Revelación divina
Mis amados hijos e hijas, siendo Jesús de Nazaret hablé a las personas con un lenguaje sencillo. Era el lenguaje del corazón, el lenguaje del amor. Si Me hubiera expresado como los escribas y fariseos, los intelectuales de aquel tiempo, quienes Me escuchaban no Me habrían comprendido; al menos no de la manera necesaria para que de lo escuchado y vivido surgiera un conocimiento procedente del corazón, capaz de abarcar a toda la persona en su pensar, hablar y actuar.
Fueron hombres y mujeres del pueblo quienes estuvieron dispuestos a escucharme. Y no solo estaban dispuestos: anhelaban la verdad, percibían el amor que todo lo comprende y todo lo perdona que Yo irradiaba, y las palabras de Mi boca caían como gotas de agua en el suelo de sus almas sedientas. Entre ellos había muchos que habían decidido conscientemente encarnarse en aquel tiempo. Lo hicieron por diferentes razones, por ejemplo, para ayudarme en la gran tarea de llevar el amor al mundo o para aprovechar la posibilidad de dar un paso decisivo en el desarrollo de su alma.
Así, muchísimas personas —sin ser conscientes de ello— esperaban recibir de Mí alimento espiritual que las ayudara a comprender mejor las innumerables preguntas abiertas acerca de su existencia, tanto en su convivencia personal como en relación con la vida pública. Esto incluía, sobre todo, enseñanzas acerca de la manera correcta de actuar y de abstenerse de actuar, todavía marcada en gran medida por las leyes de la Antigua Alianza y por aquello que se había hecho de ellas mediante la ignorancia y la interpretación equivocada. En muchas personas existía la buena voluntad de comportarse de una manera diferente de la anterior, pero aún no se había despertado la conciencia para vivir conforme a las leyes de Mi amor divino, que gobiernan toda la Creación.
Comencé, por tanto, a esclarecerlas e instruirlas, entre otras cosas mediante imágenes y parábolas, para acercarlas así, paso a paso, a Mis verdades eternas. Las habría abrumado con el conocimiento que existe hoy en el mundo, por ejemplo, acerca de los mundos sutiles, las energías positivas y negativas, las influencias satánicas procedentes de lo invisible, los refinados intentos de distraer y atar a las personas mediante las posibilidades del entretenimiento y de la tecnología, y muchas cosas más. Incluso habría ahuyentado a algunos, porque faltaban todos los fundamentos necesarios para comprender relaciones más profundas.
Lo que les transmití, y que quedó registrado de forma fragmentaria y parcialmente falsificada en sus Escrituras, fue ante todo que Yo, como Dios y Creador, soy también el Padre de todos Mis hijos; que soy el Amor desinteresado e incondicional; pero que también existe el mal, que se acerca de múltiples maneras a las personas para seducirlas. En este contexto hablé de que es un mandamiento amar también a los enemigos.
Utilicé imágenes sencillas y, por eso, todos podían comprenderlas y reflexionar —si estaban dispuestos— acerca de quién se representaba como «enemigo» en la parábola del amor a los enemigos. Quien era sincero encontraba rápidamente respuestas, tanto en su entorno personal como en la situación política marcada por la ocupación romana.
Algo amenazante, algo que provoca su ira o una fuerte oposición, que los atemoriza, perturba o inquieta, se presenta ciertamente ante ustedes en la forma de una persona o mediante sus intenciones y actos; pero la mayoría ya sabe —también gracias a Mis explicaciones— que no es como parece a primera vista, que existe algo más detrás. En este punto no quiero explicar por qué algo puede irritarlos o atemorizarlos. Este es un tema que ya se trató muchas veces y siempre tiene algo que ver con quien percibe en su interior los sentimientos y reacciones correspondientes.
Dirijo sus reflexiones en la siguiente dirección: todo es energía, y lo semejante actúa sobre lo semejante. Nadie puede pensar ni siquiera sentir algo sin entrar en el mismo instante en comunicación con fuerzas de vibración semejante de las más diversas clases, que se presentan de forma personal o como campos energéticos impersonales. Por tanto, si quieren verlo así, la persona no es más que ejecutora o colaboradora cuando se trata de inducirla a una conducta que no corresponde a Mi mandamiento del amor. Otros le dan el impulso para actuar, algo que les resulta posible porque encuentran en su alma y en su carácter las condiciones correspondientes. Con «otros» se designa a quienes, como seres espirituales, provocaron la caída hace un «tiempo» infinitamente lejano y desde entonces libran su lucha contra Mí.
