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GEJ 1.18

Fuente: Jakob Lorber

Traducción al español latinoamericano.

Capítulo 18 de 161

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GEJ 1.18.1

Durante el penúltimo período de Mi estancia cerca de Jerusalén, cierto Nicodemo también vino de noche a Mí, porque era un hombre distinguido de Jerusalén. En primer lugar, era fariseo y, por su cargo, dignidad y prestigio, equivalía aproximadamente a lo que hoy es un cardenal en Roma. En segundo lugar, por ser uno de los ciudadanos más ricos de Jerusalén, era también el principal de los judíos de aquella ciudad, designado para ello por Roma.

*

GEJ 1.18.2

Jn 3:2. Este vino de noche a Jesús y Le dijo: «Maestro, sabemos que has venido de Dios como maestro (profeta), porque nadie puede hacer las señales que Tú haces si Dios no está con él».

Así pues, este hombre, que en el aspecto civil era la máxima autoridad de Jerusalén, vino personalmente de noche hasta Mí y dijo de inmediato: «Maestro, perdóname por venir tan tarde y perturbar Tu descanso. Pero como supe que abandonarás esta región mañana mismo, no pude dejar de presentarte el debido respeto. Mira, después de observar Tus obras, yo y varios colegas de mi cargo sabemos ahora que has venido a nosotros como un verdadero profeta enviado por Dios. Nadie puede realizar las señales que Tú haces si Jehová no está con él. Puesto que eres evidentemente un profeta y debes ver cuán hundidos estamos en el mal, aunque Tus predecesores nos prometieron el Reino de Dios, dime por favor cuándo vendrá y, cuando venga, cómo debe ser uno para entrar en él».

GEJ 1.18.3

Jn 3:3. Jesús le respondió: «En verdad, en verdad te digo: si alguien no nace de nuevo, no puede ver el Reino de Dios, y mucho menos entrar en él».

A esta pregunta de Nicodemo respondí con la misma brevedad que indica el versículo: «En verdad, en verdad te digo: si alguien no nace de nuevo, no puede ver el Reino de Dios, y mucho menos entrar en él». Esto significa: «Si no despiertas tu espíritu por los caminos que Yo te muestro mediante Mi enseñanza y Mis obras, ni siquiera podrás reconocer la Palabra divinamente viva, y mucho menos penetrar en sus profundidades vivificantes».

*

GEJ 1.18.4

Que el por lo demás honrado Nicodemo no había comprendido estas palabras Mías —como mostrará la continuación— y que en él se verificó de inmediato que nadie puede captar ni de lejos lo divinamente vivo de Mi Palabra mientras su espíritu no esté despierto, lo muestra clara y expresamente el versículo siguiente, según el cual Nicodemo, completamente desconcertado por Mis palabras, Me pregunta:

GEJ 1.18.5

Jn 3:4. Nicodemo Le dijo: «¿Cómo puede una persona volver a nacer cuando ya es vieja? ¿Puede entrar otra vez en el vientre de su madre y nacer por segunda vez?».

«Pero, querido Maestro, ¿qué palabras tan extrañas acabas de decir ante mis oídos? ¿Cómo podría una persona que ya se ha vuelto grande, vieja y rígida pasar por la estrecha abertura hacia el vientre de su madre y luego nacer de allí por segunda vez? Mira, querido Maestro, ¡eso es totalmente imposible! O no sabes nada del Reino de Dios venidero, o al menos no lo correcto; o sí sabes de él, pero no quieres decírmelo por miedo a que Te capture y haga encarcelar. No Te preocupes en absoluto por eso, pues nunca he privado a nadie de su libertad, salvo que fuera un asesino o un gran ladrón. Tú, en cambio, eres un gran benefactor de la pobre humanidad y has sanado de manera maravillosa, por la fuerza de Dios en Ti, a casi todos los enfermos de Jerusalén. ¿Cómo podría entonces atentar contra Ti?».

GEJ 1.18.6

«Pero créeme, querido Maestro: ¡el Reino de Dios que ha de venir es un asunto serio para mí! Por eso, si sabes algo más preciso acerca de él, dímelo de una manera que yo pueda comprender. Expresa lo celestial con palabras celestiales y lo terrenal con palabras terrenales, pero mediante imágenes fáciles de entender; de lo contrario, Tu enseñanza me servirá todavía menos que la antigua escritura egipcia de aves —el jeroglífico—, que no puedo leer y, por tanto, mucho menos comprender. Por mis cálculos sé con absoluta certeza que el Reino de Dios ya debe estar aquí; solo ignoro todavía dónde está, cómo se entra en él y cómo se es recibido allí. Quisiera que me respondieras esta pregunta de manera totalmente comprensible y clara».

GEJ 1.18.7

Jn 3:5. Jesús respondió: «En verdad, en verdad te digo: si alguien no nace del agua y del espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios».

A esta nueva pregunta di a Nicodemo exactamente la respuesta que aparece en el quinto versículo anterior. Solo se diferencia de la primera en que aquí se determina con mayor precisión de qué debe renacer propiamente una persona para entrar en el Reino de Dios: del agua y del espíritu. Esto significa:

GEJ 1.18.8

El alma debe ser purificada con el agua de la humildad y de la abnegación. El agua es el símbolo más antiguo de la humildad: permite que se haga cualquier cosa con ella, está dispuesta a servir en todo, busca siempre los lugares más bajos de la Tierra y huye de las alturas. Solo después debe nacer del espíritu de la Verdad, que un alma impura jamás puede comprender, pues un alma impura es semejante a la noche, mientras la Verdad es un sol lleno de luz que difunde el día a su alrededor por todas partes.

GEJ 1.18.9

Por consiguiente, quien recibe la Verdad en su alma purificada por la humildad y la reconoce efectivamente como tal, queda libre en el espíritu por esa misma Verdad. Y esta libertad del espíritu —o la entrada del espíritu en semejante libertad— es también la verdadera entrada en el Reino de Dios.

*

GEJ 1.18.10

Naturalmente, Yo no le di a Nicodemo semejante explicación, porque dentro de su esfera de comprensión la habría entendido todavía menos que el breve principio velado. Por eso volvió a preguntarme cómo debía entenderse aquello.

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