El ejército de Dios

Samuel Surazal Un choque a máxima velocidad contra un muro de luz y amor

Título original
Gottes Armee
Sobre esta edición
Autor / Fuente
Samuel Surazal

«Y oí el número de los que fueron sellados:

ciento cuarenta y cuatro mil, que habían sido sellados de todas las tribus de Israel».

La lucha entre el bien y el mal tiene lugar, aparentemente, en el mundo material. Pero, en el fondo, los acontecimientos del fin de los tiempos son correspondencias de procesos espirituales.

La aparición del ejército de Dios libera fuerzas divinas. Frente a estas se alzan los poderes del espíritu anticristiano de la época, que se ha creado numerosos súbditos mediante la muerte espiritual de la humanidad. Jesucristo es para ellos una piedra de tropiezo que combaten con todas sus fuerzas.

Mediante la manipulación de la opinión en los medios de comunicación, la misión de los discípulos de Jesús no solo es ridiculizada, sino presentada como un extravío espiritual; como consecuencia, habrá una ola general de desprecio y agresiones contra los trabajadores cristianos. Sobre todo, el anuncio de un juicio doloroso si persiste la conducta impía contribuye a la burla general, así como al escarnio y la difamación de los hijos de Dios.

Quienes permanecen fieles a su Padre y se mantienen firmes en su fe son exhibidos como fanáticos religiosos y difamados públicamente por su «intolerancia y alejamiento del mundo». Asimismo, los dirigentes de la Iglesia, en su adaptación al espíritu de la época, pero también por temor a seguir perdiendo poder y a que se den a conocer sus maquinaciones anticristianas, se suman, con afán «esclarecedor», a los cantos fúnebres sobre las supuestas «fantasías del fin del mundo», consideradas enfermizas y nacidas del delirio religioso.

El ejército incorpóreo de Satanás está formado por almas difuntas que ya durante su vida terrenal se habían entregado al mal. Estas acosan y poseen a las personas cegadas y carentes de amor, de modo que sus extravíos se intensifican aún más. Quienes se inclinan por el bien y la verdad son apartados una y otra vez del camino recto y derribados por las fuerzas demoníacas.

Satanás tiene en la mira, sobre todo, a los soldados del ejército divino que se encuentran en formación. A cualquier precio deben ser arrancados de su vocación para el fin de los tiempos y volver a entregarse a los placeres pasajeros del mundo, para que ya no encuentren el camino de regreso a la senda trazada.

Pero el Padre ha tomado sus previsiones. Abrirá puertas del cielo desconocidas para los poderes oscuros. Bajo su dirección se levantará finalmente un ejército lleno del Espíritu Santo, dotado de poder y autoridad divinos. Estos guerreros de Dios forman el cuerpo de Cristo en la Tierra. Libran su lucha con las armas del amor, la verdad y la justicia.

En los mundos espirituales se ha desplegado un ejército de ángeles para influir sobre la humanidad con amor y luz. En el nombre del Padre, actúan contra las maquinaciones de las tinieblas; además, asisten a los hijos de Dios para que se protejan de las asechanzas y persecuciones de agrupaciones fanáticas y organizaciones de inteligencia.

Por encima de todo vela Jesucristo, quien ya habita con sus hijos y en ellos, y les da sostén y fortaleza en los acontecimientos del fin de los tiempos. En su amor están resguardados; han encomendado su vida a sus manos.

El cielo —sí, toda vida despierta de este mundo y del más allá— contempla ahora esta Tierra y ora por la humanidad, tal como sucedió hace 2000 años, cuando Dios mismo adoptó forma humana en Jesucristo para abrir, mediante su obra, el camino hacia la libertad a toda la creación. Él tomó sobre sí todos los pecados del mundo para liberar de culpa y expiación a lo que cayó entonces y a lo que ha caído ahora, y regalarle misericordia y amor infinito.


Visión espiritual

Veo legiones de demonios recorriendo la Tierra y oigo sus gritos: «¡Destruir! ¡Destruir! ¡Destruir! ¡Odio! ¡Estamos llenos de odio! ¡Todos deben morir! ¡Queremos muerte! ¡Muerte! ¡Muerte! Nuestro alimento es la energía de la agresión y de la furia fría, del orgullo y de la soberbia. ¡Nuestras almas hierven en la sangre de la lujuria y la violencia! Así avanzamos al asalto, impulsados por el infierno; pero también tendemos con astucia las trampas desde la emboscada para atrapar a los hijos de Dios, jajajá, ¡Dios, el idiota! Hemos enterrado el miedo a nuestra perdición en los abismos de nuestras almas; la mentira se ha convertido en nuestro amo y señor. ¡Salve nuestro rey Satanás! ¡Que viva! ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva!»

