«…¡yo soy el ángel negro con vestidura de luz!»
Satanás o Lucifer era —y en realidad sigue siendo— una entidad perfecta que manifiesta la luz divina. En esta fuerza vital existencial absoluta, Dios podía comprenderse y experimentarse creadoramente a sí mismo. Por medio de Lucifer y a partir de él fueron llamados a la vida espíritus sin número.
Cuando Dios puso a Lucifer en una existencia autónoma, este, en su autodeterminación, se enamoró de sí mismo y se convirtió así en el principio de vida negador. Su humildad original, que era y es el recipiente de la energía de amor, luz y vida de Dios, se transformó en soberbia. De este modo cerró su arteria vital; la vitalidad divina ya no pudo fluir hacia su corazón y, por consiguiente, tampoco hacia el séquito que le pertenecía. Satanás y la mayor parte de los espíritus creados por medio de él se perdieron en las profundidades de la infinitud y quedaron petrificados en ellas.
Para hacer posible un retorno a la existencia divina, la conciencia satánica enfriada y muerta, junto con sus vasallos caídos, fue dividida en una cantidad infinita de partículas y ligada dentro de innumerables mundos y como esos mundos: ellos forman el cosmos sustancial del alma.
El espíritu de Satanás, es decir, su identidad personal más propia, fue confinado por último en las profundidades de esta Tierra; por eso, aquí su influencia es mayor. El universo material es, por consiguiente, una construcción del espíritu caído Lucifer. Mediante la redención de cada una de las entidades que cayeron con él y por medio de él, todo lo perdido debe ser conducido de nuevo a Dios. Cada espíritu que regresa libremente al hogar del Padre lleva de vuelta a la luz una parte oscurecida del alma de Lucifer.
Mediante la fuerza con la que liga la vida del alma y del espíritu al universo material, Satanás representa cierto contrapoder frente a Dios. Sin embargo, no es el polo opuesto de Dios, pues, en su fundamento primordial, Dios no se encuentra en ninguna polaridad con Satanás; de lo contrario, no tendría en sí y por sí mismo existencia alguna sin este espíritu. No obstante, Dios necesita resistencias que estén en él, por así decirlo, recipientes o espejos de sus pensamientos, que le posibiliten una conciencia activa. Pero él mismo constituye estas fuerzas receptoras en el grado más perfecto de todos.
En el periodo actual de la creación, Dios dio vida propia a sus fuerzas espirituales receptivas. Sin embargo, Lucifer, el mayor de esos espíritus, receptor y portador de toda la luz de la Divinidad, se autoglorificó en su independencia; con ello separó en apariencia de su fuente la conciencia de Dios que se realizaba en él y la arrastró consigo hacia las profundidades infinitas del espacio de la existencia divina. Allí, la mano de la gracia de Dios lo recogió, ligó el caos espiritual caído en la imperfección dentro de recipientes justos (estrellas y planetas, manifestados como innumerables galaxias, el universo entero en correspondencia con un Hombre-Dios) y lo dispuso en órbitas ordenadas, a fin de poder conducir de nuevo a Lucifer, junto con sus seguidores, hacia la libertad y la unidad originales. El cosmos material había nacido; el retorno de lo caído había comenzado.
Los pensamientos y las ideas que en otro tiempo salieron de su ser divino constituyen ahora las entidades que habitan los innumerables mundos firmes de esta creación. Todas ellas, ya sean habitantes de estrellas o de planetas, tienen forma humana como imagen de la forma espiritual perfecta de Dios, aunque con un tamaño diferente según la magnitud del astro habitado.
Así pues, cada ser humano es, en el fondo, un pensamiento divino de luz; y Lucifer, en otro tiempo semejante a Dios, era y es nuestra conciencia superior, que nos mata en la ceguera material, que, como resistencia vencida, nos glorifica en Dios y que, cuando algún día haya resucitado como fuerza espiritual, nos deleitará con contenidos insospechados de la existencia divina.
