Jn 1:19. Y este es el testimonio de Juan ante los judíos, cuando estos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas para preguntarle: ¿Quién eres?
Este versículo presenta un hecho puramente exterior y, por eso, no tiene un sentido interior. Sin embargo, de esta misión se puede deducir con facilidad que, en aquel tiempo, el sentimiento de grandeza de los judíos ya comenzaba a presentir que la luz primordial o la vida primordial de Dios empezaba a acercarse a los seres humanos de la Tierra y que ya debía encontrarse en ella; y suponía que esta vida primordial de toda vida se hallaba en Juan y que quizá él fuera el Mesías prometido.
Jn 1:20. Y él confesó: Yo no soy Cristo, el Mesías prometido.
Por eso, movidos por la intuición mencionada más que obligados por la fama de Juan como predicador, enviaron exploradores para preguntarle quién era: si era Cristo, Elías u otro profeta.
Jn 1:21. Le preguntaron además: Entonces, ¿qué eres? ¿Eres Elías? Y él dijo: ¡No lo soy! Le preguntaron también: ¿Eres un profeta? Él respondió: ¡No!
La razón por la que también preguntaron a Juan si era Elías u otro profeta nuevo se encontraba en que sus escritos proféticos decían que Elías vendría antes del Mesías prometido y prepararía a todo Israel para la gran llegada del Mesías. En aquel tiempo también debían levantarse otros profetas que irían igualmente delante del Mesías como heraldos. Los enviados de Jerusalén, conocedores de la Escritura, sabían esto y por eso interrogaron a Juan; pero él declaró que no era ninguna de esas cosas.
Jn 1:22. Y siguieron diciéndole: Entonces, ¿qué eres?, para que llevemos una respuesta a quienes nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?
Así que, naturalmente, tuvieron que seguir preguntándole quién era entonces.
Jn 1:23. Pero Juan dijo: Soy la voz de uno que clama en el desierto y prepara el camino del Señor, como profetizó el profeta Isaías.
Solo entonces Juan declaró que no era más que una voz que clamaba en el desierto y que, conforme a la predicción de Isaías, preparaba el camino del Señor.
Aquí se puede preguntar con toda razón por qué Juan hacía esto en el desierto, donde cabe suponer que vivían muy pocas personas. Parecería más indicado establecer a un precursor semejante en lugares muy poblados. ¿De qué puede servir en el desierto muerto un llamado, por vigoroso que sea, si el sonido de quien clama se desvanece antes de llegar a algún oído? Y aunque por casualidad alcance un oído humano, eso está muy lejos de ser suficiente en un asunto que es de la máxima importancia para todos los seres humanos.
A esta pregunta introductoria se responde que la expresión «desierto» no debe entenderse tanto como el pequeño desierto de Betábara, situado al otro lado del Jordán, sino mucho más como el desierto espiritual que hay en los corazones humanos. El desierto de Betábara, donde Juan realmente vivía, predicaba y bautizaba, fue escogido únicamente para servir al ser humano como imagen del estado de su corazón: desolado y vacío, sin frutos nobles, lleno solo de espinas, cardos, toda clase de maleza, víboras y otros animales repugnantes. En semejante desierto de la humanidad aparece Juan como una conciencia despierta —que es también lo que representa en un sentido puramente espiritual—, predica el arrepentimiento para el perdón de los pecados y prepara así al Señor el camino hacia el corazón de los seres humanos, convertido por completo en desierto.
Solo queda aquí la pregunta de por qué Juan no se declaró Elías ni profeta, ya que, según Mi propio testimonio supremo, era ciertamente tanto el uno como el otro. Yo mismo dije abiertamente a los apóstoles y también a otros oyentes de Mi enseñanza, en una ocasión apropiada: «Juan era el Elías que debía venir antes de Mí, si ustedes quieren aceptarlo».
La razón de esta negación es que Juan se designa aquí únicamente según su nueva misión activa, y no según la antigua que había sido dada a su espíritu en Elías durante su vida terrenal. Elías debía castigar y destruir a Moloc; Juan, en cambio, debía llamar al verdadero arrepentimiento, conceder el perdón del pecado mediante el bautismo de agua y prepararme así el camino. Conforme a esta actividad, se presentó únicamente como aquello que era entonces en los hechos.
Jn 1:24. Y los enviados eran de los fariseos.