Si les pregunto quiénes son sus amigos, no necesitarán mucho tiempo para encontrar una respuesta: son las personas de su entorno cercano o lejano con las que tienen confianza, con quienes los une algo, a quienes aprecian y quizá incluso aman profundamente.
Tampoco es difícil responder la pregunta acerca de sus enemigos. Son quienes no les desean ni quieren nada bueno y pueden encontrarse entre sus vecinos, en su lugar de trabajo, en diferentes comunidades o también en la sociedad y la política.
Si están de acuerdo con esto en términos generales, tengo que recordarles que poseen muchos más amigos que aquellos en quienes pensaron. Con ello Me refiero a sus hermanos y hermanas en el ámbito espiritual, a su ángel guardián, a los muchos ayudantes colocados a su lado y al de ustedes, y a todos aquellos que los acompañan desde lo invisible para ustedes. Actúan por encargo del amor y, como verdaderos amigos, se esfuerzan desinteresadamente por apoyarlos, pero también por protegerlos de adversidades y molestias en la medida en que les es posible.
Y en su «búsqueda» de amigos, ¿pensaron también en Mí, que en Jesucristo Me convertí en su Hermano, que habito en ustedes y soy su vida por toda la eternidad? No puedes encontrar un amigo mejor, porque no existe.
Permitan por un momento que Mis palabras actúen en su interior…
Si han comprendido y creen Mis palabras, entonces el «pequeño mundo» en el que viven durante un período más o menos largo es nada frente al mundo no material que los rodea y en el que se encuentran sus amigos, a quienes abrazarán cuando vuelvan a entrar en el más allá.
¿Y sus llamados enemigos? También ellos tienen su hogar en el mundo no material, acerca del cual la mayoría de ustedes nada sabe o en el cual no cree. Debido a su importancia, lo repito: no solo sus amigos viven en los ámbitos invisibles que los rodean; también sus enemigos permanecen aquí, muchos desde hace eones. De aquí proceden las amenazas que temen. Por medio de auxiliares se convierten en realidad en su mundo. O, como lo expresé hace poco: «Lo que están viviendo es la realización de un plan ideado en el infierno, trasladado a la materia y ejecutado en su Tierra».
Sé que a algunos de ustedes les molesta que vuelva una y otra vez sobre el proceder de las tinieblas. Preferirían que hablara exclusivamente del amor, de lo bello y positivo. Todo ello forma parte de Mi ser y también se encuentra en ti, Mi hijo, Mi hija, con una grandeza y diversidad que no imaginas. Mi deseo es que vuelva a abrirse en ti aquello que deposité en tu interior. Y sé también que este es el deseo de muchos de Mis hijos.
Pero ¿han considerado que existen fuerzas negativas que se oponen y quieren dificultar o incluso impedir que se cumpla su deseo de libertad, luz y amplitud, de salud, armonía y cercanía a Mí? ¿No hablé como Jesús de que el mal llevó secretamente durante la noche cizaña al campo recién sembrado para perjudicar la cosecha de trigo del agricultor? ¿Quién creen que sembró la cizaña y continúa sembrándola sin cesar todavía hoy? ¿Y qué creen que representaba el campo? ¿Es verdaderamente tan difícil reconocer en quien siembra la cizaña al diablo, al mal por excelencia, y en el campo a su alma? No un alma cualquiera, sino la tuya, la tuya y la tuya…
A todos ustedes que tienen buena voluntad y se esfuerzan por llevar Mis enseñanzas a la práctica cotidiana les pregunto: ¿quién sabotea sus buenas intenciones? ¿Quién les quita algunas veces el ánimo? ¿Quién activa una y otra vez antiguas costumbres que hace mucho tiempo querían abandonar? ¿Quién les impide avanzar siempre con la alegría que se habían propuesto?
Aquí se encuentra un problema para muchos: no reconocen la relación entre sus problemas y dificultades y una influencia que actúa desde lo invisible y obstaculiza sus esfuerzos. Esto sucede porque las cargas de su alma —que conoce todo seductor que los observa desde el ámbito astral— son «estimuladas» una y otra vez, la mayoría de las veces sin que ustedes lo noten, de modo que se los induce a practicar nuevamente una antigua conducta que no corresponde al amor, en lugar de transformarla en fortaleza con Mi ayuda.
