Después de escoger a los doce discípulos como Mis mensajeros y precursores, de conferirles toda clase de poder mediante la imposición de Mis manos y de darles de forma resumida las instrucciones sobre lo que tendrían que hacer, los doce escogidos Me rogaron insistentemente que les diera una instrucción completa acerca de cómo debían comportarse y cuál sería su suerte en los distintos lugares. Todos sentían un temor nada insignificante ante los numerosos fariseos y escribas.
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Solo Mateo el recaudador mostró algo más de valor y, ante las diversas inquietudes expuestas por los doce, dijo: «¡Bah! Yo soy griego; no pueden hacerme daño tan fácilmente. Además, tengo una lengua sana, dos brazos fuertes y, según documentos fehacientes, soy también ciudadano romano. Ningún judío insolente puede atreverse a ponerme la mano encima. Por lo menos en público sabré cómo entendérmelas con ellos. Contra las asechanzas secretas y homicidas me protegerá el Espíritu todopoderosísimo de nuestro Señor y Maestro. Así poseo las mejores armas en gran cantidad, incluso contra los enemigos más astutos, y por eso no temo a todo el infierno. Todos ustedes, en cambio, son galileos, lo cual quiere decir que en su mayor parte son adversarios del Templo y más griegos que judíos; además, tienen a los romanos como amigos. ¿Qué pueden temer en estas circunstancias? En general, debemos estar llenos de valor cuando se trata de ejecutar cosas tan infinitamente grandes y santas. Aunque la Tierra sea sacudida hasta quedar en ruinas, el hombre verdadero debe permanecer sobre los escombros, despreciando la muerte, y no vacilar como una caña de pantano. Pero también estoy a favor de recibir una instrucción exhaustiva y completa antes de la ejecución, pues debemos saber muy bien qué tendremos y deberemos hacer y decir».
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Después de este enérgico discurso de Mateo el recaudador, todos cobraron más valor. Hasta comenzaron a sentir comezón en los hombros, como si ya prefirieran salir volando en vez de caminar a pie.
Entonces Me coloqué en medio de ellos y les dije: «Mantengan ahora el espíritu plenamente recogido. Quiero darles a conocer también todo lo demás y no ocultarles nada de cuanto necesitan saber.
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En el primer envío no experimentarán todavía todo lo que ahora voy a darles a conocer. Pero después de que haya ascendido corporalmente desde esta Tierra a Mis cielos, a fin de prepararles moradas eternas en la casa del Padre, entonces experimentarán todo lo que ahora les revelaré de una sola vez tanto para el presente como para todo el futuro. Por eso, presten mucha atención y comprendan qué corresponde a este tiempo y qué a después.
Lo que ahora les diré lo experimentarán también, en mayor o menor medida, todos los que después entren plenamente en sus huellas en Mi nombre. Pero tú, escribiente Mateo, anota ahora de Mi boca, como hiciste en el Garizim, todo cuanto voy a decir, pues esto no debe perderse para el mundo, ya que será un testimonio severo contra él».
Mateo el escribiente se preparó ahora también para escribir, y Yo dije a los doce:
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«Ante todo, no vayan por los caminos de los paganos. Esto significa:
No procedan con violencia como los paganos y eviten también a los pueblos que saben que son demasiado salvajes. No deben anunciar el Evangelio del Reino de Dios a perros y cerdos, pues el cerdo sigue siendo cerdo y el perro vuelve siempre con avidez a lo que vomitó. Con esto quiero decir que les aconsejo no caminar por el camino de los paganos.
Tampoco entren en las ciudades de los samaritanos. ¿Por qué? Ya les he puesto un apóstol al lado de ustedes y ante sus propios ojos. En primer lugar, ellos no los necesitan; y, en segundo lugar, serían recibidos todavía peor por los judíos si estos supieran que ustedes hacen causa común con sus enemigos más odiados. Pero vayan con valor por todas partes hacia las ovejas perdidas de la casa de Israel.
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Cuando lleguen a ellos, prediquen y díganles de manera sensata que el Reino de los cielos se ha acercado ahora. Si los escuchan y aceptan su predicación, sanen entonces a sus enfermos, limpien a los leprosos y resuciten a sus muertos: corporalmente cuando sea necesario y el espíritu se lo indique, pero en todas partes y, ante todo, espiritualmente. (Nótese bien: Mateo no había escrito esto porque bajo el mandato de resucitar a los muertos se entiende de todos modos, y principalmente, el despertar espiritual).
