágase Tu voluntad», relacionen esas palabras con una idea formulada solo de manera un poco diferente, pero que encierra mucho. Denles este significado; más aún, expresen con ellas el deseo: «Hágase Tu voluntad en mí». Y entonces sientan en su interior qué emociones surgen en ustedes, siempre que su petición y su deseo dirigidos a Mí procedan de un corazón entregado y correspondan a un amor profundo. ¿Qué sienten? ¿Alegría por haber puesto su vida en Mis manos sin reservas? ¿Perciben ya la libertad que los espera? ¿Comienza a extenderse en ustedes la certeza de que ahora todo solo puede terminar bien? ¿O surgen temores acerca de lo que sucederá? ¿Acerca de lo que Yo les quitaré o les negaré en el futuro? ¿Acerca de los caminos por los que los enviaré y que quizá se opongan a sus propias ideas?

Este sencillo ejercicio mental, compuesto por las palabras «fe» y «voluntad», puede decirles mucho acerca de ustedes mismos. Puede mostrarles si ya viven con el Cristo interior, si todavía prefieren un cristianismo exterior o si quizá apenas están descubriendo Mi amor en su interior, acercándose a él y comenzando a adentrarse cada vez más en nuestra relación de amor.

A quien no formula únicamente con los labios la petición del PADRENUESTRO mencionada, sino que, como acabo de proponer, la expresa en voz alta o en silencio con el corazón y, sobre todo, la siente de esa manera, lo tomo de la mano y asumo el mando como piloto de la nave de su vida. Y les digo —como una repetición útil para uno u otro— que con ello el amor divino ha «subido a bordo». ¿Puede existir para un cristiano algo más deseable y digno de aspiración que el hecho de que su vida ya no esté expuesta a las imprevisibles adversidades del destino, porque en adelante Yo —el gran guardagujas— tengo el mando?

Entonces Me ocupo de que entren en la vía que los conduce en la dirección que Yo he previsto. Es la misma dirección en la que también desea avanzar su alma, que con gran probabilidad lleva ya mucho tiempo luchando contra su ser humano; y que se siente infeliz y sin libertad, pues lleva en sí el anhelo de desarrollarse cada vez más hacia la luz.

Sus temores de que Yo les quite algo que no Me entreguen voluntariamente carecen de todo fundamento, porque el libre albedrío de la persona es sagrado para Mí bajo cualquier circunstancia. Aquello que todavía desean conservar porque su naturaleza humana se ha acostumbrado tanto a ello —aunque ya sabe que algún día tendrá que dejarlo—, Yo también se lo permito. Pero los ayudaré, mediante una transformación interior, a establecer poco a poco otras prioridades en su vida. Y lo que entonces reciban como «sustituto» será incomparablemente más valioso que aquello que, por desconocimiento, todavía querían retener. Así trabaja el amor en ustedes.

Permitir que Mi voluntad se haga en ustedes conduce, en definitiva, a la entrega de la que ya les he hablado muchas veces. Cuando Me han dado su sí, muchas cosas se preparan en el mundo espiritual; por eso también Me denomino el «gran guardagujas». Entonces, como el Hermano divino que está a su lado, puedo y voy a conducirlos paso a paso —de acuerdo con su capacidad, su voluntad y las circunstancias en las que viven— hacia las tareas que todavía deben afrontar. No tienen que temer perder el momento oportuno ni dejar de reconocer lo que deben hacer. El fanatismo o una búsqueda frenética en lo exterior, con el propósito de acompañar de inmediato su disposición declarada con acciones, estarían totalmente fuera de lugar. Eso solo los perjudicaría y los haría permanecer estancados, si es que no los hace retroceder.

Tengo muchas posibilidades. Por ejemplo, los llamo en su interior cuando su capacidad de entrega y su amor ya Me permiten hacerlo. Pero, en cualquier caso, llego hasta ustedes, ya sea por medio de otras personas, de los impulsos de la vida cotidiana, de las llamadas «casualidades» y de muchas cosas más. Por tanto, la pregunta no es si Yo los llamo, sino si ustedes se dejan llamar. Esa es la parte que les corresponde; es la mano que, con un sí voluntario, se extiende hacia Mí.


En quien vaya aceptando cada vez más las palabras «hágase Tu voluntad en mí», estas acabarán convirtiéndose en la firme convicción de que todo cuanto sucede en su vida es bueno y correcto. Es cierto que hasta llegar allí puede haber un proceso largo, pero para un cristiano en quien han despertado la comprensión y la sabiduría esto ya no constituye una cuestión fundamental. Sin embargo, presupone que no solo haya acumulado conocimientos, sino que esos conocimientos se encuentren firmemente arraigados en él y, por tanto, se hayan convertido en parte de su relación íntima y amorosa Conmigo.

