Entonces llegó también hasta nosotros la delegación militar romana. Su jefe me entregó una carta de petición del comandante en jefe y encargado de aquel fuerte. En ella, este me pedía, por el bien de toda la humanidad, que no prestara más atención a lo sucedido y que persuadiera al grupo de no contarle a nadie lo que había ocurrido, pues aquello le causaría daño sin beneficiar a nadie. Para todos sería más provechoso que perjudicial tener como amigo, en vez de enemigo, al comandante en jefe de Roma. Jairuth también debía guardar silencio y recibiría la garantía de que en adelante tendría tranquilidad en su casa. Además, me pedía que lo visitara en su residencia, pues tenía asuntos sumamente secretos e importantes que tratar conmigo.
Yo le respondí al portador de la carta: «Dile a tu señor que se le concederá lo que ha pedido. Sin embargo, no iré a su residencia. Si quiere hablar conmigo de asuntos secretos e importantes, que me espere en la puerta de entrada de esta villa, y Yo le revelaré de qué quiere hablar conmigo».
Después de estas palabras, el delegado se retira con su comitiva y le comunica a su señor todo lo que había escuchado de Mí. Este se dirige enseguida con sus subordinados más selectos a la puerta de la villa y allí me espera.
*
Jairuth me preguntó si realmente se podía confiar en aquella invitación, pues conocía la gran astucia de ese comandante en jefe, que tenía el rango de coronel. Afirmó que de esa manera ya había enviado a muchas personas al otro mundo.
Yo dije: «Querido amigo, Yo también lo conozco, tanto como era antes como en su estado actual. Los jóvenes le han infundido un respeto imborrable. Los considera genios y a Mí me toma por un hijo de su dios Júpiter; ahora quiere saber de Mí qué hay de cierto en todo esto. Pero Yo ya sé lo que le diré».
Jairuth queda satisfecho con esto, y llegamos a la puerta, donde el coronel ya nos espera con sus oficiales. Él se adelanta de inmediato, me saluda amablemente y quiere preguntarme enseguida acerca de su asunto.
Pero Yo me anticipo y le digo: «Amigo, Mis servidores no son genios y Yo de ningún modo soy hijo de tu Zeus. Ahora ya sabes todo lo que te habías propuesto conocer y preguntarme».
El coronel queda sumamente asombrado de que Yo haya sabido expresarle abiertamente y de inmediato aquello que solo había pensado, sin habérselo comunicado a nadie.
Después de asombrarse durante un momento, me pregunta de nuevo: «Si Tú no eres eso, dime entonces quiénes y qué son en realidad Tú y Tus servidores. En todo caso, ustedes son más que simples personas comunes, y me agradaría poder rendirles el honor que merecen».
Yo dije: «Toda persona que pregunta con sinceridad y honradez merece una respuesta del mismo carácter. Tú me has preguntado honrada y sinceramente, y por eso recibirás una respuesta igual. Escucha entonces: en primer lugar, soy aquello y aquel que ahora ves ante ti, es decir, un ser humano. En la Tierra hay muchos que tienen una apariencia como la Mía, pero no por eso son verdaderos seres humanos, sino solamente máscaras humanas. Cuanto más perfecto es un verdadero ser humano, tanto más poder y fuerza residen en su conocimiento y en su voluntad eficaz».
El coronel preguntó: «¿Puede toda persona llegar a ser tan perfecta como Tú?».
Yo dije: «Sí, si para alcanzar su perfección hace lo que Yo enseño».
El coronel preguntó: «Entonces déjame escuchar Tu enseñanza, y actuaré y viviré conforme a ella».
Yo dije: «Podría darte Mi enseñanza, pero te serviría de poco porque no vivirías conforme a ella. Mientras continúes desempeñando el cargo para el cual Roma te nombró aquí, Mi enseñanza no podrá beneficiarte. Tendrías que abandonarlo todo y seguirme; de lo contrario, te sería imposible vivir de acuerdo con Mi enseñanza».
El coronel dijo: «Sí, eso sería muy difícil. Aun así, podrías comunicarme algunos principios fundamentales de Tu enseñanza. Ya poseo conocimientos variados en diferentes materias y las comprendo bastante bien. ¿Por qué no habría de adquirir también algún conocimiento de Tu enseñanza? Tal vez pueda llevarla a la práctica de alguna manera».
Yo dije: «Amigo Mío, si Mi enseñanza consiste precisamente en que alguien me siga, pues de lo contrario no puede entrar en el reino de Mi perfección, ¿cómo podrás aplicarla en tu situación?».
El coronel dijo: «Eso suena muy extraño, pero quizá haya algo de verdad en ello. Déjame reflexionar un poco».
El coronel reflexiona durante un momento y luego pregunta: «¿Te refieres a seguirte personalmente o, en el fondo más profundo, solo a seguirte moralmente?».
Yo dije: «Cuando es posible, seguirme personalmente en constante unión con el seguimiento moral es, naturalmente, mucho más excelente. Pero si seguirme personalmente resulta imposible debido a un cargo que también es necesario, basta con seguirme moralmente y con plena conciencia. Sin embargo, la conciencia debe tener como fundamento más profundo a Mí en el amor hacia Mí y hacia todos los seres humanos, y a la verdad más pura que surge de ese amor; de lo contrario, el seguimiento exclusivamente moral estaría espiritualmente muerto. ¿Comprendes esto?».
El coronel dijo: «Eso es difícil de comprender. Pero si es así, ¿qué debo hacer con todos mis hermosos dioses? Mis antepasados creyeron en ellos. ¿Es correcto que permanezca fiel a la fe de mis antepasados, o debo comenzar a creer en el Dios de los judíos?».