Así se enfrentan los dos bandos: las hordas de Satanás y los hijos de Dios. Pero, aunque parezca que el lado oscuro conserva la supremacía, el verdadero vencedor ya está decidido:

¡Jesucristo, Señor del cielo y de la Tierra!

Él permite muchas cosas y contempla por largo tiempo cómo los vasallos del mal traen aflicción y muerte sobre la Tierra. Pero pondrá fin a todo de un solo golpe. Cuando la miseria sea mayor y la oscuridad espiritual más densa, detendrá la actividad satánica. Entonces saldrá el sol del amor eterno con esplendor y gloria. Así será.


Una parte del ejército divino ya ha despertado. Sin que el mundo los reconozca, estos seres humanos llevan una existencia totalmente «normal» en las más diversas circunstancias, pero sin aferrarse servilmente a lo terrenal. Algunos pertenecen a una confesión y asisten a servicios religiosos; otros viven como librepensadores. No existen comunidades de fe preferidas por Dios, pues solo cuenta el amor del corazón.

Todavía no todos los hijos han reconocido a su Padre en Jesucristo. Por eso es necesario que la verdad cristiana se difunda cada vez más, pues el ejército autorizado de Dios solo puede estar compuesto por apóstoles de Jesucristo. Quienes ya han despertado en el Espíritu de Cristo asumen esta tarea de conducir hacia la fe verdadera. Se han dejado formar en entrega humilde y han confiado su vida a su Padre celestial. En ellos ya tiene lugar su regreso: contemplan los acontecimientos mundiales desde la perspectiva divina.

En los últimos días surgirán de este ejército proclamadores con palabras tajantes que advertirán a los pueblos sobre los acontecimientos venideros. Sin miramientos pondrán ante los ojos del mundo su conducta impía y mostrarán las consecuencias de su modo de vida errado. Al igual que Juan el Bautista en otro tiempo, llamarán a una conversión radical, al remordimiento y al arrepentimiento. Sin embargo, no realizarán milagros en público, como muchos exigen con burla, sino que tocarán las almas de las personas únicamente por medio de la Palabra de Dios, para que la voluntad y la fe permanezcan libres.

El mundo perverso se reirá de ellos y los calumniará, y en ocasiones los amenazará y perseguirá. Pero los soldados de Cristo no conocen el temor a las mofas y al escarnio, al ostracismo, la prisión ni la muerte. Como apóstoles, viven y mueren dichosamente por su Señor y Dios, por su Rey y Padre en Jesucristo.

Bienaventurados quienes se guíen por el mensaje y vuelvan su corazón hacia el amor divino: serán salvados. En verdad, ¡ay de quienes atenten contra los anunciadores del juicio, pues con su acto malicioso se preparan un destino funesto!

La aparición pública de los mensajeros de Dios es un regalo del amor misericordioso: por medio de ellos, el Padre tiende su mano salvadora a sus hijos perdidos. Si, pese a ello, uno persiste en el pensamiento y la conducta errados, deberá cargar de ahí en adelante con las consecuencias de la muerte espiritual.


Toda la creación esperaba este tiempo de transformación y liberación. El poder divino se concentra en este aquí y ahora, en este punto culminante del llamado existencial para el fin de los tiempos. En él y desde él resuena en los corazones de quienes trabajan espiritualmente el llamado de Jesús a despertar del sueño del mundo.

No despiertan entre gritos; silenciosa y calladamente se levantan y cobran fuerza, repartidos por toda la Tierra. Han recorrido el tiempo y la eternidad preparándose para su servicio en esta década de renovación. Han traído consigo todo lo que necesitan. Solo tienen que descubrirlo y tomarlo; entonces las armas divinas los penetrarán conforme a su entrega.

Lo que sucedió hace casi 2000 años vuelve a suceder. Jesucristo reúne en torno suyo a sus apóstoles y discípulos. El ejército de Dios se prepara para la lucha. Sale el sol espiritual e ilumina sus almas. Los portadores de luz encienden las antorchas de sus corazones en el corazón de Jesús. Ya realizan su trabajo en la oración, en la lucha por despertar y conducir hacia la verdad y el amor divino.

Pero todos los llamados a servir en este ejército deben luchar primero con Satanás en Getsemaní y pasar luego por el Gólgota, para vencer allí su muerte en la gracia de Dios. Esta muerte del hombre viejo es la transformación divina, es la resurrección del hombre nuevo, a fin de que Jesucristo pueda vivir en sus hijos. En ellos y con ellos caminará por esta Tierra y anunciará el Evangelio del amor y la verdad. Y para todas las personas de buena voluntad, sus palabras serán la puerta al Reino de los Cielos.