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Expulsen a los demonios e impidan su posible regreso. Pero, ante todo, tengan muy presente que no deben dejar que nadie les pague nada por ello. Lo recibieron gratuitamente de Mí, y del mismo modo deben volver a darlo en Mi nombre». Hice entonces este añadido principalmente a causa de Judas Iscariote, quien en secreto comenzó de inmediato a calcular cuánto podría cobrar por una u otra ayuda prestada. Por resucitar a una persona, especialmente a algún hombre muy rico cuya vida fuera de enorme importancia para alguien, quería exigir mil libras. Como percibí muy pronto este cálculo en el corazón del traidor, agregué inmediatamente la advertencia anterior. El aludido puso entonces un semblante algo agrio; Tomás, que estaba frente a él, lo notó y no pudo contenerse de hacer esta observación: «Bueno, bueno, tienes la cara de alguien que pretende cobrar intereses usurarios, pero a quien el tribunal le traza una raya del grosor de un brazo sobre sus cuentas».
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Judas dijo: «Poco te importa qué cara pongo. ¡Al final todavía tendré que rendirte cuentas acerca de mi rostro! He sido llamado y escogido igual que tú; ¿por qué me corriges entonces a cada momento?».
Tomás respondió: «No te estoy corrigiendo. Pero supongo que se me permite hacerte una pregunta en determinadas ocasiones. ¿Por qué no pusiste antes una cara tan agria, cuando el Señor nos confirió toda clase de poder maravilloso y nos mostró cómo podemos y debemos ejercerlo? Pero cuando el Señor dijo que debíamos hacerlo gratuitamente, tu rostro se volvió inmediatamente avinagrado. Sí, ¿por qué? ¿Te dio acaso un calambre que te deformó de manera tan agria las mejillas y la frente? ¡Habla con franqueza, si tienes valor!».
Judas Me dijo: «Señor, repréndelo de una vez. De lo contrario, estaré siempre expuesto a sus observaciones, que con el tiempo terminarán ofendiéndome seriamente».
Yo dije: «Amigo, cuando alguien atribuye un pecado a un inocente, este se ríe de ello en su corazón, pues semejante acusación lo absuelve inmediatamente de toda culpa. Pero si alguien reprocha a una persona su verdadera culpa, aunque parezca hacerlo por casualidad, esta ya nunca volverá a ser amiga de quien se la señaló. Por eso no te inquietes, pues de lo contrario acabarás confesando tú mismo tu culpa».
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Al oír estas palabras, Judas puso inmediatamente el semblante más amistoso posible para no delatar que se sentía culpable de algo. Pero Tomás dijo para sí: «¡Oh, zorro! ¡Te conozco! ¡No te escaparás de mí!».
Simón de Caná preguntó: «Señor, ¿qué debemos hacer si alguien nos ofrece oro, plata o metal acuñado por una curación? ¿Tampoco debemos aceptarlo en ese caso? Hay muchos pobres a quienes podríamos ayudar bien con ese dinero». Judas añadió sin que nadie se lo pidiera y mostrando plena aprobación: «Sí, sí, esa es precisamente mi opinión. Si a alguien prácticamente le impusieran oro, plata o incluso metal acuñado por una ayuda prestada, debería poder aceptarlo para el fin mencionado por Simón de Caná».
Yo dije: «No así, hermanos Míos. Les digo que no deben llevar oro, plata ni metal en sus cinturones, pues un trabajador verdadero merece su alimento aun sin todo eso. Pero quien no quiera trabajar a pesar de tener fuerzas para hacerlo tampoco deberá ser alimentado. Está escrito: “Con el sudor de tu rostro deberás obtener tu pan como botín”. En ninguna parte está escrito que un holgazán reacio al trabajo deba procurarse el sustento mediante una limosna de oro, plata o metal. En cambio, los débiles, los ancianos y las personas debilitadas deben ser sostenidos y bien atendidos por toda la comunidad conforme a la ley.
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De todos modos, demasiado pronto llegará un tiempo en que el oro, la plata y el metal gobernarán a las personas y determinarán su valor ante el mundo. Será un tiempo malo: entonces se apagará la luz de la fe y, desde ese momento, el amor al prójimo se volverá frío como el metal.
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Por eso, al ponerse en camino no lleven bolsa de viaje, ni dos túnicas ni bastones de viaje. Como ya les he dicho, un trabajador verdadero merece su alimento aun sin todo eso».
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