En particular en esta Tierra, las tentaciones y seducciones satánicas constituyen una herramienta eficaz para el renacimiento espiritual. Sin embargo, si el ser humano sirve a este espíritu caído, es decir, si vive únicamente para sus deseos egoístas, queda atrapado en ellos y se produce lo contrario de una espiritualización: su alma vuelve a petrificarse y muere la muerte espiritual. Este es el gran peligro de la encarnación terrenal y, lamentablemente, nuestro destino actual.
Cuando la humanidad dé el siguiente paso, alejándose del egoísmo y del apego a la materia para entrar en una nueva espiritualidad, Satanás perderá su dominio sobre la Tierra. Aunque su «cuerpo» seguirá existiendo como fundamento cósmico existencial, quedará muy limitado en el ejercicio de su influencia, que consiste únicamente en la perfidia, la mentira y el engaño. Entonces, a la luz de la verdad, el ser humano podrá reconocer y manejar las fuerzas contrarias propias de su alma, necesarias para el desarrollo espiritual, con mucha mayor facilidad que bajo la influencia satánica.
Aunque Satanás sabe en secreto que no puede hacer frente a la Divinidad, intenta por todos los medios hacer que la transición hacia la nueva era sea lo más amarga posible. En su maldad quiere infligir todavía a la población de la Tierra, durante el lapso de pocos años que le queda, la mayor cantidad de sufrimiento posible y arrastrar muchas almas consigo al abismo de la muerte espiritual. Esta sería su última gran satisfacción. Hasta qué punto podrá lograrlo está en manos de Dios. Sin embargo, su caída del trono y el fin de su reinado ya son cosa decidida.
Pero precisamente las adversidades que se avecinan propiciarán el nuevo nacimiento de la Tierra en una época mejor, pues, a fin de cuentas, el mal siempre debe servir al bien. Cada vez que Satanás causa un gran daño, produce un gran beneficio. La crucifixión de Jesús lo demuestra. El tiempo venidero lo confirmará.
Satanás es el señor de la mentira y la falsedad, pues afirma que la existencia material es el único sentido y propósito de la humanidad. En este planeta llamado Tierra, el más perdido de todos, y junto con él, late su corazón cegado.
Satanás puede adoptar cualquier forma: en el mundo espiritual, mediante imágenes que corresponden a sus características más destacadas; la serpiente o el dragón son manifestaciones análogas de su proceder insidioso o encendido por la ira. En los sucesos terrenales, bajo la forma de una vida contraria a Dios, con todas las circunstancias inhumanas y crueles de la muerte espiritual, pero también con la vestidura de apariencias materiales seductoras que atan el anhelo más íntimo del ser humano por la belleza y la armonía divinas a los deseos y las pasiones corporales, a la muerte y la caducidad.
En libros y películas se suele jugar con las maquinaciones de Satanás; hasta ahora, pocas personas saben que existe realmente y cuál es su naturaleza. Su arma más poderosa es el hecho de que se lo relega al mundo de los cuentos o de que su influencia se presenta de forma tan falseada que o bien no se cree en su existencia, o bien no se lo reconoce a pesar de que su acción es evidente. Es un maestro del disfraz y se oculta precisamente donde no se lo busca o, más exactamente, donde no se lo quiere buscar. Porque su energía gobierna, principalmente, los campos de conciencia que, en la ceguera espiritual general, se consideran completamente inofensivos o que uno evita en extremo explorar dentro de sí. Se trata de nuestros pecados ocultos y encubiertos, crecidos en el terreno del autoengaño.
El espíritu satánico obtiene su alimento principalmente de las personas que sirven a la materia y a la soberbia. En el fondo, se trata de los deseos egoístas relativos a la existencia corporal, que surgen como pensamientos e imágenes en el alma y se manifiestan en el mundo exterior como palabras y actos contrarios a Dios.