Visión espiritual

El suelo está lleno de serpientes venenosas. A las personas se les presentan como «golosinas» que prometen deleite y placer. Ellas las toman con avidez. Son mordidas sin advertirlo, en su delirio y arrogancia. El veneno actúa silenciosa y calladamente y las convierte en marionetas de la muerte espiritual. Casi todos los hijos están envenenados.

Satanás tiene especialmente en la mira a los combatientes del ejército de Dios y ha preparado para ellos un veneno especial. Pero no quiere admitir que precisamente este veneno es eficaz para que los discípulos de Cristo alcancen su meta, pues solo la lucha con las fuerzas contrarias satánicas les permite la rápida liberación y el despliegue de su potencial divino.

Ahora ha llegado el momento. Jesucristo desintoxica las almas de sus combatientes caídos. Resuena el llamado: «¡¿Están preparados?!» El Padre viene a los suyos y los levanta de la Tierra envenenada. Su amor es el antídoto, de modo que la perfidia de la serpiente ya no puede hacerles daño. Entonces el Rey vuelve a colocar en la Tierra a sus huestes, investidas de poder y fuertes, ataviadas con la armadura de Dios:

«¡Manténganse firmes, pues, ceñida su cintura con la verdad, vestidos con la coraza de la justicia y calzados los pies con la disposición para anunciar el Evangelio de la paz! ¡Además de todo ello, tomen el escudo de la fe, con el que podrán apagar todas las flechas encendidas del maligno! ¡Tomen también el casco de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios!»

El ejército de Dios:

«Dondequiera que caminemos y nos encontremos, pisamos suelo de Dios, pues permanecemos y caminamos en Dios y con él. Hemos muerto para el mundo y, por ello, somos hijos de la inmortalidad. Nuestros corazones han madurado en la lucha con los poderes oscuros. Hemos vencido al hombre viejo en el amor a nuestro Padre en Jesucristo, quien es el corazón de nuestro cuerpo. La vida divina se ha revelado y se ha convertido en propiedad nuestra. Pero la mayoría de las veces no actuamos como esperan las personas; muchos de nosotros aceptamos ser rebajados y humillados por causa del amor, pues insondables e incomprensibles son para el mundo caído los caminos de Dios».


El ejército de Dios forma el cuerpo de Jesucristo. Sus apóstoles avanzan por la Tierra en unidad divina. Ven el interior de las almas, reconocen el estado y la disposición de las personas, y saben actuar en consecuencia. En ellos obra un poderoso vigor del espíritu, pero solo la voluntad amorosa de su Padre celestial determina sus palabras y sus actos. Prefieren dejar que maten sus cuerpos antes que abusar de su poder.

Dentro de un tiempo previsible, el cuerpo de Cristo estará completo; no faltará ningún átomo. Cada parte de este cuerpo tiene una tarea diferente, pero, en conjunto, es una unidad consumada.

Ahora veo lo siguiente: en el corazón de cada cristiano late otro corazón; es el corazón del Padre, que es tanto el corazón de todo el cuerpo como el de cada alma individual. Esto propicia su armonía divina. Dios ha regalado su corazón a sus hijos. ¡Oh, amor indecible!


Llamado al ejército de Dios

Cuando pronuncio la oración del ejército de Dios, del centro de mi corazón fluyen rayos de amor. Con ellos me uno a todos los soldados de Cristo, incluidos quienes aún no son conscientes de su tarea. Esta fuerza combatiente forma una red global, sí, universal. Entonces, unidos, los guerreros del amor de este mundo, apoyados por innumerables espíritus de los mundos luminosos hasta los cielos más elevados, oran las palabras con humildad y entrega a nuestro Padre Jesucristo, y en la oración estas se convierten en una sola palabra, que llena el universo visible e invisible de amor, misericordia, paz y sanación.

A coro, el ejército de Dios habla con una sola voz:

«Servimos al amor por el Reino de Dios en la Tierra. Estamos dispuestos a vivir y morir cada día por nuestro Padre y Rey,

¡para llegar a ser, en esta entrega, verdaderos apóstoles del amor! Así juramos fidelidad y sinceridad

con cada latido de nuestra vida

por Jesucristo».

Toda persona que se reconozca en esta oración está invitada a incorporarse al ejército de Jesucristo y convertirse ella misma en esta oración. En la unidad del Espíritu Santo, en el nombre del amor, en el corazón del Padre.

Amén, en el nombre de Jesús, amén.


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