Revelación divina
Mis hijos e hijas, para que Mi palabra de revelación de hoy pueda comprenderse e interiorizarse correctamente en su profundo significado, antepongo algo que ya les he explicado repetidas veces, pero que nunca puede arraigarse con demasiada firmeza en ustedes:
Soy la fuente de toda vida; no existe otra.
Soy el fundamento de su existencia.
Soy quien llamó a la vida desde Sí mismo toda la Creación —tanto la invisible como la visible para ustedes— y quien la sostiene.
Soy el origen eterno de todo cuanto existe.
Soy aquel cuya fuerza promueve un desarrollo incesante en todo.
Soy el ser al que se asocia con el concepto de «Dios» y al que, desde que existe memoria humana, se le han dado los nombres más diversos.
Soy el Único.
Y soy el amor.
Como todo procedió de Mí, soy el Creador; y lo que he creado son Mis hijos, para quienes soy el «Padre». Aunque soy mucho más que la persona del Padre —es decir, la fuerza vital impersonal que se derrama eternamente, de una grandeza, profundidad y poder inconcebibles—, en la imagen del Padre soy para Mis hijos alguien «tangible», con quien se puede hablar y a quien se puede amar. Por eso llevé a los seres humanos, mediante Jesús de Nazaret, el «Padre nuestro». Este debe ilustrar la relación íntima que existe desde la eternidad entre Mí y tú y todo cuanto existe.
Todos Mis hijos proceden de la misma fuente. Todos Mis hijos llevan dentro la misma vida. Para todos rigen las mismas leyes de la vida, fundadas en Mi amor. Todos tienen la misma patria; y si la han abandonado y actualmente recorren caminos distintos, todos vuelven a dirigirse hacia la misma meta. Todos, sin excepción, alcanzarán esa meta. Porque en todos arde Mi luz. Y todos son amados por Mí por igual, ¡también sin excepción!
Si no fuera así, Yo no sería el amor eterno, absoluto, incondicional y desinteresado. ¡Este amor vive en ti! Te creó como ser espiritual; te acompañó en tu camino hacia la materia; te guía por tu vida y procura —en la medida en que lo permite tu libre albedrío y es bueno para la salvación de tu alma— ahorrarte muchas cosas y ayudarte a resolver tus tareas de aprendizaje.
Vine al mundo para ser ayuda y apoyo para todos, porque todos son Mis hijos amados. En el Gólgota tuvo lugar un acontecimiento desconocido para la mayoría, incluso para sus escribas: deposité en el interior, en el cuerpo espiritual de cada ser humano y cada alma, una energía adicional que hombres y mujeres sabios, unidos a Mí con gran amor, reconocieron como la llamada «chispa de Cristo». A partir de ese momento, toda persona de buena voluntad pudo emprender su camino de regreso a casa y completarlo con éxito, algo que antes ya no era posible sin esta fuerza.
No fundé ninguna iglesia ni tampoco una sociedad de la que se pudiera ser miembro. Traje una enseñanza tan sencilla que cualquier persona podía seguirla y practicarla libremente, sin quedar sometida a leyes y normas inventadas por seres humanos. Mi enseñanza, válida eternamente, era tan contagiosa y viva que muchos decidieron seguirme.
Si hubiera actuado de otra manera, por ejemplo, si hubiera creado una comunidad exclusiva a la que fuera necesario ingresar para poder salvarse, Mi amor no habría sido para todos. Si hubiera favorecido un movimiento cuyos mandamientos y prohibiciones fuera preciso cumplir de forma mezquina y meticulosamente exacta para llegar al paraíso —sin poner en primer plano el amor hacia todos y cada uno, incluido el amor a los enemigos—, habrían quedado excluidos todos aquellos que no hubieran podido decidirse a dar un paso de tal rigor y apego a la letra. Si me hubiera adherido a la idea de «ojo por ojo, diente por diente», habría tomado partido sin tener en cuenta la ley de causa y efecto.
No hice nada de eso. En cambio, traje el mandamiento del amor, la norma con la que cualquier persona del mundo puede medir sus actos y por la que puede orientarse de acuerdo con sus posibilidades y capacidades.
Todo lo demás es obra humana.
Mi amor infinito, que todo lo comprende y todo lo perdona, no amenaza, no castiga ni atemoriza. Tiene otras posibilidades: con sus propios medios te mueve a que surjan conocimientos en tu interior, a que cambies algo y, finalmente, a que desarrolles libremente el deseo de querer regresar a casa.
