Revelación divina
Mis amados hijos e hijas, una de las razones por las que les resulta tan difícil avanzar hacia metas nuevas —metas situadas fuera de su existencia humana y de su manera habitual de pensar— se encuentra en la ignorancia que pesa sobre la inmensa mayoría de Mis hijos humanos como una capa de niebla difícil de disolver. Junto con las continuas tentaciones y seducciones, esta ignorancia es el recurso que el adversario emplea con mayor habilidad y éxito. Quien está ciego espiritualmente no puede reconocer su meta. No puede «moverse» verdaderamente, en la mayoría de los casos carece del estímulo necesario y, por tanto, tampoco ve la necesidad de iniciar un cambio de dirección de ninguna clase.
Quienes se sienten llamados a transmitir conocimientos conforme a Mis leyes divinas encubren su incapacidad para hacerlo mediante el empleo de conceptos abstractos, respuestas vagas, mandamientos y prohibiciones que producen en los ignorantes e inexpertos la impresión de hallarse, al menos en cierta medida, en el camino correcto. ¿Hacia dónde? ¿Hacia un cielo que no puede explicarse con mayor precisión? ¿En una eternidad futura que tampoco puede explicarse?
Mantener a alguien en la ignorancia significa, al mismo tiempo, limitar su libertad sin que lo advierta, porque no tiene idea de que las tinieblas lo manipulan y le niegan uno de los regalos más hermosos que le he dado: ¡la libertad de un hijo de Dios!
Quien conoce esta libertad y conoce la meta hacia la que se dirige con alegría y anhelo se sustrae automáticamente de la influencia de las fuerzas que pretenden impedir que el alma y el ser humano vuelvan a encontrarme.
La verdadera libertad es libertad interior, algo de lo que la mayoría nada sabe. Es posible vivir esta libertad incluso cuando circunstancias penosas restringen la libertad exterior. La libertad interior produce mucha más plenitud que todo aquello que promete una vida libre fundamentada en el consumo, el placer, los juegos del ego y, con frecuencia, también en la irresponsabilidad.
La libertad hacia la que quiero conducirlos ya está en ustedes. Quedó sepultada por ustedes mismos y por aquello que permitieron, muchas veces sin saberlo ni quererlo. Al igual que el amor en ustedes, forma parte de su herencia divina y solo espera que aspiren a ella conscientemente para conferir después a su vida una calidad interior diferente y mejor y, casi siempre, también exterior.
Quien nada sabe ni intuye de la libertad que ya existe en su interior tampoco realizará —ni podrá realizar— esfuerzos para llegar con decisión al país de su anhelo. Por eso es tan importante que Mis hijos se conviertan en personas que saben y en cuyo corazón arda el fuego de una «nostalgia del hogar» bien comprendida. Entonces crecerá en ellos la resolución que se forma lenta pero constantemente de emprender el camino hacia el país de la libertad.
¿Qué los espera allí? Es casi imposible expresarlo con palabras. Allí ya no existen angustia, temor, enfermedad, sufrimiento ni preocupación. En su lugar reina una convivencia incomprensible para ustedes y una disposición mutua para ayudar que no encuentran en la Tierra. Los pequeños y los grandes se encuentran en el amor desinteresado; la apertura y la confianza no tienen límites; la disposición de servir a los demás vuelve a ser un elemento fundamental de su conciencia divina; y ustedes emplean de múltiples maneras las alegrías de la creación y las ponen al servicio del bienestar de todos. No falta nada; nada puede faltar, porque el cielo es la plenitud. Su capacidad de participar en el gran Todo aumentará a medida que avance su desarrollo espiritual, que no conoce límites. Sus sentimientos, pensamientos y acciones serán uno y estarán determinados por el deseo de encontrar a todas las criaturas con amor; y no estarán sometidos a limitación alguna en aquello que deseen hacer de acuerdo con sus inclinaciones y talentos. ¡Son hijos de la infinitud, hijos de Mi amor! Y siempre que quieran venir a Mis brazos, vengan; ¡los espero! En todo y por encima de todo reinan una armonía indescriptible, una gloria luminosa y el amor del que les he hablado tantas veces. Y ustedes viven con esta certeza inquebrantable: ¡este es y seguirá siendo mi hogar por toda la eternidad!
Esa es su meta, la meta final de toda alma y todo ser humano; pues volveré a conducirlos a todos hacia Mí porque tengo la voluntad de hacerlo y porque Yo Soy la Omnipotencia y el Amor. Aunque en el camino hacia allí deberán superar algunos obstáculos, estos no son insuperables, mucho menos cuando permiten que Yo los ayude. Existen para enseñarles algo, fortalecerlos y permitir que vuelvan a ser las criaturas divinas conscientes del Todo que son desde la eternidad, que siempre fueron aunque durante algún tiempo no lo supieran y que serán para siempre.