Jn 1:25. Y siguieron preguntándole: Entonces, ¿por qué bautizas, si no eres Cristo, ni Elías, ni tampoco profeta alguno?
Pero como, a pesar de ello, bautizaba —algo que de ordinario solo se permitía a los sacerdotes y a los profetas cuya vocación para ello estaba demostrada—, los sacerdotes y levitas enviados por los celosos fariseos le preguntaron por qué bautizaba a las personas si no era ni lo uno ni lo otro.
Jn 1:26. Juan les respondió: Yo bautizo solo con agua; Él —el Cristo por Quien preguntan— ya está en medio de ustedes, pero ustedes no Lo conocen.
Pero Juan dice: «Yo bautizo solo con agua»; es decir: solo lavo y soy quien lava los corazones que se han vuelto impuros, a fin de prepararlos para recibir dignamente al Único que, en cierto modo, ya lleva mucho tiempo en medio de ustedes, aunque ustedes no Lo reconocen a causa de su ceguera.
Estos investigadores representan también a todos aquellos que Me buscan exteriormente a Mí, el Señor; recorren tierras y mares y preguntan a todos los sabios: «¿Dónde está Cristo, cuándo y dónde viene?». Pero no buscan al Verdadero, que edificó para Sí una morada en medio de sus corazones y solo allí puede ser hallado —¡oh, buscadores extraviados!—; por lo menos, no Lo buscan en el único lugar donde hay que buscarlo y encontrarlo.
Jn 1:27. Él es Quien vendrá después de mí, Quien era antes que yo, y yo no soy digno de desatar las correas de Sus sandalias.
Jn 1:28. Esto sucedió en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba.
¡Qué testimonio de profundísima humildad da Juan ante los sacerdotes y levitas, pues bien lo sabe y había pisado la Tierra en Cristo! Pero ¿qué le importa esto al sacerdocio tan sabio según el mundo? El testimonio absolutamente verdadero de Juan los dejó impasibles, porque no querían un Mesías humilde, pobre y sin esplendor, sino uno ante quien todo hubiera debido estremecerse de inmediato por el miedo y el terror.
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El Mesías habría tenido que aparecer por primera vez —naturalmente, en ningún otro lugar que Jerusalén— y descender del cielo en línea recta, visiblemente, irradiando un fuego más brillante que el resplandor del Sol, acompañado por miríadas de ángeles; habría debido establecer Su morada únicamente en el Templo, destituir y aniquilar a todos los potentados de entonces, hacer enseguida totalmente inmortales a los judíos, proporcionarles todo el dinero de la Tierra, lanzar al mar con gran estrépito por lo menos varios cientos de montañas aparentemente superfluas y ejecutar al instante a la pobre y sucia chusma. Entonces habrían creído en Él y habrían dicho: «Señor, eres terriblemente fuerte y poderoso; todo debe inclinarse profundamente ante Ti y arrojarse al polvo, y el sumo sacerdote no es digno de desatar las correas de Tus sandalias».
Pero Cristo vino a la Tierra completamente pobre, pequeño y aparentemente débil; durante casi treinta años —salvo hasta Sus doce años— no dio ante los ojos de los poderosos ninguna señal de Sí mismo, sino que realizó trabajos pesados, fue carpintero junto con José y, más tarde, trató incluso con el proletariado común. ¿Cómo podía ser este, a los ojos de los judíos orgullosos y tan sabios, el Mesías esperado durante tanto tiempo? «¡Fuera con semejante blasfemo! ¡Con semejante mago, que realiza sus obras solo con la ayuda del príncipe de los demonios! ¿Un vulgarísimo ayudante de carpintero, tosco y rudo como madera de roble, que aprendió en alguna parte a hacer magia con ayuda de Satanás, que anda descalzo, es amigo de la chusma más vil, la acompaña, acoge a prostitutas, come y bebe con pecadores públicamente conocidos y con sus hechos y omisiones se opone de la manera más evidente a la Ley, habría de ser Cristo, el Mesías prometido? ¡No, jamás albergaremos una idea tan blasfema!».
Ese fue el juicio de los altos y sabios judíos sobre Mí durante Mi plena presencia corporal en la Tierra; y el mismo juicio, sin la menor diferencia, sigue existiendo hasta hoy sobre Mí entre millones de personas que no quieren oír nada acerca de un Dios manso, condescendiente y fiel a Su palabra.
