Después de la cena, la mujer volvió a acercarse a Mí, pero apenas se atrevía a hablar. Durante la comida había preguntado a los sirvientes del médico cómo habían sido traídas todas aquellas cosas. Los sirvientes le habían respondido: «Querida señora, ¡Dios sabe cómo sucedió esto! Nosotros hicimos muy poco, y el médico no hizo nada, porque cuando llegó ya todo estaba hecho. Mucho antes de que llegara el médico, estábamos ocupados con sus asuntos. Entonces apareció de repente un joven de belleza resplandeciente y nos dijo que hiciéramos esto y aquello, porque el Señor lo necesitaba. De inmediato hicimos todo lo que aquel extraordinario joven nos había ordenado. Pero, mira, sucedía algo muy extraño: cuando queríamos hacer algo, ya estaba hecho. Por eso no podemos decirte otra cosa sino que aquí actuó manifiestamente la omnipotencia de Dios, y el joven blanco tuvo que haber sido un ángel de Dios. De otro modo, esto no puede explicarse. El hombre que entró primero al gran comedor junto a ti debe ser un gran profeta, pues las potestades de los Cielos le sirven».
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Cuando la mujer oyó esto de los sirvientes, perdió todavía más el ánimo y apenas se atrevía a hablar. Solo después de un tiempo bastante largo dijo con voz débil: «Señor, ¡Tú eres más que el Mesías prometido! ¡Seguramente fuiste Tú quien castigó al faraón, condujo a los israelitas fuera de Egipto y les proclamó entre truenos las leyes desde el elevado Sinaí!».
Pero Yo le dije: «Mujer, todavía no ha llegado la hora de dar a conocer estas cosas a la gente; por eso, guárdalas por ahora en tu corazón. Haz que la gran multitud que vino conmigo desde Judea sea distribuida entre las habitaciones para dormir; pero tú, el médico y Mis discípulos, que ahora suman diez, permanezcan aquí. Asigna la cama más limpia a la mujer que estaba sentada a Mi lado y que es la madre de Mi cuerpo, para que descanse bien. Porque, mira, esta madre ya entrada en años recorrió hoy un camino fatigoso y necesita un buen descanso para recuperar sus fuerzas».
La mujer se alegró muchísimo al reconocer a Mi madre en aquella mujer de apariencia tan sencilla y la atendió de la mejor manera. María la elogió por su ternura, pero al mismo tiempo le recomendó hacer todo lo que Yo dijera.
Cuando todos se habían retirado a descansar y la mujer y el médico se encontraban a solas conmigo en el gran comedor, junto con los diez discípulos, dije a los discípulos: «Ustedes saben lo que les dije en Betábara de Galilea cuando los recibí: “Desde ahora verán el Cielo abierto y a los ángeles de Dios descender a la Tierra”. Y miren, esto se cumple ahora literalmente ante sus ojos. Todo lo que ven aquí, y todo lo que han comido y bebido, no proviene de esta Tierra, sino que fue traído hasta aquí por los ángeles de Dios. Ahora abran sus ojos y vean cuántos ángeles están preparados allí para servirme».
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Entonces a todos les fueron abiertos los ojos y vieron descender flotando desde los Cielos a multitudes de ángeles preparados para servirme. Al serles abiertos los ojos, desaparecieron las paredes de la casa, y todos vieron abiertos los Cielos.
Entonces Natanael dijo: «Sí, Señor, Tú eres verdadero y fiel. Lo que dijiste se está cumpliendo ahora de una manera maravillosa. ¡En verdad, en verdad, Tú eres el Hijo del Dios viviente! Dios habló con Abraham por medio de Sus ángeles. Jacob vio en sueños una escalera sobre la cual los ángeles subían y bajaban, pero no vio a Jehová, excepto a un ángel que llevaba escrito el nombre de Jehová en su mano derecha. Cuando Jacob disputó con él acerca de si era Jehová, quedó cojo por un fuerte golpe en las costillas. Moisés habló con Jehová, pero no vio nada sino fuego y humo. Cuando tuvo que ocultarse en una cueva porque Jehová iba a pasar por allí, no se le permitió mirar hasta que Jehová hubiera pasado. Al mirar después, solo alcanzó a ver la espalda de Jehová; luego tuvo que cubrir su rostro con un velo triple, pues resplandecía más que el Sol y nadie podía contemplarlo sin morir. Después solo estuvo Elías, quien percibió a Jehová en un suave susurro. ¡Y ahora estás Tú mismo aquí!».
Entonces interrumpí a Natanael y dije: «¡Basta, hermano Mío! Todavía no ha llegado la hora. Solo un alma tan pura como la tuya, completamente libre de falsedad y segundas intenciones, puede contemplar estas cosas. Pero guárdalas dentro de ti hasta el momento indicado. Porque, mira, no todos los que me siguen son como tú.
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Esta mujer no era como tú, pero ahora también lo es. Por eso presintió lo que querías decir. Sin embargo, todavía no ha llegado la hora. Solo cuando el velo del Templo sea rasgado en dos, será retirado por completo el velo de Moisés de su rostro resplandeciente».