Sin duda no conseguirán dar «de un solo salto» el paso que los lleve directamente de la Tierra al lugar celestial que les describí. El cielo es energía de amor purísima, la vibración más elevada de la Creación, en la que, conforme a la ley de atracción, solo puede entrar quien finalmente se haya convertido nuevamente en amor desinteresado e incondicional. Pero en el camino hacia allí, si no pierden de vista su meta y actúan en consecuencia, vivirán tantas cosas hermosas, recibirán tanta ayuda y protección y tendrán tantas experiencias maravillosas y tantas impresiones que incluso estas etapas del desarrollo, que pueden llamarse metas parciales, ya les parecerán el cielo. Y comprobarán, llenos de alegría y asombro, que siempre puede existir un grado todavía mayor de bienaventuranza.
Esta es la meta que deben mantener ante sus ojos y que —hoy no por primera ni por última vez— escribo en sus corazones para que actúe como un imán que los atraiga irresistiblemente si dirigen una y otra vez su atención hacia ella.
Quien proclama algo distinto, quien excluye de este camino a quienes, según su opinión, tienen la «fe equivocada», y quien Me presenta como un Dios castigador y no como el Amor que todo lo comprende y perdona, no actúa —consciente o inconscientemente— dentro de Mi ley ni de Mi voluntad.
Ya les he hablado en diversas ocasiones acerca de las ataduras. Es evidente que las ataduras de cualquier clase obstaculizan gravemente o incluso imposibilitan el camino hacia la libertad. Todos los seres humanos están atados en mayor o menor medida, y sus almas llevan consigo esas ataduras a los mundos del más allá al producirse lo que equivocadamente llaman «muerte», denominación propia de una ignorancia fomentada deliberadamente. Por tanto, la medida de libertad o falta de libertad que determine su futura vida en el más allá y, no pocas veces, también su futura vida terrenal en caso de una nueva encarnación, se encuentra en ustedes mismos.
Que reconozcan las ataduras —que admitan siquiera la existencia de cadenas invisibles semejantes— y que se esfuercen por deshacerlas si las encuentran es una cuestión de conciencia.
La conciencia, aunque es invisible y, por ello, no puede tocarse, es el centro desde el que se dirige la conducta del ser humano. Nadie puede actuar sin conciencia ni actuar permanentemente en contra de ella sin que, tarde o temprano, aparezcan consecuencias perjudiciales para el alma o el cuerpo. Su conciencia es, por decirlo así, el núcleo que produce sus sentimientos, pensamientos, palabras y actos y que, si ha sido formada y ya está desarrollada, también los examina y, cuando corresponde, los corrige. A esta parte la llaman «la voz de la conciencia».
Cada alma que entra en un cuerpo humano al nacer trae consigo su conciencia individual, ya sea de vidas anteriores o, cuando el ser espiritual encarna procedente de los cielos puros, por la aceptación voluntaria de cargas al descender por los distintos niveles. Desde la infancia, esta conciencia continúa formándose mediante los padres, maestros, buenos o malos ejemplos, circunstancias de la vida, valores transmitidos al niño y muchas cosas más. Todo lo que encuentra el niño, el adolescente y, posteriormente, el adulto configura su conciencia, que por eso representa en todo momento de la vida algo en constante transformación, algo completamente individual que te pertenece a ti, ¡y solo a ti! No solo tiene alguna relación contigo: es tuya. Es, por decirlo así, tu producto, del mismo modo que tú eres producto de tu conciencia.
Ninguna conciencia es igual a otra. Es el resultado de un desarrollo que con frecuencia comenzó mucho antes de la encarnación actual y sobre el que tuviste y tienes una influencia decisiva: por una parte, porque mediante decisiones libres imprimiste a tu vida y a tu carácter la dirección correspondiente; y, por otra, porque fuiste influido sin advertirlo o permitiste conscientemente que te influyeran, tanto para lo bueno como para lo menos bueno. Tampoco aquí existen casualidades.
Tanto las fuerzas de la luz como los poderes oscuros tienen gran interés en intervenir lo antes posible en el desarrollo de un alma que decidió realizar un nuevo tránsito por la Tierra. Esto comienza ya en la infancia, y naturalmente desempeñan un papel importante las circunstancias de vida que el alma conocía antes de encarnar.
Las fuerzas luminosas, entre las que se cuentan sus ángeles guardianes y ayudantes espirituales, siempre respetan el libre albedrío del ser humano en todo lo que hacen; las fuerzas satánicas y oscuras no lo toman en consideración y proceden de otra manera: atan a la persona, por medio de sus deseos e ideas, a conductas, hábitos y opiniones, algo que solo en contadísimos casos se reconoce como atadura, y de ese modo la vuelven imperceptiblemente menos libre. Esto ocurre con extraordinaria habilidad, de modo que la persona considera su manera de hablar y actuar como resultado de decisiones propias sobre las que, sin embargo, a menudo ya ha perdido toda influencia desde hace mucho tiempo.
