Después de la conversación, los discípulos de Juan continuaron comiendo, y nosotros también comimos. Solo algunos de los fariseos presentes ayunaban por completo y no querían comer sino hasta después de la puesta del sol. Como no consiguieron pan sin levadura, que allí entre los griegos no había, siguieron ayunando, mientras sus demás compañeros y los escribas comían con buen apetito.
Al cabo de un rato, cuando el vino había vuelto algo más conversadores y valientes a los discípulos de Juan, uno de ellos se levantó. Quería saber de Mí mismo por qué ellos, como discípulos de Juan, tenían que ayunar tanto y con tanta severidad, mientras que Yo y Mis discípulos no, y Me preguntó: «¡Señor y Maestro! ¿Por qué nosotros y también los fariseos ayunamos tanto, pero Tus discípulos no?».
Y Yo le dije: «Amigo, tú estabas con Juan cuando le llevaron noticias acerca de Mí: que Yo bautizaba a las personas y que muchos Me seguían. Di en voz alta, ante todos los presentes, qué respondió Juan». El discípulo de Juan dijo: «Entonces Juan habló y respondió: “Nadie puede recibir nada si no le es dado desde el Cielo. Ustedes son mis testigos de que dije: Yo no soy Cristo, sino únicamente el enviado delante de Él. El que tiene a la novia es el novio; pero el amigo del novio está presente, lo escucha y se alegra mucho al oír la voz del novio. Esta alegría mía ahora se ha cumplido. Él debe crecer, pero yo debo disminuir. El que desciende de lo alto está por encima de todos; pero quien es de esta Tierra es solamente de esta Tierra. Solo Aquel que viene del Cielo está por encima de todos”».
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Entonces Juan hizo una pausa y enumeró todo lo que había visto y cómo había dado testimonio de Él. Pero al final lamentó, suspirando profundamente, que nadie quisiera aceptar su testimonio, aunque era tan verdadero. Quien a pesar de ello lo aceptara, sellaría dentro de sí, por temor al mundo, la gran veracidad de Dios.
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Aunque supiera que Aquel a quien sin duda alguna solo Dios había enviado hablaba únicamente la palabra pura de Dios, no se atrevía a confesarlo ante el mundo, pues por causa de su cuerpo miserable —que también pertenece al mundo y le rinde homenaje— temía más a la enemiga de Dios, al mundo malvado, que a Dios. ¿De qué servía conocer dentro de sí la medida correcta de Dios si uno seguía apegado a la medida del mundo? Dios no daba a nadie Su espíritu según la medida del mundo; por eso eran rechazados quienes habían reconocido el espíritu de Dios, pero continuaban apegados a la medida del mundo y no tenían dentro de sí la vida eterna.
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Juan continuó: «Solo quien cree en el Hijo tiene dentro de sí la vida eterna, pues el Hijo mismo es la vida del Padre. Pero quien no cree en el Hijo tampoco tiene la vida eterna, y la antigua ira de Dios permanece sobre él».
Mira, eso fue lo que Juan dijo entonces. Pero hasta este momento ninguno de nosotros había podido comprender plenamente el sentido de semejante discurso. Entendimos, sí, que él se había referido a Ti; pero ¿cómo se relacionaba todo aquello? ¿Cómo habríamos podido captarlo y comprenderlo en toda su plenitud?».
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Yo dije: «Si ustedes oyeron de Juan todo esto acerca de Mí, deben saber que Yo soy el Novio al que Juan se refería. Y si Yo soy ese Novio, entonces estos que están aquí serán Mis invitados a la boda».
El discípulo de Juan preguntó: «Entonces, ¿dónde está la hermosa novia celestial? ¿Cómo puedes ser Tú un novio sin novia?».
Yo dije: «Estos invitados a Mi boda son al mismo tiempo Mi novia, pues quienes escuchan Mi palabra, la guardan en su corazón y obran conforme a ella son verdaderamente Mi novia, así como también son (Mateo 9:15) Mis invitados a la boda. ¿Cómo podrían y deberían estar de duelo los invitados mientras el novio está con ellos? Pero cuando llegue el tiempo en que el novio les sea quitado, entonces ellos también ayunarán».
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Los discípulos de Juan se asombraron mucho de esto y se molestaron un poco, pues, como Yo les había dicho estas palabras con una leve sonrisa, creyeron que había querido provocarlos. Entonces uno de ellos, queriendo responder también con una pulla, dijo: «¡Qué extraño! Por medio de Juan hablaba el espíritu de Dios, y por medio de Ti debería hablar ese mismo espíritu con mayor razón, puesto que el testimonio de Juan se refería a Ti. Pero resulta extraño que ese mismo espíritu divino, por medio de Moisés, de todos los profetas y finalmente de Juan, siempre anunciara a los pobres seres humanos de esta Tierra una vida rigurosa de penitencia y exigiera su observancia más estricta, mientras que Tú, al menos en la práctica, pareces ser y enseñar todo lo contrario. Según Moisés, quien tan solo entraba en la casa de un pecador quedaba impuro y tenía que purificarse; quien tocaba a una sirvienta en sábado, o en otro día a una mujer que estaba en su período, tenía que dejarse purificar, y había muchas otras prescripciones aún más estrictas. Pero Tú y Tus discípulos parecen no tomar ya en cuenta ni el sábado ni la pureza personal. ¿Cómo puede entonces ser divina Tu enseñanza, como lo era la que salía de la boca de los profetas?».
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