En primer lugar, su Dios debe habitar muy por encima de todas las estrellas y, debido a Su elevación absolutamente infinita, casi no existir. Si quiere ser un Dios digno, no puede crear nada menor que el Sol. En segundo lugar, no debe atreverse a adoptar forma alguna, y mucho menos la forma humana, sino que debe ser únicamente una especie de ente inconcebible.
En tercer lugar, si acaso Cristo pudiera ser Dios, solo debe comunicarse mediante la palabra viva interior con especialistas, determinadas sociedades y concilios, pietistas extraordinarios, fanáticos rodeados de una supuesta aureola santa y héroes consumados de la virtud; y tendría que conceder de inmediato a una persona así favorecida el poder de trasladar montañas. De lo contrario, la comunicación divina y la revelación de Cristo no valdrían absolutamente nada.
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El Señor Jesús jamás debe comunicarse con un laico y menos aún con un pecador; en tal caso, la revelación ya resulta sospechosa y no se acepta, del mismo modo que Yo tampoco fui aceptado por los altos judíos, porque ante sus ojos orgullosos y sumamente ávidos de gloria Me presenté con muy poca nobleza divina. Pero eso no importa: solo el testimonio de Juan es válido.
El mundo permanece siempre igual y continúa siendo el desierto de Betábara donde Juan dio su testimonio. Pero también Yo permanezco siempre igual y, para reprimir el orgullo de los seres humanos y vivificar la verdadera humildad y el amor, aparezco entre ellos siempre tal como aparecí entre los judíos. Bienaventurados todos los que Me reconocen y reciben de este modo, tal como Juan Me reconoció y recibió conforme al testimonio que dio de Mí ante los ojos y oídos de los orgullosos sacerdotes y levitas de Jerusalén, para gran disgusto de ellos.
Jn 1:29. Al día siguiente, Juan ve a Jesús venir hacia él y dice: ¡Miren, este es el Cordero de Dios que carga con el pecado del mundo!
Al día siguiente volvió a darles testimonio de Mí, mientras estos investigadores permanecían todavía en Betábara y averiguaban todo lo que hacía Juan y en qué consistía principalmente su predicación. Lo hizo precisamente en la conocida ocasión en que Yo vine a él desde el desierto y le pedí que Me bautizara con el agua del río.
Ya cuando Me acerco a él, llama la atención sobre Mí al jefe de esos investigadores, quien durante la noche había sometido a seria reflexión lo que había oído de Juan el día anterior, y dice: «Mira, Aquel que viene de allí es el Cordero de Dios, que ha cargado sobre Sus hombros toda la debilidad de los seres humanos, para que quienes Lo reciban tomen de Él una vida nueva y tengan en sí el poder de llamarse hijos de Dios gracias a esa vida nueva; pues Jehová no viene en la tormenta ni en el fuego, sino únicamente en el soplo más suave».
Jn 1:30. Este es Aquel de Quien dije ayer: Después de mí viene un hombre que era antes que yo, pues Él existía antes que yo.
Juan repite aquí una vez más lo que ya había dicho acerca de Mí a los investigadores el día anterior. Por una parte, da testimonio de Mí diciendo que vengo a los seres humanos como un espejo de la verdadera y necesaria humildad del ser humano, y que con esa humildad testifico que vengo a auxiliarlos en su debilidad, pero no en la supuesta fortaleza que ciertamente jamás poseen. Por otra parte, Juan testifica también que Aquel a quien denomina Cordero de Dios es, no obstante, Quien existía antes de todo ser. La expresión «Él existía antes que yo» significa lo siguiente: Juan, reconociendo por un instante dentro de sí su elevado espíritu, da a entender a los investigadores que, aunque en él habita el mismo espíritu primordial, de idéntica clase y naturaleza, él fue colocado fuera del Espíritu fundamental primordial —que habita únicamente en este Cordero— en una existencia libre y completamente autónoma, no por su propio poder, sino exclusivamente por el poder de ese Espíritu fundamental primordial. Con esa exteriorización, que es una obra real del Espíritu fundamental primordial, comienza también un primer período temporal, antes del cual no existía nada en toda la infinitud, salvo el Espíritu fundamental primordial, Jehová, exactamente el mismo que ahora se encuentra visiblemente ante ellos en este Cordero de Dios y desea ser bautizado por él —Juan—.