El engaño ha tenido éxito. Se estableció la vinculación que no pocas veces se convierte en un encadenamiento casi imposible de romper. Ya no se cree en la formulación imprecisa de la meta, apenas produce extrañeza ni suscita preguntas. La meta misma casi ya no ejerce atracción o, al menos, no la suficiente para avanzar con alegría y sincero esfuerzo hacia la patria celestial y el Amor que allí espera.
La alianza impía entre atadura e ignorancia, dirigida desde lo invisible desde que existe la humanidad y forjada, ahora y antes, por seres humanos en lo visible, tiene firmemente dominados a quienes la obedecen.
Si esta descripción les parece exagerada, miren a su alrededor, pero no olviden mirarse en el espejo. ¿Dónde encuentran la alegría que se expresa en la vida y la conducta cotidianas porque la persona se orienta hacia la meta en la que sabe con certeza que la espera su verdadera vida? ¿Cuán intenso es el anhelo de libertad y amor? ¿Es tan intenso que basta para iniciar una transformación duradera? ¿Está dispuesto a reconocer y deshacer ataduras con Mi ayuda y, al mismo tiempo, a poner en duda lo heredado y desprenderse de ello cuando sea necesario para vivir algo nuevo? ¿Para recorrer de Mi mano caminos nuevos, menos marcados por el destino, más luminosos y ligeros? ¿Qué tan grande es la disposición a superar la propia apatía y comportarse de manera más consecuente conforme al amor, comenzando natural y preferentemente por uno mismo antes de dirigirse, en contra de la ley, hacia los errores del prójimo, mucho más fáciles de reconocer?
Cuando les hablo de ataduras, veo muchos signos de interrogación e inseguridades: «¿Hasta qué punto estoy atado?», se preguntan muchos. «¿Permití que me ataran sin advertirlo?»
Enumerarles y explicarles las incontables ataduras materiales e ideológicas y sus variantes sería una empresa que exigiría mucho tiempo y espacio y, finalmente, tampoco los ayudaría demasiado. Contemplar su vida cotidiana y aplicar la lógica del corazón les proporcionará con mucha mayor facilidad información sobre aquello que en este momento aún les impide comenzar el día Conmigo sin miedo ni preocupaciones, alegres y llenos de confianza, mantener esta unión íntima y entrar en la noche con un corazón agradecido, sin importar lo que el día les haya traído. Pues todo aquello —solo para darles una pequeña indicación— que los inquieta, los hace salir de su armonía y ocupa sus pensamientos en exceso es atadura. Es atadura a sus ideas acerca de cómo debe ser algo y cómo debería desarrollarse.
No pocas veces existen detrás miedos y preocupaciones acerca de lo que sucederá si ocurre o no ocurre esto o aquello. ¿Reconocen en este único ejemplo la atadura que existe detrás de sus pensamientos temerosos y preocupados? El miedo, unido al malestar y a la inquietud, es una señal segura de que algo quiere retenerlos.
No es que Yo no comprenda a Mis hijos humanos en las situaciones a menudo difíciles que viven, ni que minimice o no tome en serio sus necesidades —tanto las pequeñas como las grandes—; para ustedes solo se trata de reconocer que aquí se presenta la oportunidad de dar un paso hacia la libertad. Este puede consistir en acudir a Mí, poner su mano en la Mía, abrirme su corazón y atreverse entonces, Conmigo, a dar el paso que conduce a una confianza aún más profunda.
La confianza y las preocupaciones son contrarias y tienen padres diferentes: tu Padre celestial te enseña —con amor, cuidado y sin sobrecargarte jamás— la confianza; el padre de la mentira y la seducción lleva consigo, tras sus promesas, dependencias que impiden el desarrollo de tu alma sin que lo adviertas. A esto se añade que todos los atados y dependientes le suministran la energía que necesita con tanta urgencia para su lucha contra la luz.
Si en el futuro quieres recorrer tu día con mayor atención que hasta ahora, presta atención a las «pequeñeces», a aquello que a primera vista no reconoces necesariamente como atadura. Todo aquello que en realidad no deseas hacer porque muchas veces ya te pronunciaste en contra, porque no corresponde a un hijo de Dios, porque contiene elementos de falta de amor y por muchas otras razones; todo aquello que no deseas y que, sin embargo, haces porque vuelves a caer en antiguas conductas, representa una vinculación más o menos fuerte con algo que todavía está en ti y que aún no ha sido transformado ni superado con Mi ayuda. Lo mismo se aplica a aquello que deberías hacer, pero que no haces por motivos que con frecuencia ni siquiera admites ante ti mismo.