Por tanto, las excrecencias del mal surgen siempre de la unión entre la seducción satánico-material y las predisposiciones negativas propias del alma, que han desarrollado una vida propia bajo el predominio del intelecto mundano y hacen caer al ser humano con necesidades egoístas y viles. Así cayeron nuestros primeros padres, Adán y Eva; así cayeron en otro tiempo Caín y Judas; así todos estamos sujetos a la muerte.
Satanás solo puede mantener su reinado tiránico si la población cósmica obedece su voluntad. Como la creación material surgió por medio de él y a partir de él, se considera su propietario y gobernante. Ella es su alma caída, que solo podrá serle confiada de nuevo cuando él se entregue al amor de Dios. Pero, por encima de todo, la Tierra le importa de corazón, y esto debe entenderse de manera enteramente literal.
¿Por qué precisamente este planeta diminuto, cuando hay innumerables planetas? El Padre eligió nuestro mundo terrenal como lugar de la redención. Es la puerta (material) hacia el cielo. Es la llave del corazón de Dios, pues el planeta Tierra es portador del principio vital más íntimo de esta creación. Aquí se encuentran el bien absoluto y el mal absoluto. En ningún otro lugar del espacio infinito de los mundos existen estos extremos de altura y profundidad, de luz y oscuridad, de amor divino desinteresado y amor satánico egoísta. Aquí se decide el destino de toda la existencia cósmica.
Aunque, debido al número infinito de astros y a la inmensidad casi ilimitada del universo, a más de uno le resulte incomprensible esta afirmación, ese es el designio de Dios. El amor del Padre se sirve, ante todo, de lo más necesitado de ayuda, de lo pequeño e insignificante, de lo poco atractivo.
Mientras la población de la Tierra siga la falsedad de Satanás, él podrá gobernar. Por eso intenta impedir por todos los medios que el amor y la verdad se manifiesten. Puesto que es el señor del intelecto mundano, tiene el poder de influir en las personas de tal manera que rechacen una realidad divina y que, en su ceguera, incluso persigan y silencien a los mensajeros de Dios.
Debido a su modo de vida errado, la humanidad se encuentra tan enredada en energías satánicas que ya no puede liberarse de ellas por sí misma. Por eso, Dios debe romper ahora este círculo vicioso. Sin embargo, para cortar las ataduras de la muerte espiritual se necesita un fuerte golpe que alcanzará duramente a la Tierra; ella se tambaleará con violencia por este impacto. El brazo de Dios, como ejecutor de su amor misericordioso, dejará una impresión perdurable.
No obstante, cada ser humano puede pedir que se lo libere de la red del pecado y la falsedad, aferrándose al corazón de su Padre celestial y dejándose purificar y renovar en él. Cuando comience el juicio general del mundo, ya habrá pasado por su juicio personal. Junto con Jesucristo entrará en el reino de la paz y del amor.
Así como recibo mensajes del mundo luminoso de los espíritus, también percibo comunicaciones del mundo oscuro y del espíritu satánico. En ocasiones oigo las siguientes palabras, que Satanás pronuncia sin ser oído a cada persona que quiere seguir seriamente a Jesús:
«¡Haré todo cuanto esté a mi alcance para que no alcances la meta que te has propuesto! Sacrificaría y sacrificaré legiones enteras de mis demonios con tal de que no te unas a Dios. ¡Me pertenecerás! No permitiré que seas liberado. Con tus pecados te has entregado a mí. Tu vida me pertenece y también tu muerte. Te arrastraré al abismo de la perdición con la violencia de la desesperación y el desaliento. ¡Y tus gritos se perderán en el estrépito y el fragor del mundo y de todas las almas atormentadas!
Yo soy rey y gobernante de los seres humanos. ¡Ellos son mis esclavos y súbditos! ¡Son míos! Mi satisfacción es la lujuria desvergonzada y la entrega total de la humanidad a mi reino de la materia, pues con gusto comparto mi mundo muerto con los hijos de Dios.