Hace falta una buena dosis de confianza para que una persona pueda decir: «Todo lo que viene de la mano de mi Padre es bueno para mí». Pero también este ejemplo puede servir para explorar, mediante la lógica del corazón que Yo les enseño, la verdad de esta afirmación y para saber hasta qué punto cada persona ha interiorizado ya Mi palabra revelada desde hace mucho tiempo.

En pocas frases, a modo de recordatorio: el ser humano está compuesto de espíritu, alma y cuerpo. El espíritu es en él la vida eterna, indestructible e imperecedera que procede de Dios. Así fue creado y así volverá a ser algún día. Al abandonar las regiones celestiales, el alma, con sus distintas envolturas, rodeó al espíritu puro y se presenta como un cuerpo de energía más o menos luminoso. Al nacer, el alma entra en el ser humano y vuelve a abandonarlo en la llamada «muerte». Entonces, según la ley de atracción, se dirige hacia aquellas regiones sutiles que corresponden a su propio estado. Allí continúa el aprendizaje y la ampliación de su conciencia de manera semejante a como ocurrieron en la Tierra, o como deberían haberse procurado allí. Si el alma desea «acelerar» su proceso de aprendizaje, tiene la posibilidad de encarnar nuevamente: nace una persona que lleva dentro de sí un alma —la suya—, en la cual continúa viviendo el espíritu eterno, la filiación divina. Cuando la persona procura vivir según el amor a Dios y al prójimo, su alma se llena de luz, sus estructuras se vuelven más delicadas y puras y, cuando vuelve a dejar la Tierra, pasa a regiones luminosas de alta vibración. Desde allí puede continuar desarrollándose hasta volver a entrar en los Cielos, sin que sea necesaria otra encarnación.

Mi propósito, como Jesucristo, el amor en el Padre, es conducir a cada alma —ya sea que haya caído o que haya salido por voluntad propia— de regreso a la patria eterna; y no en algún momento lejano, sino tan pronto como sea posible. Aunque en el mundo espiritual no existe el tiempo en el sentido en que ustedes lo entienden, deseo ahorrar a cada alma y a cada persona un camino que a menudo es largo y no pocas veces doloroso. Porque amo a todos. Amo a todos sin excepción, con la misma intimidad, cordialidad y calidez fraternas.

La Tierra es la escuela a la que acuden las almas para aprender. ¿Qué deben aprender? Todas las debilidades e imperfecciones humanas que la persona llega a reconocer en el transcurso de su vida deben transformarse en firmeza y fortaleza en el sentido del amor. Si este proceso de aprendizaje se emprende voluntariamente, quizá incluso con alegría, todas las fuerzas de los Cielos acompañan a la persona. Si, en cambio, las tareas de aprendizaje no se reconocen o se ignoran deliberadamente, entra en acción la ley de causa y efecto, no para molestar ni mucho menos castigar a la persona, sino para impulsarla a reconsiderar y cambiar su conducta.

Quien conoce estas relaciones también sabe que su encarnación terrenal solo es un «interludio», que su envoltura humana representa únicamente una forma de manifestación limitada en el tiempo, cuya función es ofrecer al alma —la parte más importante— una morada temporal. Porque el alma es lo que permanece. Su estado y su desarrollo determinan la vida futura en el más allá, en cuanto el cuerpo ha sido dejado.

Por eso, la meta de cada persona debería ser comportarse de tal manera que su alma se libere poco a poco de sus sombras y eleve su vibración con cada tarea superada con éxito conforme al mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Así gana fuerza y irradiación y desarrolla, paso a paso, las cualidades divinas depositadas en ella, desde el orden hasta la misericordia.

Todo cuanto se presenta a una persona a lo largo de su vida son tareas de aprendizaje destinadas al bien de su alma y que, cuando las reconoce y acepta, no pocas veces sirven también para el bien de su ser humano. Sin estas tareas —ya hayan entrado en la vida de la persona mediante la ley de causa y efecto o hayan sido aceptadas por ella al reconocer que representan una ayuda procedente del Espíritu— no es posible avanzar en el sentido de un perfeccionamiento gradual.

Utilicen la lógica de su corazón, Mis amados hermanos y hermanas: si parten de la base de que la omnipotencia divina no comete errores y de que, en su amor, tiene ante todo presente el desarrollo del alma, ¿cómo podría presentársele alguna vez a una persona algo que no fuera bueno y correcto para ella? Quienes carecen de conocimiento espiritual y desconocen estas relaciones no comprenden su vida; no pocas veces acusan a Dios por aquello que les sucede.

Pero ¿qué sucede con quienes conocen estas cosas? El conocimiento por sí solo no basta para creer en un Padre misericordioso y bondadoso y confiar en Él incondicionalmente. Para ello se necesita más. Hace falta interiorizar —lo cual es más que simplemente creer— que existe una guía divina sin errores cuyo amor se dirige a ti, a ti y a ti, y a todos sin ninguna restricción.

