A menudo, después del pecado,
el amor divino penetraba en mí.
Consolador, ponía su bálsamo
sobre mis heridas
y me regalaba fielmente su corazón.
Con confianza me dejaba caer
una y otra vez
en la misericordia de Dios
y una y otra vez
era purificado por ella.
Así comencé
a comprender lo incomprensible.
* * *