Entonces Judas, a quien el vino había acalorado un poco más de lo conveniente, quiso alzar la voz y decir algo a sus vecinos, es decir, a los discípulos de Juan. Pero Tomás, que seguía siendo su constante adversario, se le adelantó y dijo: «Amigo, cuando hablan los maestros, los discípulos deben callar y limitarse a escuchar, sin decir absolutamente nada. Aquí, cada palabra que saliera de nuestra boca sería una gran y burda necedad. Pero si sientes tanta necesidad de hablar, sal al aire libre y grita cuanto puedas y quieras; cuando de ese modo se te haya cansado la boca, vuelve».
Judas dijo: «¿Qué tienes contra mí? No te he hecho ningún daño. ¿Es que nunca se me permitirá hablar?».
Tomás dijo: «Conocemos muy bien tu sabiduría desde hace años y, junto a la sabiduría de nuestro gran Maestro, de veras no tenemos ganas de tener que escucharla aquí por milésima vez. Además, todos nosotros ya somos de nacimiento tan sabios como tú. Por consiguiente, no puedes ofrecernos una enseñanza más amplia ni mejor que la que ya tenemos, y espero que comprendas que aquí no es necesario que tú también hables. Nosotros, los discípulos, solo debemos hablar cuando se nos pregunta algo. También podemos preguntar por iniciativa propia, pero entonces debemos cuidarnos mucho de que nuestra pregunta se base en una necesidad auténtica y verdadera. Si preguntamos solo por curiosidad para dar salida a nuestra lengua parlanchina, merecemos ser castigados; pues a un necio demente siempre habría que disciplinarlo con varas».
Judas dijo: «Está bien, está bien. Ya estoy callado, porque sé que en tu presencia no puedo ni se me permite decir nada. Al fin y al cabo, tú eres la sabiduría misma del profeta Elías. Es una lástima que no hayas vivido antes de Salomón. ¡Hasta dónde habría podido llegar Salomón en sabiduría dentro de tu escuela! Pero no diré nada más; ya estoy callado».
Tomás habría querido responder todavía algo a Judas, pero Yo le indiqué que ya era suficiente, y Tomás guardó silencio.
Sin embargo, uno de los discípulos de Juan aún no lograba conciliar en su ánimo que Yo lo hubiera comparado a él y a sus compañeros con un vestido viejo y rasgado que se rellena con remiendos nuevos, y con odres viejos y deteriorados que no sirven para recibir el mosto. Por eso se dirigió a Mí con una pregunta algo torpe y dijo: «Ahora también veo que quizá seas un profeta; pero, por lo que noto, te gusta más el vino de los odres viejos que el mosto joven de los odres nuevos. Además, me parece que Tu túnica tampoco es precisamente nueva. Si pronto necesitara varios remiendos, puedo ayudarte, porque poseo una gran cantidad de harapos. Si puedo servirte, no tienes más que acudir a mí».
*
Por esa pregunta torpe, sus compañeros querían echarlo fuera. Pero Yo lo defendí, le expliqué la comparación de manera más comprensible y él se tranquilizó.
Pero Yo dije a los demás: «Si ven a un ciego que tropieza con una zanja y cae, y al caer aplasta y daña un poco la hierba alta junto a una pequeña acequia, ¿actuarían sabiamente si quisieran responsabilizarlo y castigarlo por ello? Miren: este hermano de ustedes ve con sus ojos carnales igual que ustedes, pero en los ojos del alma todavía está profundamente ciego. Sabiendo esto, sería excesivamente duro castigar a un hermano ciego porque haya tropezado un poco delante de nosotros».
*
Después de estas palabras, todos Me aclamaron con un entusiasta «¡Que viva!» y «¡Salve a Ti!», y dijeron: «Este es un discurso acertado. Quien actúa tan bien y sabiamente como habla es digno de ser llamado y coronado como el Hombre de los hombres».
*
Apenas habían terminado estas palabras y Yo todavía les explicaba algunas cosas acerca de los vestidos viejos, cuando llegó apresuradamente uno de los jefes de Capernaúm —era el jefe romano Cornelio—, se precipitó hacia Mí, cayó de rodillas ante Mí y dijo casi sin aliento: «¡Señor, amigo, Tú, Maestro y Salvador divino! ¡Mi hija amadísima, la que lleva mi nombre, mi hija maravillosa, buena y hermosísima, ha muerto!». Entonces el jefe lloró y durante largo tiempo no pudo hablar a causa del llanto. Solo después de recuperarse un poco continuó:
*
«Señor, para Quien nada es imposible, ven conmigo a mi casa y pon sobre ella Tu mano milagrosa; entonces sin duda volverá a vivir, igual que la hijita de Jairo, el jefe de la sinagoga, quien también estaba completamente muerta y volvió a la vida. Te lo ruego como a mi amigo más sublime: ¡ven y concédeme esta gracia!».
*
Yo dije: «Ten ánimo. Iré y haré por ti lo que Me has pedido. La hija está completamente muerta y ya se encuentra fría; sin embargo, la despertaré para que después pueda anunciar la gloria de Dios a las personas pobres. Así que vayamos».
*
Mis discípulos preguntaron si debían esperarme allí o acompañarme. Pero Yo dije: «Todos ustedes, que son Mis discípulos, síganme; y tú también, Mateo, que fuiste recaudador, sígueme. Yo he cuidado de tu casa terrenal y seguiré cuidándola; pero tú, a cambio, debes ser Mi discípulo igual que estos».
Mateo se quitó de inmediato su ropa de posadero, se puso su buena túnica y Me siguió sin hacer antes en casa las disposiciones habituales del dueño acerca de lo que los suyos debían hacer durante su ausencia.
*
Nota bene: así debe actuar también todo aquel que quiera seguirme. Debe morir por completo a la vida terrenal de los asuntos y la profesión, y no pensar en sus condiciones terrenales de vida; de lo contrario, no es apto para Mi Reino ni para estar en él. Pues quien pone la mano en el arado y dirige la mirada hacia atrás no es apto para el Reino de Dios.
*