El comerciante dijo mientras se dirigían al castillo: «Mi Señor y amigo, veo que de Ti habla una sabiduría puramente divina y piadosa, y lo hace de una manera tan suave como jamás la había escuchado de boca humana. Pero para observar esta enseñanza Tuya se necesita una gran confianza en Jehová, y eso me falta a pesar de mi fe segura. Sé que Él es quien creó todo y ahora lo dirige, gobierna y conserva; pero no logro imaginarme con suficiente viveza que Él, como Espíritu supremo, pudiera, quisiera y deseara ocuparse de asuntos privados. Porque para mí Él es sumamente santo, tanto que apenas me atrevo a pronunciar Su santísimo nombre, y mucho menos podría esperar que me tendiera Su mano todopoderosa y santa para ayudarme en mis sucios negocios de dinero.
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Yo también doy a los pobres que vienen a verme y no tengo ningún perro que le ladre a un mendigo y le cause temor de cruzar el umbral de mi puerta. Solo me disgusta que los extranjeros y los pobres entren en esta arboleda, que es mi lugar predilecto, porque a menudo dañan deliberadamente las instalaciones y las nuevas plantaciones y, aunque estén hambrientos y sedientos, tampoco encuentran allí nada con qué saciarse y calmar su sed. En cambio, he reservado un gran bosque de higueras y ciruelos a unos veinte trayectos de campo de aquí. Está al servicio de todos los extranjeros y pobres; únicamente no deben dañar los árboles, razón por la cual también he puesto allí varios vigilantes.
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De esto puedes ver que sí me acuerdo de los pobres. Pero está lejos de mí acudir por esa razón al Espíritu sublime para pedirle que administre mi suma de dinero, ya sea en lo terrenal o solamente en lo celestial. Si Él quiere hacer algo y en verdad ya ha hecho algo —de lo cual no dudo—, esto depende de Su libre y santísima voluntad. Yo siento ante Él una reverencia tan ilimitada que apenas me atrevo a darle las gracias por ello; porque me parece que mediante un agradecimiento tan puramente material, con el cual en cierto modo le mostraría que creo que pudo haberme servido como un trabajador auxiliar, le causaría una deshonra demasiado grande. Por eso vivo y actúo como una persona tan recta como me es posible, empleando las fuerzas que Dios me ha concedido y conforme a la Ley. No les ato la boca al buey ni al asno cuando trillan mi grano; sin embargo, solo honro al gran Espíritu en Su día. Porque está escrito: “¡Nunca pronunciarás en vano el nombre de tu Dios!”».
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Yo dije: «Si no supiera desde hace mucho tiempo que eres un hombre recto y sumamente temeroso de Dios, no habría venido a ti. Pero mira: no es completamente correcto que temas a Aquel a quien en realidad deberías amar. Por eso vine hasta ti, para mostrarte cómo en el futuro debes amar a Dios más que temerle. Entonces Dios se dignará descender hasta ti y será para ti, en todo, el ayudante más seguro, fuerte y confiable».
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