Al otro día, en Caná, le digo a Juan —quien había registrado la primera señal durante la boda— que anote también esta segunda señal ocurrida en el mismo lugar. Juan lo hizo con pocas palabras en ocho versículos, tal como está escrito.
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También Mateo Me preguntó si debía registrar este hecho. Yo le digo: «Déjalo. Cuando mañana lleguemos a Cafarnaúm y Yo vuelva a enseñar y realizar señales allí, tú registrarás esas. Pero añade a Mi Sermón del Monte la curación del leproso de Sicar, a quien sané cuando descendía del monte».
Mateo dice: «Señor, según recuerdo, Tú sanaste a dos leprosos en Sicar. ¿A cuál debo registrar?».
Yo digo: «En realidad fueron sanados más de dos, pero basta con aquel a quien sané al pie del monte y después indiqué que se presentara ante el sacerdote Jonael —cuyo nombre no necesitas añadir— y ofreciera la ofrenda que Moisés había ordenado como testimonio para ellos. Quien no crea en Mí a causa de esta única señal tampoco creerá aunque Yo realizara cien señales ante él. Por eso, de las muchas señales incluye únicamente la que ahora te he indicado».
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Mateo dice: «Ah, sí, Señor, ya sé a qué señal Te refieres. Aunque tomé nota de ella, todavía no la registré íntegramente por escrito. Lo haré ahora mismo y comenzaré con ella un capítulo nuevo. Dividí el Sermón del Monte en tres capítulos, y este será ahora el cuarto».
Yo digo: «Por ahora esta división tuya está bien. Sin embargo, después de que Yo sea elevado de esta Tierra a Mi Reino celestial y eterno, tendrás que escribir otros cuatro capítulos preliminares. Por eso, desde ahora puedes numerar y ordenar los tres capítulos del Sermón del Monte con V, VI y VII en lugar de I, II y III, y el capítulo nuevo con VIII».
Mateo ordenó enseguida sus anotaciones de ese modo. Por eso el Sermón del Monte, aunque fue lo primero que Mateo escribió, se encuentra hoy recién en los capítulos quinto, sexto y séptimo.
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(Conocer esto también es necesario para comprender mejor los dos Evangelios, el de Juan y el de Mateo, porque ambos fueron escritos bajo Mi dirección personal. Aquí se trata principalmente de que, mediante este conocimiento, los dos documentos que exteriormente parecen muy distintos queden reunidos bajo un mismo techo y llevados así a la debida armonía. De lo contrario, sucedía casi siempre que incluso buenos conocedores de las Escrituras consideraban idénticas las obras milagrosas que parecían semejantes en Mateo y Juan y, sin embargo, se preguntaban: «¿Cómo puede Mateo decir una cosa y Juan otra si el hecho parece ser enteramente el mismo?».
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De ello surgieron muchos errores y, no pocas veces, un abandono completo de Mi enseñanza tal como está escrita en los Evangelios.
Naturalmente, alguien podría decir aquí: «Sí, pero ¿por qué, oh Señor, permitiste que esto sucediera durante tantos siglos y no quisiste dar a nadie alguna luz al respecto?». A esto respondo:
No transcurrió un solo siglo en el que Yo no eligiera y despertara, en todas partes donde al menos en alguna medida se profesaba Mi enseñanza, a hombres capaces de exponer suficientemente a la humanidad los hechos y la necesaria explicación de los Evangelios. Los elegidos siempre lo hicieron y completaron históricamente en los documentos aquello que se había perdido en parte por la negligencia de los seres humanos, en parte por la obstinación y, no pocas veces, por la mala voluntad de los diversos supervisores sectarios y sacerdotes del Evangelio, es decir, de Mi enseñanza. Pero muy pocos lo aceptaron.
Las iglesias que con el tiempo se habían organizado sistemáticamente lo rechazaron, como era de esperar, y lo declararon herejía y obra del diablo, porque no servía a sus intereses ávidos de ganancias y dominio.
Los eruditos y artistas, en cambio, declararon tales manifestaciones fantasías y divagaciones soñadoras de un pobre infeliz que también quería ser alguien sin haber adquirido mediante esfuerzo, diligencia y estudio profundo las capacidades necesarias para ello.
