La hija dijo: «Sí, sí, ahora recuerdo otra vez con toda claridad que estaba muy enferma. Durante la enfermedad, un sueño dulcísimo descendió sobre mis párpados; me dormí y tuve un sueño maravillosamente hermoso. Adondequiera que me volviera, había luz y nada más que luz. En la luz se formó un mundo maravillosamente hermoso; aparecieron jardines de una hermosura indescriptible, bañados por la luz más intensa, y surgió una maravilla tras otra. Pero ningún ser viviente parecía habitar aquellas maravillas. Mientras las contemplaba asombrada y seguía sin aparecer ningún ser vivo, en medio de toda aquella magnificencia indescriptible sentí una angustia cada vez mayor. Comencé a llorar y a llamar; pero desde ningún lugar me respondió siquiera el eco más leve, ni siquiera con una aparente respuesta. Así me fui entristeciendo cada vez más en medio de unas maravillas que no dejaban de crecer.
Mientras me hundía así en aquella tristeza y comencé a llamarte con fuerza, padre mío, de pronto este Amigo salió de los jardines, tomó mi mano y dijo: «¡Levántate, hija Mía!». Entonces desaparecieron de repente todas las maravillas que me habían entristecido, y desperté mientras este Amigo todavía me sostenía de la mano. Al principio no pude recordar de inmediato todo lo que había visto; pero cuando recuperé plenamente la conciencia, como si me hubiera sido devuelta pura desde los cielos, recordé de nuevo todo lo contemplado y vivido en el sueño, tal como acabo de contártelo.
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Ahora me parece sumamente extraño que, a juzgar por este lecho, yo haya estado realmente muerta para este mundo y, sin embargo, haya seguido viviendo en el sueño. Y todavía más extraño es que este Amigo maravillosísimo, que vino a mí en el sueño, se encuentre ahora aquí exactamente como lo vi en él.
Pero ahora te pregunto, querido padre, si esta vida que Él me ha dado de nuevo no le pertenece a Él. Mi corazón está profundamente conmovido y siento que, fuera de Él, jamás podría entregar mi amor a ningún hombre. ¿Puedo amarlo por encima de todo, más que a ti, padre mío, y más que a cuanto existe en el mundo?».
Cornelio se sintió desconcertado ante esta pregunta y no supo qué responder. Pero Yo le dije: «Deja que tu hija siga sintiendo como siente ahora, pues solo eso le dará toda la plenitud de la vida».
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Cornelio dijo: «Si es así, ama tranquilamente a este Amigo por encima de todo. Quien pudo devolverte la vida por Su propia fuerza y poder, cuando estabas muerta, jamás podrá causarte daño; pues si volvieras a morir, con seguridad te daría nuevamente la vida. Por tanto, puedes amarlo por encima de todo, como también yo lo amo con todas mis fuerzas».
Yo dije: «Quien Me ama, ama también a Aquel que está en Mí, y Este es la vida eterna. Aunque muriera mil veces en su amor por Mí, vivirá por toda la eternidad». Muchos de los que oyeron esto se dijeron: «¿Cómo? ¿Qué es esto? ¿Puede un ser humano decir algo así? Pero ¿puede también un ser humano hacer lo que Él hace?».
Un romano que en ese tiempo se alojaba con Cornelio dijo: «Amigos, un sabio afirmó que no existe ningún gran hombre a quien los dioses no hayan llenado con su aliento. Pero si alguna vez un hombre pudo haber recibido de los dioses el aliento más poderoso, entonces es precisamente este Jesús. En lo terrenal parece ser de origen muy humilde; sin embargo, los dioses no aman la ostentación de la Tierra. Cuando pisan la Tierra, se ocultan siempre bajo la apariencia exterior más humilde posible y dejan que los mortales reconozcan quiénes y qué son únicamente por medio de sus obras. Este debe ser también el caso de este hombre, por lo demás sumamente sencillo. Ustedes pueden opinar y pensar lo que quieran; yo, en cambio, lo considero un dios de primer rango. ¡Pues ningún mortal vuelve a despertar a un muerto!
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Aunque algún hijo de Esculapio reanime a una persona aparentemente muerta mediante diversos bálsamos, aceites y ungüentos, quien ha sido reanimado de ese modo no queda tan lozano y sano como Cornelia, que ahora me parece más vigorosa que nunca. Así pienso y estoy plenamente convencido de que es así; pero ustedes pueden pensar lo que quieran».
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Yo dije: «Quien tiene razón cree también que aquello es correcto. Pero les digo y solo les pido como muestra de amistad que todos ustedes, que han oído y visto esto, guarden silencio por ahora y no se lo cuenten a nadie, pues saben muy bien lo malo que es el mundo». Me prometieron que guardarían estrictamente todo aquello para sí.
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En efecto, guardaron silencio durante los pocos días que permanecí con Mis discípulos en la casa del jefe. Pero cuando Me marché de allí, este acontecimiento pronto se dio a conocer en toda Galilea, algo que sin duda habría podido impedir si hubiera encadenado la libertad de la voluntad humana, lo cual Me habría resultado sumamente fácil. Sin embargo, como debo respetar la libre voluntad del ser humano, sin la cual este se convertiría en un animal, tuve que tolerar lo que no estaba dentro del orden y no aportaba ninguna utilidad a la causa.
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