¿¡Acaso crees que no sé lo que sucede en este tiempo!? Conozco cada alma, a cada una la he marcado. ¡Las tengo a todas en mis manos, a todas las que vinieron a la Tierra para luchar por su Dios y contra mí! ¡Ja, ja, estos ineptos! ¡Primero, las grandes palabras de sacrificar su vida a Dios! ¡Y ahora se arrastran por el excremento del mundo y son prisioneros de la carne y del dinero, llenos de lascivia y codicia!»
«¡Te atreves a acercarte al único Dios verdadero! Entonces te mostraré mi poder sobre ti, pues me perteneces; mediante tus pecados te has vendido a mí, te has entregado con la sangre de tu corazón y con tu alma. A todo aquel que se atreve a acercarse al Dios verdadero le muestro mi poder hasta haberlo desgastado y que desista de su propósito, lleno de dudas sobre sí mismo, desaliento y autoacusación.
Lo atrapo en mi red y dejo que se retuerza durante años y se marchite espiritualmente. Me visto con diferentes vestiduras de luz y seduzco a las almas de toda forma posible, y no aflojo hasta que han caído en mis caminos errados y creen que yo soy el camino hacia Dios o incluso que yo mismo soy Dios, y me adoran y veneran. La historia lo demuestra.
También a ti te sucederá así. Atado en mi red llena de seducciones y fatalidades, pondré en ti deseos que no podrás satisfacer y haré que te enfurezcas y desesperes por ellos y que te desalientes. O te colmaré de prosperidad y riquezas, pues también de eso me encargo, y pronto abandonarás tu sendero cristiano en medio de todos tus placeres, y Dios te resultará una carga.
Yo soy el ángel negro con vestidura de luz; confórmate conmigo, porque jamás alcanzarás a tu Dios. Y cuando él te toque, después volverás a experimentar mi poder sobre ti, ¡alma desleal, fracasada, mentirosa!» (se ríe)
Esta es nuestra lucha. Pero Jesucristo ya obtuvo la victoria. Cuando el hijo de Dios se entrega con toda el alma a su Padre celestial, Satanás debe ceder.
Protegido por el Padre, estoy sobre terreno satánico. A su lado, los poderes oscuros no pueden hacerme ningún daño. Ante su aliento, los demonios huyen a sus oscuras mazmorras. Satanás permanece y, en presencia de Dios, este espíritu debe decir la verdad:
«Este es mi último baile. En él aprovecharé todas mis posibilidades para causar destrucción y desesperación. Lleno de placer disfrutaré de este espectáculo. Por última vez soy el gobernante irrestricto del mundo. También yo conozco el resultado de este tiempo y sé de la renovación. Pero eso me es indiferente; el placer de satisfacer mi ansia de dominio me compensa por mi destino venidero. En mi divinidad original, también mi rebeldía es ilimitada, y mi obstinación es mi poder sobre Dios.
En mi delirio seré y seguiré siendo, por siempre y para siempre, rey de la creación. Mi sangre fluye por las venas de este mundo y de una cantidad infinita de otros mundos. Pero en esta Tierra late mi corazón perdido y amargado, y aquí vive su ceguera con violencia. Vivo en la condenación, pero también he puesto a incontables almas en esta condenación. Esa es mi victoria. Esa es la recompensa de mi futuro destierro.
Cegaré todavía a muchas almas y las arrastraré conmigo al abismo. Sobre todo, quiero apartar a los cristianos de su camino, como ya lo he hecho con mucho éxito desde el principio de los tiempos y sigo haciéndolo. Así es como mi poder me produce más diversión y alegría. Así, no solo soy igual a Dios, sino más fuerte que él (Satanás realmente lo cree en su delirio de grandeza). Así pude y puedo desacreditar el cristianismo y equipararlo con las demás religiones que he impregnado de delirio y ceguera. ¡Yo, Satanás, sigo siendo señor de este mundo! ¡Controlo a la humanidad a mi antojo! Ella se arrodilla ante mí, me adora y me considera su Dios. ¡Qué satisfacción tan indescriptible para mí!»