Este amor es el que te espera y volverá entonces a estrecharte en sus brazos. Quizá en ese momento corran lágrimas de alegría…
He destacado tanto la palabra «todos» porque es una de las claves que te permite o facilita reconocer la verdad inquebrantable de Mis revelaciones y que sirve para crear en ti un fundamento firme e inconmovible sobre el cual crece tu propia certeza acerca de Mi verdadera naturaleza. Así ya no dependes de doctrinas, dogmas, normas, mandamientos y prohibiciones contradictorios y engañosos, ni tienes que recurrir a ellos para encontrar las reglas de conducta «correctas» o terminar recibiendo respuestas insatisfactorias a tus preguntas.
Construyamos juntos sobre el fundamento que he puesto. La lógica del corazón te ayudará.
Quizá nunca hayas reflexionado verdaderamente sobre lo que significa decir sin más: Dios es amor. Si, debido a tu falta de experiencia conmigo o a tu educación religiosa, todavía no te es posible aceptarme sin peros ni condiciones como el amor que te he descrito, pídeme en oración —si deseas experimentarme como el amor— que te lo permita. Entonces acompañaré tu búsqueda y llevaré luz a tu conciencia para que tu corazón se abra y comiences a descubrir las innumerables pruebas, pequeñas y grandes, de Mi amor.
Si ya estás dispuesto a reconocer Mi amor como el fundamento primordial de toda vida, demos el siguiente paso: examinemos lo que se te presenta como «Mi verdad».
Si y porque amo a todos por igual, no puede ser que aplique a un hijo una medida distinta que a otro. El amor exige justicia, y esta es coronada por la misericordia, a la que todos tienen el mismo derecho.
La causa de que, bajo el liderazgo de Sadhana, quien más tarde se llamó Lucifer, ocurriera la llamada caída o caída de los ángeles reside en la transgresión del mandamiento del amor, válido para todos. Lo que se dirige contra el mandamiento del amor lleva dentro la semilla de la discordia y la separación, porque lo diferente se repele del mismo modo que lo semejante se atrae. Les recuerdo estas palabras: «Quien quiera entrar en el cielo debe haber desarrollado el cielo en su interior».
Para restablecer la armonía y la unidad originales, debe terminar el alejamiento e iniciarse el regreso. Esto vale tanto para la caída de los ángeles en su totalidad como para cada uno de los que, por su propia voluntad, dieron la espalda al amor; y, por tanto, también vale para las muchas faltas de amor, pequeñas y grandes, que acompañan una y otra vez su vida diaria. Esto significa que las consecuencias originadas por desatender y transgredir el mandamiento del amor vuelven a quedar anuladas mediante su observancia y cumplimiento. ¡Por ninguna otra cosa! Solo así comienza el regreso, posibilitado y acompañado por Mi fuerza de amor.
Este principio forma parte de Mis leyes. Porque los ángeles caídos no tuvieron que abandonar los cielos por no haber ofrecido suficientes sacrificios, por no haber observado normas ni realizado ejercicios de oración y otras prácticas, o por haber profesado una religión «equivocada». Actuaron contra el amor; por ello, todas las instrucciones y esfuerzos que van más allá del sencillo mandamiento del amor a Dios y al prójimo —por muy insistente que sea su predicación, por muy necesarios para la salvación y atemorizantes que se presenten o por mucha «presión necesaria» que se ejerza— quedan sin efecto. Tampoco la invocación de los llamados «santos» les dará resultado. Si, a pesar de ello, algo cambia para bien, no sucede porque se hayan dirigido a un «intermediario», sino porque Yo vi su necesidad, escuché su súplica y la atendí. Si creen y saben que vivo en ustedes, nunca volverán a considerar necesario llegar hasta Mí por caminos indirectos.
Como no soy un Dios rencoroso, ofendido, iracundo ni vengativo y, por tanto, tampoco necesito ser «aplacado» mediante ninguna clase de exterioridad, comprenden ahora también Mi palabra tantas veces pronunciada, cuya puesta en práctica es lo único que vuelve a prepararles el camino a casa: ama, ¡y nada más!
No existe otro camino de regreso a su patria eterna que el del amor vivido. Nunca anuncié por medio de Jesús de Nazaret nada distinto de este mandamiento.
Quien enseña algo diferente y lo presenta como Mi verdad, como ya se ha dicho repetidamente, ¡no habla con Mi autoridad!
Cada uno de ustedes creció en un entorno que moldeó su visión del mundo, incluida su orientación religiosa. Que hayan sido educados o hayan entrado en contacto con esta o aquella fe —o sin ninguna— no es «casualidad». Correspondió a su decisión anterior a la encarnación o estuvo condicionado por la constitución de su alma, atraída por las fuerzas que se corresponden con ella y que encontró su lugar allí donde tiene algo que reconocer, aprender, decidir, saldar o reparar.