Esta es la cizaña que —sin que lo noten— se siembra de nuevo constantemente, de modo que el trigo no puede madurar con la abundancia deseada ni con la calidad esperada. ¿Puedo Yo, su Padre, guardar silencio cuando veo que Mis hijos son incapaces de reconocer la magnitud de este método de seducción o, si ya lo descubrieron, de comprender el peligro de estos ataques permanentes? Sitúen, amados Míos, bajo este punto de vista Mis repetidas exhortaciones a permanecer vigilantes.
Por tanto, sus enemigos no acechan solamente en el exterior; por lo general, estos no son difíciles de descubrir, al menos sus enemigos personales. No resulta tan sencillo con aquellos que, invisibles y por ello inadvertidos para ustedes, esperan el momento de perjudicarlos. Practicar el mandamiento del amor a los enemigos tampoco es fácil porque muchas personas se niegan a querer reconocer a sus enemigos. A primera vista esto no es fácil de comprender. Sin embargo, existen razones:
Por una parte, la idea de que no se debe juzgar y que, por eso, es mejor no conocer a los enemigos para no caer siquiera en esta tentación;
por otra, la necesidad de tener que extraer posibles consecuencias del conocimiento de haber reconocido como enemigo a esta o aquella persona, algo que no pocas veces está relacionado con desventajas personales. Resulta más sencillo no conocer sus propósitos ni su peligrosidad, conforme aproximadamente al lema: «Lo que no sé, no me inquieta».
No se engañen, amados Míos, si tienden a semejante conducta. Muchas veces se asemeja a «ir saliendo del paso», pero a largo plazo no puede ser la solución.
Tampoco Yo cierro jamás Mis ojos ni Mis oídos. Soy omnipresente y veo y escucho todo cuanto sucede en Mi creación. ¡Todo, sin excepción! Por tanto, también el mal más profundo dirigido contra Mí, contra Mi creación y, con ello, contra Mis hijos.
¡Veo y escucho, y aun así amo! Pero no quedo, como ustedes lo expresan, «atrapado en ello», sino que empleo todo Mi amor para que quienes se extraviaron reconozcan lo que hicieron y todavía hacen. De esta manera preparo para ellos el camino que los conduce nuevamente a su hogar. Actuar así debe ser también la meta de ustedes, aunque quizá todavía no la tengan necesariamente ante sus ojos. Pero ya se encuentran en el camino, y la fuerza para ello está dentro de ustedes.
¡Es absolutamente correcto no construir nada negativo en los sentimientos y pensamientos y así quizá proporcionar todavía energía al bando contrario! Pero esto no significa cerrar preventivamente los ojos ante todo. Observar, reconocer y clasificar; después, sin miedo de ninguna clase, no seguir dando vueltas en pensamientos o palabras a lo reconocido. ¡Esto no es sencillo! Sin embargo, tienen que conocer a quienes luchan contra ustedes, conocer sus intenciones y saber que quieren hacerlos caer. Solo cuando los conocen pueden aprender a amarlos como sus «enemigos». De lo contrario, se asemejan a personas dentro de una fortaleza que ignoran tanto a los sitiadores atacantes como las puertas y ventanas de su propia casa que todavía no han cerrado. Tampoco Yo valoré equivocadamente a Satanás cuando se acercó a Mí en el desierto durante Mi ayuno, sino que lo reconocí como lo que era: como el diablo que quería hacer fracasar Mi misión terrenal antes de que verdaderamente hubiera comenzado.
Sin embargo, el «secreto» y al mismo tiempo la dificultad consisten en tratar correctamente el conocimiento de lo satánico y de aquello a lo que aspira; correctamente en el sentido del amor.
¿Cómo deben, entonces, tratar a quienes no tienen buenas intenciones hacia ustedes?
Solo reconocen la acción de quienes mueven invisiblemente los hilos cuando contemplan los frutos negativos que aparecen en su Tierra como consecuencia de su influencia. Es más fácil reconocer a quienes llevan a la práctica los planes del mal sobre la materia y dentro de ella. Y también están las personas que ustedes consideran —con razón o sin ella— sus enemigos en su vida personal.
