(Conferencia en el encuentro de hermanos y hermanas)
En el capítulo 86 de El Sol Espiritual, tomo 2, por Jakob Lorber, el apóstol Juan explica el mandamiento: «No darás falso testimonio; no mentirás».
Así habla Juan:
«Pero en lo más íntimo de todo, la cuestión es así: el amor equivale a la luz de la verdad contemplada en lo más interior, directamente procedente de Dios, y la sabiduría equivale a la luz que irradia de Dios a través de todos los infinitos espacios eternos.
Pero si alguien posee el amor y no lo aplica, sino que, valiéndose únicamente de su luz exterior y de la voluntad guiada por esa luz, capta cada vez más y más los rayos que se extienden hacia fuera hasta el infinito, se vuelve por ello cada vez más débil, aunque, a consecuencia de su excursión hacia todos lados, espiritualmente se hincha cada vez más y se hace también cada vez menos receptivo a la luz interior de amor y verdad procedente de Dios.
Si este es el caso, tal persona se vuelve cada vez más desemejante de Dios y, con ello, da con cada átomo de su ser un testimonio radicalmente falso acerca de la esencia divina, de la cual debería ser imagen perfectamente semejante.
Por tanto, quien oye la palabra divina pero no la sigue, sino que sigue únicamente aquello que deslumbra sus ojos exteriores y excita con ello su voluntad sensual, da falso testimonio con cada paso que da, con cada palabra que pronuncia, con cada movimiento de la mano que hace. Aunque quisiera hablar la verdad divina más pura, la palabra pura del Evangelio, aun así miente y da falso testimonio del Señor, porque no actúa conforme a la palabra y a la verdad.
Así, si alguien ora y asegura su devoción a Dios, pero no vive según la palabra del Señor, es un mentiroso en la medida en que está vivo y caliente; pues su oración es entonces solo una fórmula exterior cuyo valor interior se pierde por completo, porque la luz divina interior no se utiliza para iluminar y vivificar lo interior de esa forma externa.
Es exactamente como cuando alguien contempla una estrella con el mayor arrobamiento. Pero ¿de qué le sirven todo ese arrobamiento y contemplación si no puede contemplar la estrella en su total cercanía como un mundo maravilloso? Se parece a un hambriento delante de una alacena de pan cerrada. Por mucho que contemple esa alacena con anhelo y veneración, ¿quedará saciado con ello? Ciertamente no. Pues mientras no pueda morder el interior del pan y recibirlo en su estómago, toda contemplación, veneración y arrobamiento ante la alacena no le servirá de nada.
Pero ¿cómo puede uno abrir dentro de sí la alacena de pan de la verdadera semejanza con Dios y saciarse de ella? Ciertamente no de otra manera que empleando en sí el medio más íntimo y orientándose de esa manera conforme a la verdad oída de Dios. Tomando para el uso activo, de las formas contempladas hacia fuera, solamente aquello que, y en la medida en que, con la luz más íntima haya encontrado en plena correspondencia y, por tanto, divinamente verdadero. En cuanto no sea así, todo lo que el ser humano hace y emprende es un falso testimonio acerca de la verdad divina interior y, por consiguiente, una mentira desnuda frente a cada semejante.
Por tanto, cada cual debe también orientarse según esta verdad interior y actuar conforme a ella. Así irá uniendo cada vez más sus pensamientos, por medio de la acción, con esta luz interior y alcanzará con ello dentro de sí la unidad y, por tanto, la semejanza divina, en la cual le resultará entonces eternamente imposible convertirse en mentiroso».
Hasta aquí Juan.
¿Qué significa esto para nosotros en este tiempo, en el que la mentira gobierna esta Tierra como nunca antes? Sí, este mundo se ha convertido en una sola gran mentira, que en el fondo siempre lo fue, pues no es lo que aparenta ser, ya que la materia no está viva sino muerta. Ahora, pues, el mundo de la mentira se abre, despliega su vestidura negra y envuelve la Tierra en ella.