¿Puedes reconocerte ya como un ser espiritual que solo es huésped en la Tierra? ¿Puedes, desde esta perspectiva, comprender ya el valor de aquello que se presenta ante ti, ante tu ser humano? Si lo consigues, si te ves ante todo como un ser inmortal, como una criatura amada por Dios, entonces también podrás seguir lo que acabo de mostrarte. Entonces podrás decir: «Todo es bueno», porque sirve para fortalecer y desarrollar tu verdadero ser, aunque quizá haga falta todavía cierta práctica hasta que esto quede profundamente arraigado en ti. Yo te ayudaré si Me lo pides.

Si, a pesar de tus conocimientos espirituales, aún no puedes aceptarlo así, lo dicho te ofrece una posibilidad de conocerte a ti mismo. Pero si deseas convertirlo libremente en tu manera de sentir y pensar, ven también a Mí. Entonces «trabajaremos» juntos en esta tarea.


El desarrollo del alma y del ser humano también implica que quienes Me siguen con sus actos —y no solo de palabra— aprendan a pensar y actuar con autonomía; que, bajo su propia responsabilidad, puedan reconocer y aprendan a decidir si algo corresponde o no a Mis leyes eternas.

Desde siempre ha sido habitual —porque resulta más sencillo— recurrir a autoridades y dirigentes espirituales o políticos para obtener certeza ante cuestiones controvertidas. Al hacerlo, no se mide la corrección o validez de sus respuestas o argumentos por el hecho de que procedan de una conciencia que haya crecido al seguirme en Mi Espíritu, sino por su intelecto, sus estudios, sus títulos, su desenvoltura social y su elocuencia. Sin embargo, no pocas veces la base del pensamiento de sus dirigentes es la adaptación al espíritu de la época o a la conducta de otros, con lo cual procuran complacer a aquellos cuya aprobación necesitan. O se aferran a dogmas, doctrinas y principios que no están dispuestos a cuestionar, por temor a que sus estructuras de poder comiencen a desmoronarse, algo que de todas maneras ya está sucediendo.

Pero también se considera con demasiada rapidez la posibilidad de buscar una respuesta en el mundo espiritual: en Dios, en Jesucristo, en los ángeles y, en el caso más preocupante, en los llamados maestros. El Cielo concede a quienes se esfuerzan honradamente toda la ayuda necesaria para comprender, pero esto no significa que quien pregunta reciba de inmediato una respuesta clara que diga más o menos: «Haz esto o aquello, o déjalo» o «Esto es correcto y aquello es incorrecto».

La razón resulta evidente para quien procura su desarrollo interior bajo su propia responsabilidad. Por una parte, quien entrega precipitadamente y sin sentido crítico sus decisiones a otros corre el peligro de ser conducido en una dirección incompatible con las leyes divinas; una dirección que apenas se cuestiona porque tanto quien pregunta como quien responde desconocen Mis leyes o no las toman como base de sus decisiones. Por otra parte, con frecuencia se interrumpe prematuramente la lucha personal, el esfuerzo por encontrar respuestas en el interior con Mi ayuda. Esto no significa que no deba existir un intercambio mutuo, que no pueda pedirse ayuda al prójimo o que, en alguna ocasión, una palabra directa procedente del Espíritu no sea posible o apropiada.

Quien, en cambio, procura tomar los Diez Mandamientos, la ley del amor a Dios y al prójimo y el Sermón de la Montaña como criterio para sus propias respuestas crecerá interiormente al enfrentarse con las preguntas correspondientes, porque su mirada se volverá cada vez más clara para reconocer las numerosas trampas que las tinieblas han colocado y en las que caen cada vez más personas porque dejan que otros piensen por ellas.

Desde hace meses los introduzco en aquello que Yo llamo «lógica del corazón». Con ella han recibido un instrumento que los ayuda a encontrar respuestas incluso allí donde, en apariencia, no se encuentran, porque las cuestiones que se plantean aún no han sido tratadas con semejante amplitud y claridad. Subrayo este punto con tanta insistencia porque en el futuro necesitarán cada vez más y con mayor frecuencia utilizar su «entendimiento dado por Dios» unido a un corazón que sabe mirar más profundamente.

Actualmente, la pregunta de si las personas del mismo sexo pueden casarse o no provoca una gran controversia, y no solo en su país. ¿Debe apoyarse o no? ¿Hay en ello algo «pecaminoso» o no?, si es que esta pregunta llega a plantearse. Muchas personas quisieran saber qué digo Yo al respecto. Por eso abordo este punto, aunque sé que Mi respuesta no las satisfará por completo, pues seguirán teniendo que remitirse a su propio sentir, pensamiento y comportamiento.