El concepto de «amar» puede interpretarse de muchas maneras. Su significado cambia según la diferente cercanía interior con la otra persona, lo cual queda claro cuando se trata de la pareja y de los hijos o de conocidos lejanos. Cuando se habla de amar a todos por igual, con ello se señala el principio válido en los Cielos y al cual debería aspirarse en el camino hacia ellos. Nadie exigirá que ya durante la vida se ame a los opresores o torturadores con la misma intimidad y calidez que es posible sentir por otras personas cercanas. ¿O creen que Yo podía mostrar a quienes durante Mi flagelación arrancaron Mi piel y Mi carne el mismo sentimiento de amor que, por ejemplo, sentía hacia Mi madre?
Si quieren comenzar seriamente a amar a su prójimo y, especialmente, a sus enemigos, estén atentos a los movimientos interiores que se producen cuando los encuentran o se ven confrontados con sus actos. Es correcto bendecir al prójimo, por malvado que sea, u orar por él. Pero bendecir y orar también pueden convertirse en un engaño que les hace creer que ya cumplieron en mayor o menor medida el mandamiento del amor. ¡Lo decisivo son sus sentimientos!
Por eso sería un buen comienzo en sus esfuerzos renunciar a querer pagar con la misma moneda, lo cual significa: no querer jamás devolver lo mismo con lo mismo, ni siquiera cuando fueran capaces de hacerlo. Significa, además, no «denigrar» al otro ni en pensamientos ni con palabras y esforzarse por no acusarlo ni condenarlo. Y significa finalmente, si desean aspirar a una meta todavía más elevada: ¡perdonar a su enemigo!
Los exhorto expresa y repetidamente a orar por sus enemigos y bendecirlos, pero quiero contemplar brevemente con ustedes lo que sucede o puede suceder al orar y bendecir; para que, por una parte, perciban la fuerza contenida en ello cuando lo practican desde el corazón y, por otra, reconozcan también cuán débiles pueden ser ambas cosas cuando únicamente se pronuncian palabras.
Tomaré la bendición como ejemplo. Todo es energía, y una bendición pronunciada en armonía Conmigo lleva dentro de sí un potencial energético muy elevado. Se asemeja a un poderoso rayo de luz y amor que parte de quien lo envía y alcanza después a aquel para quien está destinado. Lo que provoca en el receptor depende de diferentes factores, todos ellos fundados en él mismo. La energía de una bendición jamás se pierde, ni siquiera cuando el receptor no puede recibirla en ese momento debido a la condición de su alma. No obstante, permanece a su disposición sin límite de tiempo y también puede actuar «indirectamente», por ejemplo, favoreciendo de diversas maneras que se conozca a sí mismo.
Cada persona solo puede dar lo que posee. Por eso, si se esfuerzan por adoptar en sus pensamientos una actitud positiva hacia su «enemigo», si quieren ayudarlo —sin importar lo que haya hecho— y si intentan que su corazón hable sin reproches al bendecir, hacen lo que exige la exhortación a amar a los enemigos.
También pueden amar al bando contrario haciéndole comprender que no caen en sus ataques y tentaciones porque aspiran a otras metas, es decir, a una vida consciente Conmigo; pues solo así, mediante su ejemplo, las tinieblas llegarán finalmente a convencerse de que jamás podrán alcanzar la victoria. De esta manera terminarán por convertirse: ¡por medio de personas que anuncian Mi amor mediante su vida!
Lo mismo que sucede con la bendición sucede también con la oración.
Pero lo decisivo es que Me incluyan en sus actos. Ustedes solos pueden hacer poco o nada. Cuando se dirijan en pensamiento hacia su hermano o hermana, ¡llévenme con ustedes! En todo cuanto emprendan entonces en el espíritu, estaré a su lado con Mi amor. Por medio de Mí, sus oraciones y bendiciones se multiplicarán en fuerza. De este modo se envía energía de amor a todo acontecimiento, y toda persona en quien piensen queda tocada por ella. Con ello se convierten en parte del gran «ejército de la luz», compuesto por innumerables ángeles, almas y seres humanos que acompañan con su amor el proceso de transformación que tienen por delante. Así también ustedes pueden contribuir a que todavía sea posible evitar algunas cosas y que muchas no tengan que desarrollarse con la gran magnitud y el sufrimiento con que tendrían que hacerlo sin su amor y sus oraciones.
