El sumo sacerdote dijo: «Ahora estoy completamente en orden y espero que dentro de poco también lo esté toda esta localidad. Pero permíteme todavía una pregunta. Es la siguiente: ¿Debemos seguir honrando el monte y Tu antigua casa, y santificar allí Tu sábado, o debemos construir desde ahora una casa aquí, en la cual podamos reunirnos en Tu nombre? Si esto último fuera Tu voluntad, ¿podrías indicarnos mañana un lugar apropiado que sea especialmente agradable para Ti? Entonces haríamos todo lo posible por cumplir también en esto Tu deseo».
Yo dije: «Amigo, lo que ustedes y todos los seres humanos necesitan se lo he dado a conocer hoy en el monte.
Para observarlo no se necesita la antigua casa en el monte, y mucho menos una nueva en la ciudad, sino únicamente el corazón creyente de ustedes y su firme buena voluntad.
Cuando ayer llegué aquí, descansé junto al pozo de Jacob y me encontré con Irhael, ella también me preguntó, después de reconocerme mejor, dónde se debía adorar a Dios: si en el Garizim o en el Templo de Jerusalén. Que ella te diga lo que le respondí».
Entonces el sumo sacerdote se dirigió a Irhael, y ella dijo: «El Señor me habló de esta manera:
Viene la hora, y ya está aquí, en que los verdaderos adoradores no adorarán a Dios ni en el Garizim ni en el Templo de Jerusalén. Porque Dios es Espíritu, y quienes lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad. Esto dijo el Señor. Tú eres sumo sacerdote y sabrás lo que ahora corresponde hacer.
Mi opinión es esta: puesto que el Señor nos concedió a todos la inmensa gracia de hospedarse en esta casa, que no es mía, sino que es y debe seguir siendo Su casa, ella debe permanecer para siempre como un lugar muy especial de recuerdo. Allí queremos reunirnos siempre en Su nombre y santificar el sábado en Su honor».
El sumo sacerdote dijo: «Sí, sí, tienes razón, si todos nosotros ya fuéramos creyentes. Pero también hay que tener alguna consideración con los débiles, pues ellos se escandalizarían todavía más por esto».
Yo dije: «Irhael tiene razón. Quien se escandalice, que se escandalice y suba a su monte. Cuando ya no encuentre nada allí, comenzará por sí mismo a reconsiderar su postura.
En adelante no deben construirme casas de oración, sino casas para huéspedes y albergues destinados a los pobres que no tienen con qué pagarles.
Amando a los hermanos y hermanas pobres serán Mis verdaderos adoradores, y en semejantes casas de oración estaré con frecuencia entre ustedes sin que lo adviertan de inmediato. En cambio, desde ahora habitaré tan poco en los templos construidos expresamente para adorarme con los labios, como ha sucedido hasta hoy, como habita el entendimiento de una persona en el dedo pequeño de su pie.
Pero si desean elevar sus corazones hacia Mí en un templo sublime y entrar ante Mí en verdadera humildad, salgan al inmenso templo de Mis creaciones. El Sol, la Luna y todas las estrellas, el mar, los montes, los árboles, las aves del aire, los peces del agua y las innumerables flores de los campos les anunciarán Mi gloria.
Díganme: ¿no es el árbol más magnífico que todo el esplendor del Templo de Jerusalén? El árbol es una obra pura de Dios, posee vida y produce fruto nutritivo. Pero ¿qué es el Templo y qué produce? Se lo digo a todos: nada más que orgullo, ira, envidia, el celo más vociferante y afán de dominio; porque no es obra de Dios, sino una vana obra humana.
*
En verdad, en verdad se lo digo a todos: quien me honre, me ame y de ese modo me adore haciendo el bien en Mi nombre a sus hermanos y hermanas recibirá su recompensa eterna en el Cielo. Pero quien en adelante me venere mediante toda clase de ceremonias en un templo construido expresamente para ello recibirá también del templo su recompensa temporal. Sin embargo, cuando después de la muerte de la carne venga a Mí y diga: “¡Señor, Señor, ten misericordia de mí, Tu siervo!”, entonces le responderé: “No te conozco; apártate, pues, de Mí y busca tu recompensa junto a aquel a quien serviste”. Por esta razón, tampoco ustedes deberán tener en adelante nada que ver con ningún templo.
Sin embargo, en esta casa podrán reunirse siempre en memoria Mía, ya sea en sábado o en cualquier otro día; porque todos los días pertenecen al Señor, no únicamente el sábado, en el cual podrán hacer en adelante el mismo bien que en cualquier otro día».