Al oír estas palabras hice bajar a Kisjonah de su plataforma elevada de cinco klafter y le dije en privado: «Guarda silencio por ahora y no me reveles antes de tiempo. Aquí todavía hay muchos que no están tan maduros para esto como tú y, por tanto, no deben conocer plenamente quién soy en realidad. De lo contrario, la libertad de su espíritu, que debe llegar a vivir, caería bajo juicio, y difícilmente podría un espíritu semejante levantarse alguna vez de él.
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Basta con que ahora muchos comiencen a presentir quién puedo ser. La mayoría me considera un gran profeta, y algunos, el Hijo de Dios, que es lo que soy ahora según Mi apariencia exterior. Saber más que eso les causaría por el momento un gran daño. Por eso los dejaremos todavía con esta opinión y esta fe, y tú no debes revelar nada más acerca de Mí».
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Kisjonah dijo: «Sí, Señor, eso es completamente cierto. Pero yo también soy un ser humano. ¿No será un juicio para mi alma que ahora, sin ninguna duda, no solo crea, sino que sepa plenamente quién eres Tú?».
Yo le dije: «A ti te he preparado mediante la palabra y la enseñanza. Cuando llegué a tu casa hace algunos días, me considerabas un médico muy sabio y entendido; y cuando me viste realizar obras extraordinarias, comenzaste a tenerme por un profeta a través del cual obraba el Espíritu de Dios. Pero tú eres un hombre instruido en todas las escuelas, y te impulsaba el deseo de llegar a saber plenamente cómo puede un ser humano alcanzar semejante perfección. Entonces te revelé qué es el ser humano, qué hay en él y qué puede llegar a ser cuando se ha conocido por completo y ha alcanzado así la más plena libertad de vida.
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Después te mostré también que Dios mismo es un ser humano y que únicamente por esa razón tú y todos los seres semejantes a ti son seres humanos. Además, te revelé en secreto que Yo mismo soy precisamente ese Hombre y que todo ser humano está llamado a llegar a ser y permanecer eternamente lo que Yo mismo soy. Entonces quedaste asombrado, y desde aquel momento sabes quién soy.
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Mira, aquella fue una preparación adecuada de tu alma y de tu espíritu. Aunque ahora llegaras a verme crear toda una Tierra y formar seres humanos a partir de piedras, eso ya no te desconcertaría. Porque aceptaste libremente y por un camino científico que Dios es un ser humano y que un ser humano puede ser verdadera y plenamente un dios, incluso según un conocimiento científico. Por eso ya no puede perturbar a tu alma ni a tu espíritu que comprendas, por completa que sea tu comprensión, que Yo soy el único Dios verdadero y el Creador de todas las cosas desde la eternidad.
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Pero la situación es muy distinta con todas estas otras personas, que sin excepción son inaccesibles por el camino puramente científico. Ellas solo tienen la fe y, junto con ella, muy poco entendimiento.
Sin embargo, la fe está más cerca de la vida del alma que el entendimiento más perfecto. Si la fe se convierte en una imposición, se vuelve de inmediato una atadura para el alma; y si el alma está atada, no puede hablarse de un desarrollo libre del espíritu dentro de ella.
Pero cuando, como ocurrió contigo, primero se conduce al entendimiento hacia la comprensión correcta, el alma permanece libre y toma de la luz del entendimiento únicamente aquello que puede tolerar y asimilar bien.
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De un entendimiento formado correctamente se desarrolla así una fe verdadera, plena y viva. Por medio de ella, el espíritu recibe en el alma un alimento adecuado y se hace cada vez más fuerte y poderoso. Todo ser humano puede percibirlo de inmediato cuando su amor hacia Mí y hacia el prójimo se vuelve cada vez más fuerte y poderoso.
Pero, como ya se mencionó, cuando el entendimiento de una persona está a menudo completamente subdesarrollado y esta solo posee la fe, que considerada aisladamente no es más que una obediencia del corazón y de la voluntad, esa fe debe ser tratada con toda cautela. No debe endurecerse hasta convertirse en una completa ilusión ni desviarse por los caminos más terribles, como sucede de manera demasiado evidente entre todos los paganos y también, lamentablemente, entre muchísimas personas de este tiempo.
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Ahora podrás comprender fácilmente por qué antes te hice bajar de la roca desde la cual querías revelarme ante el pueblo. Nunca debe un ciego guiar a otro, sino alguien que vea con claridad mediante un entendimiento recto; de lo contrario, ambos caerán en el abismo.
Yo les digo: sean diligentes en todo y adquieran un conocimiento correcto de todas las cosas. Examinen todo cuanto se les presente y conserven de ello lo que sea bueno y verdadero. Entonces les resultará fácil captar la verdad, dar vida a la fe antes muerta y convertirla en una verdadera luz de la vida.
Te digo a ti y, por medio de ti, también a todos: si quieren obtener de Mi enseñanza un verdadero beneficio para su vida, primero deben comprenderla y solo después actuar conforme a la verdad.
Así como el Padre en el cielo es perfecto en todo, también ustedes deben ser perfectos; de lo contrario, jamás podrán llegar a ser Sus hijos.
Tú has leído el escrito de Mateo y en él Mi Sermón del Monte. Allí enseñé a los discípulos a orar comenzando con la invocación: «¡Padre nuestro!».
Quien pronuncia semejante oración en su corazón pero no la comprende con un entendimiento recto es como un ciego que alaba y glorifica al Sol, pero que a pesar de su poderosísima luz no lo ve ni puede formarse una idea de él. Ciertamente, no peca por eso; pero en verdad tampoco obtiene ningún beneficio, porque permanece en la misma oscuridad.
Por eso, cuando formen verdaderamente el corazón de una persona para la vida, no olviden formar antes correctamente su entendimiento; de lo contrario, harán de ella un adorador ciego del Sol que no sirve para nada».