Al llevar a la práctica el difícil mandamiento del amor a los enemigos, puede ayudarlos tener siempre presente que todos los seres humanos son sus hermanos y hermanas. Esto suena ciertamente trillado, pero no cambia el hecho de que así es. Significa al mismo tiempo que todos proceden de la misma fuente de la vida, de Mí. Y todos vivieron un día unidos en los Cielos como hermanos y hermanas que llevan Mi amor en su interior. Así fue, y así volverá a ser. Un intermedio, un «incidente espiritual», los separó durante algún tiempo. Pero su condición de hijos de Dios y su parentesco celestial permanecieron intactos. Actualmente recorren caminos diferentes, pero estos volverán a unirse junto a Mí y en Mí.
Tampoco ustedes son hojas en blanco; unos tienen más y otros menos «tinta negra» en las páginas de su alma. Lleven consigo este pensamiento y consideren si no se elevan como jueces de su prójimo cuando lo califican en pensamientos o palabras como un culpable al que hay que condenar. Reconozcan sus actos y permitan que este conocimiento los proteja, pues nadie les exige aprobar ciegamente todo. Pero recuerden después lo que se manda como conducta correcta ante esta percepción o experiencia: amar a sus enemigos en el sentido correcto, como se lo he explicado.
Si desean recorrer el camino que les mostré, pero todavía no lo logran del todo porque se oponen antiguos programas y patrones de conducta, vengan a Mí y pídanme ayuda. Estoy esperando.
¿Quieren saber cuánto han avanzado ya por el camino del amor a los enemigos? Quizá unas palabras puedan servirles de ayuda, si pueden afirmarlas:
«Que alguien sea mi enemigo no lo decide él, sino yo. Si no quiero verlo como mi enemigo, difícilmente logrará, mediante una conducta correspondiente de su parte, inducirme a hacerlo».
Es posible desarrollar semejante actitud interior, pero presupone que estén dispuestos a trabajar en ustedes mismos para apartar poco a poco aquello que todavía permanece como carga del alma en su interior. Este trabajo de orden y limpieza tampoco se refiere únicamente al amor a los enemigos, sino que abarca a toda la persona con todas las debilidades que aún conserva. Con gran alegría estoy dispuesto a ayudar a cada uno en su trabajo de limpieza (1). Porque para eso vine al mundo: para servir, moverlo todo hacia el bien y salvar. Sin embargo, Mi ayuda, que te ofrezco desinteresadamente —y vuelvo a hacerlo mediante Mi palabra revelada de hoy—, solo puede actuar en ti y junto a ti cuando Me das tu sí. Tengo que esperar ese sí porque te di el libre albedrío. El primer paso tienes que darlo tú, aunque solo sea declarar en tus pensamientos que estás dispuesto a transformar tu interior y demostrar después mediante tu esfuerzo que lo tomas en serio.
Amados Míos, su libre albedrío exige que ustedes comiencen a poner orden y den el primer paso. Si sucediera al contrario, significaría que Yo comienzo con la limpieza, con un trabajo destinado a ti y que debe servirte para aprender, y tú Me ayudas a realizarlo…
Los bendigo, y ahora saben lo que significa una bendición: Mi fuerza fluye hacia ustedes, y todo corazón abierto y dispuesto puede recibir la fuerza de amor de Mi bendición y servirse de ella, sin ninguna prestación previa. El único mandamiento para ser fortalecidos por ella y permanecer así de forma duradera dice: ama, y nada más.
Amén
(1) A este respecto resulta maravillosamente apropiada la siguiente pequeña historia:
Un hombre se enteró de que Dios quería visitarlo inesperadamente. Cuando miró alrededor de su casa, se asustó, pues le pareció imposible recibir a Dios en medio del desorden que reinaba en todas partes. Así que comenzó a trabajar para poner orden. Había muchísimas cosas innecesarias e inútiles que eliminar; muchas tenían que volver a colocarse en el lugar correcto, y había que limpiar el polvo que cubría todo.
Las horas transcurrieron y parecía que el hombre no lograría arreglar su casa a tiempo. Entonces sucedió que un desconocido pasó por allí. Ambos comenzaron a conversar y el desconocido se ofreció a ayudarlo a ordenar.
De pronto todo avanzó como por sí solo. Poco después, la casa resplandecía con su antiguo brillo, y era una alegría ver el alivio en los ojos del hombre.
«Bien —dijo—, ahora todo está ordenado. Ahora puede venir Dios».
«¿Por qué tendría que venir todavía? —dijo entonces el desconocido—. Ya estoy aquí».