Nos encontramos en este mundo de mentira, y eso nos afecta profundamente a nosotros que estamos en la luz de gracia de la verdad. Pero ¿por qué nos pesa tanto el comportamiento de falsedad y mentira que a menudo ya no sabemos qué hacer, porque nos oprime y a veces nos lleva a dudar, e incluso a algunos a desesperar, ante la indecible desfachatez y maldad de las maquinaciones anticristianas?
Esto nos lleva al punto de esta exposición. Nuestra propia falsedad, en la que no vivimos aquello que hemos reconocido y reconocemos como bueno y verdadero, se correlaciona con la mentira del mundo o se relaciona con ella. ¿Qué significa esto? Sentimos y vemos en el mundo el falso testimonio que damos en nuestra propia esfera espiritual. El robo individual del amor y la verdad, la transformación de lo perfectamente verdadero y bueno de Dios en nuestra humanidad imperfecta, nos toca dolorosamente desde fuera mediante el instrumento del anticristianismo.
¿Qué sucede entonces con nosotros respecto de la mentira del mundo cuando entramos cada vez más en la voluntad amorosa de Dios, cuando reconocemos y vivimos crecientemente lo verdadero y bueno en Jesucristo? La mentira del mundo exterior ya no puede engancharse; no encuentra punto de apoyo: comenzamos a contemplar el mundo con los ojos de Dios. La preocupación y el miedo, la carga recurrente de falsedad y mentira, ceden ante la libertad interior del espíritu, que percibe el obrar satánico desprendido de todo vínculo mundano. Como ya no robamos a Dios Su amor y verdad ni los arrastramos al fango de nuestra obstinación y rebeldía, Él puede regalarnos amor libre y puro, es decir, a Sí mismo.
¿Cómo contemplamos entonces el mundo? Vemos a través de la mentira y la falsedad; vemos el conjunto en relación con la obra redentora de Jesucristo; vemos el engaño y la maldad de los seres humanos con los ojos del amor y la misericordia. Y vemos el abismo entre Dios y los seres humanos y reconocemos en él la necesidad de tribulación y necesidad, que vuelvan a conducir a la humanidad hacia su destino divino, pues no existe otra posibilidad de salvación. Vemos la muerte que ahora y pronto recorrerá esta Tierra como nunca antes, en la conciencia de la vida eterna, por lo cual pierde su horror. Vemos el Apocalipsis que ahora se cumple y el Juicio Final, con la necesaria separación de los espíritus, con los ojos y con el corazón de Dios.
Nuestro conocimiento y nuestra manera de ver, tanto en la vida espiritual general como especialmente en esta fase final de los últimos tiempos, no se forman, por tanto, según la palabra leída o según una sabiduría y un amor pensados, sino únicamente mediante la entrada cotidiana y viva en la voluntad divina; solo así quedaremos verdaderamente libres de la carga de este tiempo.
Si, por tanto, observamos el 8.º mandamiento, el Padre nos conduce a Su mundo; solo en él permaneceremos indemnes y podremos afrontar y sobrevivir con sentido el tiempo venidero. En el fondo, cada uno de los diez mandamientos nos conduce a esta libertad si los contemplamos y cumplimos a la luz de la verdad; los diez mandamientos están contenidos en los dos mandamientos de Jesús, que en el fondo son, a su vez, un solo mandamiento, pues no pueden separarse uno del otro.
Y así, con y dentro de cada palabra de Dios, uno puede volver, o entrar, a la fuente de la palabra, a la Palabra primordial, de la cual se estiran infinitas ramificaciones hacia la infinitud. Es importante y necesario ir de dentro hacia fuera y ver, como hacen también los espíritus perfectos, pues de otro modo uno se pierde en el laberinto de la sabiduría. Es decir: entrar por amor a Dios en Su corazón, vivir allí y contemplar la vida desde allí. Entonces surge la sabiduría del amor, se acurruca humildemente junto al corazón y habla de sí misma al alma en una lengua que el mundo no conoce.
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