Ante todo y como principio fundamental: no está en la ley de Dios juzgar a otra persona ni condenarla por lo que hace. Pero, por otra parte, esto no significa considerar que todo «corresponde a la ley de Dios» tan solo porque no debe emitirse un juicio al respecto. Les recuerdo una revelación que trataba de «ver y, aun así, amar». «Yo —dije— veo y oigo todo, pero no condeno nada. Amo incondicionalmente».

¿Significa esto que, aun amando, ustedes no pueden o no deben distinguir si una conducta semejante corresponde o no a Mi ley? ¿Que deben desconectar el entendimiento y aceptar todo como correcto y conforme a Mis leyes divinas? Con ello abrirían de par en par las puertas a las fuerzas contrarias, para que pudieran introducir astutamente sus ideas entre el pueblo, en dosis mínimas. Esto es lo que intentan, no solo ahora, sino desde hace miles de años, y no sin éxito.

Utilicen el pensamiento de su corazón y reflexionen: la Creación está edificada sobre la dualidad, lo que significa que existe un principio que da y otro que recibe, también llamados principio creador y principio conservador. Ambos se complementan de una forma tan perfecta que ustedes, los seres humanos, desconocen. Cada uno es autónomo, pero juntos forman «una llama ante el trono de Dios». Sin la dualidad no existiría la Creación; no habría crecimiento ni evolución continua, porque no existiría la célula que los hace posibles.

Para expresarlo de manera directa e inequívoca: en el Cielo no existe una dualidad entre seres del mismo sexo. Para una encarnación terrenal, esto puede ser una opción en determinadas circunstancias, sujeta únicamente a la decisión de cada persona, a su pasado y a su tarea de aprendizaje. Cuando es así, sucede ciertamente dentro de Mi ley que todo lo abarca, pero no constituye la norma, sino que está condicionado por circunstancias muy personales e individuales. Quien deduce de ello que una unión semejante es querida por Dios —permitida, sí, cuando las circunstancias especiales lo requieren— o incluso la convierte en una regla de validez general, no puede invocar Mi ley.

La conclusión no es difícil: fuera de las regiones puramente espirituales se practican ciertamente estas formas de convivencia; pero ahora ustedes mismos pueden decidir, bajo su propia responsabilidad, si se sostienen ante Mi ley eternamente válida. No pueden esperar de sus políticos una respuesta competente a la pregunta de si deben aceptarse o no.

No debe sorprenderlos que también en este asunto tiendan a someterse al espíritu de la época. El espíritu de la época, detrás del cual actúa Mi adversario y el de ustedes, intenta incesantemente introducir en todos los ámbitos una nueva forma de pensar y nuevas conductas que, después de cierto tiempo de acostumbramiento, se convierten en hechos generalmente aceptados porque ya se han vuelto habituales. Sobre esta base se construye la siguiente deformación de Mi ley, muchas veces apenas perceptible, que aprueban todos aquellos que —aunque con frecuencia se llaman cristianos— están muy alejados de la verdad interior y del cristianismo interior, y, por tanto, también de la comprensión, el discernimiento y la sabiduría. Porque un cristiano, es decir, una persona que procura seguir Mi ejemplo en su vida, se orienta por Mis mandamientos y por Mi enseñanza del amor. Esto significa que no maniobra con hipocresía, no miente, no trama intrigas, no acepta componendas indignas para obtener ventajas personales y muchas cosas más. Un cristiano —si reclama para sí esta denominación— cumple Mi voluntad o, al menos, procura hacerlo con todas sus fuerzas.

Conserven su claridad interior. Si lo desean, examinen a sus autoridades y a quienes promulgan leyes humanas y toman así decisiones de gran alcance, observando si sus actos y omisiones se mantienen sobre el fundamento de Mi enseñanza. Pero háganlo solo después de haberse examinado primero a ustedes mismos… Y absténganse de menospreciar a otros únicamente porque todavía no sean capaces de comprender y seguir mejor Mi ley.

En caso de duda —sobre todo cuando se trate de su propia conducta—, pregúntense cómo habría actuado Jesús de Nazaret. Sin duda, no siempre conseguirán actuar de la misma manera, pero al menos tendrán un criterio por el cual orientarse. Cuanto más a menudo lo logren, tanto más íntima será nuestra relación. Pero también reconocerán con mayor claridad que ser verdaderamente cristiano no es un paseo dominical en el que solo se encuentran personas agradables y se saludan cordialmente. El cristianismo interior exige a la persona entera, la abarca y la transforma de raíz.

Y no rinde culto al espíritu de la época, sino que se orienta única y exclusivamente por las leyes inmutables de Mi amor, que todo lo abarca.

Bendigo a todos Mis hermanos y hermanas, especialmente a quienes leen estas palabras Mías, para que las mediten y conserven en su corazón. Amén