La vida de nuestros niños
pertenece al amor.
Pero en ellos el amor nos muestra
no solo su belleza,
sino también sus heridas
y sus lágrimas de tristeza.
En el sufrimiento de nuestros niños
salen a la luz las llagas del amor;
así participamos
de su dolor.
Cuando nuestros corazones son crucificados
al contemplar el sufrimiento de nuestros niños,
podemos tocar el dolor del corazón
del amor mismo.
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