Pero tengan cuidado, amados hijos Míos: también aquí el adversario tendió numerosas trampas para hacer fracasar todo esfuerzo. Este incluso puede volverse contra quien cree que ahora debe comenzar a formar su carácter o cambiar sus hábitos movido por una motivación equivocada. Hablo del fanatismo, que no es sino una fuerte vinculación con fuerzas negativas que utilizan una actitud fundamental equivocada para impedir un desarrollo continuo conforme al amor y, en cambio, apoyan seductoramente una característica que conduce al error.
Dije que nadie está libre de ataduras, ¡pero eso no significa al mismo tiempo que todos estén cargados de una gran culpa por sus pecados! No obstante, reconocer y deshacer ataduras es necesario para liberarse de aquello que a veces solo molesta, pero en otras ocasiones también obstaculiza. Con cada cadena que se suelta se da un nuevo paso hacia la libertad. Pero esto solo puede lograrse si reconocen la necesidad de desprenderse paso a paso de todo lo que carga y obstaculiza.
Voy un paso más allá y no hablo solo de la necesidad, sino que digo: ¡háganlo si desean alcanzar la libertad interior y, con ello, acercarse un poco más a Mí! Pues solo el deseo de hacerlo, nacido del amor por Mí y del anhelo por su verdadero hogar, contiene la fuerza necesaria y representa la motivación correcta. Otros motivos, como comportarse «correctamente» por miedo al castigo, conceder importancia al cumplimiento de mandamientos o a la observancia de prohibiciones, o «hacerlo simplemente porque así se les dice», no los hacen avanzar ni un paso.
Pero el deseo de llegar a una meta determinada solo puede surgir cuando se conoce la meta, cuando parece digna de alcanzarse y cuando existen posibilidades reales de conseguirla. Nadie puede ni va a avanzar con toda su fuerza y entrega hacia una meta que no conoce o en la que no cree verdaderamente porque se la transmitieron de manera confusa y contradictoria.
Aquí reconocen la relación entre la ignorancia predominante en todo el mundo y la falta de libertad resultante, mediante la cual las tinieblas atrajeron y mantienen a las personas bajo su hechizo. Así no puede comenzar la marcha hacia el país de la libertad.
Pero esto es lo que deseo, y en una medida mucho mayor de lo que ya ocurre —pese a todos los intentos de confundir— por medio de quienes están dispuestos, quienes han despertado y quienes Me aman. Por eso les acerco una y otra vez su patria eterna y avivo su anhelo de emprender el camino de regreso con una intensidad aún mayor que hasta ahora. Pues los espera —en el sentido más verdadero— el cielo. Los espera una libertad indescriptible fundamentada en Mi amor.
Ahora se han convertido en personas que saben. Si quieren seguir con mayor fuerza el deseo de su corazón, comenzarán a reflexionar sobre lo que pueden hacer de otro modo. En el fondo, esto es muy sencillo y ya conocen la respuesta: permitan que se haga Mi voluntad, especialmente en aquellas situaciones en las que sienten el impulso de tomar las riendas en sus propias manos, no pocas veces movidos por las emociones subyacentes y por las correspondencias de su interior.
¡Cuántas veces dicen u oran: «Hágase Tu voluntad»! ¿Y cuántas veces participa verdaderamente su corazón? En otra ocasión les propuse hacer una pequeña modificación para poder reconocer, a partir de su reacción interior, cuál es la postura de su naturaleza humana: «Padre, ¡hágase Tu voluntad en mí!».
Expresada únicamente de otra manera, pero con la misma actitud interior, es la disposición de entregarte a Mí, con la que pones tu vida y tus caminos en Mis manos.
Si lo deseas, deja que alguna vez surjan de tu corazón estas palabras: «Padre, Tú determinas el ritmo de mi vida». ¿Qué sientes? ¿Qué crees que te espera entonces? Eres libre de entender por «ritmo» lo que desees: ¿tal vez todo cuanto llega a ti? ¿La secuencia, la intensidad, las diferentes clases de encuentros, las numerosas oportunidades y posibilidades, y aquello que, por cuidado, no llega a ti porque Yo te protejo? Encuentra tu interpretación, pero en cualquier caso con ello Me dices: «Padre, ¡hazlo Tú!».
Y tienes Mi promesa de que entonces te conduciré hacia la libertad de una manera que responda a tu ser, que te ayude a superar los obstáculos que aún tienes por delante, que cuide de que no sufras daño espiritual, sino que tu interior se expanda cada vez más y despiertes como hijo de Mi amor, consciente de tu verdadera grandeza, dignidad y fuerza.
Ante ti se encuentran la libertad, la amplitud y la eternidad. ¡Ven!
Amén