Por tanto, sus opiniones religiosas actuales son, ante todo, resultado de su educación o de las circunstancias en las que nacieron. ¿Se han tomado alguna vez la molestia o la libertad de comprobar si la fe que aprendieron es correcta o errónea? En el fondo solo existe una religión: la conexión vivida con la fuerza divina del amor que habita en ustedes. Todo lo demás son, en mayor o menor medida, ideologías cuyo origen se encuentra en las ideas y experiencias de seres humanos. De las formas más diversas, también mediante la opresión y la violencia, han logrado proclamar y difundir su pensamiento como «voluntad divina».
No siempre fueron exclusivamente fuerzas contrarias las que influyeron sobre tales anunciadores. Es falsa la idea de que solo el negro o solo el blanco hicieron fluir sus ideas hacia esas personas. Cada ser humano es como un campo de juego en el que se mueven sin cesar todos los matices. Quién termina imponiéndose y conservando el predominio depende del carácter de la persona y de la intensidad y astucia de la seducción.
En su alma está el recuerdo de tiempos anteriores, cuando vivían en la armonía y la luz de la paz eterna. Allí está, en definitiva, su hogar, y nadie puede borrar jamás ese recuerdo, pues está incrustado en el núcleo de su ser divino. Allí, en su interior, también he anclado el anhelo, sobre el que nada negativo puede ejercer una acción destructiva. Espera —aunque sea durante eones— a que ustedes permitan que Yo lo despierte.
La combinación del recuerdo y el anhelo lleva algún día a cada ser humano y a cada alma a buscar el sentido, los trasfondos, la patria y la verdad. Todos buscan, consciente o inconscientemente, la fuente de su vida. ¡Todos buscan el amor! Porque toda criatura necesita amor. Lo anhela en lo profundo de su corazón, aunque no lo sepa o quizá incluso rechace vehementemente, por resentimiento, todo lo que tenga la más remota relación conmigo y con Mi amor. En el fondo, la inmensa mayoría de Mis hijos humanos y espirituales son buscadores. Lo siguen siendo hasta reconocer que Yo habito en ellos y comenzar a vivir conmigo.
Cuando comienzan a examinar las distintas comunidades religiosas y sus ideas para descubrir dónde puede encontrarse la verdad —¡sin desvalorizar ni condenar a nadie!—, muchos vuelven a caer una y otra vez en el mismo error: dirigen la mirada hacia la apariencia exterior, hacia todo un entorno que los atrae o repele, hacia defectos evidentes o ceremonias y celebraciones que les agradan, hacia personas que les resultan aceptables o inaceptables y hacia mucho más. Pero así permanecen en la superficie, porque de ese modo no pueden reconocer lo esencial: la doctrina que se oculta detrás, con sus múltiples facetas incorrectas, irrelevantes e incluso peligrosas.
Reconocer lo correcto o falso de una doctrina es el criterio decisivo si desean avanzar paso a paso en su búsqueda de la verdad. Por varias razones no se examina la doctrina de una comunidad religiosa o se hace sin la profundidad necesaria. Esto sucede, entre otras cosas, porque muchos de todos modos no tienen intención de ocuparse de los detalles de la doctrina, de la «letra pequeña», o porque conocerlos podría traer consecuencias. O porque se puede formar parte de una comunidad sin prestar a la enseñanza —tal como Yo la anuncié y viví como ejemplo— la atención que merece. A muchos les basta con «estar incluidos».
Mi paciencia y Mi indulgencia son tan ilimitadas como Mi tolerancia y Mi amor. Por eso nunca condenaré a nadie cuando, mediante una decisión de su libre albedrío, escoja el camino que considera correcto y lo recorra de la manera que corresponde a su conciencia actual. Pero, teniendo en cuenta que sería sensato aprovechar el tiempo en la Tierra para reconocer y transformar su ser, puede resultar una demora seria en su camino hacia Mí si se conforman solamente con lo que otros les presentan como Mi verdad.
Cuando comiencen a despertar en ustedes el recuerdo y el anhelo, comprueben si realmente se trata de Mi verdad. Utilizar solamente Mi nombre no garantiza que se anuncien también Mi voluntad y Mi amor ni que Mi Espíritu reine allí. Si Mi nombre bastara como prueba de la corrección de una doctrina, todas las religiones que han escrito «Dios» en su estandarte y lo han levantado sobre su escudo poseerían la verdad, aunque enseñen cosas distintas…
En sus Escrituras encuentran estas palabras: «Examínenlo todo y quédense con lo bueno». Por correcta que sea esta afirmación, también encierra trampas, señales falsas que pueden llevarlos en una dirección que en realidad no desean.
Quien quiera examinar debe saber qué medida aplicar. Si aplica la equivocada, obtendrá un resultado falso. ¿Qué medida aplican si de verdad desean reconocer Mi verdad? ¿Miran a sus dirigentes religiosos como aquellos que deben saberlo porque me han estudiado? ¿Porque conservan lo transmitido y cultivan tradiciones? ¿Porque se presentan como autoridades?