Satanás acosa al alma con persistencia; sabe que pronto deberá abandonar el campo de batalla y que no puede impedir que este ser humano cumpla su destino.
Dice: «Tú eres inmortal. ¡Intenta matar tu cuerpo! Dios te protegerá; ¡te necesita como profeta a su servicio!»
El ser humano responde: «No tentarás a tu Señor y Dios. ¡Mi vida está en las manos de nuestro Padre celestial!»
Satanás vuelve a llamar a la puerta: «Sigue pecando tranquilamente; todavía tienes tiempo suficiente. Al final, Dios ya te redimirá. ¡Eres un elegido!»
El ser humano replica: «Sí, alcanzaré la meta que me ha sido dada. Pero el pecado es tu miserable vida y tu muerte, y no forma parte de mí. Ahora es el tiempo de la entrega irrestricta a Dios».
Y Satanás vuelve a hablar: «Si me sirves, haré que seas respetado y te convertiré en un mesías del fin de los tiempos. ¡Las personas se postrarán a tus pies, te venerarán y te amarán!»
Con Jesús, el ser humano responde: «Ante el Señor, tu Dios, te postrarás y solo a él servirás». Y prosigue: «¡Apártate ahora de mí, Satanás! Te conozco: ¡eres un farsante, un mentiroso y un impostor! Pronto habrá terminado tu servicio, y recorrerás solitario y abandonado tus caminos oscuros. ¡Dios es tu juez, y yo soy testigo del mundo despojado! Tu suerte es el calabozo que creaste hace eones, donde mantuviste y mantienes cautivos a los hijos de Dios que raptaste. Pero el Padre liberará de allí a los suyos; entonces permanecerás solo en tu prisión hasta que recapacites y te sometas a Dios, para que puedas ascender de nuevo a tu antigua gloria por toda la eternidad!»
Para concluir este capítulo oscuro, quisiera decir que es importante, sobre todo para los combatientes de Cristo que han sido llamados, conocer lo que sucede entre bastidores en este mundo y los peligros a los que estamos expuestos ahora y estaremos expuestos en el futuro. Para ello, es útil ver a través del espejismo de Satanás.
Acerca del orden mundial anticristiano, solo he presentado algunos ejemplos fundamentales; podría profundizarse mucho más en los engaños y las intrigas del mal aquí en la Tierra, pero esa no es la tarea de este libro. A la luz del regreso de Cristo, sin duda todo el entramado de mentiras quedará al descubierto y caerá en el abismo que él mismo ha erigido, algo que ya está sucediendo en parte.
De ningún modo debería uno ocuparse demasiado intensamente de los poderes oscuros ni permanecer en el país de las conspiraciones y del satanismo. Allí se queda uno cegado, se aparta del sendero cristiano y se carga de preocupación y temor. Basta con conocer ciertas circunstancias; cuando suceda esto o aquello, uno estará preparado.
Sobre todo, uno no debería involucrarse con Satanás, pues su falsedad no puede reconocerse sin la luz del sol espiritual. Solo el espíritu divino lo desenmascara; entonces se hace visible que el poder de Satanás es, en realidad, muy limitado y que solo se infla mediante la mentira y el engaño para encubrir la verdad, suscitar temores y sembrar pensamientos de violencia y odio. Lo único importante es el «¡Más cerca de Ti, Dios mío!», a fin de estar preparados para la venida de nuestro Padre celestial y encontrar a su lado protección y amparo para uno mismo y los suyos durante las tormentas de los últimos días.
Queridos hermanos, ocúpense y preocúpense únicamente por el amor a Jesucristo. Todo lo demás nos será dado por añadidura.