Pero Mi discípulo Juan me preguntó: «Señor, si Tú quieres, quisiera registrar todavía esta noche todo lo que sucedió aquí».
Yo dije: «No todo, hermano Mío, sino únicamente lo que te dije que anotaras. Porque si quisieras registrar todo lo que sucedió aquí y lo que todavía sucederá durante estos dos días, tendrías que llenar muchas pieles con escritos. Pero ¿quién leería y comprendería después todo aquello? En cambio, si registras correctamente solo los acontecimientos principales, conforme a la correspondencia que te ha sido dada, los sabios rectos descubrirán de todos modos en Mi nombre todo lo que sucedió aquí y por qué. Así te ahorrarás un esfuerzo grande e innecesario. Por tanto, amadísimo hermano Mío, facilita tu trabajo; aun así, permanecerás para siempre como el primer registrador de Mis enseñanzas y obras».
Juan me besó en el pecho, y nos dirigimos junto con la mujer y el médico a la ciudad y allí a la casa de José, pues ya estaba bastante oscuro.
Cuando entramos en la casa, que era realmente grande, la mujer encontró allí unos preparativos para alojarme como nunca había imaginado. Había numerosas mesas bien servidas y, alrededor de ellas, muchas sillas. Sobre cada mesa brillaban lámparas de metales preciosos; los pisos estaban completamente cubiertos con las alfombras más hermosas, las paredes adornadas simétricamente con tapices de flores, y desde bellísimas copas de cristal un vino exquisito resplandecía ante los invitados.
La mujer no podía reponerse de su asombro y, solo después de un rato de admiración interminable, dijo: «Pero Señor, ¿qué has hecho? ¿Mandaste preparar todo esto por medio de Tus discípulos, a quienes quizá enviaste aquí en secreto? ¿De dónde consiguieron todas estas cosas? Yo sé muy bien lo que poseo: ciertamente no tengo oro ni plata, ¡y aquí todo rebosa de esos metales! Nunca había visto una copa de cristal como esta, y aquí hay centenares, cada una con un valor de treinta monedas de plata. ¡Este vino, estos alimentos y frutas, este hermoso pan y las numerosas alfombras sumamente costosas, una de las cuales vale seguramente cien pesados groschen de plata! Oh Señor, dime a mí, una mujer pobre, si Tú trajiste todas estas cosas o si fueron prestadas en algún lugar de la ciudad».
Yo dije: «Mira, querida mujer, allá junto al pozo dijiste que esta casa me pertenecía. Acepté tu donación; y como ahora la casa es Mía, no habría sido apropiado de Mi parte conducirte como donante a una habitación sin adornos. Mira, así como una mano lava la otra, lo mismo sucede aquí: un honor exige otro. Tú me entregaste completamente la casa tal como era antes, con todo tu corazón; pero Yo te la devuelvo ahora tal como está arreglada. Pienso que podrás quedar plenamente satisfecha con este intercambio. Porque, mira, Yo también entiendo un poco de decoración apropiada y buen gusto.
Y te digo: Todo esto, como todas las cosas, lo aprendí de Mi Padre. Porque las infinitas moradas en la casa de Mi Padre también están llenas del gusto más exquisito y de los adornos más espléndidos. Ya puedes reconocerlo si contemplas atentamente las flores de los campos: aun la más sencilla de ellas está adornada con mayor magnificencia que Salomón en todo su esplendor real.
Si el Padre adorna y embellece así las flores, que solo duran poco tiempo, ¡cuánto más adornará y embellecerá Su morada en el Cielo! Lo que hace el Padre también lo hago Yo, porque Yo y el Padre somos completamente Uno en el fundamento más profundo. Quien me recibe, recibe también al Padre, porque el Padre está en Mí, como Yo estoy en el Padre. Quien hace algo por Mí lo hace también por el Padre; por eso no puedes darme nada sin recibirlo de inmediato cien veces más. Ahora sabes todo lo necesario.
Ahora sentémonos y tomemos la cena, pues hay muchos hambrientos y sedientos entre nosotros. Cuando hayamos fortalecido nuestros cuerpos, seguiremos hablando acerca de este punto».
Entonces todos se sentaron a las mesas, dieron gracias y se fortalecieron con comida y bebida.