¿Y qué es lo bueno con lo que deben quedarse? ¿Ven en ello los frutos que hacen felices, satisfechos y libres de preocupaciones como consecuencia de una siembra pacífica y desinteresada conforme a Mi mandamiento del amor? ¿Ven en ello las instrucciones, vividas como ejemplo, para una vida conforme a Mi mandamiento? Si es así, ¿dónde las encuentran? ¿Quién o qué las produjo?
Si desean buscar y encontrar la verdad y nada más que la verdad, existe una sola medida, que consiste en estas preguntas:
¿Se basa aquello que se enseña como ley divina en el amor ilimitado de Dios? ¿Está libre de toda restricción en forma de prohibiciones, amenazas, exigencias, castigos, intimidación y atribución de culpas lo que se prescribe creer y practicar? ¿Respeta a cada persona en su dignidad como expresión del amor de Dios? ¿Es el amor que todo lo perdona el elemento sustentador de la doctrina? ¿Ofrece ayuda tras ayuda sin perder jamás la paciencia? ¿Está libre la doctrina de todos los aspectos humanos que se atribuyen al Creador por desconocer Su verdadera naturaleza, incomprensible para ustedes?
Si es así, se han encontrado con el amor. Entonces, Mis hijos e hijas, comiencen a asumir la responsabilidad por su vida. Serán como el «hijo perdido» que decidió regresar a la casa de su Padre, que también le pertenece. Los hijos y las hijas perdidos vienen de todos los rincones de la Tierra, de todos los pueblos y culturas. Son quienes escucharon en su interior el llamado del recuerdo y el anhelo.
Porque vine por todos, ya que haré regresar a todos a casa.
Contemplen, como una imagen, el regalo de Mi energía redentora adicional como un boleto para el viaje de regreso a casa. Es evidente que solo cumple su propósito cuando se utiliza para subir al tren, del que volverás a bajar transformado, purificado e iluminado en tu alma. Creer solamente en el boleto o alegrarte tan solo de poseerlo no bastará para que alcances la meta. Solo es válido para viajar en el tren en cuya cabina de mando está el amor y que lleva el nombre de «libertad».
Quien crea que llegará más fácilmente a la meta sin subir a ese tren tendrá que comprobar, decepcionado, que se equivocó. También quien evite el viaje porque crea que durará demasiado y será excesivamente difícil tendrá que aprender que no es así.
A él le digo con todo Mi amor: hijo Mío, tarde o temprano tendrás que emprender y completar de todos modos el camino de regreso. Si me aceptas a tu lado como amigo y acompañante, te resultará incomparablemente más fácil recorrer el trayecto que si intentas hacerlo por tu propia voluntad o con otros acompañantes.
Te he hablado de Mi amor que todo lo abarca abriéndote Mi corazón. He venido a tu encuentro como el amor eterno que no conoce límites y que nunca levantó nada que lo separara de cuanto procedió de él. Los obstáculos que se han construido fueron ideados por seres humanos, influidos y seducidos por las fuerzas de la parte contraria. Esto también vale para toda interpretación equivocada de Mi ser, incomprensible para ustedes. Ninguna de sus religiones o ideologías está exenta de ello.
He permitido esto para que Mis hijos al menos tengan una muleta con la cual puedan siquiera emprender el camino que empieza a surgir en su recuerdo. Pero no debe ser más que una muleta, un recurso utilizado solo de manera temporal. Una vez que hayas dado los primeros pasos, toma en la mano el fuerte bastón de caminante llamado «amor» y deja a un lado todo lo que todavía te dificulte apresurarte hacia tu meta con alegría, confianza, valentía y un entusiasmo contagioso.
¿Te he tocado, hijo Mío? ¿Sientes el deseo de acercarte cada vez más a Mí? ¿Todavía te resulta difícil hablar conmigo porque aún te faltan las palabras correctas? ¿No sabes qué nombre darme porque tu antigua imagen de Dios ya no coincide con lo que he escrito en tu corazón?
Si me reconoces como el amor, ¡puedes llamarme como quieras!
Entonces sabrás que lo soy todo para ti: Padre, Madre, hermano, hermana, amigo y amiga; pero, sobre todo, la Vida santa en tu interior, que te ama y sostiene desde la eternidad. Entonces habrás reconocido que la misma Vida santa palpita en todo y en todos y espera que la semilla que deposité hace dos mil años germine en mayor medida que hasta ahora. Allí donde esto ya sucede puede percibirse Mi presencia; allí Mi paz se vuelve visible y palpable. Permite que siga regando tu semilla con mayor intensidad que en el pasado; para tu propio beneficio, pero también para el de todas las personas cuyo anhelo dormido todavía debe despertarse. También por medio de ti, mediante lo que expresas.
Amén