Sin embargo, en el lugar donde vivía y era conocido el profeta elegido y despertado, era precisamente donde menos valor se le concedía y, por eso, poco podía conseguir. Según las ideas generalizadas entre los seres humanos, un profeta no debería vivir en la Tierra ni tener forma humana, tampoco comer, beber ni vestir ropa; como mínimo tendría que viajar por los aires en un carro de fuego, como Elías, y desde allí anunciarle a cada persona únicamente aquello que por egoísmo le gusta oír y la halaga. Ese sí sería un verdadero profeta hacia quien se dirigirían todos los ojos y oídos, sobre todo si durante sus vuelos arrojara milagrosamente monedas de oro y plata por medidas enteras entre los ricos, pero pequeñas monedas fraccionarias de cobre entre los proletarios. Al mismo tiempo tendría que elogiar a los grandes, ricos y poderosos y, en cambio, castigar severamente y con frecuencia a los pobres diablos —los proletarios—, especialmente si se atrevieran a murmurar contra los ricos, grandes y poderosos. Naturalmente, un profeta semejante no sería una aparición muy agradable para los pobres y estos no lo alabarían.
Pero si el profeta es una persona como cualquier otra, come y bebe, incluso tiene una habitación donde vivir y quizá ejerce algún oficio mundano, entonces se acabó su condición de profeta. Lo declaran medio loco o hipócrita, y en su patria será, con toda seguridad, donde menos pueda lograr.
De este modo, durante los casi dos mil años siempre he completado lo que faltaba; pero ¿quién lo aceptó? Les digo: en todas las épocas fueron muy pocos, y rara vez estos tuvieron suficiente vida interior. Es verdad que se adquirían conocimientos y tomaban notas; sin embargo, siempre se dejó de lado, por toda clase de razones vanas, el orientar la propia vida conforme a ello y convencerse después en el espíritu de que aquel hombre, por lo demás natural, había sido elegido realmente por Mí para llevar de nuevo una luz fresca desde los Cielos a los seres humanos de un mundo que se había oscurecido poco a poco.
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Uno compró un par de bueyes nuevos y debe adiestrarlos para arar; naturalmente no tiene tiempo. Otro debe cultivar un campo nuevo y tampoco puede acudir. Un tercero tomó esposa y, por eso, ya no tiene tiempo ni oportunidad. Un cuarto tiene que construir una casa grande y no sabe qué hacer entre tantas preocupaciones; le resulta imposible tener tiempo. Así, al final, cada uno tiene su excusa, y una nueva luz de los Cielos vuelve a arder inútilmente durante todo un siglo en algún rincón oculto de la Tierra. Si en el siglo siguiente vuelvo a dar una luz nueva para iluminar los antiguos documentos, le toca el mismo destino.
Pero si, conforme a la experiencia de todas las épocas, esto debe admitirse con plena certeza, cabe preguntar si la culpa recae acaso en Mí, en caso de que hasta el día de hoy todavía debieran encontrarse en los antiguos documentos las mismas lagunas que vanos investigadores del intelecto y pensadores cavilosos ya descubrieron hace mil años. De allí brotaron en todas las épocas, como hongos de la tierra, los numerosos escépticos y, finalmente, quienes rechazaron Mi enseñanza, Mi plena divinidad y la plena divinidad de esa enseñanza.
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Por eso ahora doy una luz completa sobre este asunto, para que al final nadie pueda excusarse diciendo que desde el tiempo de Mi presencia corporal en la Tierra ya no Me ocupé ni de la pureza y plenitud de Mi enseñanza ni de las personas que la aceptaron.
Cuando dentro de poco vuelva a la Tierra, realizaré una selección rigurosa y no aceptaré a nadie que venga ante Mí con cualquier clase de excusa. Porque todo el que busque con seriedad puede y debe encontrarlo. Sin embargo, las ovejas y los asnos enfermos junto al pesebre recibirán un remedio que sin duda despertará en ellos un apetito voraz por el alimento de los Cielos; pero después, como convalecientes, serán alimentados durante largo tiempo en dosis muy homeopáticas. ¡Y ahora volvamos al Evangelio!)