La gente común había visto las señales, pero temía demasiado a los sacerdotes y escribas para declararse a favor de Mi enseñanza y seguirme. Por eso ideó una buena estratagema. Llevó de inmediato a varios enfermos ante los sacerdotes y dijo: «Escúchennos, ustedes, altos sacerdotes y escribas, que según sus propias afirmaciones están iniciados en todos los misterios de Dios. El hombre Jesús de Nazaret realiza prodigios tan grandes como nadie antes de él los ha realizado. Su discurso y su enseñanza se asemejan a una corriente de fuego que devora con poder irresistible todo cuanto se le opone, o lo arrastra consigo sin que nada pueda detenerla. Sin medicina, únicamente mediante la palabra, sana como un Dios toda enfermedad, e incluso se dice que devuelve la vida a los muertos mediante la sola palabra.
Cuando nos convencimos de la verdad de todo esto, nos vino a la mente una buena idea. Nos acordamos de ustedes y nos dijimos unos a otros: “¿Por qué nos asombramos tanto? Nosotros también tenemos sacerdotes y escribas iniciados en todos los misterios de Dios, quienes seguramente pueden sanar a un enfermo mediante la sola palabra tan bien como este Jesús, si tan solo quieren hacerlo”. Ya íbamos de camino para llevar a nuestros enfermos ante el Nazareno, pero recordamos la circuncisión y la alianza, a la cual no queremos volvernos infieles mientras pueda darnos verdaderamente lo que necesitamos corporal y espiritualmente. Sin embargo, puesto que este Jesús realiza ahora señales tan extraordinarias, corremos peligro si no le hacemos frente con un poder de realizar señales igual al suyo.
Por eso hemos traído aquí con nosotros a varios enfermos y les pedimos, por la salvación de ustedes y la nuestra, que mediante su poder espiritual —el cual, según afirman, han recibido directamente de Dios— sanen con la sola palabra a estos enfermos, quienes ni siquiera se cuentan entre los que padecen enfermedades graves.
Recorreremos toda la ciudad con estos enfermos sanados milagrosamente por ustedes, y ante cada casa proclamaremos con voz potente la honra de Dios y la gran fama de ustedes. Entonces el Nazareno encontrará poca aceptación aquí y, como suele decirse, al final se verá obligado a marcharse lejos entre vergüenza, burla y toda clase de ignominia».
Los sacerdotes y escribas, muy conscientes de su absoluta impotencia, dicen con aire solemne para ocultarla: «¡Insensatos! ¿Qué exigen de nosotros que solo le corresponde a Dios? ¿Cuándo ha realizado milagros un sacerdote o un escriba? Eso únicamente puede hacerlo Dios y el único sumo sacerdote del Templo de Jerusalén cuando entra en el Lugar Santísimo. Lleven, pues, a sus enfermos a Jerusalén. Allí recibirán la sanación —si saben ofrecer una ofrenda apropiada (?!)—, siempre que Dios así lo quiera. Pero si Dios no lo quiere, tendrán que resignarse a llevar de nuevo a sus enfermos a casa todavía enfermos.
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Es verdad que estamos iniciados en los más diversos misterios de Dios, pero no en el poder de Dios. Este es santo, y Él no lo concede a ningún mortal.
Pero quien, como este Jesús, de quien también nosotros ya hemos oído hablar, realiza semejantes obras —sea mediante hechicería o con ayuda de Belcebú—, es un engendro del infierno, el cual es para siempre la morada más digna de maldición del enemigo de Dios. Y quien se vuelve hacia su enseñanza y sus señales es ante Dios y Sus servidores lo mismo que semejante servidor del diablo. Esta es la verdad plena. ¡Ay de ustedes si van a Jesús y reciben de él enseñanza y ayuda!».
Los que habían llevado enfermos ante los sacerdotes y escribas dicen: «Todos ustedes son unos mentirosos cuando hablan así. ¿Cómo puede pertenecer al diablo y ser servidor de Belcebú aquel que hace un bien extraordinario a los seres humanos, enseña a los discípulos que lo acompañan únicamente amor, mansedumbre y paciencia, y él mismo practica en la medida más plena todo cuanto enseña?
Más bien ustedes pertenecen al diablo cuando dan semejante testimonio acerca de él; pero él pertenece a Dios, pues hace la voluntad de Dios tal como la enseña.
Antes nos llamaron insensatos porque, por el propio bien de ustedes, les pedimos aquello que ustedes mismos han afirmado miles de veces: que pueden hacer todo esto mediante la oración y la palabra divina. Pero ahora, cuando se trata como nunca antes de poner en práctica su antigua e invariable enseñanza, nos llaman insensatos porque los tomamos por la palabra. ¡Oh, perversos servidores de Belcebú! ¡Les encenderemos una luz ante cuyo resplandor todos ustedes habrán de morir!».